Capitulo 2 Tu nombre es
Japón, 2009.
Hay días que parecen no tener nada especial.
Días que comienzan igual que todos los demás.
El despertador suena.
El sol entra por la ventana.
Alguien grita desde otra habitación que vas a llegar tarde.
Sales de casa.
Caminas por las mismas calles.
Ves los mismos rostros.
Y regresas cuando el cielo comienza a oscurecerse.
Supongo que mi vida era así.
No era una vida triste.
Tampoco era especialmente emocionante.
Era simplemente...
mi vida.
Me llamo Rin.
Tenía diecisiete años y, si tuviera que describirme con una sola palabra, probablemente elegiría "normal".
Aunque mis amigos seguramente se reirían si escucharan eso.
—¡Rin, espera!
Escuché mi nombre mientras caminaba por la calle.
Me giré.
Una chica corría hacia mí con su bolso golpeándole el costado.
—¡Te dije que caminaras más despacio!
—¡Pero tú eres la que siempre llega tarde!
—¡Eso no significa que tengas que abandonarme!
No pude evitar reír.
—Lo siento.
—No estás arrepentida.
—Un poquito.
Seguimos caminando juntas hacia la escuela.
Me gustaba estar con otras personas.
A diferencia de algunas personas que preferían permanecer solas, yo disfrutaba escuchar historias, ayudar cuando alguien lo necesitaba y simplemente pasar un buen rato.
Quizá por eso siempre terminaba metida en problemas.
No porque buscara problemas.
Los problemas parecían encontrarme a mí.
Una vez ayudé a un niño a recuperar su gato y terminé llegando tarde a clase.
Otra vez me quedé ayudando a una señora con unas bolsas y perdí el autobús.
Y en cierta ocasión...
Bueno.
Digamos que todavía no entendía cómo había terminado dentro de un estanque.
No era importante.
—Rin.
—¿Sí?
—Estás sonriendo sola otra vez.
Dejé de sonreír inmediatamente.
—¿Yo?
—Sí.
—No estaba haciendo nada.
—Claro.
Me miró con una expresión divertida.
—Seguro estabas imaginando algún príncipe azul.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—¡No estaba imaginando nada!
—Entonces sí estás pensando en alguien.
—¡Que no!
Se echó a reír.
Yo infló las mejillas y miré hacia otro lado.
—Qué pesada...
Pero también estaba sonriendo.
No podía evitarlo.
Quizá siempre había sido así.
Me ponía nerviosa con facilidad.
Me asustaba más de lo que me gustaría admitir.
Y cuando algo realmente me daba miedo...
Bueno, podía entrar en pánico bastante rápido.
Pero había algo que sabía con certeza.
Aunque tuviera miedo, si alguien necesitaba ayuda, no podía simplemente mirar hacia otro lado.
Era una contradicción que nunca había logrado entender.
Podía temblar frente a algo que me aterraba...
y aun así dar un paso adelante.
Quizá eso era lo que significaba ser valiente.
No dejar de tener miedo.
Seguir avanzando a pesar de él.
---
Las semanas pasaron.
Después de los meses.
Mi vida continuó de la misma manera.
Escuela.
Casa.
Amigos.
Tareas.
Pequeñas aventuras que parecían importantes en aquel momento y que años después probablemente olvidaremos.
Hasta que una tarde algo cambió.
Estaba sentada en mi habitación mirando mi teléfono.
Mi amiga me había enviado un mensaje.
"Descarga esta aplicación."
Fruncí el ceño.
"¿Cuál?"
La respuesta llegó unos segundos después.
"Una para conocer personas."
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Conocer personas?
No sabía si reír o preocuparme.
Abrí el enlace.
Era una aplicación de citas.
Me quedé completamente quieta.
—¿Citas?
Sentí que mi cara comenzaba a calentarse.
—No, no, no...
Cerré la aplicación.
Dos segundos después volví a abrirla.
—Solo voy a mirar.
Eso me dije.
Solo mirar.
Nada más.
Me registré.
La aplicación comenzó a mostrarme perfiles.
Personas que no conocía.
Personas que vivían lejos.
Personas que probablemente nunca conocería.
Deslicé algunos perfiles sin demasiado interés.
Hasta que apareció uno.
Un chico.
Su perfil era bastante sencillo.
No tenía demasiadas fotografías.
No parecía intentar llamar la atención.
Debajo de su nombre había una pequeña descripción. Asahi.
Me quedé mirando el nombre.
—Asahi...
Lo repetí en voz baja.
No sabía por qué.
Quizá solamente me gustaba cómo sonaba.
Leí su descripción.
Era breve.
Demasiado breve.
No decía gran cosa.
Pero había algo en aquella fotografía.
No parecía estar sonriendo.
Tampoco parecía querer aparentar algo.
Simplemente estaba allí.
Por alguna razón, sentí curiosidad.
Mi dedo se quedó sobre la pantalla.
—¿Le escribo?
Lo retiré.
—No.
Volví a mirar.
—No.
Unos segundos después...
—Solo un mensaje.
Respiré profundamente.
Escribí.
Hola.
Lo borré.
Demasiado simple.
Volví a escribir.
Hola, ¿cómo estás?
Lo miré.
—Eso está bien.
Presioné enviar.
Y entonces ocurrió algo terrible.
Esperé.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Nada.
—Bueno...
Dejé el teléfono sobre la cama.
—Era obvio.
Me levanté para ir a beber algo.
Cuando regresé, había una notificación.
Asahi respondió.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Tomé el teléfono rápidamente.
"Hola. Estoy bien. ¿Tú?"
Sonreí.
"También estoy bien. Perdón por escribirte de repente."
La respuesta llegó poco después.
"No tienes que disculparte. Tú me escribiste primero."
Me quedé mirando aquello.
—Qué serio...
Escribí:
"¿Siempre hablas así?"
Pasaron unos segundos.
"¿Así cómo?"
"Tan serio."
Esta vez tardó un poco más.
"No sé."
Solté una carcajada.
—Definitivamente es serio.
Seguimos hablando.
Aquella noche conversamos durante horas.
No sobre cosas importantes.
Ni sobre secretos.
Ni sobre sentimientos.
Hablamos de comida.
De la escuela.
De películas.
De cosas que nos gustaban.
De cosas que odiábamos.
Y descubrí algo curioso.
Asahi era mucho más interesante de lo que parecía.
---
Pasó una semana.
Seguíamos hablando.
Cada noche esperaba su mensaje.
Al principio me decía que era simplemente porque ya me había acostumbrado.
Después de dos semanas, todavía pensaba lo mismo.
Después de un mes...
Ya no estaba tan segura.
Una noche estaba haciendo mi tarea cuando mi teléfono vibró.
Miré la pantalla.
Asahi: "¿Estás ocupada?"
Sonreí.
"Haciendo tarea."
"Entonces no te molesto."
Fruncí el ceño.
"No dije que estuviera ocupada contigo."
Pasaron varios segundos.
"Entonces terminaré mi pregunta."
"Dime."
"¿Qué haces cuando estás triste?"
Dejé de sonreír.
No esperaba esa pregunta.
Pensé durante unos segundos.
"Salgo a caminar."
"¿Sola?"
"Sí."
"¿Y te ayuda?"
"A veces."
Después de unos segundos pregunté:
"¿Y tú?"
No respondió inmediatamente.
Esperé.
Un minuto.
Dos.
Finalmente llegó su mensaje.
"Yo no hago nada."
Lo leí varias veces.
Había algo extraño en esa respuesta.
Como si escondiera algo detrás de aquellas palabras.
No insistí.
"Entonces cuando estés triste puedes hablar conmigo."
La respuesta tardó menos esta vez.
"¿Por qué?"
Sonreí.
"Porque sí."
"No es una razón."
"Entonces porque me gusta hablar contigo."
Esta vez no respondió durante varios minutos.
Yo también me quedé mirando la pantalla.
No sabía por qué me había puesto nerviosa.
Solo había dicho la verdad.
---
Pasaron más semanas.
Nos acostumbramos el uno al otro.
Ya no necesitábamos buscar un tema para conversar.
Podíamos hablar durante horas sobre absolutamente nada.
A veces uno de los dos desaparecía durante unas horas y el otro preguntaba dónde estaba.
A veces discutimos por cosas absurdas.
A veces nos quedamos hasta tarde hablando aunque al día siguiente tuviéramos escuela.
Y, poco a poco, comenzó algo que ninguno de los dos mencionó.
Esperábamos esos mensajes.
---
Tres meses.
Ese fue el tiempo que tardé en darme cuenta.
Estaba caminando de regreso a casa cuando recibí un mensaje.
Asahi: "Hoy vi algo que me recordó a ti."
Me detuve.
"¿Qué cosa?"
"Flores."
Sonreí.
"¿Por qué flores?"
"No sé. Supongo que porque siempre hablas de ellas."
Me quedé mirando la pantalla.
Sentí algo extraño en el pecho.
Algo cálido.
Algo que no sabía explicar.
Guardé el teléfono.
Seguí caminando.
Pero mi sonrisa no desapareció.
Aquella noche me acosté pensando en él.
Y por primera vez me hice una pregunta que me dio un poco de miedo.
¿Me estaba enamorando?
Me tapé la cara con la almohada.
—No puede ser...
Mi corazón latía demasiado rápido.
—Rin, cálmate...
Pero no podía.
Porque, en el fondo, ya conocía la respuesta.
---
Cinco meses.
Habíamos aprendido muchas cosas el uno del otro.
Yo sabía que Asahi prefería determinados tipos de comida.
Sabía qué cosas podían hacerlo reír.
Sabía cuándo estaba fingiendo que estaba bien.
Sabía cuándo necesitaba espacio.
Y él había aprendido cosas sobre mí que ni siquiera algunas personas cercanas conocían.
Sabía que me asustaban los lugares demasiado oscuros.
Sabía que me ponía nerviosa hablar delante de mucha gente.
Sabía que, cuando tenía miedo, comenzaba a hablar demasiado.
Y sabía que me gustaban las flores.
Mucho.
Una noche estábamos hablando.
La conversación se detuvo durante unos segundos.
Entonces apareció un mensaje.
Asahi: "Rin."
"¿Sí?"
"¿Puedo preguntarte algo?"
"Claro."
Tardó en responder.
Finalmente escribió:
"¿Alguna vez has pensado en conocerme?"
Me quedé completamente quieta.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Miré la pantalla.
Escribí una respuesta.
La borré.
Volví a escribir.
La borré otra vez.
Finalmente envié:
"Sí."
Tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Entonces llegó su respuesta.
"Yo también."
Sonreí.
Pero esta vez había algo diferente.
Ya no era solamente una conversación.
Ya no era solamente una persona detrás de una pantalla.
Había alguien al otro lado.
Alguien que conocía mis miedos.
Mis gustos.
Mis pequeñas manías.
Alguien que había conseguido convertirse en una parte importante de mis días sin siquiera estar cerca.
Y entonces llegó otro mensaje.
Asahi: "¿Crees que algún día podríamos encontrarnos?"
Miré por la ventana.
La noche estaba tranquila.
Pensé en todo el tiempo que habíamos pasado hablando.
Pensé en lo lejos que estábamos.
Y, aunque una pequeña parte de mí tenía miedo...
Sonreí.
Mis dedos comenzaron a escribir.
"Sí."
Hice una pausa.
Y añadí:
"Me gustaría conocerte."
En ese momento todavía no sabía cuánto tendría que recorrer para hacerlo.
No sabía las personas que conocería.
No sabía los lugares en los que terminaría.
No sabía las cosas que me ocurrirían.
Y tampoco sabía que aquel simple mensaje sería el comienzo de uno de los viajes más extraños de mi vida.
Solo sabía una cosa.
Había pasado meses hablando con alguien cuyo rostro todavía no había visto en persona.
Y aun así...
Cuando miraba su nombre en mi pantalla, sentía que ya lo conocía desde hacía mucho tiempo.
Asahi.
Me quedé mirando aquellas letras.
Y sonreí.
—Tu nombre es bonito.