Chapter 38
La espesura del bosque por fin dio paso a un terreno más espacioso que no los ahogaba con sus árboles, matojos y zarzas.
Para entonces estaban llenos de magulladuras y Tabar ya no solo cojeaba por el dolor de las ampollas en los pies, sino que se había torcido un tobillo cuando se cayó corriendo por llegar hasta Zephyr.
Helmer supervisó en el mapa qué les esperaba en aquella dirección, pero no había ninguna señal diferente, solo dibujos de árboles. Sin embargo, tenía la sensación de que estaban cerca.
—Vamos, hay que darse prisa —apremió a su compañero.
—Voy todo lo rápido que puedo —protestó Tabar.
Tantos días en el bosque lo estaban poniendo de mal humor.
No era solo el tener que avanzar sin saber si iban por buen camino y sin apenas descansar, eran las raíces traicioneras, era el frío de la madrugada, eran los depredadores que notaba que los vigilaban.
Ya en varias ocasiones se habían topado con reptiles a los que Helmer había tenido que rajar el cuello para no ser envenenados, aunque había descubierto que la carne de serpiente no estaba tan mala como podría parecer.
Atravesaron la foresta unas millas más y, cuando ya se sentían desfallecer, una enorme pared, alta como dos personas, les cerró el paso, y supieron que habían llegado a su destino.
—¡Mira! ¡Son muros! —gritó Helmer de alegría.
—¿En mitad del bosque? —Se extrañó Tabar.
—Claro, Zephyr seguramente levantara una muralla para proteger su guarida.
Se pegó al muro y fue recorriendo el perímetro hasta dar con la entrada.
—Es muy raro que sea tan fácil entrar. Te recuerdo que en Villa Croma nos dijeron que muchos habitantes no regresaron.
—No saben qué les pasó. Quizás se fueron a beber a las tabernas y se olvidaron del camino a casa, o tal vez solo se perdieron en el bosque porque no tenían un mapa. —Lo alzó en el puño y guiñó un ojo.
Tabar no pudo objetar nada más, Helmer ya había atravesado al otro lado del muro, así que no tuvo más remedio que seguirlo. Lo encontró al final de un largo pasillo, meditando acerca de qué giro tomar.
—¿Qué ocurre? —preguntó, pues estaba tan abstraído con los dolores que padecía que ni se había fijado en su alrededor.
—Me temo que esto es un laberinto…
Tabar alzó la vista y comprobó que su compañero tenía razón. Dio un largo suspiro que Helmer imitó.
—Aún podemos regresar, si es lo que quieres —tanteó Tabar. Con un poco de suerte lo haría entrar en razón y abandonar aquella misión que estaba avocada al fracaso desde el principio.
—No, eso jamás —respondió para desesperación del granjero—. Tenemos que encontrar a Melina, y solo Zephyr puede ayudarnos, ya que Naima parece haber desaparecido.
—Eso será si quiere.
Tabar dudaba que el semidiós tuviese predisposición a ayudarles después de todas las idas y venidas en las que se habían visto envueltos con él.
Helmer eligió un pasillo, y después otro, y otro más.
Tabar lo seguía a paso lento, lo que obligaba al mercenario a esperarlo, no fuesen a separarse.
Varias horas después, tuvieron que aceptar que se habían perdido.
El laberinto era retorcido e interminable, y no había más que recodos y huesos tirados por los rincones.
Cuando encontraron el primer cráneo, supieron con certeza el destino de aquellas personas que no regresaron a sus hogares.
—¿Y ahora qué hacemos? —suspiró Tabar dejando resbalar la espalda por la pared hasta caer sentado.
—Se está haciendo de noche. Lo mejor es descansar y comer algo.
Helmer hizo un montoncito con algunas ramas que había ido recolectando, pero aún estaban húmedas por la lluvia del día anterior y no prendieron. Pronto la oscuridad fue total y tuvieron que cenar moras silvestres a ciegas y tumbarse sobre aquel terreno duro de piedra.
Aquella noche, desprovistos de un cálido fuego, descubrieron lo que era el verdadero frío. Decidieron que lo mejor sería sentarse juntos, agazaparse bajo las mantas hechos una bola. Helmer se quitó la fría armadura e incluso se dejó abrazar por Tabar, pero ni por esas entraron en calor.
En algún momento lograron conciliar el sueño, pero, cuando despertaron pocas horas después, todavía en la oscuridad de la noche, oyeron unos ruidos que los puso en alerta. Cuando quisieron darse cuenta, unos monos los habían rodeado y les estaban robando sus pertenencias.
—¡¡Fuera, bichejos!! —clamó Helmer perdiendo los estribos.
Pudo agarrar la espada porque era demasiado pesada para los monos, de lo contrario se la hubiesen llevado al igual que hicieron con los sacos, el casco, el sombrero de paja e incluso las cantimploras. Salieron huyendo escalando por los altos muros y los perdieron de vista.
—Allá van nuestros últimos recursos… —expresó Tabar con un nudo en el estómago, esta vez por el miedo a estar allí perdidos sin agua y sin comida.
—Malditos bichos…
Tabar y Helmer se miraron con preocupación. Ambos sabían que estaban sentenciados. ¿Cuánto aguantarían antes de caer desfallecidos para no poder volver a levantarse?
En el punto más céntrico del mar de Hidras se formó un remolino del que salió despedido Azariel, escupido del agua hacia el cielo. El dios convocó sus alas en pleno salto y comenzó un vertiginoso ascenso que le secó las ropas y el cabello por completo antes de llegar a lo alto del reino de Selenia.
La gran roca era imponente, siempre le impresionaba cómo una piedra de aquella magnitud podía flotar en el cielo y no caer al mar. Cosa de sus padres todopoderosos, supuso.
Cuando aterrizó en su superficie, caminó hasta el hogar de los dioses por aquel suelo pulido que reflejaba todo como un oscuro espejo. Atravesó la puerta de dos hojas y siguió andando hasta llegar al diván aguamarina donde en aquel instante su madre tomaba una taza de té negro.
—Buenos días. —Se agachó y la saludó con un beso en la mejilla.
—Oh, querido hijo. Qué alegría verte por aquí.
Azariel se sentó junto a ella. La adoraba. Siempre se consideró un niño de mamá, al igual que Naima era la niña de papá. Sabía que Ella haría cualquier cosa por él, de la misma forma en que El nunca le negaría nada a Naima.
—¿Dónde está padre? Tengo que tratar un asunto con él.
—Se unirá a nosotros enseguida, ¿quieres un té mientras esperas?
Azariel lo rechazó con una sonrisa, no le gustaba el sabor metálico del selenio, él era más de salado.
—Naima también está aquí —informó Ella tras dar un sorbo—. Qué alegría que os juntéis todos en casa de nuevo. Hacía muchos años que no veníais y ahora parece que os dejáis ver más a menudo.
—Bueno… Todos, todos…
—Ya. No me parece nada bien lo que Naima le hizo a Zephyr. Me gustaría verlo, hace demasiado tiempo que no sé nada de él.
—También podrías haber ido a verlo tú cuando vivía en Ciudad Boreal.
Azariel le dio un beso en el hombro para dulcificar sus palabras.
El apareció por las escaleras y Ella se libró de tener que responder. Azariel se puso en pie para saludar a su padre, quien se alegró mucho de verlo de nuevo por allí arriba.
—¿Estás más azul o solo me lo parece? —preguntó tomando asiento junto a ellos.
—Es por el contraste de oxígeno —respondió y cambió rápido de tema—. Vengo a pedirte un favor.
El se puso cómodo en el borde del asiento, tenía mucho interés en saber qué quería su hijo de él.
Naima se encontraba en lo alto de las escaleras, estaba escuchando a escondidas toda la conversación entre Azariel y su padre.
Su hermano le preguntó por la forma en que las gemelas pudieron marcharse de Metallia y El le contó que lo hicieron porque creó un portal mágico para ellas.
Su madre aprovechó para recriminar sus actos, las echaba de menos y temía no volver a verlas nunca.
—No sé por qué permitiste que se marcharan.
—Déjalas que exploren otros mundos, no tienen por qué quedarse en este como decidimos nosotros —rebatió El.
Conversaron un rato sobre el tema sin saber que Naima estaba oyéndolo todo desde arriba.
—Con que Zephyr quiere saber cómo abandonar Metallia… ¿Qué estará tramando?
Su mente, a su vez, trazaba un plan por si su hermanito pretendía hacer lo que ella creía que iba a hacer.