Chapter 37
Melina se asomó a la ventana de la habitación, situada en la planta más alta del castillo semiexcavado en la montaña.
Llevaba un rato lloviendo y contempló las nubes grises que cubrían el cielo como un manto de tristeza.
Aspiró el aroma húmedo del bosque que se elevaba hasta allí arriba a pesar de estar separados por el laberinto y suspiró.
Se preguntaba a dónde habría ido Zephyr y si la lluvia impediría que pudiese regresar.
Se giró y contempló al pequeño capuchino que dormitaba sobre la cama, despatarrado y enredado entre las sábanas negras.
Tattoo estaba a su lado, despierto pero en calma.
De todos los animales que había en el castillo, el único que se había ganado las simpatías del gato era ese mono en concreto.
Alguna rareza debía de suceder con ellos, pues en todo aquel tiempo no había intentado perseguir a ni un solo ratón.
Rememoró la otra noche, cuando estaba durmiendo en la bañera y el jaleo de los monos la había despertado. Al abrir la puerta y salir al dormitorio, vio a Tattoo con el capuchino malherido sobre su lomo como si se tratase de una ambulancia que lleva al enfermo hasta el hospital para socorrerlo.
Melina se retiró de la ventana y se sentó junto a Tattoo para acariciarle la cabecita. Estaba orgullosa de él.
—Mi pequeña panterita. Tuve tanto miedo de perderte…
El gato se estrujó contra su mano buscando caricias y acabó tumbado sobre su regazo.
Pasaron así un rato, disfrutando de su mutua compañía, hasta que Tattoo alzó las orejas y puso toda su atención en la ventana, sentándose sobre sus patas traseras en el borde de la cama.
Melina siguió su mirada y vio un punto desplazándose por el cielo. Zephyr ya regresaba.
—Miau.
—¿Cómo es que le tienes tanto cariño? ¿Es porque te salvó?
Tattoo la miró y se frotó contra su brazo, pero enseguida volvió a fijar sus ojos amarillos en el horizonte, en la figura que se aproximaba levitando gracias al viento.
Cuando Zephyr llegó hasta la ventana, apoyó los pies en el alféizar y saltó al interior de la habitación.
Quizás se sorprendiera de ver que tanto Tattoo como Melina estaban allí para recibirlo, sin embargo, se mantuvo en silencio y se atusó el flequillo, estaba despeinado y totalmente empapado por el viaje bajo la lluvia.
Melina no pudo evitar fijarse en cómo se le pegaba la ropa al cuerpo. Dejaba poco a la imaginación.
—¿Dónde estabas? —quiso saber la chica. Había optado por ser fría con él, pero cuando lo vio marcharse sin saber a dónde iba, los nervios se habían apoderado de ella y le hizo replantearse su actitud—. No es que me importe, es por curiosidad y aburrimiento —añadió para disimular.
—¿Crees que esa es la mejor forma de preguntar? Desde luego que así se me quitan las ganas de responder —dijo él con hosquedad.
El semidiós abandonó la habitación en pos de las escaleras. Oyó que daba unas instrucciones a los sirvientes y regresaba. Un par de monos entraron al baño a preparar la bañera para su amo.
Melina se arrepintió de sus palabras. En realidad sí le importaba, solo que no quería que él supiese que le importaba.
Sin embargo, a la vez, le preocupaba si él creía que no le importaba lo que en realidad sí le importaba.
Diablos, con Zephyr todo era demasiado complicado.
¿No podía ser un semidiós malvado y monstruoso al que odiar y nada más, como lo había sido al principio?
Pero lo cierto era que siempre encontraban un momento para conversar, para que ella le contase más cosas sobre su mundo.
Y cada día que pasaba, aunque se decía a sí misma que no podía ser, estaba más pendiente de él.
Nunca le había ocurrido nada parecido. Jamás una persona le había generado tanto interés, tanta inquietud por conocer su vida, por saber qué se le pasaba por la mente cuando se quedaba mirando a través de aquel espejito. Era tan misterioso…
Una de las cosas que más curiosidad le provocaba era conocer su rostro.
Naima le había dicho que ningún escultor o pintor había logrado captar con precisión sus facciones y se moría de ganas de poder contemplarlo sin aquella molesta máscara.
Imaginó que sería guapo, pues tenía unos ojos bonitos y unos labios muy apetecibles.
Qué demonios, era un dios, por supuesto que sería atractivo, irresistible.
—He ido a ver a mi hermano. Él me ayudará a descubrir cómo hacerte volver a tu mundo.
Melina lo observó moverse por la habitación. Abrió el armario y descolgó unos pantalones y una blusa de la percha. Se fijó en que todas y cada una de las prendas eran negras.
—¿Es que no tienes más colores? —Se levantó de la cama y echó un vistazo al guardarropa. Todo era igual de monótono, igual de oscuro, igual de triste.
—¿Qué más da?
—¿Cómo que qué más da? La ropa es una forma de expresión. Con los colores mostramos al mundo cómo nos sentimos y tienen la capacidad de cambiarnos el humor.
Él respondió sin girarse:
—Pues eso.
Los monos salieron, el baño estaba listo. Zephyr cogió una toalla del cajón del aparador y se deshizo de la blusa negra empapada, la cual tiró al suelo y uno de los monos recogió enseguida.
Melina apenas reparó en cómo se movía su espalda musculada con cada movimiento que realizaba.
Se le había venido el techo encima con su respuesta.
¿Tan triste estaba? ¿Tan miserable era su vida como para que el negro fuese el único color que podía representar cómo se encontraba su alma?
Cayó en la cuenta de que nunca lo había visto reír.
Sí sonrisas socarronas o retadoras, pero nunca reía.
Se había fijado en sus labios rosados, en sus dientes blancos, pero no sabía cómo era su risa.
Y de pronto no quería marcharse de Metallia sin haber experimentado ver a aquel ser reír de felicidad.
Se le ocurrió entonces una idea y llamó a la puerta con los nudillos.
—¿Zephyr?
—Pasa —oyó su voz al otro lado.
Melina se lo pensó, ¿qué iba a encontrar si obedecía? A un semidiós apuesto, desnudo y dándose un baño, con la piel reluciente por el agua y gotas brillando en su cabellera negra. Si traspasaba esa puerta, ¿habría vuelta atrás?
Las bisagras chirriaron cuando la empujó y se asomó al interior. Efectivamente, Zephyr estaba metido en la bañera y su torso estaba perlado de gotas de agua. El baño tenía tanta espuma que no se veía nada más allá de la superficie, cosa que no supo discernir si la aliviaba o la molestaba.
—He pensado…
—Me has llamado por mi nombre —la interrumpió él.
Melina se quedó más estupefacta con aquello que con la visión del semidiós dándose un baño. Permaneció con la boca abierta y con la frase a medio pronunciar. Era verdad, nunca se había dirigido a él llamándolo por su nombre.
—Espero que no te haya molestado —se disculpó, pues con él era imposible saber si algo le disgustaba o no.
—Tranquila, Melina.
Se le cayó la mandíbula hasta el suelo. Ahora era él quien la llamaba por su nombre.
Supo que se había puesto roja como un tomate, pero se obligó a reponerse e ignorar aquellas molestas y sumamente inoportunas mariposas que revoloteaban por su estómago.
Se concentró en rascarse el brazo, solo por tener algo que hacer.
—Quería saber si sería posible que hoy preparara la cena yo.
Aquello sí que sorprendió al semidiós, que la observó con interés.
—Cómo no. Diles a los sirvientes que te ayuden a conseguir todo lo necesario.
Asintió satisfecha con una sonrisa estúpida en los labios y salió de allí pitando. No podía estar ni un segundo más allí dentro con Zephyr en la bañera y la atmósfera húmeda y recargada que se estaba creando. Le dio un beso en la cabeza a Tattoo y bajó rauda las escaleras.
Cuando llegó a la cocina, pidió de forma amable a los monos que allí se encontraban que le consiguieran unos cuantos ingredientes que iba a necesitar y que la ayudasen a prepararlos, y se puso manos a la obra.
Se remangó la blusa negra tras olisquearla por un breve instante y esparció un poco de harina por la superficie del mueble.
Comenzó entonces a dar forma a una masa de harina, agua, aceite y sal.
—¿Estás haciendo pan? —oyó demasiado cerca y dio un respingo.
—Joder, qué susto. —Se llevó una mano al pecho y la blusa se llenó de harina.
Zephyr apretó los dientes y un esbozo de sonrisa. Melina se lo tomó como un primer paso para conseguir se que riera.
—Esto que ves aquí es una pizza. O lo será, al menos.
—¿Una pizza? —Se extrañó.
—Se parece al pan, pero está mucho más rica. Y no sabes las ganas que tenía de volver a comer una.
—¿Es tu comida favorita? —preguntó mientras la observaba amasar.
—Hmm… Podría ser. Aunque el sushi también está demasiado bueno.
—¿Zuchi? —intentó pronunciar.
—Sushi —lo corrigió—. Es comida japonesa. Pescado crudo y arroz. Y lo puedes mojar en salsa de soja. Una delicia.
Melina parloteó un poco sobre las comidas que existían en su mundo mientras Zephyr la escuchaba con atención y la observaba amasar.
—¿Puedo intentarlo yo? —Se animó al cabo del rato.
—Claro, podemos hacer dos y así probamos diferentes ingredientes.
Melina le fue indicando cómo mezclarlo todo para conseguir la masa y se deleitó al ver a aquel semidiós refunfuñón remangado y lleno de harina, amasando junto a ella.
—Me gusta —expresó mientras trabajaba la masa, estirándola y volviendo a doblarla sobre sí misma.
—No me extraña. Eres alquimista, te mola eso de mezclar ingredientes.
—Sí, me mola.
Melina lo miró a los ojos y aguantó la risa, tenía la máscara llena de harina. Recordó entonces su propósito de hacerlo reír, así que cogió un puñado y se lo lanzó. Zephyr se quedó pasmado, nunca le habían tirado nada a la cara, menos aún harina.
Melina había esperado que se lo devolviese, que jugase con ella, pero Zephyr ni se inmutó.
—Mira, no te queda mal el blanco. —Rio sin poder contenerse.
Zephyr se observó y comprobó que estaba totalmente manchado.
—Acabo de bañarme…