Chapter 42
Helmer y Tabar se encontraban ya mucho más saludables, habían recuperado el color en las mejillas y su aspecto mejoró bastante más tras darse un baño y ponerse sus ropas ahora lavadas.
Melina se vistió de nuevo con sus vaqueros de rotos en las rodillas, su camiseta roja —que Arsi lavó y le devolvió cuando encontró otra cosa que ponerse— y su chaqueta de cuero negro con parches de flores rojas bordados en las mangas.
Zephyr le había informado de que se iban a marchar a Villa Croma, donde su padre abriría el portal para ella, y quería volver a sentirse ella misma de nuevo, la que había llegado a aquel extraño mundo por primera vez.
Se miró en el espejo fracturado del baño y se fijó en los cambios físicos que había sufrido: había perdido algo de peso, estaba más bronceada y las raíces rubias continuaban con su particular reconquista sobre el tinte negro.
Tampoco olía ya a nicotina, y el cabello desprendía un suave aroma a jazmín.
Pero en su espíritu el cambio había sido mayor, lo notaba.
Paseó la mano por el lavabo, por el grifo, por la superficie del espejo.
Por el borde de la bañera que le había servido como cama tanto al llegar ella como cuando Helmer y Tabar se adueñaron del dormitorio.
Aunque habían insistido en que se quedase con ellos, Melina prefería dejarlos solos.
Se olía que tenían asuntos que hablar y resolver.
Y Zephyr simplemente desaparecía, desconocía dónde estaba pasando las noches, y tampoco le había preguntado.
Se despidió de aquella estancia y salió al dormitorio, donde ahora sus amigos discutían sobre quién empezó la pelea en la taberna.
Tabar aseguraba que había sido Helmer, pero este opinaba que la provocaron los boreanos.
A pesar de sus diferencias, los veía mucho más cercanos que antes de ser secuestrada por Azariel.
Incluso en alguna ocasión los había pillado cuchicheando y acariciándose las manos.
Sonrió, supuso que por fin habían dado el paso que tanto les había costado asumir y que ella había captado al poco de ver cómo buscaban siempre el conflicto para atraer la atención del otro.
Tomó a Tattoo entre los brazos y bajó las escaleras para decir adiós a la cocina. Desde que los animales habían sido liberados y Zephyr se los había llevado de allí, el castillo estaba vacío y silencioso.
Se asomó al comedor a contemplar el arpa, llevaba días sin oír su música, la cual había sido un bálsamo para su alma el tiempo que había estado allí encerrada.
Al acceder a la sala del trono, se cruzó con Aidan y Arsi, quienes también compartían muchas confidencias y pasaban mucho tiempo juntos.
Observó alrededor: la mesa donde cenaba con Zephyr, la pared donde se escondía su taller.
Suspiró, en el fondo iba a echar de menos todo aquello.
—¿Le has pedido ya a Zephyr que dote de seguridad los caminos y ponga fin a los asaltos? —preguntó Aidan a Tabar cuando estaban todos reunidos y sentados en el suelo del dormitorio.
—No he tenido la ocasión, me temo —se lamentó.
—Bueno, te prometo que eso se acabará —aseguró Helmer—. Yo mismo me voy a encargar de formar un grupo de vigilancia.
—¿Y cómo lo vas a hacer si tu vida consiste en vagar por el mundo? —Se extrañó el muchacho.
—Es que… —Tabar miró a Helmer para pedirle permiso de contarlo. Él asintió con una sonrisa—. Helmer va a mudarse a la granja. Viviremos juntos.
Sus palabras arrancaron gemidos de asombro a su alrededor, pero pronto se transformaron en vítores y felicitaciones para ambos.
—Esos malnacidos no volverán a meterse con nadie. Ya te digo yo que tienen sus días de fechorías contados —bramó alzando el puño, en parte para olvidarse del repentino rubor que coloreaba su rostro.
Melina asintió contenta, le parecía una solución fantástica para los problemas de los caminos de Argentos.
—¿Por qué tienes que marcharte? —preguntó entonces Aidan a Melina.
Ella sonrió con melancolía.
—Al igual que vosotros, yo también deseo volver a mi hogar. Ha sido una experiencia única, una aventura inolvidable, pero mis tíos estarán muy preocupados por mí. Yo no pertenezco a este lugar, mi vida está allí.
Helmer la tomó por el hombro y le dio un apretón. La iba a echar muchísimo de menos.
Melina se puso de pie y abandonó la sala con lágrimas en los ojos. Odiaba las despedidas, sobre todo si eran definitivas como aquella, así que se alejó para que la emoción del momento no la hiciera llorar otra vez.
Encontró a Tattoo frente a las escaleras y lo acarició un instante antes de marcharse por ellas. Al llegar abajo escuchó pasos a su espalda y, al darse la vuelta, descubrió que se trataba de Aidan, que ya se situaba a su lado.
—Melina, yo… Nunca tuve la ocasión de pedirte perdón. Lo siento, de verdad. Nunca fue mi intención engañarte.
—Aidan, tranquilo. —Tomó sus manos con las suyas y lo calmó—. Como ya sabes, hace mucho que te perdoné.
—Escucha, Melina… No sé si lo sabes o si te diste cuenta, pero…
—¿Sí? —Alzó las cejas con expectación.
—Estuve un poco enamorado de ti cuando te conocí —declaró rojo como un tomate.
La chica sonrió. Era una sensación extraña saber que un muchacho ocho años más pequeño se había fijado en ella. Aunque, si lo pensaba bien, ella se había fijado en Zephyr, que le sacaba bastantes más.
—Me halagas, pero creo que sería mejor para ti si te fijases en alguien de tu edad. Se me ocurre cierta pelirroja que no se separa de ti.
Aidan sonrió, ruborizándose un poco más.
—Ella me gusta —concedió el chico—. Cuando éramos capuchinos siempre estaba atenta de mí, se preocupaba de que no me faltara nada. Supongo que me fue ganando poco a poco. ¡Y resulta que además es guapa!
—Sí que lo es.
—¿Y recuerdas lo que os he contado de mi pelea con la boa en el bosque? Por lo visto fue ella quien más luchó por salvarme.
—No me digas. —Se sorprendió Melina.
—Sí, pero ella no lo ha dicho porque es muy modesta y no quiere alardear, pero si me salvé fue gracias a ella. Bueno, y gracias a Tattoo, que me rescató en el laberinto.
El gato los había seguido y se frotaba contra la pierna de él para rascarse la cabeza.
—Mi panterita… Vaya aventuras hemos vivido, ¿eh?
Se agachó para acariciar a su amigo, feliz por haberlo logrado los dos juntos.
Se oyeron entonces voces y Zephyr apareció en lo alto de las escaleras. Había regresado de otro paseo, Melina ignoraba a dónde había ido. En los últimos días apenas pasaba tiempo en el castillo, seguramente no querría verla y estaría deseando perderla de vista de una vez.
—¿Así que aquí es donde te has estado escondiendo todos estos años? —oyó una voz familiar tras él.
Reconoció la larga cabellera rubia, la piel azulada, el tono socarrón. Se había vestido con ropas blancas que cubrían sus branquias.
—Azariel —lo saludó sorprendida cuando él bajó hasta situarse frente a ella.
—Hola, bombón. Traemos buenas noticias. ¿Se lo cuentas tú o se lo cuento yo?
Melina miró a Zephyr, la máscara verde estaba bastante despedazada. Parecía haber perdido la capacidad de hablar, o quizás es que no tenía ni ganas de dirigirse a ella.
—Nos vamos, ahora mismo —prosiguió Azariel—. Te recomiendo que te despidas de tus amigos, pues no los vas a volver a ver.
—¿Ya? —Se inquietó, aunque se sintió tonta por hacerlo, pues de eso se trataba, de marcharse de Metallia y no volver a verlos nunca más.
—He venido como refuerzo, Zephyr no puede cargar con todos. Me lo ha pedido él mismo, ¿qué te parece? Mi hermanito no hace más que pedirme favores. Ya me debe unos cuantos.
—¿Y yo con quién voy?
—Conmigo —informó el rubio—. También venís tú —señaló a Aidan— y la chica que está arriba.
—¿Entonces tú te vas a encargar de Helmer y Tabar? —habló directamente con Zephyr, que esperaba arriba de las escaleras. Le daba igual que el semidiós pareciese ignorarla.
Él asintió sin abrir la boca.
—Cuídalos mucho, por favor. Son buenos amigos míos.
Melina trató de contener las lágrimas, pero la emoción era abrumadora ahora que sabía que el adiós era inminente. Subió las escaleras corriendo, pasando de largo junto a Zephyr, y se abalanzó sobre Tabar y Helmer, quienes ya habían sido informados de los planes de los dioses.
Se abrazaron los tres a la vez, la tristeza los invadía.
—Muchas gracias por haberme acompañado en este viaje, por ayudarme a ser valiente, a enfrentarme a los problemas. Sin vosotros esta aventura no habría sido igual. Y me alegro de que por fin hayáis dejado de lado las disputas y hayáis podido entenderos.
—Gracias a ti por perdonarme cuando no tenías por qué hacerlo —dijo Tabar—. Siempre has demostrado el enorme corazón que tienes.
—Sí, gracias, amiga, por ser tan buena. Y por nuestros momentos de risas, de historias a la luz de la fogata. Por saber llevarme cuando me daban los ataques de locura.
Melina negó con la cabeza.
—Si no os calláis ya, me voy a poner a llorar como una niña tonta —pidió mientras una lágrima rebelde escapaba a su débil autocontrol y rodaba por su mejilla.
Se abrazaron un poco más hasta que Zephyr carraspeó. Se soltaron entonces y Melina apretó las manos de ambos.
—Sed felices.
—Tú también.
Los dos hombres se despidieron también de Aidan y de Arsi, pero prometieron volver a verse pronto. Melina los envidió, ellos cuatro podrían mantener el contacto.
Zephyr les indicó cómo tenían que situarse para cargar con ellos y los tres se asomaron a la ventana.
—¿Podrás con ellos? —preguntó dubitativa, recordando que no pudo llevarlos a la vez cuando los rescató del laberinto.
—Me he tomado dos pociones de fuerza —informó—. No será problema ninguno.
A Melina no le pasó desapercibido que no se había girado para responder, tan concentrado como estaba en la ventana frente a ellos. O quizás es que no quería ni mirarla a la cara.
—Nos vemos luego —le dijo a su hermano, quien asintió—. Vamos, preparaos… ¡Saltad!