Chapter 40
En esa ocasión, Azariel no tardó mucho en aparecer cuando fue convocado por su hermano en la orilla del mar de Hidras. La sorpresa al verlo acompañado de la humana fue mayúscula y así se lo hizo saber.
—¡Vaya! Miraos, si vais vestidos iguales y todo —expresó encantado con aquella escena, dando una palmada y dejando las manos entrelazadas junto a la mandíbula.
Melina se ruborizó un poco, incluso él se daba cuenta de que algo pasaba entre ambos.
—¿Y bien? —preguntó Zephyr tras carraspear para aclararse la garganta.
—¿Puedo hablar libremente delante de ella? —quiso saber antes de nada.
—Pues claro, de lo contrario no la habría traído —explicó con fastidio.
—Bien, bien, veo que la cosa avanza, ya no os guardáis secretos —dijo con una risita.
—Habla ya. —Fue Melina quien lo ordenó.
—Uuh, tiene carácter. —Aquello le hizo incluso más gracia.
—Te recuerdo que me secuestraste y me entregaste a mi enemigo. No te debo ninguna simpatía.
Azariel la observó con ojos divertidos y comenzó a rodearla a paso lento, sus zapatos alados se hundían en la arena húmeda.
—Y yo te recuerdo que te salvé la vida con mi aliento —le susurró pícaro al oído al pasar cerca de su espalda—. Varias veces.
Melina se apartó de él y Zephyr apretó los puños. Odiaba cuando se pavoneaba de aquellas maneras.
—No tendrías que haberme salvado si no me hubieses llevado al fondo del mar.
—Detalles sin importancia. —Zanjó el tema y regresó junto a Zephyr para ponerse serio—.
Bueno, al lío, hay una sirena que espera mi regreso.
—Le guiñó un ojo a su hermano—. Padre me dijo que él mismo fue quien abrió un portal para las gemelas.
De esa manera pudieron atravesar las dimensiones y marcharse a otro mundo.
—Eso es genial. —Aunque sus palabras sorprendieron a Melina, pues no tenía ni idea de que las diosas del sol y la luna ya no habitaban Metallia, se emocionó al saber que el dios supremo tenía la capacidad de ayudarla a llevar a cabo su plan.
Zephyr la miró de reojo. Melina no podía ocultar la alegría que sentía al pensar en marcharse, y eso, a él, le generaba una disputa interna.
—No sé si estará dispuesto a abrir otro para ti. Conlleva un gasto de energía demasiado grande —matizó Azariel, acabando con las esperanzas de ella—. Lo hizo por sus hijas, pero ¿por qué querría hacerlo por una humana cualquiera a la que ni conoce?
—No es una humana cualquiera —rebatió Zephyr.
Azariel miró a su hermano con diversión. Pues sí que le gustaba la humana, sí.
Melina se quedó muy callada, estaba roja como un pimiento.
—Es la humana que lleva los zapatos de Evonne, a eso me refería —se apresuró a explicar—. Hemos hecho un trato, yo la ayudo a regresar a su hogar y ella me entregará los zapatos.
—¿En serio? —Azariel negó con la cabeza—. ¿No hubiese sido más fácil amenazarla de otras maneras?
—Él no hará eso —declaró ella—. Yo confío en que cumplirá su parte sin necesidad de engaños o trucos.
Zephyr miró a Melina por el rabillo del ojo. Había admitido abiertamente que confiaba en él. Se sintió abrumado, pero también… orgulloso.
—Pues qué lástima que no dependa de mi querido hermanito crear ese portal.
—Por favor, pídeselo a padre. Dile que lo haga por mí. Habla si es necesario con madre para que ella lo convenza, a ti ella te escucha más que a ningún otro de sus hijos.
Azariel lo observó un instante en silencio. Lo había pedido por favor. Inaudito. Bufó con fastidio.
—¿De nuevo volar hasta Selenia? Venga ya, ¿no pudiste decírmelo la otra vez y le hubiese dado toda la información al completo?
—No sabía que él era quien había hecho posible el exilio de Rigxa y Zëlayn.
Azariel se llevó una mano al rostro con dramatismo.
—Por tu culpa paso más tiempo allí que cuando era adolescente —refunfuñó, pero en la mirada de Zephyr leía que de verdad necesitaba su ayuda—. Está bien. Lo intentaré.
—¡Gracias! —Melina dio un salto de alegría y se lanzó sobre él para abrazarlo, aunque enseguida se arrepintió, pues el dios de piel azulada estaba empapado de agua de mar.
—Vale, vale. Ya os pediré algo a cambio. —Hizo aspavientos con las manos y regresó al mar—. Volved dentro de otros tres días.
Zephyr masculló enfadado. No solo porque aquel trato se estaba dilatando demasiado en el tiempo y la conservación del cadáver de Evonne peligraba, sino porque Melina había abrazado a su hermano. ¡Lo había abrazado!
—Vámonos —ordenó malhumorado.
Melina se preguntó qué había ocurrido ahora para que volviese a estar enojado, y solo llegó a una conclusión posible: tendría que soportarla otros tres días, cuando lo que realmente deseaba era perderla de vista y recuperar los zapatos.
Con el ánimo por los suelos y el disgusto de Zephyr tensando el ambiente, le dio la espalda para que él pasara los brazos bajo los suyos hasta el codo por la zona axilar y la elevase en el cielo junto a él.
Hicieron el trayecto en silencio, el viento acariciando sus rostros y despeinando sus cabellos.
Cuando llegaron al castillo, un coro de monos los recibieron entre gritos, saltos y tirones.
—Marchaos —protestó Zephyr conteniendo la rabia. No lo habían dejado ni aterrizar y ya estaban reclamándole cosas.
—Creo que ocurre algo. —Se alarmó Melina.
La chica se dejó guiar por ellos hasta la ventana y se asomó entre los cuervos que allí se posaban, parecía que señalaban al laberinto. Zephyr se situó a su lado y oteó los alrededores, pero desde allí arriba no veía nada.
—¿Puedes bajar a mirar? —le preguntó ella dándose cuenta de que su mono preferido no se encontraba entre ellos—. Quizás alguno tiene problemas.
Zephyr gruñó contrariado, pero saltó por encima del alféizar y descendió hasta el fondo del laberinto.
Los cuervos ya aleteaban para que los siguiera y los monos se marcharon corriendo hacia las escaleras para también salir al exterior y saltar de muro en muro, y así guiar al semidiós hacia algún punto fuera del campo de visión de Melina.
Se le ocurrió acceder al vestidor y asomarse por la ventana de allí, quizás el ángulo sería bueno para ver qué pasaba.
Cuando se asomó a la otra ventana, descubrió a Zephyr volando ya de regreso y con alguien entre los brazos.
Casi se cayó de culo cuando estuvieron a la distancia necesaria para reconocer a su amigo el granjero.
Zephyr entró al dormitorio y depositó al humano sobre la cama, y volvió a marcharse raudo.
Melina corrió junto a Tabar, no podía creer que estuviese allí. Había pensado mucho en ellos, en dónde estarían y si tratarían de buscarla, pero jamás creyó que hubiesen llegado tan lejos y se hubiesen adentrado en aquella ratonera que era el laberinto. Estaba abrumada.
Cuando Zephyr regresó con Helmer entre los brazos y lo dejó caer sobre el suelo, al límite de sus fuerzas, tuvo que tomarse unos momentos para recuperar el aliento.
Aún persistía la poción de fuerza que se había tomado para poder cargar con Melina, pero los efectos ya eran mucho menores, y esos hombres no pesaban cincuenta kilos precisamente.
—Melina… estabas aquí… —balbució el exsoldado al verla frente a él.
—¿Qué ha ocurrido? —La preocupación teñía sus palabras.
El mercenario se tomó su tiempo para responder, aún estaba deshidratado y le costaba mucho hablar.
—Desapareciste. El dios del agua te llevó. Queríamos encontrarlo a él —señaló a Zephyr con la cabeza—, que nos ayudase a dar contigo.
Melina alzó los ojos hasta Zephyr, la culpabilidad la corroía.
Mientras ella había estado disfrutando de la estancia en el castillo, comiendo sabrosos alimentos, dándose baños de espuma y aprendiendo a tocar el arpa, ellos habían estado ahí fuera, jugándose el pellejo y creyendo que era prisionera en el fondo del mar.
Se sintió tan mal que se llevó las manos a los tobillos para quitarse los zapatos y entregárselos a ellos, para de esa forma protegerlos de la muerte, pero Zephyr captó sus intenciones y la detuvo tomándola del brazo.
—¿Qué haces? Ni se te ocurra.
—¡Déjame, están moribundos! ¡Tengo que dárselos, tengo que evitar que mueran! —Tironeó para liberarse, sin éxito—. Y tú deberías darle también los tuyos.
—Tú y yo tenemos un trato —le recordó, por si se le había olvidado—. ¿Y si luego no quieren quitárselos? Sin zapatos no hay portal, ya lo sabes.
Melina lo observó con el ceño arrugado, estaba enfurecida.
—¡Está bien! —chilló con cabreo y aprovechó que Zephyr se relajó para soltarse de su agarre—. Pues hazles una poción para que sanen. Como se mueran no habrá zapatos, te lo juro. —Lo amenazó con el dedo.
—¡Pues qué bien que sobró bastante poción de cuando curamos al mono! —gritó él en respuesta.
La volvió a aferrar del brazo y la arrastró escaleras abajo con él, para asegurarse de que no se quitaba los zapatos y se los ponía a alguno de esos humanos.
Zephyr accionó la puerta, abrió uno de los cajones que cerraba bajo llave y tomó un par de frascos en los que había dividido la pócima que había sobrado.
Melina se fijó en que era el mismo cajón donde guardaba las vitelas y aquella misteriosa pócima que con solo mirarla había provocado el enfado del semidiós el otro día.
—Date prisa —lo apremió.
Zephyr la miró con odio, ¿cómo se atrevía a darle órdenes? Lo obligaba a ayudar al mono, lo obligaba a ayudar a aquellos estúpidos humanos… Apretó más el brazo de la chica, pero ella no le dio el gusto de emitir ni una sola queja de dolor.
Regresaron arriba y entonces la liberó. Se acercó al mercenario con la poción en la mano, pero este negó.
—A él. Primero a él —resolló.
El semidiós así lo hizo, le abrió la boca al granjero y le vació todo el frasco por la garganta. Luego le entregó el otro al de la armadura, quien se la bebió por sí mismo alentado por la chica, que le aseguraba que ese brebaje lo sanaría.
Melina se quedó allí plantada con el corazón en un puño, rezando a todos los dioses, a los de su mundo y a los de este, por que sus amigos se recuperaran.
Sintió entonces un suave toque sobre el hombro y comprobó que se trataba de aquel mono que no se despegaba de ella. Se alegró de verlo sano y salvo.
Zephyr estaba que trinaba, así que decidió largarse escaleras abajo. Estaba realmente enfadado y no quería permanecer cerca de ella en aquel momento, pero Melina lo siguió y le dio alcance en la sala del trono.
—¡Zephyr! —le gritó para que se detuviera.
—¿Qué quieres? —respondió sin girarse, con la ira brotando entre los dientes.
—Quería darte las gracias por salvarlos —le dijo ya más tranquila.
El semidiós se dio la vuelta y se fijó en el mono sobre su hombro. Aquello lo enfureció todavía más, incluso temblaba.
—Los he traído a mi castillo, al lugar que creé para estar solo y alejado de todos. Si ya no es un secreto…
—Ellos no van a decir nada…
—¡¡He construido un laberinto allí abajo!! Claramente no quiero que nadie llegue hasta aquí. Y ahora, por tu culpa, hay dos humanos en mi dormitorio, a los que he salvado la vida en vez de permitir que mueran, que es lo que debía de haber sucedido.
Melina se encogió ante la rabia del semidiós.
—Yo…
—Le pedí a mi hermano que te secuestrara para separarte de ellos, y ahora voy yo y los traigo a tu lado.
Aquello enfadó a Melina, que reconociera lo del secuestro con tanta libertad y sin reparos era como darle una bofetada en toda la cara.
—¡Pues por eso te estoy dando las gracias, imbécil! —gritó enfurecida.
—¡Pues haces bien dándomelas, idiota! Porque todo lo he hecho por ti. Solo por ti… ¡Ay!
Zephyr notó un doloroso crujido en el rostro y se tapó con la mano por impulso, dándose la vuelta para que ella no lo viera.
—¿Qué te ocurre? —Se preocupó y dio un paso vacilante hacia él.
—Nada, márchate.
—Zephyr…
—¡¡Que te marches!! —le gritó, consiguiendo que incluso el mono se hiciera un ovillo por el miedo.
Melina dio un par de pasos hacia atrás, abrumada por su resentimiento y con las lágrimas a punto de rodar por sus mejillas.
La habitación se quedó en silencio y Zephyr supo que se había quedado solo. Cogió el espejito de encima del mueble y se miró en él. Una enorme grieta cruzaba ahora desde el ojo derecho hasta la parte inferior, casi partiendo la máscara por la mitad y dejando entrever un poco de piel.
En vez de alegrarse, aferró el espejo con fuerza y lo lanzó contra la pared, haciéndolo añicos con un estruendo que resonó por las paredes de piedra.
Al parecer, estaba a punto de librarse de aquel castigo, ¿pero a qué precio?