Hasta la última gota Chapter 39 #2
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Chapter 39 #2

—Ya soy sincero conmigo mismo, pero no quiero que nadie lo sepa.

—Te sorprendería saber que no en todos los sitios somos repudiados. Hay lugares donde sí tenemos problemas, pero cada vez hay más benevolencia hacia las personas como nosotros.

Helmer gruñó. No se consideraba parte de ningún grupo y no quería que lo metiera en el mismo saco.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó el mercenario.

—Desde siempre, supongo. Nunca sentí interés alguno por las niñas, pero sí que había un joven cabrero que pasaba a menudo cerca la granja que me volvía loco. No tendría yo más de ocho años. ¿Y tú?

—Yo no lo supe hasta más adelante, cuando ya era un chaval.

Todos los otros muchachos se contaban sus líos amorosos y yo no tenía nada que contar, pues, aunque empecé a sospechar que no me gustaban las chicas, tampoco hice nunca nada con ningún chico.

Ni entonces, ni ahora. —No pudo evitar abochornarse un poco al confesar esto último—.

Mis amigos comenzaron a mirarme mal, creo que ellos también se dieron cuenta y empezaron a darme de lado.

—Yo sospecho que me roban los animales por ese mismo motivo —reveló Tabar.

—¿Y por qué no te vas a otro sitio, a uno de esos que dices que os tratan mejor?

—Es la casa de mis fallecidos padres. No quiero renunciar a ella y a los recuerdos allí vividos porque unos malnacidos quieran hostigarme.

—¿Y si la cosa se pone peor, ahora que ya no pueden robarte más animales?

Tabar suspiró.

—No creo que la cosa pueda ir mucho peor que esto —respondió mirando la porción de cielo que se veía sobre los altos muros—. Quizás, en otra vida, tú podrías haber venido a vivir allí conmigo y defenderme de ellos. Yo podría haberte dado ese primer beso que aún espera en tus labios a ser entregado.

Helmer sonrió por su ocurrencia y Tabar lo imitó al ver que no se había tomado mal el comentario.

—Quizás, sí.

Tabar apretó el brazo de su amigo. Él ni lo notó de lo débil que estaba ya el granjero.

—Estoy cansado, quiero dormir un poco más…

Helmer afirmó con la cabeza. Ya estaba, ya había llegado el momento de la despedida.

Tras tanto sufrimiento y calambres en el cuerpo por la falta de alimento y agua, su buen amigo por fin iba a descansar en paz.

Se alegró de ser él mismo el último en morir, así el debilucho y cobarde de Tabar no tendría que afrontar esas últimas horas solo, con el cadáver de su compañero enfriándose a su lado.

Él ya había pasado por esas duras situaciones en la guerra y podría volver a afrontarlo una última vez.

—Descansa, amigo.

Tabar sonrió con los ojos ya cerrados.

Aidan no sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Melina se había marchado volando con el semidiós, privándolo de sus caricias, de sus suaves manos que recorrían su pelaje y le hacían cosquillas.

Decidió bajar a los sótanos, desde que era el mono mimado del castillo no se había dignado en aparecer por aquellos rincones.

Allí era donde las alimañas escondían sus pertenencias —o más bien las que robaban a los pobres viajeros que se acercaban demasiado a los dominios de Zephyr—.

Encontró a la capuchina de pelaje rojizo entre montones de prendas y sacos de dinero que no podían utilizar; parecía enfadada.

Aidan se acercó a preguntarle mediante gestos qué le pasaba, pero ella se giró y le dio la espalda con los brazos cruzados.

Aidan maldijo a Zephyr, por su culpa era un mono apestoso sin la capacidad de hablar, expresarse o comunicarse.

Estaba harto de tener que chillar para hacerse entender.

La mona salió huyendo y se escondió dentro de un casco. Aidan la siguió y se asomó por la abertura, pero ella volvió a darle la espalda, aunque un poco menos enfadada. Jugó con ella un rato al escondite hasta que se fijó en el casco. Le resultaba familiar, creía haberlo visto antes.

¡Claro! Era el casco de Helmer.

Extrañado miró alrededor, a los últimos tesoros que los otros monos habían conseguido en alguna de sus expediciones al bosque. Encontró los sacos de los dos humanos, las cantimploras vacías, el yesquero con el que el mercenario siempre hacía fuego e incluso el sombrero de paja de Tabar.

Con un mal presentimiento en el pecho, Aidan chilló para hacerse oír y varios monos se congregaron a su alrededor.

Cogió en alto las pertenencias de sus amigos para preguntarles de dónde habían salido y los otros monos señalaron al orificio de la pared, hacia el laberinto.

Aidan insistió un poco más y todos salieron de los sótanos por el agujero para guiarlo hasta donde habían encontrado aquellos objetos.

Aidan corrió tras ellos, la mala sensación se acentuaba.

Si estaban en el laberinto significaba que no habían dejado de buscar a Melina en todo aquel tiempo, que habían ido a rescatarla.

Pero nadie había escapado jamás de ahí. Zephyr era consciente de que cada cierto tiempo viajeros extraviados llegaban hasta sus fronteras y les ordenaba a los monos despojar de sus pertenencias a todos, para así asegurarse de que no escapaban de allí y que su laberinto y su castillo seguían estando escondidos a ojos del mundo.

Cuando llegó hasta donde los monos le llevaron, allí abajo no había nadie. Seguramente siguieron moviéndose por los pasillos del laberinto después de haber sufrido el robo, tratando de encontrar la salida con desesperación.

Aidan se alzó sobre las patas traseras y comenzó a gritar órdenes. Debían encontrarlos.

Tras mucho buscar, los hallaron un poco más al norte, muy cerca del centro del laberinto.

Aidan se dio cuenta de que, si hubiesen tenido agua y comida, hubieran sido capaces de llegar al castillo, así de fuerte había sido su determinación por encontrar a su amiga.

Aunque lo que ellos no sabían era que el castillo no disponía de puertas, por lo que hubiesen estado igual de atrapados.

Mandó buscar agua y comida para ellos. Los monos se negaron, como el semidiós se enterase, los castigaría, pero Aidan no admitió réplicas, eran sus amigos los que estaban ahí abajo luchando por sus vidas, así que al final accedieron.

Él descendió hasta ellos para comprobar cómo se encontraban.

Tabar tenía los ojos cerrados, pero Helmer estaba despierto.

Se fijó en que su mano se entrelazaba con la del granjero.

—¿Vienes a robarme? No me queda nada —dijo con un hilo de voz.

Enseguida llegaron los refuerzos y les vertieron agua fresca en pequeños sorbos por la garganta.

Helmer se dejó hacer, no podía creer lo que estaba sucediendo.

Era un milagro. A Tabar, sin embargo, tuvieron que abrirle la boca y forzarlo a beber.

Estaba inconsciente, pero aferrándose al último hilo de vida.

Aidan comprobó el estado de los humanos.

Su piel estaba reseca y tirante y habían perdido varios kilos cada uno.

Tanto su pulso como su respiración eran acelerados y Tabar tenía fiebre.

Habían llegado justo a tiempo, aunque aún les quedaba salir del lamentable estado en el que se encontraban y recuperar fuerzas.

Esperaba que pudiesen lograrlo.