Hasta la última gota Chapter 43 #2
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Chapter 43 #2

—¿Sabes qué? —Lo miró a los ojos—. Creo que este sitio me ha ayudado a hacerlo. No siento que sea la misma que llegó. Incluso he dejado de fumar.

—Me alegro de que te haya servido, en ese caso.

—Mucho —confirmó.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

El semidiós bajó la mirada a la arena, pero se armó de valor y, aunque la voz se le quebró, le dijo lo que sentía:

—Me… Me atormenta que te vayas… Ojalá pudieras quedarte. Cuando te encontré… no sabía qué hacer contigo. Ahora no sabría qué hacer sin ti.

A Melina se le llenaron los ojos de lágrimas y las palabras no le salieron cuando quiso responder, pero Zephyr miró hacia el cielo con angustia y se puso de pie.

—Ya están aquí —anunció cerrando los puños a los lados del cuerpo.

—¿Qué? ¿Ya?

Ella también se levantó, le temblaron las rodillas por la despedida inminente.

El, Ella, Azariel y Naima aparecieron volando por el cielo a gran velocidad, la cual fueron aminorando según se aproximaron a la bahía.

Melina se quedó totalmente asombrada al contemplar a los cuatro seres alados juntos y en toda su magnificencia.

Era una imagen única y embriagadora, aquella belleza, las alas, las ropas…

Se sentía afortunada de haber sido testigo de algo tan insólito.

—¡Melina! —Corrió Naima a saludarla—. Lo has conseguido, cuánto me alegro.

La diosa abrazó a Melina con gran entusiasmo.

—Qué bien que hayas venido —respondió ella—. Hace un momento le comentaba a Zephyr que ojalá pudiese despedirme también de ti. Perdí el collar que me diste, lo siento.

Naima meneó la cabeza para restarle importancia al asunto del colgante.

—Melina, gracias, de verdad. Veo lo que has hecho por mi hermano y no puedo sino agradecértelo —⁠concedió la joven de plateados cabellos—. Tengo buen ojo, sabía que tú lo podrías hacer realidad.

La chica sonrió sonrojada.

Zephyr estaba saludando a sus padres, a quienes hacía muchos años que no veía. Ella lo abrazó con amor, lo había echado mucho de menos.

—Melina, acércate —la llamó Zephyr—. Este es mi padre, El. Y mi madre, Ella.

—Es un placer conocerles —los saludó la muchacha.

—Así que tú eres la famosa Melina. —Se acercó Ella—. Eres muy bonita.

—Lástima que tenga que marcharse, ¿verdad? —⁠intervino Azariel dándole un codazo a Zephyr.

—Sí, es una lástima —expresó el semidiós con abatimiento—, pero debe volver con su familia que la espera.

—Pues no se hable más, hagamos realidad sus deseos —declaró El.

—¿Me dais un momento para despedirme de Zephyr, por favor? —pidió entonces Melina con mucha timidez.

—Por supuesto. Mientras, iré calentando. —Rio El haciendo movimientos con los brazos para desentumecer los músculos.

Melina lo cogió de la mano y lo apartó del grupo, aunque los dioses no les quitaban ojo.

—Zephyr, muchas gracias, de verdad. Jamás pensé que diría esto cuando te conocí, pero te voy a echar mucho de menos, al que más.

Zephyr apretó los labios al oír cómo se quebraba la voz de la chica. Había vivido muchas décadas, siglos incluso, pero nunca había contemplado un rostro tan triste. Aquella imagen le destrozó el corazón. Él sí que la iba a extrañar.

—Melina…

—Toma.

Ella se quitó los zapatos alados y se los tendió con los ojos llenos de lágrimas. Por fin recuperaba los zapatos, lo que tanto había anhelado, pero jamás se imaginó que fuese a doler tanto alcanzar su deseo.

—Gracias, pero…

—Son tuyos —insistió—. Era el trato.

Él sonrió con aflicción.

—Esto dejó de ser un trato hace mucho —repitió las palabras de ella.

La chica sonrió entre lágrimas y los dejó caer a la arena, y se lanzó contra el pecho de él para darle un abrazo.

Él la rodeó y apoyó la barbilla sobre su cabeza de raíces rubias, pero no se permitió derramar las lágrimas que se agolpaban en sus ojos. Iba a marcharse, no podía ponérselo más difícil de lo que ya era.

—Chicos, es la hora —indicó Naima alzando la voz para que la oyesen.

Zephyr la maldijo por recordárselo, pero, efectivamente, Melina se tenía que ir ya. Antes de separarse de ella, le alzó la cabeza cogiéndola de la barbilla y le dio un beso en la frente. Melina deseó que hubiese elegido los labios, pero comprendía el significado de aquel gesto y lo aceptó.

—Cuando quieras, padre —le indicó a El.

—Ven, Melina, toma. —Naima se acercó a la muchacha, que se separó un instante de Zephyr para prestarle atención a la joven diosa—. Bébete esto, te sentará bien en el estómago para el viaje entre dimensiones.

Melina olisqueó el frasquito que le tendía e hizo una mueca de desagrado.

—¿No lleva demasiada canela?

—Es que está muy malo si no. Tómatelo todo… hasta la última gota.

Melina obedeció y apuró el frasco entero mientras Zephyr intercambiaba unas palabras con su padre.

El invocó entonces todo su poder. Extendió los brazos y levantó las palmas hacia el cielo, y un rayo cayó crepitando en mitad de la arena, donde se estrelló contra el dios. Un óvalo de borrosas imágenes se proyectó hacia adelante.

—Rápido, no durará mucho.

—Vamos, Melina, entra —la apremió Zephyr.

Melina se aferró con fuerza a Tattoo y dejó atrás a Naima. Comenzó a caminar, pero la vista se le nubló.

—Me encuentro mal… Me estoy mareando…

—¿Qué te ocurre? —Zephyr corrió junto a ella para ayudarla a darse prisa y que se marchara antes de que el portal desapareciera.

—No puedo ver nada…

Tattoo saltó de sus brazos y se alejó unos pasos, asustado por los vaivenes de su ama.

—¡Venga! Daos prisa —gritó Azariel.

Pero Melina se desplomó en brazos de Zephyr, quien tuvo que arrodillarse para amortiguar la caída de la muchacha sobre la arena. Mientras caía, perdió todas las fuerzas y el frasco se deslizó desde su mano hasta la del semidiós.

—¿Qu-qué es es esto? —Zephyr se lo llevó a la nariz y lo olisqueó—. ¡Canela!

Se giró hacia Naima, quien sonreía con los zapatos del cielo que Melina se había quitado ahora en su poder.

—Para ocultar el aroma del veneno, ya lo sabes —⁠sonrió triunfante.

—¡¿Por qué?!

El patriarca no pudo resistir más y se derrumbó, aquel tipo de magia era complicada incluso para él, consumía demasiadas energías. El portal se desvaneció como si nunca hubiese existido.

—Tú envenenaste a mi amante, tú comenzaste esta guerra —respondió con una rotundidad impropia de ella.

—¡Maldita! ¡¡Maldita!! ¡¡¡Malditaaa!!!

—Además, era un peligro para nosotros.

Zephyr chilló con todas sus fuerzas, estaba ido, enloquecido.

Dio puñetazos contra la arena y alaridos que le desgarraban la garganta.

Se aferró al cuerpo de Melina y lo abrazó tratando de impedir que se marchara de aquella manera.

Pero el veneno había actuado rápido y la joven ya estaba muerta antes incluso de haber caído a la arena.

—¡Te mataré! ¿Me oyes? ¡¡¡Te matarééé!!!

Naima lo ignoró y se marchó volando, desapareció cuando desplegó sus alas, llevándose consigo los zapatos del cielo que había sustraído.

Y Zephyr, bajo el cielo estrellado y con Melina muerta entre los brazos, al fin permitió que las lágrimas se liberaran y cayeran por su devastado rostro.