Chapter 41 #2
Se había metido en su taller a trabajar sin descanso hasta que tuvo todos los frascos listos para ese momento.
También había sacado una pila de ropa, las prendas que habían vestido cuando los convirtió en sus esclavos, pero habían seguido creciendo y a algunos ya no les servían, así que se intercambiaban lo que podían entre ellos para tapar sus vergüenzas.
Tattoo estaba inmóvil. Aunque percibía que algo pasaba con aquellos animales, no se esperaba todo lo que veían sus ojos amarillos.
Un par de ratones, hembra y macho, no dudaron en darse un abrazo y besarse mientras lloraban de felicidad cuando se transformaron en dos jóvenes de unos veinte años. A Melina se le llenaron los ojos de lágrimas, incluso en aquellas condiciones inhumanas el amor se había abierto camino.
Otros se acercaron a ella a darle las gracias y a besar sus manos.
—Salvadora Melina —le dijo una muchacha.
Aquellas palabras la transportaron a Villa Alumen, al día que llegó a Metallia y atropelló a Evonne, librando así a los aldeanos de sus castigos. ¿Salvadora? Bueno, quizás sí lo fuese, visto lo visto.
Llegó el turno de la capuchina de pelaje rojizo y Melina notó que Aidan se tensaba.
Había preocupación en su rostro. Cuando la mona se bebió su poción, se transformó en una joven hermosa de unos catorce años, de largo cabello pelirrojo y rizado.
Se tapó con una camisa larga que le cubrió hasta los muslos y se acercó a Aidan.
Melina podía notar el nerviosismo vibrando entre ambos.
—Mi nombre es Arsi —se presentó con timidez.
—Yo soy Aidan —respondió él también ruborizado.
Melina elevó las cejas. ¡Se gustaban! Era increíble.
La joven abrazó a Melina en agradecimiento y ella le ofreció su mano libre para sacarlos a ambos de allí. Ni siquiera se dignó a decirle nada más a Zephyr, ni dedicarle una nueva mirada.
El semidiós prosiguió en silencio con la tarea de liberar a sus esclavos, la máscara desintegrándose un poco más con cada nueva transformación.
Para cuando todos los animales hubieron sido transformados de nuevo en humanos, la máscara de Zephyr había quedado bastante resquebrajada, aunque no llegaba a desprenderse de su rostro, por lo que aún no había recuperado su estatus de dios puro y los poderes que ello conllevaba.
Zephyr se encargó personalmente de devolverlos a todos más allá del bosque, cerca de una aldea, para que regresaran a sus casas por sí mismos, pues no recordaba de dónde procedía cada uno o si querían tomar un nuevo rumbo a partir de entonces.
También les dio una bolsa llena de monedas e incluso se atrevió a pedirles perdón.
Algunos lo aceptaron, otros no. Y no podía enfadarse con ellos, a fin de cuentas los había tenido prisioneros y amenazados durante tres años enteros.
Había sido cosa de Evonne en realidad, pero él lo había permitido, así que era igual de culpable que ella.
Cuando el día terminó, estaba exhausto y deseoso de tumbarse en su cama a descansar, pero aquellos dos humanos seguían allí, cuidados por Melina, Aidan y Arsi, a quien Melina había prestado su camiseta roja y los pantalones de lino, pues ella aún vestía la blusa y pantalón negro de él.
Ya sin animales que realizaran las tareas, Aidan y Arsi se encargaron de preparar la cena, mientras que Melina velaba a Helmer y Tabar.
En el silencio de la noche que cubría el solitario castillo como un manto espeso, Zephyr los oía a los cinco charlando, poniéndose al día e intercambiando sus impresiones sobre todo lo que había sucedido.
Incluso oyó cómo Aidan les pedía perdón a Tabar y Helmer por ocultarles que era un sirviente de Zephyr y no de Naima.
Pero él se quedó sentado en su trono, incapaz de ser partícipe de aquellos momentos de reencuentros y alegrías.
—Estoy deseando llegar a Villa Croma y ver a mi madre y a mi hermana —escuchó mencionar a Aidan con entusiasmo.
—Te prometí que iría contigo cuando llegase ese día, pero me temo que no voy a poder cumplirlo —se lamentó Melina—. Tengo un trato con Zephyr y debo quedarme aquí.
Los músculos de Zephyr se tensaron al oír su nombre en boca de la muchacha.
—Yo te acompañaré —se ofreció Arsi con la voz tomada por la timidez.
—¿No vas a volver a tu casa? —Se extrañó Aidan.
—Sí, por supuesto que iré, pero mi aldea queda muy cerca de la tuya, me pilla de paso. Quizás tú podrías también acompañarme luego a mí —sugirió.
Aidan aceptó, aunque, por sus siguientes palabras, Zephyr creyó que Aidan no había llegado a entender lo que la pelirroja le estaba proponiendo. Escuchó entonces la suave risa de Melina, ella sí lo había captado.
Se maldijo por ser tan cobarde, por no ser capaz de levantarse y subir las escaleras para confrontarla, para hablar con ella y solucionar aquella incómoda situación. Pero en su corazón podrido sabía que ella no lo iba a perdonar.
Al día siguiente volvió a cumplirse el plazo de Azariel. Zephyr se marchó sin decirle nada a nadie, dejó que Melina disfrutara de la compañía de sus amigos y fue él solo a encontrarse con el dios del mar.
—Padre ha accedido —le informó Azariel cuando por fin lo tuvo frente a frente—. Solo porque está muy aburrido y eso al menos lo sacará de la rutina. Mañana, aquí mismo.
—No —respondió Zephyr en un acto reflejo.
—¿No? —Azariel no comprendía nada. Su hermano se estaba volviendo loco.
Aquella noticia fue agridulce para Zephyr. Por un lado, Melina estaría feliz de poder regresar a casa. Por otro, él iba a perderla para siempre; si es que no lo había hecho ya.
—Dentro de dos días, en Villa Croma —pidió Zephyr—. Díselo, no me falles.
Azariel se extrañó por el humor tan taciturno de su hermano pequeño, pero la chica no lo había acompañado esta vez, así que supuso que no todo marchaba bien entre ellos.
—Tienes mi palabra —aseguró.
Azariel regresó al fondo del mar y Zephyr al cielo, y se dejó llevar por los vientos de nuevo hasta el castillo.
Cuando llegó y vio a Melina sonriente mientras conversaba con sus amigos, se olvidó del enfado que le producía comprobar que su guarida se había transformado en algo parecido a un campamento y, en lugar de ello, se alegró de ser portador de buenas noticias para la muchacha, aunque él quedaría sumido en una tristeza tan pesada como una roca del tamaño del reino de Selenia.
Pero había sido un monstruo, como bien había dicho ella, y aquella soledad que le aguardaba era poco para lo que se merecía.