Chapter 39
Durante los siguientes días, Zephyr enseñó a Melina a tocar el arpa.
O al menos lo intentó. La chica desafinaba constantemente, pero el semidiós pensó que incluso así era un sonido maravilloso.
O quizás era el sonido de la risita nerviosa que se le escapaba al no conseguir enlazar más de tres notas seguidas.
Ella llenaba aquel oscuro castillo de risas y alegría, y él se relajó, permitiéndose reír también de vez en cuando.
Le pareció incluso que los sirvientes ya no lo miraban con tanto rencor y la comida que preparaban sabía hasta mejor.
Melina también le pidió aprender a hacer alguna pócima, algo fácil que solo consistiera en mezclar un par de ingredientes y no revistiera ningún peligro de explosión.
Zephyr abrió el taller para ella y la guio durante el proceso. Mezclaron agua con sales y desmenuzaron y molieron algunos minerales. Por último, Zephyr sacó de uno de los cajones una vitela con un icono trazado con tinta azul.
—La otra vez me preguntaste por qué almacené mi magia. Fue por Evonne, para que ella pudiera utilizarla en sus pociones —explicó al ofrecérsela e indicarle que la removiera dentro del preparado.
—Oye, yo… De verdad que lo siento. Te juro que nunca quise hacerle daño. Fue un accidente.
Zephyr apretó la mandíbula, pero la relajó de nuevo.
—¿Sabes una cosa? Te creo.
—¿M-me crees? —De la impresión, se le resbaló la cuchara de madera de entre las manos.
Zephyr se giró para mirarla a los ojos y ella también lo contempló a él.
—Ahora que estoy conociéndote, creo de verdad que no quisiste matarla.
—¿Eso quiere decir… que me perdonas?
El semidiós lo meditó un instante para pensarlo, pero se dio cuenta de que en su corazón ya la había perdonado sin haber sido consciente de ello.
—Sí, te perdono.
A Melina se le saltaron las lágrimas y la emoción la desbordó. Comenzó a llorar sin poder evitarlo y se tapó la cara con las manos, avergonzada.
—¿Por qué lloras? —preguntó asustado. No sabía qué hacer.
—No lo sé, pero no me mires. —Se giró para quedar de espaldas.
—¿Te da vergüenza que te vea llorar? —Se le escapó la risa.
—¡No te burles! —se quejó ella enjugándose las lágrimas.
Lo cierto era que no sabía por qué estaba tan sensible. Supuso que tantos días allí, en aquel mundo, y con tantas emociones a flor de piel, al final habían acabado rebosando y dando la cara en el momento más inoportuno. Aunque intuía que el perdón de él había tenido mucho que ver.
Zephyr se acercó a ella, preguntándose si debería abrazarla para consolarla, pero le pareció una idea terrible, seguramente ella no lo querría. De todos modos, el momento pasó cuando ella preguntó:
—¿Qué es eso? —Abrió un poco más el cajón de las vitelas y se fijó en la pócima que con tanto celo guardaba el semidiós allí.
—¡No lo toques! —Empujó el cajón y lo cerró de golpe.
A Melina se le cortó el llanto. Las lágrimas se enfriaron en su rostro. La había asustado.
—Lo… lo siento… Brillaba mucho y me llamó la atención.
Zephyr se arrepintió al instante de haber sido tan brusco, pero no tuvo ocasión para disculparse, pues Melina salió corriendo de allí de nuevo entre lágrimas, esta vez enfadada.
El semidiós dio un puñetazo sobre la mesa de trabajo y la poción a medio hacer llenó la pared de salpicaduras. ¿Por qué le era tan difícil llevarse bien con ella? ¿Por qué siempre aparecía una nueva piedra cuando parecía que el terreno estaba llano?
Cuando, rato después, por fin Zephyr fue a ver cómo se encontraba, la halló con Aidan en brazos y acariciando al gato con la otra mano.
Estaba sentada en la cama, aquella cama que él le había cedido por las noches, pero cada nueva madrugada le costaba más quedarse abajo y no subir para estar a su lado.
—Es una poción muy especial, si se rompiese, no podría volver a fabricarla.
Melina dio un respingo, no lo había oído subir. Zephyr se acercó y se sentó también en la cama, se tumbó de lado apoyando el codo en el colchón. Acarició la cabeza de Tattoo. La chica se quedó observando aquel gesto.
—¿Te gustan los gatos? —preguntó con voz queda.
—Sí, me gustan. Me recuerdan un poco a mí. Solitarios. Independientes.
—Ariscos —aportó ella, aunque con una pequeña sonrisa asomando en las comisuras—. No son tan solitarios, en realidad. También necesitan compañía, y cariño.
Zephyr alzó la mirada hacia ella, la contempló con aquellos ojos azules y profundos que destacaban bajo la máscara. El silencio que se produjo era asfixiante, amenazaba con dejar sin aliento a Melina, quien se sentía más y más expuesta ante aquel escrutinio.
—¿Y cómo es que no tienes ninguno? —se obligó a preguntar para que su mente volviese a estar lúcida—. Solo monos y ratones, y cuervos en las ventanas.
—Es más práctico —explicó con un aura de misterio—. Además, a Evonne no le gustaban los gatos.
—Siento ser yo quien te lo diga, pero sabes que la gente no la tenía en alta estima, ¿verdad?
Aún estaba un poco ofuscada por lo sucedido en el taller y en ese momento no le importó volver a ser la Melina molesta e impertinente que sabía que podía llegar a ser.
—Y tú sabes que a los dioses nos importa muy poco lo que los humanos penséis de nosotros, ¿verdad?
—Ellos no piensan que fuese una diosa, ni siquiera una semidiosa, sino una bruja. «La bruja venida del este», oí que la llamaban.
—Sí, así es como se referían a ella cuando pudo empezar a utilizar mi magia gracias a las vitelas. Pero no era mala persona. Tenía problemas y no era perfecta, ¿pero quién lo es?
—Castigaba de forma severa a los aldeanos de Villa Alumen.
—Ya te he dicho que no era perfecta —recalcó un poco más tenso y con la mandíbula un poco más apretada.
—¿Defiendes sus actos?
Zephyr se puso en pie, la conversación no le estaba gustando nada y no quería seguir adelante con ella.
Melina pensó que debía disculparse, a nadie le agradaría oír esas cosas sobre su pareja fallecida, pero en aquel momento no le apetecía, así que lo dejó correr.
Aidan se abrazó a ella, enroscó la cola alrededor de su cuello con suavidad.
Melina ignoró entonces de forma deliberada al semidiós para retomar las caricias al mono y al gato.
Por el rabillo del ojo vio cómo Zephyr se marchaba muy malhumorado hacia las escaleras y desaparecía de su vista.
En ese momento, la capuchina de pelaje rojizo se asomó desde el pasillo, pero, al ver las carantoñas que le estaba haciendo al mono, también se marchó, juraría que con fastidio.
El último día, mientras desayunaban un poco de fruta, queso y zumo de naranja, Zephyr informó a Melina de que había llegado la hora de partir en busca de Azariel. Habían pasado tres días, el plazo que había acordado con su hermano para que este averiguara cómo podría la chica abandonar Metallia.
—Quiero ir contigo —pidió.
—¿Qué? No, de ningún modo —se negó.
—Por favor. Llevo mucho tiempo aquí encerrada. Además, no me voy a escapar. Tenemos un trato y yo no pienso romperlo.
Zephyr lo meditó el resto del desayuno y mientras se preparaba para marcharse. Al final permitió que ella lo acompañase. Melina esbozó una sonrisa radiante, parecía que ya se le había pasado el enfado. Solo con eso, ya merecía la pena haberle dicho que sí.
El semidiós se tomó el contenido de un frasquito de vidrio antes de acercarse a ella frente a la ventana del piso superior.
—Agárrate fuerte —le indicó cuando se preparaba para saltar.
—Querrás decir que me vas a agarrar fuerte tú a mí, ¿no? —Se asustó ella.
Zephyr sonrió de medio lado y, aferrándola con fuerza por debajo de las axilas, dio un salto al vacío que enseguida quedó acolchado por el viento, como si se hubiesen lanzado sobre una colchoneta que los comenzó a elevar más y más en el cielo.
Abajo, en el laberinto, un exhausto Helmer vio una figura que se marchaba volando por el firmamento.
—Se ha ido —murmuró sin fuerzas.
Tabar ni siquiera habló, tenía la boca seca y la lengua áspera como una lija.
No habían parado de vagar entre aquellos muros, sin comida, sin agua, sin fuego para resguardarse del frío por las noches. Sus gritos nunca fueron atendidos y estaban en las últimas.
—Vamos a morir —suspiró el mercenario.
Tabar asintió. Hubiese llorado, pero estaba deshidratado y era imposible.
—¿Sabes una cosa? —Hizo acopio de sus últimas fuerzas y se pegó más a su compañero—. Me gustas.
Helmer giró la cabeza hacia él con dificultad.
—¿Qué?
—Que me gustas.
Iban a morir dentro de poco y no quería irse a la tumba sin habérselo dicho. El mercenario se sintió en la obligación de responder algo.
—Tú también me gustas a mí. Eres un pesado, una carga y no nos ponemos de acuerdo en nada, pero me caes bien.
Tabar rio entre dientes.
—No me refería a eso…
Helmer suspiró antes de volver a hablar.
—¿Recuerdas a aquellas mujeres de Ciudad Boreal? Me preguntaste por ellas y no te conté quiénes eran.
—¿Vas a hacerlo ahora, a las puertas de la muerte?
Helmer se quedó mirando el muro de enfrente, las ramitas que trepaban por él, y le narró su historia.
—La anciana era mi madre. La otra era una vecina amiga de la familia. —Tabar lo miró, quería ver su rostro mientras le contaba su pasado—. Todos daban por hecho que ella y yo nos casaríamos cuando fuéramos adultos, pero yo no tenía ese interés por ella.
—¿Y ella lo tenía por ti?
—Sí. Por eso, cuando por fin comprendieron que no iba a casarme con ella, me repudiaron.
—¿Te repudiaron por no querer casarte con la vecina?
—Bueno, por eso solo no. También por el motivo que di.
Tabar alzó las cejas con expectación.
—¿Me lo vas a decir o no? No tengo mucho más tiempo para escucharlo —suspiró con trabajo.
—Les dije que… que…
Helmer pensó que daba igual, iban a dejar ese mundo para siempre. Lo que dijera no saldría ya de aquellos muros, testigos de cómo se apagaban sus vidas.
—Les dije que me gustaban los hombres.
Tabar sonrió. Ya lo sospechaba, pero Helmer era un hueso duro de roer.
—Has tenido que estar al borde de la muerte para admitirlo. Para ser sincero contigo mismo.