Hasta Llegar A Ti Capitulo 1 Japón 2009
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Hasta Llegar A Ti

Hasta Llegar A Ti

Por James Leon

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Capitulo 1 Japón 2009

Japón, 2009

El viento de aquella mañana era suave.

Caminaba lentamente por un enorme campo de flores que se extendía junto al camino que llevaba hasta la preparatoria. Era una de esas épocas del año en las que parecía que la naturaleza se había puesto de acuerdo para llenar cada rincón de color.

Había flores de todos los tamaños y formas.

Algunas eran pequeñas y apenas sobresalía entre la hierba. Otras se levantaban orgullosas hacia el cielo, moviéndose de un lado a otro cada vez que el viento pasaba entre ellas.

Siempre me había gustado aquel lugar.

Supongo que era lo único bueno de vivir en mi pueblo.

Cuando estaba allí, lejos de las voces de los demás y del ruido de la escuela, podía respirar con tranquilidad.

Me inspiré profundamente.

El aire de la mañana estaba frío, pero se sentía bien.

Por unos segundos cerré los ojos.

No tenía que pensar en las clases.

No tenía que pensar en mis calificaciones.

No tenía que pensar en mi futuro.

Ni en nada.

Solamente caminar.

Abrí los ojos y continué mi camino hacia la preparatoria.

Aquella era la última semana.

En pocos días terminaría todo.

La verdad, nunca me había gustado ir a ese lugar.

No porque los profesores fueran malos. Tampoco porque tuviera problemas con mis compañeros.

Simplemente...

No encajaba.

Siempre había sido demasiado callado.

Mientras los demás hablaban, yo escuchaba.

Mientras ellos reían, yo sonreía de vez en cuando para que nadie preguntara si me pasaba algo.

Con el tiempo descubrí que era más fácil permanecer en silencio.

La preparatoria era enorme y sus pasillos siempre estaban llenos de estudiantes. Bastaba caminar unos cuantos metros para escuchar conversaciones de todo tipo.

Ese día no fue diferente.

Pasé junto a un grupo de chicos que hablaban emocionados sobre algo.

No pude evitar escuchar.

—Te digo que funciona. Mi primo conoció a su novia ahí.

—¿De verdad?

—Sí. Es una aplicación de citas.

Seguí caminando, pero aquella frase se quedó dando vueltas en mi cabeza.

Una aplicación de citas.

Nunca había utilizado algo parecido.

Ni siquiera sabía exactamente cómo funcionaba.

Tenía diecisiete años y nunca había tenido novia.

Supongo que quizá una aplicación así podría ser una buena opción.

Sonreí un poco ante la idea.

—¿Pero qué estoy pensando?

A veces me preguntaba si era normal hablar conmigo mismo.

Probablemente no.

Aunque, siendo sincero, tampoco tenía a muchas personas con quienes hablar.

Llegué al pasillo que llevaba hasta mi aula.

Estaba a punto de entrar cuando escuché una voz detrás de mí.

—¡Asahi!

Me detuve.

Me giré.

Uno de los trabajadores de la escuela estaba parado al final del pasillo.

—La señorita directora quiere verte en su oficina.

Mi expresión cambió.

¿La directora?

¿Qué habría hecho ahora?

Intenté recordar si había cometido alguna falta durante los últimos días.

Nada.

O al menos nada que pudiera recordar.

Suspiré y caminé hacia la oficina.

Toqué la puerta.

—Adelante.

Abrí.

—Buenos días, señorita Himari. Me dijeron que quería verme.

La directora levantó la mirada de unos documentos que tenía sobre su escritorio.

—Asahi. Siéntate.

Obedecí.

Ella guardó silencio durante unos segundos.

Demasiado tiempo.

Ese tipo de silencio siempre significaba que algo no iba bien.

Finalmente habló.

—Quiero saber cómo estás.

Parpadee.

—¿Cómo estoy?

—Sí.

Miré algunos papeles.

—Tus calificaciones han bajado considerablemente.

No respondí.

—Eres el mejor alumno de tu clase, Asahi. Durante años has mantenido unas calificaciones excelentes. Pero últimamente...

Dejó los documentos sobre el escritorio.

—Ya no parece importarle.

Bajé la mirada.

Sabía perfectamente a qué se refería.

—Sé que la muerte de tus padres te afectó mucho —continuó—. Y quiero que sepas que puedes contar con nosotros. Con tus profesores. Con tus compañeros. No tienes que atravesar esto solo.

Sentí una presión en el pecho.

Otra vez.

¿Por qué todos tenían que hablar de ellos?

Mis padres habían muerto hacía tiempo, pero cada vez que alguien pronunciaba aquella palabra, era como si el accidente hubiera ocurrido el día anterior.

Apreté las manos sobre mis piernas.

No entendía por qué todos pensaban que estaba triste solamente porque no hablaba.

Quizá al principio sí.

Pero después de tanto tiempo...

Simplemente me cansé.

Me cansé de fingir sonrisas.

Me cansé de responder que estaba bien.

Me cansé de hablar con personas solamente para que dejaran de preguntarme qué me pasaba.

Levanté la cabeza.

—No pasa nada.

La directora me observó en silencio.

—Voy por el promedio —continué—. No tendré problemas para graduarme.

—Asahi...

—Estoy bien.

Ella suspiró.

—Entiende que esperábamos que fueras el mejor de tu generación. Si mantienes tus calificaciones, podrías recibir una beca.

No dije nada.

—Eres uno de los mejores alumnos que ha tenido esta institución en más de cincuenta años. No puedo permitir que eches a perder tu futuro simplemente porque ya no quieres esforzarte.

Futuro.

Otra vez esa palabra.

La odiaba.

Con toda mi alma.

¿Por qué todos hablaban del futuro como si fuera algo maravilloso?

¿Qué tenía de especial?

El futuro significaba despertar mañana.

Y después pasado mañana.

Y después otro día.

Y otro.

Y otro.

A veces pensaba que todo sería más sencillo si simplemente no existiera el mañana.

Quizá sería mejor morir mañana.

Al menos así no tendría que preocuparme por lo que vendría después.

Me quedé callado durante varios segundos.

Luego me levanté.

—Me esforzaré.

La directora también se levantó.

—Bien. Durante los próximos días te asignaremos algunas tareas y exámenes adicionales. También hablaremos con tu abuela si es necesario.

Asentí.

—Entiendo.

Salí de la oficina y cerré la puerta detrás de mí.

Me quedé mirando el pasillo.

Los estudiantes caminaban de un lado a otro.

Algunos se reían.

Otros corrían porque llegaron tarde a clase.

Todo parecía normal.

Pero yo no quería entrar.

Así que hice algo que probablemente no debía hacer.

Me fui.

Bajé las escaleras, salí de la escuela y corrí hasta donde había dejado mi bicicleta.

Pedaleó sin pensar.

No sabía exactamente hacia dónde iba.

Solo quería alejarme.

Las calles fueron quedando atrás.

Después las casas.

Después las personas.

Hasta que finalmente llegué a aquel lugar.

El lugar del accidente.

Dejé caer la bicicleta y me quedé de pie frente a la carretera.

Durante unos segundos no sentí nada.

Entonces las lágrimas comenzaron a caer.

—¿Por qué...?

Mi voz salió quebrada.

Apreté los dientes.

—¿Por qué me abandonaron?

Me llevé una mano al rostro.

—¿Por qué tuvieron que dejarme solo?

No hubo respuesta.

Nunca la había.

Solamente el sonido del viento pasando entre los árboles.

Entonces escuché unas voces a lo lejos.

—¡Oye! ¿Ya descargaste la aplicación?

Me quedé quieto.

Había unos chicos acercándose.

Rápidamente tomé mi bicicleta y me escondí detrás de unos árboles.

No quería que me vieran.

—Todavía no.

—Pues hazlo. Te dije que está buena.

—¿Y si conozco a alguien?

Los dos comenzaron a reír.

—Ese es el punto.

Volvieron a mencionar la aplicación.

La misma de la que había escuchado hablar en la escuela.

Me quedé escuchando unos segundos.

No entendía por qué parecía tan importante para todos tener una novia.

¿Realmente hacía que uno se sintiera menos solo?

Quizá.

No lo sabía.

Cuando los chicos finalmente se alejaron, salí de mi escondite.

Miré hacia la carretera una última vez.

—Supongo que no tengo nada mejor que hacer.

Tomé mi bicicleta y regresé a casa.

---

Cuando llegué, mi abuela ya estaba esperándome.

No hizo falta que preguntara dónde había estado.

Probablemente lo sabía.

—Asahi.

—Ya llegué.

—La directora llamó.

Dejé mis zapatos a un lado.

—Lo imaginé.

Mi abuela comenzó a hablarme sobre mis calificaciones, sobre la escuela y sobre mi futuro.

Intenté escucharla.

De verdad lo intenté.

Pero las palabras comenzaron a mezclarse.

Hasta que una frase consiguió atravesar todo aquel ruido.

—Tienes que encontrar a alguien para compartir tu vida.

La miré.

Ella continuó.

—Yo no estaré siempre aquí, Asahi.

Me quedé inmóvil.

Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.

Porque sabía que tenía razón.

Algún día mi abuela también se iría.

Y entonces...

¿qué quedaría?

Bajé la mirada.

Ella se acercó y puso una mano sobre mi hombro.

—No tienes que estar solo.

No respondí.

Subí las escaleras y entré en mi habitación.

Cerré la puerta.

Por primera vez en mucho tiempo, me quedé mirando mi teléfono sin saber qué hacer.

Recordé la conversación de aquella mañana.

La aplicación.

Las citas.

La posibilidad de conocer a alguien.

Solté una pequeña risa.

—Esto es ridículo.

Aún así, busqué la aplicación.

La encontré.

Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos.

Mi dedo se quedó suspendido sobre el botón de descarga.

No sabía qué esperaba encontrar.

Tal vez una novia.

Tal vez una amistad.

Tal vez solamente alguien con quien hablar.

O quizá nada.

Presioné el botón.

La descarga comenzó.

10%.

25%.

50%.

75%.

100%.

La aplicación se instaló.

La abrí.

La pantalla iluminó mi habitación.

Y entonces apareció una pregunta:

“¿Qué estás buscando?”

Me quedé mirando aquellas palabras.

No tenía idea.

Pero, por alguna razón, decidí responder.

Tal vez fue una decisión insignificante.

Tal vez fue la decisión más importante de mi vida.

En aquel momento todavía no lo sabía.

Solo sabía una cosa.

Esa noche, sin darme cuenta...

había dado el primer paso para llegar hasta ti.