Hasta la última gota Chapter 41
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Chapter 41

Los capuchinos se encargaron de cuidar de Tabar y Helmer, quienes se apropiaron de la habitación, para mayor fastidio de Zephyr.

Pero no podía echarlos, no si quería conservar el poco aprecio que la muchacha tuviese por él, si es que quedaba algo de aquello tras los últimos acontecimientos.

Si es que pudiese quedar algo cuando acabase lo que se había propuesto llevar a cabo.

Iba a demostrarle a Melina que era un auténtico villano, sería testigo de la peor versión de sí mismo. Después de aquello, no querría ni respirar el mismo aire que él.

Zephyr se había encerrado en su taller, no tenía ganas de ver a nadie.

Melina llamó varias veces a la puerta, pero él no respondía, tan solo creó y creó pócimas sin descanso.

Cuando trabajaba entre alambiques, viales y matraces, se olvidaba de que era el dios del viento del oeste y se transformaba en el hechicero de Argentos.

Echó un vistazo a un lado, al espacio vacío de la otra mitad de la mesa de trabajo.

Allí, a su lado, era donde Evonne creaba sus propias pócimas cuando estaba viva.

Había pensado mucho en ella todo aquel tiempo desde que su vida se había apagado, en especial tras las veladas con Melina, cuando su determinación por revivirla se tambaleaba.

Había llegado a varias conclusiones. Una de ellas era que Evonne nunca, jamás, había querido ayudarle a fabricar sus pociones.

Ella se enfrascaba en su propia tarea y se olvidaba del mundo y de él.

Tampoco había cocinado nunca para él, ni por supuesto le había pedido que tocara el arpa.

Si se paraba a pensarlo, le costaba incluso recordar momentos donde le hubiese hecho reír con ganas.

Ella tampoco reía, pensó, y de pronto se sintió muy vacío. ¿Había sido feliz con él?

Para su asombro, la puerta del taller se abrió y Melina cruzó el umbral. Se giró rápidamente para darle la espalda y que no viera su rostro de aquella manera, con la máscara resquebrajada. ¿Cómo había averiguado la forma de acceder?

—Cuando me trajiste a rastras me fijé en la forma en que la abriste —dijo como si le hubiese leído el pensamiento.

—Vete, por favor.

Melina se situó a su lado, pero no lo miró a él, estaba apoyada en la mesa de trabajo y orientada hacia la pared opuesta.

—No puedes seguir aquí encerrado. Ven a comer, los monos y yo hemos hecho carne en salsa de zanahorias.

—No tengo hambre —rehusó.

Pero Melina no se iba a dar por vencida, así que, ni corta ni perezosa, lo cogió por la barbilla y lo obligó a mirarla, haciendo que despegara su atención de la poción que estaba fabricando.

—¿Qué es esto? —preguntó desconcertada al ver la raja que atravesaba la máscara.

—Nada, olvídalo. —Con un movimiento de cabeza se soltó.

—¿Estás rompiendo la maldición?

Zephyr tragó saliva y asintió con pesar. Bajó la mirada con temor, ahora que la máscara comenzaba a romperse se sentía expuesto. ¿Qué había sido aquello entonces, una máscara o toda una coraza?

—¿Cómo lo haces? ¿Cómo podrás conseguir que se termine de romper?

—Me parece que realizando buenas acciones —⁠suspiró contrariado.

—Y eso es un gran fastidio, ¿verdad? —Rio ella.

Ambos permanecieron callados y su risa flotó en el ambiente unos instantes, hasta que se evaporó y solo quedaron las intensas miradas que parecían hablar por sí solas.

Zephyr giró el rostro y prosiguió con su tarea.

—¿Puedo ayudarte?

—No, tengo que hacerlo yo solo —rechazó él, pero no había enfado en sus palabras, tan solo la determinación de alguien que sabe lo que está haciendo.

—¿Tiene algo que ver con la pócima misteriosa? La que está en el cajón.

—No.

—¿Qué es esa poción? —indagó, pues le despertaba mucha curiosidad.

Zephyr pareció reticente a responder, pero al final lo hizo.

—Esa poción es el trabajo de toda una vida. Siglos de investigación, de reunir ingredientes. Sería imposible volver a crear otra igual.

—¿Y para qué sirve?

El semidiós calló, pero la imagen de Evonne acudió a su mente.

—Zephyr.

Él se giró hacia ella cuando lo llamó.

—¿Qué?

—Libera a los esclavos —dijo al ver que él no quería hablar más sobre aquella poción.

El semidiós exhaló el aire por la nariz y rio de medio lado, y continuó majando ingredientes.

—Hazlo. Eso te liberará de la máscara —insistió ella—. Piénsalo, si recuperas tu estatus de dios, podrás volver a tu hogar y no necesitarás espías que te hagan el trabajo sucio. El círculo se cerrará y todos estaréis por fin donde debéis estar.

—Melina… —Ahora la miró él—. Yo ya he llegado a la misma conclusión, y por ello estoy aquí metido creando estas pociones.

La chica observó la mesa de trabajo, los tarros llenos de ingredientes esparcidos por toda la superficie, y se le iluminó el rostro.

—A los animales también —apostilló, pues desconocía que los sirvientes eran, de hecho, los propios animales.

Zephyr se quedó callado. De verdad esperaba que aquello supusiese el final de su maldición. Pero otro castigo caería sobre él después de liberarlos, estaba seguro.

Cuando Melina descubriese la verdad.

Y este castigo dolería el triple.

Melina veló todo el tiempo a sus amigos, asegurándose de que se recuperaban y que no les faltaba nada. Un día más pasó hasta que Zephyr anunció que las pociones estaban listas, pues era una receta laboriosa y había incluso que dejarla reposar para conseguir los efectos deseados.

Entonces llamó a Melina. Ella acudió a su llamada y dejó a Helmer y a Tabar al cuidado de los capuchinos, que a su vez eran ayudados por los ratones. Los cuervos se limitaban a mirar desde la ventana y a graznar.

—Trae al mono —dijo Zephyr señalando al favorito de la chica.

Este se agarró a una columna, pero Melina lo tranquilizó y le pidió que la acompañase, que Zephyr solo quería hablar con ellos.

Aunque, a decir verdad, no tenía ni idea de para qué quería al mono presente.

Quizás para enviarlo a buscar a los esclavos humanos que creía que estaban repartidos por Metallia, como Aidan.

Cuando bajó las escaleras y accedió a la estancia principal, encontró a Zephyr sentado en su trono y meciendo una poción rosácea entre los dedos. Parecía nervioso, pero no más que el capuchino en el hombro de la chica.

—Acércate —pidió.

Melina fue a dar un paso, pero el mono se le adelantó y saltó hasta el suelo, aguardando con desazón a que su amo hiciera con él lo que quisiera.

Debido a la anticipación de lo que iba a suceder, el corazón de Melina comenzó a latir con angustia cuando Zephyr se puso en pie, descorchó el frasco y vertió la pócima por la garganta del animal.

La muchacha observó estupefacta cómo aquel mono que no se había separado de ella desde que se recuperó de sus heridas se iba transformando poco a poco en una persona. En un muchacho de cabellos largos de color marrón-grisáceo.

Cuando lo reconoció, los hombros se le hundieron por el peso de la verdad.

—Aidan…

Zephyr volvió a sentarse y le lanzó unos pantalones para que se vistiera antes de darse la vuelta para encarar a Melina. En los ojos de ella podía leerse alta y clara la confusión que le impedía pronunciar palabra.

—Melina —expresó Aidan con la voz entrecortada, rasposa por llevar tanto tiempo sin hablar.

El joven avanzó hasta ella y le dio un abrazo. No se le olvidaba lo que ella había dicho cuando no sabía que el mono era él: que lo había perdonado por su traición.

A pesar de que no salía de su asombro, Melina le devolvió el abrazo. No sabía cómo reaccionar ante tal revelación, qué hacer o decir, pero que estuviese allí, humano y a salvo, ya era bastante bueno.

Entonces pensó en todos los otros monos, en los ratones, en los cuervos. Y se horrorizó tanto que, por la mueca de disgusto que dibujó su boca, Zephyr supo que había atado cabos.

Melina se deshizo con suavidad del abrazo de Aidan y lo mantuvo cogido de la mano. La mirada que le dedicó al semidiós era áspera como un saco de arpillera.

—No puedo creerlo…

Zephyr se levantó del trono para hablar, pero ella siguió acusándolo antes de que pudiese decir nada.

—No te bastó con llevártelos, con separarlos de sus familias, sino que también los convertiste en animales. Les arrancaste toda la dignidad que les quedaba.

Zephyr le sostuvo la mirada, pero esta era como una flecha candente que le atravesaba el pecho y lo abrasaba con su juicio. Al final terminó por dirigir la vista hacia el suelo. Si no fuese porque era un villano malvado, hasta diría que lo que sentía era algo parecido a la vergüenza.

No se habían dado cuenta, pero ahora tenían audiencia. La gran mayoría de los monos estaban allí, viendo cómo Aidan volvía a ser humano y escuchando las palabras que la muchacha pronunciaba. Incluso Tattoo observaba atónito lo que estaba sucediendo.

Un mono se acercó al trono y gimió. Zephyr lo miró molesto, no era un buen momento, pero los ojos de Melina eran rotundos y llenos de desprecio, y le conminaban a que hiciese lo mismo con él. Con todos.

El semidiós cogió otra pócima y se la dio al mono, quien al momento se transformó en una niña de unos trece años.

A Melina le entraron ganas de vomitar. ¿Cuántos años tenía esa pequeña el día que fue apartada de su familia?

¿Cuántas vidas había quebrado? ¿Cuántos padres lloraban la marcha de sus hijos?

—Eres un monstruo.

Zephyr acusó el golpe, pero mantuvo la mirada en el suelo de piedra gris. Ahora que hacía frente a sus actos del pasado se daba cuenta de lo terrible que había sido. Notó un crujido en la cara, pero ni le dio importancia.

Los animales se pusieron en fila, los que ya estaban allí y los que llegaban en ese momento alertados por los otros, y Zephyr les suministró a todos una poción.