Chapter 47
Zephyr estaba asomado a la ventana, dando vueltas en su cabeza a un plan de venganza mientras escuchaba el relato de Azariel.
En su viaje a Selenia, el dios del mar había coincidido con Naima, quien había ido a recoger unos abalorios que su madre le había regalado.
Según le había contado la diosa a su madre, se había reencontrado no hacía mucho con el hombre del que había estado enamorada tiempo atrás y pensaba vivir con él en su cabaña en el bosque, cerca de Ciudad Iridia.
Azariel lo había oído todo a escondidas mientras se escurría para robar el cuerno del dios de la tormenta.
Seguramente, si se lo hubiese pedido a sus padres, estos le hubiesen permitido usarlo, pero entonces la diversión no habría sido la misma.
Sentir que estaba haciendo fechorías le reportaba mayor entretenimiento.
Así que Naima no supo que estaba siendo escuchada por su hermano de piel azulada a la vez que sus padres le pedían a ella explicaciones sobre su comportamiento en la playa. El, concretamente, le recriminaba que, si pensaba matarla, por qué no lo hizo antes de malgastar su poder de aquella manera.
—¿Dónde hubiese estado la gracia, entonces? —había respondido ella—. Zephyr tenía que creer que se había salido con la suya, igual que yo creí que mi amante iba a salvarse cuando le di de beber el supuesto antídoto.
—¿Veis por qué no debéis inmiscuiros en cosas de humanos? —suspiró su madre con exasperación—. No hacéis más que pelearos por nimiedades.
Azariel aprovechó la discusión para deslizarse con sigilo hasta la cámara de los tesoros.
Allí estaban tanto el cuerno de Adad como los talismanes de Rigxa y Zëlayn, los cuales tuvieron que dejar atrás al marcharse, pues pertenecían a Metallia y no a otro lugar. En otras dimensiones carecían de poder.
Y ahora Zephyr, tras escuchar toda la historia, creyó haber dado con el plan idóneo, pero iba a necesitar la inestimable ayuda de su amada Melina, quien, para su sorpresa, estuvo de acuerdo con su idea de venganza.
—Eres retorcida tú también, ¿eh? —sonrió antes de depositar un beso lujurioso en sus labios.
Zephyr le pidió a Azariel que llevase el cuerno y el pararrayos a Villa Alumen, donde habían detectado una atmósfera más favorable para convocar la tormenta, mientras ellos daban un rodeo y visitaban Ciudad Iridia.
Para poder transportar a Tattoo sin causarle más traumas, Zephyr le administró una pócima de sueño que lo hizo caer en un estado de narcosis del que tardaría horas en despertar.
Lo introdujo en una bolsa de cuero que Melina se colgó de la espalda, parecida a una mochila, y la cerró asegurándose de que podía respirar sin dificultad.
Melina disfrutó del paseo con su amado, quien, gracias a que había recuperado toda su vitalidad divina, no tuvo la necesidad de tomar ninguna pócima de fuerza. Ahora la podía llevar en brazos como si fuesen a cruzar el umbral de su hogar después de haber contraído matrimonio.
No podía negar que esa idea se le pasó por la cabeza y le había parecido una imagen maravillosa, pero sus caminos iban a separarse antes de acabar el día y pensar en ello solo le causaba sufrimiento.
Decidió apartar aquellos espejismos de su mente y se centró en disfrutar del vuelo junto a Zephyr.
Ya tendría tiempo de apenarse cuando estuviesen en Villa Alumen.
Tocaron tierra cerca de la cabaña de Fiz.
Se trataba de una zona alejada de otras poblaciones y no corrían riesgo de ser vistos.
Con mucho sigilo, se asomaron a la ventana y descubrieron que Naima se encontraba en la cocina, preparaba un bizcocho de limón, su favorito.
El hombre estaba tumbado en la cama leyendo un libro y sonriendo.
Llevaba el torso desnudo, unas enaguas blancas y, en los pies, los zapatos del cielo que habían pasado ya por demasiadas personas.
Se miraron a los ojos y asintieron para dar comienzo a la venganza.
Cuando Naima salió de la cocina canturreando una alegre canción, la taza de té que llevaba en las manos cayó al suelo con gran estrépito. El corazón le comenzó a latir con terror al ver allí a su hermano Zephyr, de pie y con un cuchillo sobre el cuello de Fiz.
—La máscara… —farfulló atónita al comprobar que la maldición se había roto.
Pero no tuvo tiempo de dedicarle más segundos a Zephyr, pues, junto a él, Melina la miraba con una sonrisa macabra.
—¿Estás viva? —No lo podía creer. No era posible.
—Ya ves que sí, maldita cabrona. —Zephyr se sintió orgulloso de Melina.
Naima rebuscó en su túnica la varita mágica, pero la había dejado sobre el tocador. Estaba desarmada.
Melina se acercó entonces a Fiz y, despacio, lo despojó de los zapatos. Naima se revolvió, pero Zephyr apretó más la hoja contra la piel del amante de su hermana.
—No intentes nada raro, no dudaré en cortarle el cuello. Bien lo sabes —advirtió el dios.
Naima miró a Fiz a los ojos, el hombre no podía ocultar el pavor que sentía, no quería morir; y Naima no quería ser la culpable de ello si ocurría, así que tomó una sabia decisión: se estuvo quietecita.
Melina llegó entonces a su lado y se agachó junto a ella.
—¿Me permites?
Con insolencia, le levantó un pie y la descalzó, luego repitió la operación con el otro.
—Me las vais a pagar —amenazó, pero Zephyr estaba muy tranquilo. No había nada que ella pudiera hacer en su contra.
Pero si ya estaba horrorizada, chilló de puro pánico cuando Zephyr la apuntó con el cuchillo y pronunció el maleficio que ella misma había utilizado contra él el día que lo privó de su magia.
Cuando los labios de Zephyr se sellaron, el bonito rostro de Naima estaba cubierto por una máscara verde idéntica a la que había sufrido el dios del viento del oeste durante cinco años.
—¡¿Qué has hecho?! —gritó y lloró en una mezcla de pánico y rabia.
—Ojo por ojo, lo llaman —respondió su hermano.
—Me las pagaréis, ¿me oís? ¡Me las pagaréis!
Zephyr se permitió acercarse a ella y darle un beso en la mejilla, ahora cubierta por la máscara verde de filigranas doradas. Naima intentó morderle, incluso arañarle, pero el dios fue más rápido y se apartó divertido.
—Adiós, hermanita. Disfruta de tu vida, de pronto se ha vuelto más incierta.
—Melina… —se dirigió a ella para apelar a su bondadoso corazón—. No permitas esto, por favor.
—Me mataste —sentenció—. Yo no te hice nada, solo confié en ti, y me mataste sin remordimientos.
—Eres buena, no como él. Esto te pesará en el espíritu, no permitas que te corrompa. ¡Ayúdame!
Pero sus súplicas no sirvieron de nada.
Melina y Zephyr se giraron hacia la puerta y comenzaron a andar.
Fiz se tambaleó lejos de ellos todo lo que la habitación le permitía.
Cuando, ya en el exterior, Zephyr alzó el vuelo con Melina en brazos, Naima corrió tras ellos y trató de invocar sus alas para perseguirlos, pero estas habían desaparecido, censuradas por culpa de la prisión mágica que suponía portar aquella máscara.
—¡Volved! ¡Volved! ¡¡Por favor!!
Melina y Zephyr la ignoraron y remontaron el vuelo, perdiéndose tras la espesura de los árboles.
—¿Qué piensas hacer con estos dos pares de zapatos? —le preguntó entonces Melina a Zephyr.
—Nada, no me interesan ya. ¿Tienes algo en mente? —quiso saber cuando se fijó en el entrecejo fruncido de ella.
—En realidad sí, pero no sé si estarás de acuerdo.
Melina le contó su idea a Zephyr y este se desvió un poco de su trayectoria para sobrevolar la granja de Tabar. Aterrizaron con suavidad sobre el tejado de la cuadra, con mucho cuidado de no ser vistos.
—¿Por qué no quieres que te vean? —Se extrañó Zephyr.
—Se preguntarían qué hago aquí todavía y tendría que explicarles que he vivido una experiencia más que cercana a la muerte. Se preocuparían por mí y no quiero que lo hagan, pues ya no hay nada de qué preocuparse.
Zephyr asintió y le preguntó:
—¿Qué quieres que haga entonces?
—Llama a la puerta y entrégaselos. Y, si no tienes problema con mentirles, diles que me marché, que estoy bien, y que los echaré de menos. Ya lo hago, en realidad.
El dios acató los deseos de su amada y así lo hizo. Llamó a la puerta y, cuando el granjero lo recibió, le entregó los dos pares de zapatos que habían robado a Naima y a Fiz. Tabar se sorprendió de ver allí a Zephyr sin la máscara y llamó a Helmer para que saliera a verlo por sí mismo.
Les dio entonces el recado de parte de Melina y, a continuación, les dijo algo más, algo que se le había ocurrido a él y que creyó que sería una gran idea.
—¿Cómo están? —quiso saber Melina cuando Zephyr regresó junto a ella sin que los humanos los vieran.
—Se les ve bien.
—Estupendo. Ellos se merecen su final feliz —suspiró con pena.
Zephyr le dio un dulce beso en los labios y la tomó de nuevo en brazos para abandonar el lugar. Ahora sí, ponían rumbo a Villa Alumen, donde finalmente todo acabaría.