Chapter 42 #2
Melina se abalanzó sobre la ventana en cuanto desaparecieron para asegurarse de que no se estrellaban contra el suelo, pero la pócima debía de ser poderosa, pues los vio ya tomando altura, mecidos por los vientos que el semidiós había convocado.
Cuando llegaron al bosque, los perdió de vista tras las copas de los árboles.
Suspiró con una mezcla de esperanza y pesadumbre.
—Adiós, amigos, que os vaya muy bien.
Azariel le concedió unos minutos para que se hiciera a la idea antes de indicarle que era su turno.
—¿Cómo lo hacemos? Solo tienes dos manos y nosotros somos tres —expuso Aidan.
Como respuesta, el dios convocó sus alas y las abrió de forma majestuosa —y un poco teatrera— ante ellos.
—Ooh… —Se asombraron. Aidan incluso se atrevió a tocar una de las plumas antes de que Azariel la retirase y lo mirase malhumorado.
—Yo también me he tomado una poción de fuerza, así que a vosotras dos, que pesáis menos, os llevaré a cada una en un brazo, y a ti, jovencito, te permitiré que montes sobre mi espalda.
—¿Voy a cabalgar a un dios? ¡Increíble!
—Pero no me toques las alas o no dudaré en planear boca abajo para que caigas al vacío, ¿entendido?
—Entendidísimo —respondió con entusiasmo infantiloide.
Azariel lo miró con cara de pocos amigos, ya se estaba arrepintiendo, pero se recordó que se lo había prometido a su hermano. Y él podría ser muchas cosas, pero no un rompejuramentos.
—No sé qué manía tienen todos con tocarme las alas y las branquias —masculló un rato más.
Se situó frente a la ventana y les hizo un gesto para que se acercaran.
—Vamos —los apremió a tomar posiciones—. ¡Agarraos bien que salimos!
Azariel las rodeó por la cintura como si solo estuviese sujetando ligeros juncos y se maravilló por los efectos de aquella poción de fuerza. Aidan saltó sobre su espalda como una mochila, asegurándose de no entorpecer el movimiento de las alas del dios.
Cuando Azariel se precipitó al vacío, Melina cerró los ojos con terror y apretó a Tattoo con más fuerza contra su pecho, a quien portaba dentro de su chaqueta de cuero. Estaban cayendo en picado y el dios no parecía poder remontar el vuelo. Seguro que pesaban demasiado.
—¡¡Socorro!! —chilló Arsi.
—¡Nos vamos a estrellar! —gritó Aidan.
Melina abrió los ojos y vio el laberinto acercarse veloz a ellos. Tenían razón, estaban a punto de hacerse papilla contra el suelo.
Pero Azariel dibujó una curva y tomó altura en un santiamén.
—¡Arriba esa adrenalina! —dijo entre risas.
—Serás miserable —farfulló Melina, quien por un momento creyó que iba a dejar Metallia pero de otra manera a la pactada.
Sobrevolaron el bosque sombrío y gran parte del territorio de Argentos, hasta que, un buen rato después, el mar hizo acto de presencia en el horizonte.
—¿Lo oléis? —preguntó Azariel aspirando el aroma—. Adoro el mar.
—¡Yo no huelo nada! —protestó Melina.
Viajar con un dios puro que utilizaba sus alas no se parecía en nada a levitar mecida por el viento convocado por Zephyr.
Mientras que con el semidiós la rachas los acompañaban y transportaban con suavidad, Azariel cortaba el viento y lo atravesaba como un cuchillo, lo que añadía una gran presión a sus oídos.
Además, se veía obligada a cerrar los ojos por la velocidad.
Villa Croma apareció en el horizonte y Aidan dibujó una enorme sonrisa; notaba el corazón apretado por la emoción. Por fin, tras más de tres años convertido en mono, regresaba a casa.
Azariel los llevó hasta la orilla y los depositó con cuidado sobre la arena. Aidan se bajó de su espalda y trastabilló, mareado por el constante vaivén de las alas durante todo el trayecto. Arsi lo cogió del brazo para ayudarlo a mantener el equilibrio.
Un niño que jugaba cerca vio a los recién llegados y corrió a dar la voz de alarma.
Los curiosos no tardaron en agolparse en los límites de la aldea, incapaces de acercarse más al observar las alas de Azariel y creer que los dioses venían a vengarse por haber destruido el templo y haberles dado la espalda.
Muchos huyeron a sus casas, pero algunos, los más valientes —o los menos sensatos— se quedaron a ver qué ocurría.
—¿Aidan? —preguntó entonces una mujer a la que Melina reconoció como Nora.
—¡Mamá!
El chico dio un par de pasos en su dirección, pero, antes de alejarse más del grupo, se giró de nuevo para coger de las manos a Melina.
—Gracias, de verdad, muchísimas gracias, salvadora Melina.
—Oh, déjate de rollos.
La chica soltó sus manos y lo abrazó con ganas, con las lágrimas a punto de volver a rodar por sus mejillas. Estaba siendo una jornada de intensas emociones y, de tanto llorar, empezaba a dolerle la cabeza.
—¡Ve con ella!
Aidan asintió y corrió por la playa todo lo que sus piernas dieron de sí, tratando de no desestabilizarse por culpa de la arena.
Cuando se encontró con su madre a medio camino, ambos se fundieron en un abrazo y cayeron al terreno de rodillas llorando.
La hermana de Aidan no tardó en llegar hasta ellos y se abrazó también a él desde atrás.
No podían creer que estaba allí, que había regresado.
Arsi se despidió de Melina con un fuerte abrazo y se unió a ellos.
—Vamos a casa, os lo contaré todo —escuchó que les decía entre lágrimas Aidan.
—¿Y los otros prisioneros? ¿Dónde están? ¿O solo vuelves tú? —preguntó inquieta una vecina cuando el muchacho pasó por su lado.
—Han sido liberados, deben de estar a punto de llegar —aseguró él.
Los murmullos se acrecentaron y prácticamente todos los habitantes de la aldea siguieron a Aidan para conocer también lo ocurrido.
Melina se quedó observando cómo desaparecían al adentrarse por las calles. Unas pocas personas se quedaron vigilando a Azariel, pero el dios no parecía darse cuenta de las sospechas que levantaba su presencia en el lugar.
—Bueno, pues falto yo.
—Miau —contradijo Tattoo asomando la cabeza desde dentro de la chaqueta.
Melina lo sacó y lo acarició para tranquilizarlo de las emociones del trayecto.
—Es verdad. Faltamos nosotros.
—Ponte cómoda —sugirió Azariel—. Hasta que no llegue Zephyr, no puedo ir a avisar a mi padre de que ya todo está preparado.
Melina se sentó en la arena y Azariel se acomodó junto a ella.
—Aquí fue donde me secuestraste —le recordó.
—No voy a disculparme, si es lo que esperas. Mi hermano me lo pidió.
Melina bufó, pero pronto se olvidó de ello, a fin de cuentas, nada de lo vivido después habría sucedido si Azariel no hubiese ayudado a su hermano.
No habría conocido el castillo de Zephyr, ni hubiese acariciado las cuerdas de un arpa.
Tampoco habría descubierto esa otra faceta del semidiós, esa que guardaba con tanto celo bajo capas de indiferencia y rencor hacia el resto del mundo.
La chica observó el horizonte, las olas del mar rompiendo en la orilla, el intenso aroma a salitre que se colaba por sus fosas nasales, el viento húmedo que revolvía su cabello. Aún había luz, pero el sol no tardaría en desaparecer por el oeste.
—¿Por qué hemos venido hasta Villa Croma? —se preguntó en voz alta—. ¿Por qué no hacerlo en el castillo, o en el bosque?
—¿Te lo digo yo o prefieres que te lo explique Zephyr?
Melina hubiese esperado a que Zephyr llegara para preguntarle, pero la paciencia no era uno de sus fuertes. Además, viendo lo distante y frío que estaba el semidiós con ella, dudaba de que se lo fuese a contar.
—Dímelo tú.
—Te oyó.
—¿A qué te refieres? —Lo miró con el ceño fruncido.
—Le habías prometido a este chico —hizo un gesto con la cabeza hacia Villa Croma— que lo acompañarías cuando regresara a casa con su familia. Zephyr te oyó y no quiso ser el culpable de que rompieras tu promesa.
Melina giró la cabeza de nuevo hacia el frente, hacia el horizonte. No sabía cómo encajar aquella pieza en el puzle que era Zephyr.
—¿Por qué haría eso por mí? —murmuró.
—Debes de estar muy ciega si no lo sabes.
Melina cerró los ojos con aflicción. Lo sabía, en su corazón lo sabía.
¿Pero de qué servía, si ella estaba a punto de marcharse y no se volverían a ver jamás?
¿Qué se pensaba Azariel, que no se le había pasado por la mente mil veces confesarle sus sentimientos cuando tocaba el arpa para ella, cuando compartían una deliciosa cena, cuando se pasaban horas conversando sobre cualquier cosa?
¿Se pensaba que no anhelaba conocer a qué sabían sus labios, cómo era sentir una caricia de sus manos?
¿Pero y si él no sentía lo mismo? ¿Y si, a pesar de la mutua atracción y las chispas que flotaban en el ambiente cuando estaban juntos, su corazón seguía eligiendo a Evonne?
Azariel le puso la mano en el hombro y lo frotó para darle ánimos, pero aquel gesto no la hizo sentirse mejor.
Su corazón estaba roto, hecho jirones por saber que iba a abandonar Metallia y se quedaría con las ganas de saber qué hubiese pasado.
Solo una persona podía recomponerlo, pero en aquellos instantes prefería que no lo hiciera.
Era mejor que la dejase marchar con los pedazos de su amor en las manos.
Ya se encargarían el paso del tiempo y las dolorosas agujas del reloj a ayudarle a coser las heridas del alma.
Y, con el implacable avanzar de los años, cuando fuese una anciana y volviese la vista atrás en su lecho de muerte, recordaría ese amor de leyenda que pudo ser y no fue.