Chapter 36
El amanecer sorprendió a Helmer y a Tabar despiertos y avanzando por el bosque. El mercenario no se separaba del mapa y caminaba delante. El granjero lo seguía de cerca, pero tenía ya ampollas en los pies y le costaba horrores mantener el ritmo.
—¿No podemos descansar un poco?
—No —respondió con sequedad.
—En serio, necesito parar. Me duelen mucho los pies.
—¿Tan debilucho eres?
Al no obtener respuesta, Helmer miró hacia atrás y comprobó que su compañero se había detenido para descalzarse. Suspiró con sonoridad y se cruzó de brazos, pero al cabo de los minutos se acercó para ver por qué no se levantaba para reanudar la marcha.
—Se me han reventado las ampollas. Me duele mucho.
—¿Entonces qué? ¿No puedes caminar? Me iré solo en ese caso —gruñó el mercenario.
—No, no, solo dame un momento.
Helmer relajó los músculos de la frente, debía de dolerle de verdad, pues su voz era una súplica y él no solía rebajarse de aquella manera cuando hablaba con él.
Se quitó el casco y se atusó la cabellera.
También rebuscó la cantimplora en el saco y la abrió para saciar su sed, pero un par de gotas fue todo lo que cayó sobre su lengua.
—Necesitamos agua. —Volvió a arrugar la frente.
—¿No te dice tu mapa si hay algún riachuelo cerca?
Helmer aceptó la sugerencia y comprobó los dibujos y señalizaciones del pergamino. Descubrió que a pocas millas discurría un riachuelo y que no tendrían que alejarse demasiado del camino.
—¿Puedes andar? Hay un río cerca.
Tabar hizo un esfuerzo y se levantó, pero las ampollas reventadas de las plantas de los pies le provocaban un doloroso quemazón y heridas que le impedían caminar con normalidad.
Helmer dejó caer el casco y se apresuró junto a él para ayudarlo.
—Venga, no seas torpe. No hay tiempo que perder.
—Sí, sí, «Melina nos necesita y no sabemos por lo que puede estar pasando en este momento».
Helmer se enfadó por el tono de desprecio en sus palabras, pero aun así no lo soltó y juntos avanzaron internándose en la maleza.
Cuando por fin llegaron al arroyo, Tabar se desprendió de Helmer para acercarse a la orilla y sentarse sobre la hierba, metiendo los pies en el agua fresca que le ayudaría a sobrellevar aquellos dolores. Helmer se dispuso a rellenar las cantimploras.
—Oye, lo siento, ¿vale? —se disculpó el granjero. Ahora que tenía los pies en remojo estaba de mejor humor—. Pero, sinceramente, creo que no hay nada que podamos hacer ya por ella. Un dios todopoderoso se la ha llevado a las profundidades del océano, ¿de verdad crees que puede escapar de él?
—No lo sabemos.
—La chica llevará muerta días. Ahogada en el fondo del mar.
—Llevaba los zapatos. —Helmer se negó a creer en aquella posibilidad.
—¿Y qué? Si no ha muerto ahí abajo, quizás lo haya hecho a manos del semidiós. Se llevó a su gato, seguro que lo utilizó como moneda de cambio y luego le rajó el cuello.
—No lo sabemos —murmuró Helmer cada vez más ansioso.
—Atropelló a su novia y la mató. No hay posibilidad de supervivencia para una muchacha de veintitrés años frente a unos dioses inmortales.
—No lo sabemos. No lo sabemos. No lo sabemos. No lo sabemos.
Helmer se tapó las orejas con las manos y negaba con ímpetu. Tabar comprendió que estaba a punto de darle otro de sus arrebatos.
—Eh, relájate. —Se puso en pie y renqueó hasta él. Lo tomó por los hombros y lo obligó a mirarlo—. Tienes razón, no lo sabemos.
—No lo sabemos… —dijo una última vez.
—Anda, ¿por qué no te sientas conmigo y te remojas un poco los pies tú también? No veas si te apestan.
Helmer se dejó acompañar hasta la orilla y tomó asiento a su lado.
—Ojalá tuviese yo esos zapatos —suspiró Tabar—. No me hubiesen salido estas ampollas que parecen tomates pelados.
Tabar sonrió y miró a Helmer, quien, no entendía por qué, comenzó a reír ante tal chanza.
—¿De verdad te hace tanta gracia? —Se sorprendió—. Te he contado muchos chistes mejores y ni has parpadeado.
Helmer rio con más ganas y se dobló por la mitad debido a la fuerza de los espasmos. Tabar comenzó a indignarse, ¿se estaba burlando de él?
—¿Pero se puede saber de qué te ríes tanto?
—De tu cara —consiguió responder el mercenario entre carcajadas.
—¿Qué le pasa a mi cara? —Se palpó, pero allí no había nada.
—Estás horrible, todo magullado y con moratones.
—¿Y te fijas ahora? Llevo así desde que salimos huyendo de aquella taberna de mala muerte.
—No, pero ahora es cuando me ha hecho gracia.
Tabar lo contempló con auténtico pasmo. Desde luego le faltaba algún que otro tornillo en aquella cabecita loca.
—Pues anda que tú. Tienes la nariz como un pimiento.
Helmer rio con más ganas.
—Como un pimiento rojo —apostilló.
Las carcajadas se intensificaron.
—Como un pimiento rojo que se ha comido otro pimiento rojo.
Helmer lloró de la risa y cayó de espaldas sobre la hierba. Tabar se contagió de su hilaridad y se dejó caer hacia atrás también entre carcajadas.
Eran un par de locos, pero al menos sacaban momentos de distensión entre las penurias de su viaje.
Desde la discusión de la noche anterior, Zephyr notaba a Melina mucho más distante.
Ella intentaba no mirarlo a los ojos, comía en silencio y suspiraba a cada momento.
Él trató de conversar con ella, pero sus respuestas no fueron más que monosílabos, así que al final él también se enfadó.
¿Para qué se molestaba, en realidad? Era su prisionera, no era tarea suya hacerla sentirse cómoda mientras estuviese allí.
Aidan no se despegaba de Melina, quien lo llevaba siempre en brazos, lo mimaba y hasta le daba de comer. Zephyr no soportaba verlo, estaba empezando a sentir mucho odio por aquel mono. Se le pasó por la cabeza incluso lanzarlo con fuerza al bosque desde la ventana más alta del castillo.
Para salir de aquel bucle en el que estaba entrando, decidió convocar a los vientos y marcharse del castillo. No se despidió, por lo que Melina no tuvo idea de a dónde iba, pero al menos estaría tranquila el tiempo que él estuviera ausente.
Zephyr llegó hasta la costa más cercana del mar de Hidras y pidió a uno de los tritones que avisase a su hermano.
Mientras esperaba, se sentó sobre una roca a meditar.
Pensó en el mundo que Melina le había explicado, ese en el que ella vivía y donde se habían conseguido importantes avances científicos.
Se preguntó también cómo sería utilizar eso que ella llamaba Internet o si sería entretenido jugar a videojuegos.
Pensó también en el rostro de ella cuando narraba aquellas maravillas, en el entusiasmo de sus ojos, en la sonrisa de sus labios, en su naricilla pecosa.
Y no pudo evitar darse cuenta de lo mucho que echaba de menos a esa Melina que estaba descubriendo.
La frialdad que había adoptado lo estaba volviendo loco.
De la rabia que sintió, cogió una piedra del suelo y la lanzó al mar. Justo en ese instante apareció Azariel, quien se llevó una buena pedrada en la mollera.
—¡Oye! —se quejó y se frotó la cabeza.
—Te lo mereces, por tardar tanto y tenerme aquí esperando —respondió el menor de los hermanos de forma maliciosa.
—Me ha dolido, ¿eh? ¿Así es como recibes a tu hermano favorito?
—Desde la traición de Naima, ese puesto aún está vacante. Tendrás que ganártelo —declaró con sorna.
—Estoy muy ofendido. Pero mucho. —Añadió una pizca de dramatismo a sus palabras.
—Mi hermano favorito no me tendría aquí tanto tiempo esperando.
Azariel bufó, pero no dijo nada más al respecto, pues era cierto que se había entretenido un poquito más de la cuenta con una sirena rubia con la que se veía mucho en los últimos días.
—Vaya, el cielo está hoy bastante gris. Mira esas nubes oscuras. Va a llover.
Zephyr no las miró, no le interesaban las nubes.
—Necesito tu ayuda —soltó yendo al grano.
—Oh, querido hermano. Hacía años que no te veía y ahora solo vienes a visitarme cuando necesitas de mis favores —expresó con teatralidad el dios de dorados y mojados cabellos.
—¿Cómo abandonaron este mundo Rigxa y Zëlayn? Nunca lo supimos, solo que, de un día para otro, ya no estaban en Metallia.
—¿Eh? —Aquello pilló a Azariel totalmente desprevenido—. Y yo que pensaba que venías a contarme qué tal te lo estabas pasando con ese bomboncito que tienes a tu merced.
—No hay nada que contar, es mi prisionera y lo seguirá siendo hasta que me entregue los zapatos.
—«Hasta que me entregue los zapatos» —lo remedó su hermano—. ¿No ves que te estás obsesionando? Vive, disfruta. Evonne ya se fue, pero tú estás aquí. Y la vida hay que vivirla.
—No es solo vivir —contradijo Zephyr—, es sentirse vivo. Y eso es algo que se me escapa desde que ella murió.
—¿Y acaso los zapatos la van a traer de vuelta? De ser así, Adad seguiría con nosotros.
Azariel contempló a su hermano con pena.
—Los zapatos no, pero…
—¿Pero qué? —lo instó.
—Nada. ¿Me vas a ayudar o no?
—Claro —suspiró—, eres mi hermanito. ¿Cómo voy a negarme?
—Bien —asintió Zephyr con determinación—. Necesito que vayas a Selenia, que preguntes a nuestros padres, a Naima, a los sirvientes o a quien haga falta. Averigua cómo abandonaron las gemelas este mundo, si hay alguna magia que permita atravesar dimensiones o algo así.
—Está bien —aceptó con fastidio. No le apetecía nada aquella excursión, pero lo haría por él.
—Volveré dentro de tres días, ¿podrás tener la respuesta para entonces?
—¿Encima con prisas? Ya me estoy arrepintiendo. —Negó con una sonrisa en los labios.
—Gracias, hermano. Menos mal que aún me quedas tú.
—¿Ves como soy tu favorito?
La sonrisa de Azariel se hizo más amplia. Le guiñó un ojo a Zephyr, pero este se cruzó de brazos con fingido fastidio.
—Por cierto —dijo antes de desaparecer entre la espuma de las olas—, llevas tanto tiempo buscando venganza que ni siquiera te habrás tomado tu tiempo para llorarla. ¿O me equivoco?
Zephyr abrió la boca para responder, pero fue inútil, Azariel ya había desaparecido entre las mareas. El semidiós chistó, detestaba que dijera siempre él la última palabra.
Se quedó reflexionando sobre lo que había dicho. Odiaba reconocerlo, pero su hermano tenía razón. Había estado tan concentrado en vengar la muerte de Evonne que no la había velado ni llorado como ella se merecía. Decidió ponerle remedio en ese mismo instante.
En algún recóndito claro del bosque sombrío, el cadáver de Evonne reposaba bajo el montículo de tierra y flores que era su sepulcro.
El día que murió, Zephyr la llevó hasta allí y cubrió el terreno con claveles y crisantemos.
No eran flores autóctonas del bosque, así que facilitaban la tarea de localizar el punto exacto.
Cuando Zephyr aterrizó en el claro, la lluvia que Azariel predijo ya había comenzado a caer. Se arrodilló y tomó un clavel entre los dedos. Aún estaba fresco, lo que significaba que el tiempo no se había consumido. Todavía tenía la oportunidad de devolverla a la vida.
—Mi querida Evonne… —Se acercó la flor a la nariz y aspiró su aroma—. No me he olvidado de ti, no te preocupes. Estoy haciendo todo lo posible por que regreses a mi lado.
Rememoró momentos de su vida con ella y se dejó envolver por la nostalgia.
La echaba mucho de menos. Recordó cuando se conocieron en la competición de alquimia de Ciudad Boreal, y también cuando le confesó que era un dios y que por eso nunca lo superaría en dichas habilidades.
Ella se enfadó mucho, pero se le pasó rápido cuando lo meditó con más detenimiento.
Recordó también cuando ella le sugirió que debían apoderarse de las minas de metales preciosos de Ciudad Iridia. Al principio no estuvo de acuerdo, pero comprendió que era un yacimiento bastante preciado y les vendría genial para conseguir ingredientes para sus pociones y transmutaciones.
Y cuando Naima se inmiscuyó y lo castigó con aquella dichosa máscara, Evonne fue la única que permaneció a su lado.
Alzó el rostro hacia la lluvia, anhelaba sentir su caricia, pero la máscara no permitía que las gotas rozaran su piel. Maldijo a su hermana.
Se oyeron ruidos en la maleza, crujidos de ramas y movimiento tras los arbustos.
—Malditos monos… —refunfuñó. Habían interrumpido su remembranza.
Los odiaba, los odiaba a todos. A los capuchinos, a los ratones y a los cuervos.
Fue idea de Evonne requisar a jóvenes habitantes de pequeñas aldeas a quienes nadie echaría de menos para que les sirvieran.
Pero, ahora que ella había muerto y se habían librado de sus azotes por no hacer bien sus tareas, notaba sus miradas reprobatorias, sus desaires e incluso, en ocasiones, su compasión. Y detestaba que se compadecieran de él.
—Espérame, no te marchites. —Le dio un beso al clavel y volvió a enterrar el tallo en el montículo.
En cuanto Zephyr saltó en vertical y se deslizó por el cielo lluvioso con los suaves vientos, Helmer y Tabar salieron al claro y corrieron tratando de perseguir al semidiós.
—¡Rápido, que se escapa! —apremió Tabar.
—Cállate, por tu culpa se ha largado —se quejó Helmer.
—Me he tropezado con unas raíces, ¿vale? No ha sido queriendo.
—¿Y tenías que caer sobre mí?
—¿Te repito que nada de lo que ha pasado en los últimos dos minutos ha sido aposta? —protestó ahora el granjero.
Helmer masculló un par de insultos, pero siguió corriendo todo lo que la armadura le permitía. Tabar, quien aún tenía heridas en los pies, renqueaba como podía.
—Es inútil —declaró el mercenario cuando perdió de vista al semidiós en el cielo.
—Al menos sabemos qué dirección ha tomado —dijo Tabar cuando llegó junto a su compañero.
—Algo es algo. —Se encogió de hombros Helmer con resignación.
Siguieron avanzando por el bosque en la dirección que lo habían visto marcharse.
Esperaban que fuese directo a su escondite y no los hiciese extraviarse más todavía.
Tras aquel encuentro, ambos tenían la corazonada de que estaban muy cerca de dar con él y por fin le pedirían que les ayudase a encontrar a su amiga, a la que creían atrapada en el fondo del mar a merced del dios Azariel.