Chapter 37 #2
—Oh, no te has molestado, ¿no? Estás muy gracioso, pareces un muñeco de nieve.
Zephyr se sacudió la ropa tratando de recuperar la dignidad, pero, cuanto más se sacudía, más se manchaba. Melina rio con más ímpetu, no podía evitarlo. Le había entrado esa risa tonta y nerviosa que, cuanto más quería parar, más se reía.
—Pero no te enfades.
Zephyr trató de contener un estornudo, pero fracasó y apenas le dio tiempo a taparse con el hueco del codo, y levantó una nueva nube de harina.
Melina se puso la mano sobre la boca para aguantar la risa y mantenerse seria, pero era tarea imposible. Había metido la pata y no sabía cómo salir de ese embrollo.
Zephyr la miró con antipatía, pero Melina, al taparse la boca con la mano, se había llenado la cara ella también, lo que se le antojó ridículo.
La chica reía y reía sin poder parar, con el rostro enrojecido y cubierto de polvo blanco.
Zephyr se resistió una y mil veces, pero al final se le contagió su risa y se le escapó también una carcajada a él.
A Melina no le dio tiempo de deleitarse con aquel sonido único y seguramente irrepetible.
—Has cometido un error —sentenció.
La guerra de la harina estalló por toda la cocina y los monos huyeron espantados y lanzando chillidos de protesta.
Cuando no les quedó más harina que lanzarse, Melina cogió un poco de queso rallado e hizo una bola para darle en toda la nariz.
Zephyr juró venganza y le lanzó una rodaja de tomate que se estampó contra su cuello.
—¡Vale, vale! ¡Me rindo! —gritó ella con las manos alzadas cuando vio que Zephyr cogía un puñado de aceitunas gordas.
—Ah, te rindes… Gano yo, entonces —sonrió triunfal.
Apretó los puños en señal de victoria y la miró a los ojos.
Melina no supo si era consciente de que se había divertido, que por fin se estaba riendo.
Y que tenía la sonrisa más hermosa que jamás había visto en sus veintitrés años.
Un nudo se le formó en la garganta y las mariposas del estómago amenazaron con destruirla y volar libres por sus venas hasta llegar a su corazón.
—Ganas tú, sin duda…
Zephyr captó el cambio de tono en la voz de ella y su sonrisa fue desapareciendo, aunque sus ojos lucían brillantes bajo la máscara.
—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó sin apartar la mirada de ella.
—¿El siguiente paso? —respondió confundida.
—Para hacer las pizzas. ¿Qué toca ahora?
—Ah, sí, las pizzas. Bien, ahora…
Melina prestó atención a la mesa de trabajo y relató lo que tenían que hacer entonces, pero Zephyr dejó de escucharla.
Se quedó embobado contemplándola, observando cada movimiento que hacía, cada gesto de su rostro enharinado.
¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué esa humana lo tenía tan trastocado?
Era su enemiga, la asesina de Evonne, y sin embargo…
Sin embargo había conseguido que se riera, y con ganas.
Hacía mucho que no experimentaba esa sensación de felicidad, de sentirse acompañado, de compartir los días con alguien. Y ese sentimiento no tenía nada que ver con lo que su relación con Evonne le había reportado.
Ella seguía hablando, rellenando los minutos como le gustaba hacer para no enfrentarse al silencio, pero él sabía que su mente en realidad distaba de estar concentrada en lo que decía, pues ya no lo miraba a los ojos.
Lo evitaba, y no era la primera vez que lo hacía.
Zephyr ya la iba conociendo un poco y sabía que, cuando se ponía nerviosa, evadía el contacto visual.
Cocinaron las pizzas a la parrilla, aunque ella le explicó que lo mejor era hacerlo en un horno, artefacto del cual él no disponía. Zephyr le dio la posibilidad de ir a darse un baño mientras él vigilaba que la cena no se quemase, pero ella se negó y ambos se quedaron junto al fuego.
Cuando todo estuvo listo, Melina cogió ambos platos y se dirigió a la sala del trono, pero Zephyr le pidió que esperase un instante.
—Ven, hoy cenaremos aquí.
En un lateral de la cocina había una puerta que Melina había creído que se trataría de un escobero, pero, cuando el semidiós la abrió, descubrió que era un comedor amplio, con una larga mesa y una gran lámpara de aceite colgando del techo.
El rostro se le iluminó, era todo cuando había pedido la primera noche que pasó en el castillo.
Al final resultaba que sí que había una habitación así.
—Pero no podemos sentarnos en estas sillas tan bonitas así, llenos de harina.
—No te preocupes por eso —dijo el semidiós tomando asiento.
A pesar de que en la mesa cabrían unos ocho comensales, ambos se sentaron juntos en una de las esquinas y degustaron aquellas pizzas que, si bien no eran las más deliciosas del mundo, a Melina le supieron a gloria. Y a Zephyr también le parecieron un auténtico manjar.
—¿Qué es eso? —preguntó ella cuando terminaron de cenar. Llevaba toda la velada fijándose en un bulto tapado con una manta al fondo de la habitación.
Zephyr se giró para ver a qué se refería.
—Es un arpa.
—¿Un arpa? —Se asombró ella—. Nunca he visto uno en persona. ¿Puedo…?
Zephyr sonrió de medio lado y se levantó. Ella lo siguió y se maravilló cuando el semidiós destapó el instrumento y pudo observar de cerca lo hermoso que era, la delicadeza de los grabados, las cuerdas que parecían hilos de luz que fulguraban bajo el destello de las llamas.
—¿Sabes tocarlo?
—Sí, pero…
—Por favor —suplicó ella—. Amo la música, es una de las cosas que más echo de menos. En mi mundo existen unos aparatos que te permiten escuchar música en cualquier sitio, la que quieras, pero aquí no hay nada parecido. Es tan triste, los días son tan vacíos sin música…
Zephyr se lo pensó mucho, pero, tras varias súplicas más, al final cedió. Recordó vagamente cómo se afinaba y tomó asiento en el taburete. Rasgó un par de cuerdas y comenzó a tocar.
Llevaba mucho tiempo sin acercarse a él y no estaba seguro de hacerlo del todo bien.
Tampoco es que fuese un experto, lo había adquirido por un capricho de Evonne, decía que era lo que estaba más de moda en Auria, el país del que procedía.
Pero ella no sabía tocarlo, así que, ya que estaba allí, Zephyr decidió probarlo y empezó a sacar notas y a juntarlas.
Luego adquirió un libro de partituras y se lo tomó más en serio, pero se olvidó de él cuando Evonne le recriminó que el ruido que hacía no la dejaba descansar, que le provocaba dolor de cabeza y que mejor se dedicase a otra cosa.
Zephyr levantó la vista del arpa y miró a Melina. Sus ojos marrones volaban de sus manos a su cara y de vuelta a sus manos. No quería perder detalle, tanto de sus dedos al acariciar las cuerdas como de su semblante. Estaba fascinada.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y se inclinó hacia delante con mucho interés por disfrutar de aquellos acordes que tanta felicidad le reportaban. Cerró los ojos y se dejó embaucar por la melodía.
La muchacha demostraba tanto entusiasmo por el instrumento que Zephyr tocó un par de piezas más.
No le quedaron perfectas, a cada rato se confundía o se le iba la armonía, pero Melina estaba gozando tanto de su música que se sintió escuchado, se sintió válido.
Sintió que lo que hacía tenía sentido para alguien.
Tenía sentido para ella. Y eso fue suficiente para retomar el gusto por tocar el arpa.
Notó un crujido seco en el rostro, pero en esta ocasión no salió corriendo para mirarse en el espejito. No lo necesitaba. Ya se veía reflejado en los ojos de ella, y le gustaba más ese Zephyr que el del espejo.