Hasta la última gota Chapter 44
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Chapter 44

El se puso en pie con la ayuda de su hijo Azariel y Ella se acercó para comprobar si se encontraba bien. Los tres estaban muy consternados, jamás hubiesen esperado un comportamiento así de Naima.

—No puedo creer que Naima haya hecho algo así —expresó Ella con desconcierto.

—Por lo que he entendido, Zephyr envenenó a un humano, amante de ella, y ahora ella se ha vengado.

—¿Pero ellos se quieren? ¿Están juntos? —se refirió Ella a Zephyr y Melina. Estaba confundida.

—Puede ser que yo le dijera a Nai lo bien que se llevaban, aunque ellos no lo reconocieran. —Azariel se rascó la cabeza dándose cuenta de que su hermana le había sonsacado información.

Mientras los tres comentaban lo sucedido, Zephyr lloraba desconsolado arrodillado sobre la arena, con Melina en brazos, laxa como una muñeca de trapo y los ojos cerrados en un sueño eterno.

—¿Por qué…? ¿Por qué has tenido que morir? —se preguntaba con la voz rota de dolor y sacudidas por todo el cuerpo—. Si eras la luz de este mundo… De mi mundo…

Tattoo se acercó a olisquear a Melina y comenzó a maullar con amargura.

—Melina… No te mueras… No te mueras…

El mentón le tembló cuando estuvo a punto de decir las siguientes palabras, pero aun así las pronunció, pues en su corazón tenía la certeza de que eran ciertas.

—Te quiero…

Zephyr ni siquiera echó cuenta del daño en el rostro cuando la máscara se terminó de resquebrajar por completo y se despegó por fin de su piel, pues el dolor en su pecho era tan inmenso que nada podía compararse con semejante tormento.

Los trozos cayeron sobre Melina hechos migajas y, cuando los vio, se palpó la cara con desesperación para comprobarlo por sí mismo.

Se había roto.

La maldición se había roto, por fin era libre.

Y, sin embargo, ahora que volvía a ser un dios pleno, no se sentía mejor, ni más poderoso. Se sentía vacío, un mero y frágil recipiente al que le faltaba todo el contenido para que su existencia significase algo.

Pero la maldición se había roto…

Eso significaba…

Zephyr convocó sus alas, las cuales aparecieron en su espalda con majestuosidad, totalmente estiradas hacia el cielo. Sintió un hormigueo en todo el cuerpo, era su magia que regresaba, sus poderes que pujaban por despertar después de tantos años de inacción.

Ni siquiera se despidió. Aseguró a Melina entre sus brazos y se elevó con rapidez hacia el cielo, batiendo las alas con toda la energía que su cuerpo albergaba después de recuperar sus dones.

Los vientos lo ayudaron, por lo que salvó la distancia hasta el castillo en mucho menos tiempo de lo que solía durar el recorrido.

Pasó por encima del bosque sombrío como una exhalación, ni se detuvo a disfrutar del viento que por fin volvía a acariciar sus mejillas.

Llegó hasta sus dominios y sobrevoló el laberinto para entrar por la ventana del dormitorio.

Depositó a Melina con mucho cuidado sobre la cama y guardó sus alas, que quedaron ocultas a la vista.

El ahora dios bajó deprisa las escaleras, accionó la puerta del taller y casi arrancó el cajón del mueble cuando lo abrió con urgencia para coger aquella pócima que atesoraba con tanto mimo.

Zephyr observó el frasquito un instante entre sus dedos. Lo había estado reservando para otra persona.

Su mente le mostró a Evonne, a su pareja, cuyo cadáver esperaba enterrado en el bosque a que él la despertara.

Hacía mucho que había dado con la forma de fabricar el elixir de la resurrección, una pócima laboriosa que había requerido de ingredientes únicos e irrepetibles, y no contaba con poder volver a crearla nunca otra vez.

Era su trofeo personal, la prueba fehaciente de que era el mejor alquimista del mundo, y no había tenido intenciones de utilizarla jamás, quería guardarla como un tesoro.

Pero entonces Evonne había muerto y él pensó en revivirla con el elixir, sin embargo, faltaba el componente mágico: sus propios poderes, adormecidos por culpa de aquella máscara.

Los restos almacenados en las vitelas no serían suficiente, lo sabía por las pruebas que había hecho con animales.

La magia, recién exprimida, debía manar directamente de él.

Aunque ahora, por fin, se había liberado de la maldición y sus dones estaban de vuelta.

Solo tenía que transmitirlos al frasco y la poción estaría preparada para traer de vuelta a quien ya caminaba por las tierras de la noche eterna.

Lo único que debía hacer era extender las alas, volar al bosque, desenterrar a Evonne y verter la poción por su garganta, y ella volvería a estar con él, a su lado para siempre.

Y si era tan fácil, ¿por qué no era capaz de dar un solo paso en dirección hacia la ventana?

En cambio sí subió las escaleras de regreso al dormitorio, donde la muchacha humana yacía sin vida en su cama.

Se inclinó sobre ella para mirarla, quería contemplar una vez más esas pecas que se diseminaban por toda su nariz.

Apretó el frasco con tanta fuerza que temió romperlo, pero lo imbuyó de su magia arcana y poderosa. La botellita refulgió. La pócima estaba lista.

Se detuvo un instante a meditar. ¿Y si les administraba la mitad a cada una?

Era peligroso, podría no funcionar. ¿Se atrevería a comprobarlo, arriesgándose de esa manera a perderlas a las dos?

No, era demasiado temerario. Había demasiado en juego.

Además, si funcionaba, ¿cómo reaccionaría Evonne al ver a Melina, quien la había atropellado mortalmente? Estaba seguro de que la castigaría, la dañaría a conciencia.

Se observó la mano de nuevo.

Un solo elixir.

Dos mujeres que esperaban a que se decidiera.

Una sola elección.

—Lo siento, mi amor… Espero que puedas perdonarme —susurró entre lágrimas cuando su corazón hubo tomado la decisión.

Y a continuación abrió los labios de la muchacha y vertió toda la pócima por su garganta, hasta la última gota.

Zephyr contuvo el aliento, nunca había tenido la ocasión de probar su efectividad sobre una persona.

Cuando creyó haber dado con la receta definitiva, utilizó ratones para comprobar si funcionaba.

Apenas les suministró unas gotas, no podía malgastar todo el preciado líquido si resultaba funcionar, y cuando los ratoncillos volvieron a caminar llenos de vida, Zephyr estuvo satisfecho de su trabajo.

¿Pero funcionaría ahora? ¿Despertaría Melina? ¿O habría caducado y todo aquello no serviría de nada?

Pasaron unos interminables segundos durante los cuales las tripas se le hicieron un nudo. Y entonces, cuando comenzaba a perder la esperanza, cuando ya dudaba de si de verdad era el mejor alquimista del mundo, la chica despertó despacio.

Zephyr dibujó una amplia sonrisa sin poder contener la emoción, las lágrimas regresaron a sus ojos. En el fondo le costaba creerse que volviera a estar viva. No se atrevía a hacerse ilusiones prematuras. ¿Y si algo había salido mal?

—¿Melina? —Le tembló la voz.

Ella parpadeó varias veces y logró enfocar la vista. Y cuando lo vio, libre por fin de la máscara que le impedía conocer su rostro, la sorpresa fue tan grande que casi se desmayó.

—¿Zephyr? ¿Eres tú?

—Sí… Estoy aquí. —La tomó de la mano y la ayudó a incorporarse.

Melina se quedó embobada mirando su aspecto, memorizando cada detalle de sus facciones, aquellos rasgos que tanto tiempo había soñado con contemplar.

—La máscara…

—Se ha roto —confirmó él con una sonrisa nerviosa.

Ella lo estudió con más detenimiento aún, paseó la mirada por cada tramo de piel, por cada poro. Era perfecto.

—Qué hermoso eres.

Alzó la mano para acariciar su piel, ya liberada de la maldición y ni rastro del color verde. Era suave y tersa, y solo rozarla provocaba que su corazón vibrara con fuerza. Sin duda la bella escultura que había visto en Ciudad Boreal no le hacía justicia, para nada.

—¿Qué ha pasado? —recordó entonces que estaban en la playa.

—Naima te envenenó. —Su rostro se ensombreció.

—¿Me envenenó? —No daba crédito. Pensaba que era su amiga.

Melina se fijó entonces en el frasquito vacío que reposaba sobre la cama, muy cerca de ellos. Lo reconoció gracias a los grabados del vidrio, era aquella pócima tan misteriosa que él le había contado que había sido el trabajo de toda una vida.

—¿Me has revivido? —adivinó.

Él afirmó, y ella, al ser consciente de todo, se sintió tan abrumada que comenzó a llorar. Se cubrió la cara con las manos, odiaba hacerlo delante de él.

—Por favor, no te tapes. —Le retiró las manos con dulzura—. No sabes lo agónico que ha sido creer que nunca volvería a ver tu rostro. No me prives de poder contemplarlo ni un solo instante.

—Pero… podrías haber revivido a Evonne con esa pócima. ¿Por qué a mí? —preguntó con las lágrimas cayendo sin cesar.

Zephyr la admiró un instante más antes de responder con determinación:

—Porque te amo.

Melina se atragantó con su propia saliva y comenzó a toser, sorprendida por tal revelación.

—¿Me amas? —logró decir.

—Te amo, sí. No me da vergüenza admitirlo. Eras mi enemiga, pero, poco a poco, te has ido haciendo un hueco en mi corazón.

Ella se quedó en silencio, estaba demasiado abrumada.

—¿Y tú, qué sientes? No me digas que la conexión entre nosotros, durante todo este tiempo juntos, ha sido producto de mi imaginación, porque no te creeré.

—No, Zephyr, yo… yo… ¡Yo también te amo! —⁠exclamó entre lágrimas.

Melina no podía creerse que lo hubiera expresado en voz alta, que se hubiese atrevido a aceptarlo y a confesárselo, al igual que no podía creer que aquello estuviese sucediendo.

Que hubiese acabado amando al hombre, al dios, que tanto temía al principio, pero al que había llegado a admirar y se había metido bajo su piel hasta reptar sin permiso hacia su corazón.

Y él la amaba a ella… Debía de estar soñando. En cualquier momento despertaría y descubriría que no era verdad, que aquel tipo de felicidad no estaba destinada a alguien como ella. O quizás seguía muerta y aquel era su propio purgatorio.

Zephyr sonrió con auténtica dicha. Enmarcó el rostro de Melina con sus manos y, por fin, le dio un apasionado beso, el que tanto tiempo llevaban los dos anhelando. Sus bocas se buscaban con desesperación, con ansia, con la sensación de que, desde ese instante, no podrían vivir el uno sin el otro.

Melina aún derramó más lágrimas mientras se dejaba llevar por la felicidad que le producía el contacto de sus labios, el roce de sus manos en su piel, la suavidad de su cabello enredado entre sus dedos. Se recreó con el sabor de su lengua, sabía a menta, a lágrimas, a deseo.

Aquel ardiente beso despertó en Zephyr la urgente necesidad de sentirla, de estar con ella, de disfrutarla ahora que la vida le había concedido una segunda oportunidad a su lado. Y esta vez no pensaba callarse nada, no tenía intención de reprimir sus sentimientos.

Zephyr le quitó la chaqueta de cuero y cambió de postura, lo que permitió que Melina quedara tumbada bajo su cuerpo. Mientras la devoraba a besos y robaba jadeos de su garganta, pasó las manos por su cintura, por su pecho, se deleitó con sus curvas.

Melina le sacó la blusa negra por la cabeza y admiró aquel torso, aquellos músculos que le quitaban el sueño desde que los había visto en la bañera. Lo acarició, rodeó su cuerpo con las piernas y se apretó contra él, agarrándolo de la fornida espalda.

Zephyr también se apretó contra ella, la necesidad que tenía de sentirla era una bomba de relojería a punto de explotar. Se movía contra ella con vaivenes que la estaban haciendo enloquecer de anticipación.

Sin alejarse demasiado de su boca, Melina tironeó de sus pantalones para lanzarlos por los aires y él la liberó también de sus vaqueros, de su camiseta roja y de aquella extraña ropa minúscula que cubría sus zonas más íntimas.

Ahora sí, le hizo todas aquellas cosas que se le habían pasado por la cabeza el día en que llegó al castillo, cuando la camisa blanca que le había prestado después del baño se empapó y permitía que sus pechos se transparentasen.

Ya no necesitaba negarse más a sí mismo que la deseaba desde aquel momento. Desde mucho antes, en realidad.

Entre besos y caricias desesperadas, Zephyr se introdujo dentro de ella y ambos se dejaron llevar por el placer, por el éxtasis del amor que se profesaban, por la química que despedían sus cuerpos y que flotaba por la habitación a su alrededor.

El ardiente deseo que experimentaron provocó que aquel primer encuentro se les antojase insuficiente, así que, cuando aún apenas habían terminado, volvieron a enredarse una y otra vez hasta quedar satisfechos, exhaustos y sudorosos, y ambos tocaron el cielo con las manos en varias ocasiones.