Hasta Llegar A Ti Capitulo 3 La propuesta
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Capitulo 3 La propuesta

TRECE DÍAS

Habían pasado varios meses desde aquella primera conversación.

Meses de mensajes enviados a escondidas durante las noches.

Meses de llamadas que terminaban demasiado tarde.

Meses aprendiendo pequeñas cosas sobre alguien que vivía tan lejos que, en ocasiones, la distancia parecía una broma cruel.

Ya conocía su manera de escribir.

Podía saber cuándo estaba cansado por la forma en que respondía.

Sabía cuándo algo le preocupaba, incluso cuando él decía que no pasaba nada.

Y él también había aprendido a conocerme.

Sabía que hablaba demasiado cuando estaba nerviosa.

Sabía que me asustaban muchas cosas.

Sabía que podía pasarme diez minutos pensando si debía enviar un simple mensaje.

Y, aun así, nunca se burlaba de mí.

Aquella noche estaba sentada junto a la ventana.

La habitación estaba completamente silenciosa.

Tenía el teléfono entre las manos y llevaba varios minutos mirando nuestra conversación.

Habíamos hablado de encontrarnos muchas veces.

Siempre como una posibilidad.

"Algún día."

"Cuando podamos."

"Cuando tengamos tiempo."

"Cuando sea más fácil."

Pero esa noche aquella palabra comenzó a molestarme.

Algún día.

¿Por qué tenía que ser algún día?

¿Por qué no podía ser ahora?

Miré por la ventana.

El cielo estaba oscuro y algunas luces brillaban a lo lejos.

Pensé en todo lo que había ocurrido durante aquellos meses.

En todas las noches que habíamos hablado.

En todas las veces que me había hecho reír.

En las ocasiones en las que había estado triste y él había conseguido hacerme sentir acompañada sin siquiera estar a mi lado.

Entonces entendí algo.

La distancia no iba a desaparecer.

Si seguíamos esperando el momento perfecto, probablemente nunca llegaría.

Porque el momento perfecto no existe.

Solo existen las decisiones que tomamos antes de que sea demasiado tarde.

Tomé aire.

Abrí nuestra conversación.

Mis dedos comenzaron a escribir.

Rin: "Asahi."

La respuesta apareció unos minutos después.

Asahi: "¿Sí?"

Me quedé mirando la pantalla.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—Vamos, Rin...

Escribí.

"¿Recuerdas que dijimos que algún día nos conoceríamos?"

Asahi: "Sí."

Tragué saliva.

Entonces escribí la frase que llevaba varios minutos intentando reunir.

"¿Y si hacemos que ese día sea dentro de trece días?"

No apareció ninguna respuesta.

Pasaron diez segundos.

Veinte.

Un minuto.

Me quedé mirando la pantalla.

—No...

Sentí que el estómago se me hacía un nudo.

Quizá había sido demasiado impulsiva.

Quizá él pensaría que estaba loca.

Quizá...

El teléfono vibró.

Asahi: "¿Trece días?"

Sonreí nerviosamente.

"Sí."

Asahi: "¿Estás hablando en serio?"

"Sí."

Pasaron unos segundos.

Asahi: "¿Dónde?"

Habíamos hablado muchas veces sobre la distancia que nos separaba.

Ambos sabíamos que viajar hasta la casa del otro sería demasiado complicado.

Así que busqué un mapa.

No quería decirle un lugar real.

Solo necesitábamos encontrar un punto intermedio.

Un lugar al que ambos pudieran llegar.

Le envié la ubicación.

"Aquí."

Pasaron unos segundos.

Asahi: "Está bastante lejos."

Sonreí.

"Para los dos."

Asahi: "Rin..."

"¿Sí?"

"¿Estás segura?"

Me quedé mirando aquellas palabras.

Esa pregunta me hizo pensar.

Porque sí tenía miedo.

Muchísimo.

Nunca había viajado tan lejos sola.

Nunca había hecho algo así.

Nunca había conocido en persona a alguien con quien había hablado durante tantos meses.

Y precisamente por eso sabía que estaba a punto de hacer algo que podía cambiar mi vida.

Miré mi reflejo en la ventana.

Parecía una chica normal.

Una chica que probablemente debería estar preocupándose por los exámenes, por la escuela o por cualquier otra cosa.

Pero yo estaba planeando recorrer una enorme parte del país para conocer a un chico que había conocido por internet.

Era absurdo.

Era aterrador.

Fue probablemente una de las decisiones más imprudentes que había tomado.

Y sonreí.

Escribí:

"Nunca había estado más segura."

Esta vez su respuesta tardó.

Asahi: "Me alegra."

Después apareció otro mensaje.

"Pero tengo miedo."

Abrí mucho los ojos.

Sonreí.

"Yo también."

"Entonces quizá no deberíamos hacerlo."

Negué con la cabeza.

—No.

Escribí:

"Tener miedo no significa que debamos detenernos."

Él no respondió.

Así que añadí:

"Además, si tú tienes miedo y yo tengo miedo..."

Hice una pausa.

"Entonces podemos tener miedo juntos cuando nos encontremos."

Pasaron unos segundos.

Finalmente apareció:

"Eres extraña."

Me reí.

"Lo sé."

"Pero me gusta."

Mi sonrisa desapareció durante un segundo.

Sentí que las mejillas comenzaban a arder.

—Idiota...

Escondí la cara entre las manos.

Aquella noche seguimos hablando durante horas.

Hicimos planes.

Decidimos qué llevar.

Cuánto dinero necesitamos.

Qué haríamos si alguno tuviera problemas durante el viaje.

Dónde esperaríamos.

Qué ocurriría si uno llegaba antes.

Incluso acordamos una señal para reconocernos.

Aunque, después de tantos meses, probablemente no necesitaríamos ninguna.

O eso quería creer.

---

Diez días antes

La noticia de mi viaje no fue fácil de explicar.

Mi familia hizo preguntas.

Muchas.

Demasiadas.

¿A dónde iba?

¿Con quién?

¿Por qué?

¿Era alguien que conocía realmente?

Tuve que explicar que sí lo conocía.

Aunque, en realidad, nunca había estado frente a él.

Supongo que era difícil explicar una relación que había nacido detrás de una pantalla.

¿Cómo explicas que alguien puede convertirse en una parte importante de tu vida sin haber tocado nunca su mano?

No lo sabía.

Pero yo lo sentía.

Y a veces eso era suficiente.

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Ocho días antes

Comencé a preparar mis cosas.

Sacaba ropa.

La volvía a guardar.

Volví a sacarla.

No sabía qué llevar.

Terminé sentada en el suelo rodeada de ropa.

—¿Por qué estoy tan nerviosa?

Mi corazón parecía tener prisa.

Cada vez que imaginaba el encuentro, aparecía una nueva pregunta.

¿Y si no le gusto?

¿Y si en persona soy diferente?

¿Y si él es diferente?

¿Y si nos quedamos sin nada que decir?

¿Y si todo esto cambia cuando estemos frente a frente?

Esa última pregunta era la que más miedo me daba.

Porque las palabras podían esconder muchas cosas.

Pero cuando tienes a una persona delante...

ya no hay pantalla detrás de la cual esconderse.

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Cinco días antes

Nuestra conversación cambió.

Ya no hablamos solamente de nuestros gustos.

Hablábamos del viaje.

De lo que haríamos cuando nos viéramos.

—¿Qué quieres hacer primero? —le pregunté durante una llamada.

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—Probablemente quedaré mirándote.

Me quedé en silencio.

—¿Rin?

—Estoy aquí.

—¿Te pusiste nerviosa?

—No.

Mentira.

Me había puesto roja.

—Estás mintiendo.

—Cállate.

Escuché su risa.

Sonreí.

A veces pensaba que ese sonido era una de las cosas que más quería escuchar en persona.

No sabía cómo explicarlo.

Tal vez amar a alguien comenzaba justamente así.

No con una gran declaración.

No con fuegos artificiales.

Sino con pequeños deseos.

Quiero escuchar su voz.

Quiero conocer su sonrisa.

Querer saber cómo se ve cuando está feliz.

Quiero caminar a su lado.

Quiero estar allí.

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Dos días antes

La maleta estaba lista.

Mi teléfono estaba cargado.

El dinero guardado.

Todo preparado.

Solo faltaba dormir.

No pude.

Me acosté.

Cerré los ojos.

Los abrí.

Volví a cerrarlos.

Nada.

Tomé el teléfono.

Tenía un mensaje.

Asahi: "¿Sigues despierta?"

Sonreí.

"Sí."

"Yo tampoco puedo dormir."

"¿Nervioso?"

"Mucho."

Pensé unos segundos.

"¿Te arrepientes?"

La respuesta llegó rápidamente.

"No."

Sonreí.

"Yo tampoco."

Hubo un largo silencio.

Después escribió:

"Rin."

"¿Sí?"

"Gracias."

"¿Por qué?"

"Por hacer esto posible."

Miré la pantalla.

No sabía qué responder.

Así que escribí lo primero que sentí.

"Gracias a ti por llegar hasta aquí."

Él respondió:

"Todavía no he llegado."

Sonreí.

"Entonces tendrás que hacerlo."

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Un día antes

El tiempo se había vuelto extraño.

Los días que parecían eternos habían desaparecido.

Ahora solamente quedaban horas.

Cada vez que miraba el calendario, mi corazón se acelera.

Trece días.

Solo trece.

Y de pronto quedó uno.

Me quedé frente a mi ventana.

Pensé en todo lo que había ocurrido.

La chica que había sido meses atrás.

La chica que descargó una aplicación sin saber qué encontraría.

En aquella persona que había escrito un simple "hola".

Nunca imaginé que una palabra tan pequeña pudiera llevarme tan lejos.

Quizá nuestras vidas cambian de esa manera.

No siempre con grandes decisiones.

A veces todo comienza con algo diminuto.

Un mensaje.

Una llamada.

Un nombre.

Una persona.

Y antes de darte cuenta, estás dispuesto a cruzar medio país para llegar hasta ella.

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El día del viaje

El despertador sonó antes de que amaneciera.

Abrí los ojos.

Durante unos segundos olvidé qué día era.

Entonces lo recordé.

Me senté en la cama.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Hoy.

Era hoy.

Me levanté.

Me vestí.

Tomé mi maleta.

Antes de salir, miré mi habitación una última vez.

Todo estaba exactamente igual.

La cama.

El escritorio.

La ventana.

Los libros.

Pero algo dentro de mí había cambiado.

Tomé aire.

Abrí la puerta.

Mi mano temblaba un poco.

—Vamos, Rin.

Di un paso.

Luego otro.

Y salí.

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A cientos de kilómetros de allí, en otro punto de Japón...

Asahi también estaba frente a una puerta.

Su maleta estaba preparada.

El viaje comenzaba.

No podía verme.

Yo tampoco podía verlo.

Todavía no.

Éramos dos personas separadas por cientos de kilómetros.

Dos caminos distintos.

Dos historias que habían comenzado en lugares diferentes.

Pero ahora tenían el mismo destino.

Yo cerré mi puerta.

Él cerró la suya.

Durante meses habíamos hablado de encontrarnos.

Durante meses habíamos imaginado cómo sería.

Ahora ya no había nada que imaginar.

Solo quedaba caminar.

Tomé mi maleta con ambas manos.

Respiré profundamente.

Y comencé a avanzar.

Porque a veces amar no significa saber qué encontrarás al final del camino.

Significa decidir que vale la pena recorrerlo.

Y mientras yo daba mi primer paso...

en algún lugar muy lejano, Asahi daba el suyo.

Ninguno de los dos podía verlo.

Pero nuestros caminos ya habían comenzado a acercarse.

Faltaban trece días para conocernos.