Chapter 45
Cuando se hizo de día, decidieron darse un baño juntos para refrescarse, solo que en esta ocasión tuvieron que ser ellos mismos quienes lo prepararan, pues ya no había sirvientes que los atendieran. El castillo estaba vacío.
El baño se alargó más de lo normal, a los dos les costaba despegar las manos del otro.
Habían sido muchos días de anhelos, deseándose en silencio, disimulando que no se morían por comerse a besos, y ahora que todo había salido a la luz, eran simplemente incapaces de no demostrarse a cada momento lo que sentían el uno por el otro.
—Estoy hambrienta —expresó Melina, dejándose caer ya vestida sobre la cama, cuyas sábanas negras estaban derramadas por el suelo.
—Vayamos a comer algo —le propuso.
Pero en ese instante alguien se asomó a la ventana del dormitorio y el tentempié tuvo que esperar.
—Toc, toc, ¿se puede? ¿O seguís igual de ocupados que anoche?
—¡Azariel! —Se sorprendió Melina cuando vio al dios levitando en el exterior.
—¿Cómo que «igual de ocupados que anoche»? —le recriminó Zephyr.
—Vine a traer a este amiguito. —Les mostró a Tattoo y dejó que saltara al interior de la habitación—. Lo dejasteis olvidado en la playa.
—¡Tattoo! —Melina corrió a abrazarlo y el gato se frotó contra su mejilla.
—No os preocupéis, en cuanto advertí lo que estaba ocurriendo, me largué por donde vine. No necesito ver esas cochinadas.
—Gracias por traer al gato, ya puedes marcharte —lo invitó Zephyr con las mejillas teñidas de rubor.
—¿Tan pronto? ¿Acaso no me vas a contar cómo es que la chica está viva y respirando? —Se coló en la habitación y replegó las alas.
—Digamos que tu hermano se ha ganado con creces el título de «Mejor alquimista del mundo». —Le guiñó un ojo a su amado.
—Muy bien, hermanito. Vaya dos trofeos que te llevas: el primer premio y a la chica. —Le dio un par de palmadas en la espalda con sorna.
—¿Tienes algo más que decirnos? —Se cruzó de brazos Zephyr.
—Pues sí, viendo que Melina está viva, creo que os interesará; si es que aún quieres marcharte, claro.
—Sí, por supuesto que quiero.
Su afirmación fue como un puñal que se clavó en el corazón de Zephyr, pero se mantuvo impertérrito frente a su hermano y lo instó a seguir hablando.
—Padre no puede hacer más portales, no al menos por el momento. Cuando te marchaste, nos dijo que había malgastado su energía vital para nada, que se había consumido y que ese tipo de magia llevaba mucho tiempo para volver a recargarse.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando? —quiso saber ella.
—Lo ignoro, pero podrían ser meses, años quizás.
A Melina se le fue el ánimo hasta los pies, los cuales ahora lucía descalzos a falta de algún calzado que ponerse.
—Azariel, ¿nos permites un momento, por favor? —pidió Zephyr.
—Claro, iré abajo mientras, cotillearé a ver qué tienes por ahí.
Ya solos, Zephyr se sentó junto a ella en la cama y la tomó de la mano antes de preguntarle:
—¿Estás segura de que todavía quieres marcharte?
—Sí —respondió escuetamente a pesar de la tristeza en el rostro de su amado.
—Qué bobo. —Esbozó una amarga sonrisa—. Creí que, ahora que nos hemos confesado nuestros sentimientos, te quedarías conmigo.
Había probado las mieles de su compañía y se había hecho falsas ilusiones.
—No puedo quedarme —se lamentó—. Como bien dijiste en la playa, mi familia me espera. Además, hay una diosa que me quiere muerta, creo que es motivo de sobra para salir pitando de aquí. Ahora no tengo zapatos que me protejan.
—Te daré los míos.
—Ni hablar, entonces tú serás quien esté expuesto.
—No me importa —se empecinó.
—No, Zephyr, lo siento, pero me voy a marchar. Este no es mi mundo, no pertenezco a él.
Zephyr no insistió más, ella había tomado una decisión y tenía que respetarla. Sabía que era cabezota y que no iba a hacerle cambiar de idea. Caminó por la habitación para tratar de contener la frustración.
—Dime una cosa. —Volvió a sentarse junto a ella cuando se supo más tranquilo—. Naima cree que eres un peligro para los dioses, ¿por qué lo piensa?
Melina emitió un suspiro antes de agacharse y tomarlo de los tobillos.
—Por esto.
Agarró los zapatos del cielo de Zephyr y tiró de ellos hasta liberar sus pies sin esfuerzo alguno. El primer impulso del dios fue volver a ponérselos rápidamente, pero entonces recordó que, con ella, podía relajarse.
—¿Siempre has podido hacer eso? —Estaba sorprendido.
—Por lo visto sí. Al parecer es debido a que vengo de otro mundo. Por eso Evonne murió cuando la atropellé a pesar de que llevaba puestos los zapatos. Inhibo su magia.
—Y en todo el tiempo que has vivido aquí, antes de que nos empezáramos a acercar, ¿nunca me los quitaste aprovechando algún descuido?
—Es difícil pillarte desprevenido. —Se rio—. Pero no, nunca lo intenté, no era mi intención. Preferí confiar en que cumplirías tu parte del trato y que no tendría que amenazarte con robártelos.
Zephyr sonrió con nostalgia. Era una buena persona. La iba a echar demasiado de menos.
—¿Puedo subir ya? —oyeron gritar a Azariel—. Esto es muy pequeño, ya lo he visto todo.
—Sube, pesado —concedió Zephyr para diversión de Melina.
Azariel apareció de nuevo por el umbral de la puerta y los miró a uno y a otro de forma alterna.
—Bien, ¿por dónde íbamos? Ah, sí, te querías marchar, pero padre no puede hacer más portales.
—¿Alguna sugerencia? —preguntó Melina con desánimo.
—En realidad, sí —respondió Azariel haciéndose el interesante.
—¿Lo vas a decir ya o te tengo que torturar? —Zephyr elevó una ceja y sonrió con malicia. Estaría encantado de escuchar los gritos de su hermano cuando lo hiciera suplicar.
—Un rayo es lo que te trajo a este mundo, ¿no? Un rayo es lo que convocó padre para hacerte regresar. Pues un rayo es lo que necesitamos. Y magia, mucha magia.
—Vale, la magia la tenemos, ¿pero cómo conseguimos que un rayo caiga exactamente donde queramos y cuando queramos?
—¿No dices que acabas de ganar el premio al mejor alquimista del mundo? No me vengas con que has podido revivirla a ella pero eres incapaz de convocar un rayo.
—¿Cómo voy a convocar un rayo? Eso es totalmente distinto.
—No lo es, si tienes el instrumento necesario.
Los dos hermanos se quedaron mirándose con entendimiento, sus ojos conversaban sin necesidad de palabras.
—¿Y qué instrumento es ese? —intervino Melina, que no se enteraba de nada.
Respondieron al unísono:
—El Cuerno de las Tormentas.