Hasta la última gota Chapter 48
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Chapter 48

Aún renqueaba el día cuando llegaron a la aldea, el sol brillaba en el cielo con calidez.

Sobre la montaña, muy cerca de la mina —pero lejos de miradas curiosas— Azariel sostenía el pararrayos de plata y cobre con una mano, mientras que con la otra agarraba con decisión el Cuerno de las Tormentas.

Fue fácil distinguirlo allí, en lo más alto de la montaña pedregosa y sin ningún árbol en varias millas a la redonda.

—¿Dónde os habíais metido? —protestó cuando pusieron los pies en tierra firme.

—Ahora te cuento. —Atajó para no entretenerse en dar explicaciones en ese preciso instante.

Azariel puso recto el pararrayos fabricado en cobre. A lo largo de toda la estructura había cavidades vacías que Zephyr rellenó de nitrato de potasio, fósforo y azufre que había estado recolectando durante aquellos días.

—Las cadenas —pidió a Azariel, quien ya había sacado las pesadas cadenas de hierro de entre los arbustos más cercanos. Las habían dejado ya preparadas para cuando llegara el momento.

Zephyr las utilizó para anclar el pararrayos a la tierra y, cuando se dio por satisfecho con aquel artilugio, se giró hacia Melina, quien lo evaluaba todo maravillada.

Había visualizado mil veces aquel instrumento en los bocetos que habían preparado gracias a la información extraída de todos los libros y documentos, pero verlo ya alzado hacia el cielo, preparado para recibir el rayo, era abrumador.

—Es magnífico —halagó ella cuando tuvo a Zephyr a su lado.

Rodeó su cuerpo con los brazos y se apretujó contra él, aspirando su aroma una última vez. Lo quería recordar para siempre.

—Melina, yo…

—Te quiero —lo interrumpió ella con lágrimas ya aflorando.

—Yo también. —Le dio un beso en la cabeza y le acarició el cabello—. Eres lo mejor que me ha pasado en mi larga vida.

—Yo no he vivido tanto como tú, pero puedo asegurarte que también eres lo mejor que me ha pasado y me pasará. Jamás te olvidaré, lo juro. Lo siento por marcharme, espero que me puedas perdonar.

Zephyr suspiró y se le escapó una risa nasal. La tomó de la barbilla y le alzó el rostro hacia él, quería contemplar sus ojos marrones y profundos, las pecas de su nariz, ese ceño que tanto fruncía.

—Dame un momento, quiero hablar con Azariel.

Ella asintió y deshizo su abrazo. Se enjugó las lágrimas y comprobó el estado de Tattoo dentro de la bolsa de cuero.

—Hermanito. —Recibió el dios del mar a Zephyr.

—Azariel… Gracias por ayudarme en tantas cosas. Sabía que eras buen hermano, pero no sabía que tanto.

—Siempre preferiste a Nai —respondió con un deje envidioso, pero Zephyr entendió que bromeaba.

—Dame un abrazo.

Azariel lo hizo, contento de que Zephyr por fin estuviese permitiendo que sus seres queridos se acercasen a él tras tantas décadas de distanciamiento autoimpuesto.

—Bueno, ¿vas a marcharte, verdad? —adivinó sus intenciones.

—Así es —confirmó Zephyr—. No podría quedarme en Metallia sabiendo que perdí la única oportunidad de irme con ella, de intentar ser feliz a su lado.

Azariel asintió, lo comprendía perfectamente, pero no por ello era más fácil decirle adiós a un hermano al que nunca pensó que tendría que despedir.

—Espero que encuentres la felicidad allá donde vayáis. —Le dio otro abrazo más sentido.

—Y yo espero que tú también seas feliz. Ah, y por cierto, ve a Ciudad Boreal, cuéntale a los ciudadanos que hay dos nuevos gobernantes a quienes tienen que obedecer.

Diles que el hechicero de Argentos lo ordena.

Que el dios Zephyr lo ordena. Ellos dos ya están informados.

Helmer y Tabar llevarán el reino por buen camino, estoy seguro.

—Mucha responsabilidad para esos dos, ¿no te parece?

—Lo harán bien. Ella confía en ellos, así que yo también confiaré.

—Y si no lo hacen bien, pues bueno, no lo vas a saber. —Rio.

—Correcto. —Le guiñó un ojo con diversión.

Zephyr le dio otro abrazo, sabía que sería el último y por eso le costó separarse de él.

En aquellos breves segundos que duró, se permitió recapacitar sobre cómo habían sido los últimos años, y se arrepintió mucho de haber guardado tanto rencor en su corazón.

Qué lástima no haber descubierto antes la amistad que su hermano Azariel podría haberle brindado.

Cuando logró tragarse la pena que le atenazaba, se separó de él y regresó junto a Melina para darle instrucciones.

—Azariel y yo vamos a convocar la tormenta. Agárrate fuerte con las dos manos al pararrayos, pégate a él por completo, para que la mayor cantidad de tu cuerpo esté en contacto con él. Y visualiza en tu mente a dónde quieres ir.

—Vale…

El miedo se leía alto y claro en los ojos de la joven.

—No te preocupes —trató de tranquilizarla—. Si funciona, en pocos minutos estarás de nuevo en tu hogar con tu familia que te espera.

Azariel añadió:

—Y, si no funciona, ni te enterarás, la corriente reventará tus venas y te explotará el corazón antes de ser consciente. Serás un bonito filete a la parrilla.

—Genial…

Melina rodó los ojos y se aferró fuerte a Tattoo, a quien sacó de la bolsa de cuero para asegurarse de que él también entraba en contacto con el metal. El gato seguía dormido, obligado a soñar gracias a la poción.

—Bien, ¿preparados? —preguntó Zephyr.

Azariel asintió y ambos elevaron las manos hacia arriba.

Zephyr convocó las nubes y, cuando estas se acumularon sobre sus cabezas y taparon el sol y el cielo despejado, Azariel sopló el Cuerno de las Tormentas.

La atmósfera se tensó como la cuerda de un arco a punto de disparar la flecha, y Zephyr procedió a prender el fósforo y el azufre.

El dios del mar depositó entonces el cuerno en lo más alto del pararrayos, enroscado alrededor de la punta de plata que señalaba hacia las nubes que ya se retorcían furiosas en el firmamento.

Melina observó a Zephyr, admiraba su forma de hacer las cosas, tan entregado, tan meticuloso.

No dejaba nada al azar, por eso confiaba en él y estaba segura de que conseguiría mandarla a su mundo.

Paseó la mirada por todo su rostro, ese rostro que había estado oculto durante cinco largos años.

El más hermoso que jamás había contemplado.

Las palabras emergieron solas de sus labios:

—Te amo. —Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Esta vez no se ocultó para llorar.

—Yo también te amo —respondió Zephyr con los ojos llenos de lágrimas.

Melina se arriesgó a separar una mano del pararrayos, la estiró para acariciar las puntas de los dedos de él. Le dedicó una última sonrisa, una última mirada con la que pretendía transmitirle los apabullantes sentimientos que albergaba en su corazón hacia él.

El cielo se tornó negro, las nubes comenzaron a centellear y a iluminar el claro.

Melina se afianzó al pararrayos, se obligó a hacerlo.

El momento de marcharse estaba más cerca que nunca y su voluntad flaqueaba al ser consciente de que iba a separarse de él.

Apretó a Tattoo contra la barra de metal utilizando su propio cuerpo para ello.

Zephyr se quitó los zapatos alados y los lanzó a los pies de su hermano.

—Dáselos a Naima, pero solo si hace méritos para ganárselos.

Azariel no entendió aquello, pero no era el momento de hacer preguntas. Ya lo averiguaría.

Entonces Zephyr alzó el rostro hacia el firmamento y sonrió. Su corazón se llenó de satisfacción por la nueva hazaña en su larga vida de experimentos.

No habían llamado al rayo.

Lo habían construido ellos.

—¡Piensa en tu mundo! Llena tu mente de imágenes de tu hogar —le advirtió a Melina.

Ella asintió y cerró los ojos con fuerza, con el miedo recorriéndole el cuerpo por la anticipación del rayo que ya tronaba con violencia en el cielo sobre sus cabezas.

Zephyr se despidió de Melina justo cuando vio el relámpago caer en picado sobre sus cabezas.

—Nos vemos al otro lado.

Ella giró la cara hacia él con sorpresa.

—¿Qu…?

El mundo se iluminó y el paisaje desapareció, todo opacado por la descarga de luz que se derramó por su cuerpo. Lo último que vio fue a Zephyr agarrándose también al pararrayos y tocando su brazo.

La tormenta duró apenas un instante, y el cielo volvió a oscurecerse. La raíz de luz se desvaneció tan rápido como se había formado.

Azariel se acercó al lugar donde el pararrayos se encontraba tirado sobre la tierra, humeante por la descarga eléctrica recibida. Lo único que había allí ahora eran los zapatos alados, abandonados por su dueño, quien había desaparecido junto al amor de su vida.

Se secó una lágrima con el dedo y carraspeó para aclararse la garganta. No le gustaba sentir ese nudo enroscado en las entrañas. Se marchó volando, decidido a darse un largo chapuzón de varios días en el mar de Hidras antes de viajar a Ciudad Boreal e informar de las órdenes de Zephyr.

—Adiós, hermanito. Cuídate mucho.

El dios del viento del oeste despertó tumbado sobre un río sólido y negruzco, pegajoso al tacto. Olía a brea y a aceite quemado. Se incorporó y se llevó las manos a la cabeza, notaba un dolor agudo en las sienes que amenazaba con volverlo a tumbar.

Un poco más allá, muy cerca de su posición, descubrió a Melina, tirada también en el suelo y con el gato dormido entre los brazos. Se aproximó a ella y la zarandeó con suavidad por los hombros hasta que por fin abrió los ojos.

—Hmm… ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos?

—Creo que esto es lo que llamas «carretera», así que diría que estamos en tu mundo.

Melina se puso de pie casi de un salto y observó alrededor. Sí, desde luego parecía asfalto aquello que pisaban, los dos descalzos.

—¡Tus zapatos! —Se fijó entonces.

—Aquí no voy a necesitarlos. —Se encogió de hombros.

—Estás loco… ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué no te has quedado en Metallia?

—¿Y perderme la vida contigo? No. —Hizo un gesto con la mano para quitarle importancia mientras una enorme sonrisa le iluminaba el rostro—. Nada queda para mí allí. Además, me hablaste tan bien de este sitio y de sus avances científicos y tecnológicos que estaba deseando visitarlo.

—Aquí no existe la magia, no tienes poderes, serás un humano corriente —insistió.

—¿Cómo que corriente? Me ofendes. Yo no soy corriente ni aquí ni en ningún lado. —Rio con soberbia.

Melina suspiró, no sabía si estar contenta o preocupada. Sin sus poderes mágicos, dudaba sobre cómo le iría en aquel mundo si seguía siendo tan altanero, ahora que no iba a disfrutar del respeto ni del temor de la gente.

—Melina, te quiero. No puedo estar sin ti, ya te lo dije.

—Pero yo no sé si seré buena para ti, si seré suficiente… En realidad no me conoces apenas, no hago más que tomar malas decisiones, siempre lo estropeo todo… ¿Y si luego te arrepientes de haberme seguido hasta aquí?

Zephyr sonrió y enmarcó su cara con sus manos, y le dio un beso que empezó siendo dulce y terminó con sus respiraciones agitadas.

—Menos mal que estás loco de remate. No sabría qué hacer sin estos besos.

Zephyr la abrazó y ella se acomodó entre sus brazos con cuidado de no dejar caer a Tattoo. Apoyada contra su pecho, oyendo los latidos rítmicos de su corazón, tuvo la certeza de que ese era el mejor lugar del mundo, de este mundo y de cualquier otro.

Por una vez, después de tres años, pensó que merecía intentar ser feliz.

—Bueno, tendrás que presentarme a tus tíos —⁠mencionó agarrándola con intención de elevarla del suelo y salir volando.

—Te caerán bien, ya verás. En cambio tú a ellos… En fin, lo iremos viendo.

Zephyr convocó sus alas, pero estas no aparecieron. Se extrañó durante una milésima de segundo, hasta que entendió que ya no habría más alas para él. Ahora tocaría acostumbrarse a andar.

—Tendré que aprender a conducir un tren de esos que me contaste.

—Mejor empieza por un coche, si te parece bien…

Melina intuyó que habían aparecido exactamente en el mismo lugar donde la alcanzó el rayo que la llevó a Metallia y a toda la aventura posterior, así que caminaron en la oscuridad de la noche de regreso a casa de tío Emmet y tía Cara; no estaban muy lejos de allí.

—¿Estás preparado? —Suspiró cuando, un rato después, se encontraron frente al umbral de la puerta de la casa de sus tíos y posó el dedo sobre el timbre.

—Por supuesto, soy el dios del viento del oeste, nací preparado.

Melina rio y llamó al timbre.

—¡Espera! ¿Cuántos años vamos a decirles que tienes?

Zephyr se encogió de hombros.

Ella se frotó la cara con la mano libre, pero decidió que no iba a preocuparse ahora por eso, ni por otras muchas cosas. Todo saldría bien. Seguro.

Cuando una luz se encendió en el interior y se oyeron pasos apresurados al otro lado, Melina se puso de puntillas para darle un beso en los labios antes de tener que hacer frente a toda la vorágine que se les venía encima.

El último beso antes del caos.

El primero del resto de sus vidas.