Hasta la última gota Chapter 43
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Chapter 43

Zephyr apareció flotando bajo un cielo de tonos naranjas y malvas, el día llegaba a su fin y el sol se escondía tras las montañas del oeste. Cuando tocó tierra, Azariel y Melina lo esperaban en pie, ella con el gatito dormido entre los brazos.

El todavía semidiós se acercó a ellos y se detuvo a pocos pasos.

—A un par de millas al este hay una pequeña bahía deshabitada —informó—. Pídele a padre que nos reunamos allí.

—Me vas a gastar las alas con tanto viajecito —⁠refunfuñó Azariel, pero lo hizo con una sonrisa.

Zephyr se pegó a él y le dio un abrazo.

—Gracias, hermano.

Se dieron unas suaves palmadas en la espalda que decían mucho más que las palabras.

Al separarse, Azariel se sacudió el polvillo verde que le había caído sobre el hombro.

La máscara de Zephyr seguía desintegrándose poco a poco; si continuaba así, no tardaría en volver a contemplar su rostro. Se alegró por él.

—Ahora nos vemos —se despidió y alzó el vuelo, atrayendo nuevas miradas de aldeanos curiosos.

Zephyr se quedó observándolo hasta que fue tragado por la bruma, retrasando todo lo posible el momento de enfrentarse a Melina y tener que despedirse de ella.

—¿Paseamos? —le preguntó cuando ya era imposible demorarlo más.

Melina asintió y dio un par de largas zancadas para ponerse a su lado, pues él ya había comenzado a andar hacia la bahía que había mencionado.

Tras un largo rato en silencio, Melina habló:

—¿Es que no piensas volver a dirigirme la palabra? ¿Es así como nos vamos a decir adiós?

Zephyr giró el rostro hacia ella y le dedicó una triste sonrisa.

Ella observó lo poco que se veía de su cara: los labios rosados que se torcían en una mueca de aflicción, los ojos azules que reflejaban su pesar, un poco de la mejilla que ahora quedaba expuesta por la cada vez más destrozada máscara…

—¿Sabes, Melina? Esto no ha ocurrido solo gracias a mis buenas acciones —le dijo al notar cómo se quedaba mirando la máscara—. Ha sido gracias a ti.

—¿A mí? —Negó con la cabeza—. ¿Qué he hecho yo? Te sugerí que liberases a los esclavos, pero tú ya estabas creando las pociones para hacerlo. Es mérito tuyo.

—Has hecho mucho más que eso, créeme.

Pasaron unos segundos en silencio, parecía que la conversación se iba a desvanecer igual que el sol tras las montañas, pero Melina se tragó el miedo que la atenazaba y le preguntó. Esta vez, quería oír la respuesta:

—¿Cómo qué? Háblame de mis cosas buenas —⁠pidió con una sonrisa—, hace años que no hago más que tomar malas decisiones. Levántame un poco el ánimo, anda.

Zephyr rio entre dientes, pero le concedió su deseo.

—Pues mira, para empezar, has hecho que vuelva a reír. También has conseguido que recupere las ganas de tocar el arpa. Y me has enseñado a cocinar una pizza —⁠concedió con ánimo.

—Eso es verdad, ja, ja, ja.

—Has hecho muchas cosas por mí, en serio, pero sería imposible explicarlas con palabras.

A Melina se le formó un nudo en la garganta. Situó a Tattoo sobre su hombro y, en un impulso que no se permitió recapacitar demasiado, lo tomó de la mano.

Zephyr no solo lo toleró, sino que se quitó el guante para sentir su tacto, su piel. La apretó con delicadeza, temeroso de que pudiese escurrirse entre sus dedos.

—Tú también has hecho cosas por mí —dijo ella con un hilo de voz. La emoción era una ola que apenas podía contenerse tras sus endebles barreras.

—Cierto. Te amenacé de muerte, secuestré a tu gato, confabulé para secuestrarte también a ti… —⁠Sonrió y negó con la cabeza.

—Y te aseguraste de que estuviera cómoda, limpia y bien alimentada. Y me enseñaste a hacer una poción. Llenaste el silencio con la música de tu arpa… Y no olvidemos que les salvaste la vida a mi gato y a mis amigos.

Zephyr se detuvo para rebatir sus argumentos, pero ella habló antes.

—Y ahora me estás ayudando a mí para que pueda volver a mi hogar, con mi familia.

El oxígeno abandonó los pulmones del semidiós cuando exhaló un suspiro cargado de tristeza.

—Era el trato, ¿no?

—Creo que esto dejó de ser un trato hace mucho —⁠murmuró ella intentando disimular la lágrima que rodaba mejilla abajo.

Como respuesta, Zephyr atrapó aquella lágrima con el pulgar de la mano libre para borrarla de su piel, mientras que con la otra mano presionó la de la chica y le acarició el dorso.

Aquel pequeño gesto provocó que Melina apretara los labios y dirigiera la mirada hacia el otro lado, no quería que la viera llorar.

Zephyr respiró hondo varias veces seguidas para calmarse, él también estaba emocionado. Más migajas verdes de la máscara cayeron sobre su blusa negra.

Prosiguieron el paseo y llegaron a unas rocas que atravesaban la orilla y cortaban el paso. Zephyr la ayudó a cruzar por encima, con cuidado de no dejar caer al gato dormilón. Al otro lado los esperaba la bahía, todavía vacía, donde las suaves olas lamían la arena con un susurro de sal.

—Me hubiese gustado despedirme de Naima —⁠mencionó la chica—. Ella también me ayudó mucho al principio. Aunque me ocultase que tú eras el hechicero de Argentos y que me estaba dirigiendo a una especie de trampa, no le guardo rencor.

—Hm —expresó irritado.

—¿Qué es lo que os pasa? ¿Por qué no os podéis llevar igual de bien que con Azariel? ¿Acaso no sois también hermanos?

—La historia con Naima es larga.

—Bueno, aún no ha venido nadie. —Señaló a su alrededor—. Tenemos un poco de tiempo, si es que te apetece contármelo y desahogarte.

Zephyr se lo pensó, pero decidió que podía compartir aquello con Melina. Lo deseaba, de hecho.

—Antes éramos inseparables, ¿sabes? No había necesidad de contarnos nuestras aventuras porque ya las vivíamos juntos. Pero cuando murió Adad…

—¿Murió? —Se sorprendió Melina, pues no sabía que los dioses también podían morir.

—En realidad somos mortales como vosotros, aunque tengamos vidas longevas. Podemos morir igual que los humanos, por eso nuestros padres crearon los zapatos del cielo. Un par para cada uno, una obra de artesanía única e irrepetible. Llevándolos estamos fuera del alcance de la muerte.

Zephyr se detuvo en mitad de la cala y Melina permaneció a su lado.

—Pero, como te decía, Adad murió, y luego las gemelas se marcharon.

Azariel ya había reunido a los seres mágicos acuáticos y había formado su propio reino.

Quedábamos solo Naima y yo en Selenia. Eso debería de habernos unido todavía más, o así pensaba yo, pero ella comenzó a hacer su vida sin mí, comenzó a dejarme de lado, a corretear por ahí con humanos, a convertirlos en sus amantes.

Y yo me encontré solo, sin hermanos, sin amigos.

Fue entonces cuando empecé a experimentar con la alquimia.

Estaba solo, así que tenía mucho tiempo para aprender y avanzar en nuevas fórmulas.

—Y te convertirse en el mejor alquimista del mundo.

—Alquimista, sí, pero con magia. Por eso me llamaban «el hechicero», porque alquimistas hay muchos, pero hechiceros solo yo —explicó con orgullo.

Tomaron asiento en la arena el uno junto al otro, a la espera de que el padre de Zephyr apareciese.

—Bueno, Naima y tú os distanciasteis, es normal en cualquier relación de hermanos en algún momento de la vida. No es que yo lo sepa, no tengo hermanos, pero lo he visto en mis amigas.

Zephyr guardó silencio por si quería añadir algo más sobre su vida, pero, como no lo hizo, prosiguió.

—Cuando más distanciados estábamos fue cuando Evonne llegó a mi vida, y creo que Naima se puso un poco celosa.

Ya no tenía a su hermanito queriendo pasar todo el rato con ella, él ya se había buscado su propia vida, y comenzó a intentar acercarse de nuevo.

Ahí descubrió que el hermano que conocía ya no era el mismo, había cambiado.

¿Cómo no hacerlo, después de haber pasado décadas en soledad?

—Y empeoró cuando atacaste Ciudad Iridia, ¿no? Esa parte de la historia sí me la contó.

—Eso fue culpa mía, lo reconozco. Yo también he tomado malas decisiones en mi vida en algún momento.

»Evonne se empeñó en poseer esas tierras llenas de ricos y valiosos minerales, que casualmente estaban en Paladias, país que venera a Naima, por lo que ella siente que es su líder espiritual o algo parecido.

Quizás me dejé convencer para vengarme un poquito de su desdén hacia mí durante tantos años.

»Y luego me puso la máscara. Yo me enfadé todavía más y me porté aún peor con todo el mundo. Abandoné Ciudad Boreal, me instalé en el castillo y, acompañado solo por Evonne, provoqué las peores situaciones que un dios haya hecho jamás.

—Sois dos hermanos muy tóxicos, sí —asintió Melina.

—En fin, esa es mi historia. ¿Cuál es la tuya?

—No es muy larga, no hay mucho que contar. No he tenido una vida tan interesante como la tuya, desde luego.

—Seguro que sí. —Se cruzó de piernas y se giró hacia ella para atender mejor.

—Crecí como una niña feliz, con mis padres y luego con mi gato.

—Lo levantó un poco entre los brazos para referirse a él—.

Pero un día, mis padres tuvieron que montar en avión para ir a un trabajo.

¿Recuerdas lo que es un avión, no? Pues estaban volando cuando una tormenta eléctrica impactó contra él y cayó al mar.

Nunca lo encontraron. Simplemente se perdió en lo más profundo del océano.

—¿No lo encontraron?

—No. Ojalá allí existiera un Azariel que pudiese investigar el fondo del mar hasta dar con ellos y con los otros pasajeros, pero, tras varios días de búsqueda, los trabajos cesaron y todos se olvidaron de ese vuelo que se perdió y que nunca llegó a su destino.

—Tú no los olvidaste.

—Nunca, incluso ahora los recuerdo como si no hubiese pasado el tiempo.

Pero lo cierto es que han pasado tres años ya, y en este tiempo no he hecho más que tomar malas decisiones.

Dejé los estudios, comencé a fumar, tomé alguna que otra sustancia ilegal, salía de marcha todas las noches y me emborrachaba…

Menos mal que mis tíos me perdonan todo.

—Solo han pasado tres años —matizó Zephyr—, ya sanarás.