Hasta la última gota Chapter 46
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Chapter 46

Zephyr daba vueltas por la habitación, devanándose los sesos para poner en pie un plan que lo ayudase a devolver a Melina a su mundo.

—Voy a necesitar de tu colaboración una vez más, hermano —concluyó cuando parecía que iba a hacer un agujero en el suelo de tanto ir de acá para allá.

—Ya lo suponía —se resignó el dios del mar.

—¿En qué has pensado? —preguntó Melina acariciando a Tattoo sobre su regazo.

—El contexto meteorológico de una tormenta eléctrica seca o de lluvia no es el mismo, pero no conozco mucho más allá de ese detalle. Quiero estudiarlo, tengo que estar bien preparado para que todo salga bien y Melina pueda volver a casa.

La chica se quedó pensativa.

—La tormenta que me trajo a Metallia era seca.

—Si queremos crear una, hay que controlar bien todos los factores. No puede quedar nada al azar.

—Bien, ¿cuándo empezamos? —Azariel se remangó la túnica blanca.

—Cuanto antes. Melina, tú quédate aquí.

—Yo quiero ayudar.

Se puso de pie contrariada. Tattoo se vio obligado a saltar al suelo y se largó de la habitación maullando, indignado por semejante trato.

—Todos piensan que has muerto, que lo sigan pensado. Ahora no tienes los zapatos, y si Naima se entera de que sigues viva, podría intentar matarte otra vez.

—Esa maldita Naima… Pensaba que era mi amiga.

—Solo has sido una pieza en su retorcido juego contra mí. —Zephyr lamentó ser él quien tuviese que abrirle los ojos a la muchacha.

—Bueno, aquí habéis jugado los dos, ¿eh? —opinó Azariel—. No es que quiera defenderla, pero tú tampoco te has quedado de brazos cruzados.

—Pues la partida aún no ha terminado. Ya veremos quién gana al final —sentenció Melina con enfado—. No suelo ser rencorosa, pero me ha envenenado. Se ha pasado un pelín de la raya.

—Por el momento quédate aquí tranquilita, ¿eh?

Zephyr la tomó por los hombros y ella le sonrió. Con aquel leve contacto era suficiente para que se quedasen embobados de nuevo.

—¿Por dónde empezamos a buscar? Oh, vale, ya os estáis besuqueando otra vez —expresó con fastidio Azariel cuando los vio muy acaramelados.

—Perdón, pero, si va a marcharse, tengo que aprovechar. —Rio el dios del viento del oeste—. Ve a las bibliotecas del reino de Auria. Adad era su dios, allí pasaba los días cuando se aburría de Selenia. Quizás allí podamos encontrar algo de interés.

—Me mandas un poco lejos, ¿no? Si queréis estar solos durante mucho rato, solo tenéis que decirlo, no aprovecharos de mi buena voluntad.

—Oh, calla ya. —Melina soltó una risita.

Azariel expandió sus alas y salió volando a través de la ventana, y se perdió entre la bruma del firmamento.

—Bueno, yo me voy también. Consultaré en Ciudad Boreal. Es una ciudad que guarda muchos archivos de importantes astrónomos. Quizás ellos hayan dejado registros o crónicas al respecto.

Zephyr le dio un casto beso en los labios con intención de marcharse, pero Melina lo agarró del cuello.

—Espera, Azariel me ha dado una idea. Ya que va a tardar tanto en volver…

Zephyr alzó una ceja expectante. Melina comenzó a besarlo traviesa, bajando suavemente por su mandíbula, por su cuello, por su torso.

Zephyr, viendo sus intenciones, se relajó y tomó asiento sobre la cama.

Se dejó caer hacia atrás para quedar tumbado, no iba a ser él quien le pidiera que se detuviera.

Puesto que su separación era inminente —esta vez de verdad—, exprimiría aquellos momentos al máximo, para luego tener un recuerdo al que aferrarse en los años grises y deprimentes que estaban por venir.

Cuando un rato después expandió sus alas para volar a Ciudad Boreal, dejó en su dormitorio a una Melina desnuda, sudorosa y exhausta. Y muy satisfecha.

Los siguientes días los emplearon en buscar información acerca de la naturaleza de las tormentas. Azariel dio con interesantes tomos en la capital de Auria y se los mostraba a Zephyr cuando, al final de la jornada, se reunían en la base de operaciones en la que habían convertido el castillo.

Zephyr también consiguió manuscritos que narraban las características de los diferentes materiales y sus propiedades para dar con el mejor conductor de electricidad, pues él no tenía el poder de su padre y no iba a ser capaz de servir como catalizador para crear la tormenta que necesitaban.

Melina ayudaba preparando la comida con los alimentos que habían quedado en el castillo y de vez en cuando les pedía que trajeran algún ingrediente concreto.

Además, también participaba en la confección del plan, empapándose de todos los conocimientos que se transmitían unos a otros, e hizo valiosas sugerencias, la más importante: construir un pararrayos de cobre o plata y desatar el relámpago en Villa Alumen, donde había grandes cantidades de aluminio bajo el suelo, que era otro gran conductor.

—Si el rayo me hizo aparecer en Villa Alumen, y no en cualquier otra parte, será por algo —razonó, aunque en realidad no tenía ninguna base científica para pensarlo, tan solo pura intuición.

Con aquella tónica pasaron varios días. No podían dejar cabos sueltos, debían estar preparados para cuando llegara el momento.

Por las noches, Azariel se marchaba a su reino, pasaba ya tanto tiempo en la superficie que estaba comenzando a perder ese tono azulado tan característico de su piel.

Echaba de menos el mar, y así también dejaba solos a los tortolitos, a quienes se les agotaban los momentos juntos.

Zephyr y Melina aprovecharon aquel tiempo extra para conocerse más, para retomar las clases de arpa, para que ella le explicase más cosas sobre su mundo.

Incluso él hizo alarde de los poderes que había recuperado con pequeños gestos hacia ella, como rodearla de una espiral de mariposas mágicas mientras danzaba por el castillo, crear un espejo en el que se podía apreciar Metallia entera a vista de pájaro —y explicarle cosas sobre ese mundo— o hacer que una pluma escribiese por sí sola en el aire las palabras «Te amo».

—Te voy a echar tanto de menos… —Se abrazó a él tras ese mensaje trazado en el aire.

Zephyr aspiró el aroma de su cabello mientras la acogía sobre su pecho, ambos tumbados en la cama, piel con piel.

Melina volvió a llorar, lo hacía siempre que recordaba que se iban a separar.

La vida ya la había alejado de sus padres, ¿por qué tenía que hacerle lo mismo ahora con él?

No creía estar loca cuando llegó a la conclusión de que Zephyr era y sería el amor más grande que jamás iba a conocer.

No era justo tener que decirle adiós. Si ya le costó despedirse de él cuando su padre creó el portal, cuando aún ni se habían besado ni confesado sus sentimientos, ¿cómo iba a ser capaz de despedirse de él ahora, tras tantos días viviendo su enamoramiento como una maravillosa luna de miel?

El día de la partida se acercaba. Habían estudiado el clima, la humedad y la presión atmosférica. Habían acumulado grandes cantidades de cobre viajando a la región de Cuppros e incluso habían construido ya el pararrayos, el cual habían coronado con una punta de lanza de plata.

Zephyr le pidió entonces a Azariel que volara hasta Selenia y tomara prestado el cuerno de Adad, objeto que atesoraban sus padres como un valioso recuerdo de su hijo fallecido.

Mientras él cumplía con su nueva misión, Zephyr y Melina volvieron a cocinar pizza una última vez, volvieron a arrancarse la ropa una última vez, volvieron a darse un baño juntos una última vez.

Se despidieron, en definitiva, teniendo la certeza de que sus corazones se iban a quebrar en tantos pedazos que nunca sería posible volver a reconstruirlos completamente. Siempre faltaría una pieza extraviada.

Cuando al final de la mañana Azariel apareció con el valioso cuerno plateado reluciendo en las manos, trajo jugosas noticias, lo que provocó que la partida de Melina se demorase un par de horas más.

—A que no sabéis a quién me he encontrado en Selenia…