Hasta la última gota Chapter 35
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Chapter 35

Quedaban pocas horas de luz cuando Fiz regresó a su casa tras una larga jornada de trabajo.

El día había sido agotador, solo quería darse un baño en el riachuelo y echarse a dormir.

Mientras nadaba en las aguas cristalinas y se refrescaba, sintió de nuevo aquella presencia que lo observaba.

No sabía si se estaba volviendo paranoico o de verdad alguien lo seguía, pero tenía aquella extraña sensación desde hacía ya varios días.

Se secó con la toalla y regresó a la cabaña envuelto en ella y con las ropas en la mano. Cuando cerró la puerta, la abrió de nuevo de golpe para comprobar si había alguien en el exterior y lo pillaba desprevenido. Y esta vez sí captó algo moverse entre los matorrales.

—¿Quién eres? —preguntó con preocupación. Era un tipo tranquilo y no deseaba problemas—. ¿Qué quieres de mí?

La sombra se dejó ver y Fiz descubrió con sorpresa que no era otra que Naima. Su querida Naima.

—Soy yo —saludó ella desde la lejanía, reticente a acercarse más.

—Naima… —Las palabras se le atascaban en la garganta.

—Hola, Fiz —sonrió con timidez.

—Pensé que no volvería a verte más. Te fuiste enfadada la última vez.

—Comprende que no era una situación fácil. Acababa de enterrar a mi amante, quien había sido envenenado por mi hermano.

—Ven, acércate —la invitó—. Entra y tómate un té. ¿Aún te gusta con un poco de canela espolvoreada?

Naima sonrió al comprobar que todavía se acordaba de cómo le gustaba tomarlo a pesar de haber transcurrido tanto tiempo.

Sabía que debía dejarlo en paz, que con ella en su vida jamás sería el hombre pleno que tenía que ser, pero la nostalgia era poderosa y ella estaba sensible.

Eran días de cambios y problemas y dilemas, y no se sentía con fuerzas de rechazar aquella invitación.

Se acercó dando pequeños pasos. Fiz tenía miedo de que en cualquier momento se arrepintiese y volviera a desaparecer, pero no lo hizo, llegó hasta la puerta y él se echó a un lado para dejarla pasar.

La casa estaba igual a como la recordaba, con algunos cambios insignificantes fruto del paso del tiempo y del deterioro de las cosas al usarse.

—¿Me has estado siguiendo? —preguntó mientras se afanaba en preparar un té perfecto para ella.

—Lo lamento. —Se avergonzó.

—Lo que yo lamento es que no te hayas mostrado antes.

Le dedicó una sonrisa a la vez que le tendía la taza de té ya preparada y con la canela en polvo ya añadida.

Naima también sonrió. Fiz nunca se enfadaba, era una persona demasiado amable y buena, tanto que sabía que su sola presencia allí era un error, porque él se aferraría a ese encuentro y volvería a tener esperanzas de una vida con ella.

—Gracias.

Tomó asiento en el comedor y él se quedó mirando cómo se tomaba la bebida caliente.

—Te echaba de menos…

Naima alzó la vista hacia él. Ella también lo echaba de menos, más de lo que era capaz de soportar.

Haberlo visto de nuevo cuando sucedió lo de su amante había abierto una brecha en su determinación por olvidarse de él, pero no se lo podía decir.

Si era sincera y hacía lo que su corazón le gritaba, si se quedaba otra vez allí con él, no habría vuelta atrás y convertiría a Fiz en una persona solitaria, sin familia, sin mujer, sin descendencia.

—No me hallaba tranquila sabiendo que nos despedimos entre reproches. He estado merodeando por aquí para comprobar que te encontrabas bien. Me alegro de que así sea.

—No lo estoy —respondió tajante. A la diosa le tembló la taza en la mano—. Te echo de menos. Te necesito.

La honestidad del hombre la abrumó. ¿Qué podía responder?

Si le reconocía que ella también, lo abocaría a arruinar su vida.

Si, por el contrario, le mentía y le decía que ella ya había pasado página, podría sumirlo en una espiral de autodestrucción e infelicidad irreversible.

Así de grande había sido el amor que se habían profesado.

—Fiz… yo…

—Por favor, Naima. Mírame, he envejecido.

Naima estudió su rostro, las arrugas que habían aparecido alrededor de sus ojos, las canas en su cabello oscuro, los pliegues en la piel sobre el labio superior.

—Pero si solo han pasado unos pocos años…

—Será el desamor, supongo —sonrió con tristeza.

—Sigues siendo hermoso. Más que antes, me atrevería a decir.

—Pero estoy malgastando mi vida esperando por un sueño que nunca llega.

—Yo nunca te he pedido que me esperes.

—Lo sé, es cosa mía, pero ¿cómo puedo querer a otra mujer, si tú eres la dueña de mi corazón? ¿Crees que no lo he intentado? He conocido a otras, he yacido con otras, pero jamás, en todo este tiempo, he amado a otras.

Naima sintió celos al averiguar que se había acostado con otras mujeres, aunque sabía que era muy egoísta, pues ella también había tenido sus propios amantes. Además, ¿no era eso lo que quería para él, que se casase, tuviese hijos y disfrutase de una vida normal? No era justo que le fastidiase.

—¿Sabes cuál es el problema? Que si regreso aquí, contigo, y volvemos a ser pareja, no creo que pueda soportar una sola vida a tu lado.

Los humanos os morís demasiado pronto, apenas es un breve periodo de tiempo para mí.

¿Y luego qué? Seré yo la que se quede aquí sola y enamorada, suspirando por los rincones y sufriendo porque su amado ya se ha muerto.

Fiz se arrodilló frente a ella y tomó sus manos entre las suyas.

—¿Y acaso no habrá merecido la pena? Dejemos de desperdiciar años que podríamos estar disfrutando juntos —le retó con una cálida sonrisa que despertó sentimientos dormidos en el corazón de ella.

Antes de poder responder nada, Fiz se inclinó sobre ella y posó sus labios en los suyos.

Un torbellino de emociones se hizo con el control de la diosa.

Ya no actuaba su razón, sino aquellos sentimientos que tanto había tratado de ahogar, pero que ahora regresaban rebeldes y dispuestos a hacerse oír.

Naima no pudo contenerse por más tiempo.

Se puso en pie y Fiz la imitó. Se dieron un tórrido beso y ella aprovechó que él todavía vestía solo la toalla para arrebatársela y conducirlo a la habitación.

Lo tumbó sobre la cama y se quitó las ropas con urgencia.

Se sentó a horcajadas sobre él y entre besos, caricias y mimos le hizo el amor como no lo había hecho desde que lo probó a él por última vez.

Repitieron varias veces a lo largo de la noche, era imposible cansarse del otro, de su contacto, de la pasión que ardía entre ellos. Tenían la necesidad de ponerse al día, se lo debían por todos aquellos años separados.

Y cuando cayeron exhaustos y jadeantes uno junto al otro, Naima ya había tomado una determinación. Una que no se ajustaba a alguien como ella, que nada tenía que ver con la diosa de la felicidad. Pero que era la única solución que se le ocurría.

La noche también se cernió sobre el bosque sombrío y Melina bajó a cenar.

Lo hizo con el mono ya recuperado echado sobre su hombro derecho, habían pasado toda la tarde juntos y parecía que el animalito le había cogido cariño, no entendía por qué.

Y además, se fijó en que aquello parecía molestar a la capuchina de pelaje rojizo.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Zephyr mientras cortaba un trozo de carne y se lo llevaba a la boca.

—Está bastante bien, ¿verdad, amiguito? —Le acarició la barbilla.

Zephyr le lanzó a Aidan una mirada afilada y juiciosa, sabía a la perfección por qué se arrimaba tanto a la chica.

—Mañana volverás a tus tareas —le indicó.

—Déjalo en paz —protestó Melina—, acaba de sobrevivir a la muerte. Dale unos días de vacaciones —⁠sonrió en dirección a la que parecía su nueva mascota.

Zephyr refunfuñó, pero se abstuvo de decir nada más. Comieron unos minutos en silencio, hasta que Melina se atrevió a preguntar lo que le rondaba por la cabeza:

—¿Dónde están los sirvientes humanos?

—¿Los sirvientes humanos? —repitió sin comprender.

—Aidan en concreto. Él era tu sirviente, ¿no? —El mono se agitó sobre su hombro—. ¿Dónde está? Todavía no lo he visto, ni a él ni a los otros jóvenes de Villa Croma que te llevaste.

Lo cierto era que la chica dedicaba mucho rato a pensar en él, así como en Tabar y Helmer.

Se preguntaba qué habría sido de ellos. Se separaron en Villa Croma, cuando fue secuestrada, y no tenía ni idea de si la estarían buscando o la habrían dado por perdida, volviendo a sus vidas y dejando atrás todo lo relacionado con ella.

Zephyr la miró largo y tendido, había un matiz de condena en sus palabras. El semidiós desplazó la mirada hacia el mono, que se revolvía inquieto. Melina lo acarició para tranquilizarlo.

—Están en diferentes misiones —declaró al fin—. Aidan también.

—Vaya, me apetecía verlo —respondió con tristeza.

A Aidan se le cortó la respiración. Zephyr volvió a mirar al mono y entrecerró los ojos. Se preguntó por qué le fastidiaba tanto que la chica tuviese ganas de encontrarse con él.

—Te engañó. Se hizo pasar por tu aliado cuando en realidad era tu enemigo —expuso sin entender por qué quería verlo.

—No era mi enemigo. —Negó con la cabeza—. Tú le diste esas órdenes, tenías amenazada a su familia. Es cierto que al principio lo odié cuando descubrí que me ocultaba información, pero he tenido tiempo de pensar en ello y sacar mis conclusiones.

El semidiós contempló los ojos de la chica. Se habían tornado acusadores e implacables.

—Necesitaba gente a mi servicio. Desde que no tengo alas y no puedo volar a mi verdadero hogar, tengo que valerme por mí mismo.

—Pues los contratas y les pagas por su trabajo. ¿O es que ser un dios te da derecho a hacer con los humanos lo que te apetezca? —Frunció el ceño.

—La verdad es que sí, puedo hacer con ellos lo que quiera, para eso soy un dios —aclaró como si fuese obvio.

—Eres detestable.

Melina soltó los cubiertos y se levantó de la silla. Se le había quitado el apetito. Zephyr abrió la boca para pedirle que se quedara, pero la volvió a cerrar a tiempo. Menos mal, ¿cómo iba él a arrastrarse por su compañía? Desde luego pasar tiempo con ella le estaba obnubilando el cerebro.

La muchacha se marchó escaleras arriba y acarició a Tattoo, que dormitaba en la cama, antes de acceder al baño.

Se metió en la bañera —reconvertida en cama— y mulló la almohada para acomodarse.

Tomó al mono entre las manos y lo posó sobre su pecho.

Le acarició la carita, la cabeza, la nariz.

El capuchino parecía disfrutar con ella y eso le gustaba.

Al menos alguien apreciaba su presencia en aquel horrible lugar.

Aún no se había dormido cuando la puerta se abrió con un chirrido sostenido y Zephyr apareció en el umbral.

Ni siquiera llamó antes. Melina inhaló de forma concienzuda para contener el inminente enfado que ya notaba en su interior.

¿Y si hubiese estado usando el inodoro? Lo contempló esperando a saber qué quería, hasta que cayó en la cuenta de que quizás lo que sucedía era que él necesitaba usar el baño.

—¿Tienes que entrar? Me voy. —Se agarró al borde de la bañera para salir de ella.

—No, no. —Zephyr la frenó—. No es eso. Quería decirte que… que…

Melina alzó las cejas con expectación. ¿Por qué le costaba tanto expresar lo que pensaba?

—¿Qué querías decirme? Dilo de una vez.

—Que no es necesario que duermas aquí.

—¿Y dónde entonces? —Se encogió de hombros—. Solo hay una cama.

—Ya, bueno… Había pensado que podrías dormir allí.

Melina elevó más las cejas, si es que aquello era posible. ¿Qué le estaba proponiendo exactamente? No podía negar que entre ellos había una extraña relación. Discutían, conversaban, se ignoraban, se buscaban… ¿Pero dormir juntos? Eso sí que era aterrador.

—¿Tú también dormirás ahí? —preguntó sin saber si prefería una respuesta afirmativa o negativa.

—Yo no suelo dormir mucho, no te preocupes por mí. Estaré bien en cualquier sitio.

Melina asintió aún confundida. Zephyr se acercó y le tendió una mano desenguantada para ayudarla a salir de la bañera.

Ella dudó con el corazón acelerado, era la primera vez que iba a tocarlo sin prendas de por medio.

Últimamente se había sorprendido a sí misma imaginando cómo sería el tacto de su piel, la caricia de sus manos…

Se incorporó y rozó sus dedos, que al instante se tensaron y se llenaron de fuerza para ayudarla.

Melina se sintió entonces como una damisela a la que un apuesto caballero ayuda a apearse de un carruaje, solo que el carruaje era una bañera y el apuesto caballero un semidiós muy malhumorado.

Y, sin embargo, tuvo que disimular la sonrisa boba que amenazaba con escapar de sus labios.

Zephyr la soltó en cuanto tuvo equilibrio sobre el suelo de piedra gris y Melina lo siguió a la habitación con el mono entre los brazos. ¿Habría sentido también el semidiós aquella electricidad en la columna vertebral al tocarse?

Sacudió la cabeza, ¿qué le estaba pasando? Tanto tiempo en aquel extraño mundo estaba comenzando a pasarle factura. Debía olvidarse de esas ensoñaciones de quinceañera y centrarse en su objetivo.

—Que pases buena noche —le deseó él.

—Gracias, pero…

Zephyr la observó dubitativo. Había pasado de estar ruborizada a contraer los músculos de la frente con preocupación.

—… cuanto antes averigües cómo puedo largarme de este mundo, antes recuperarás los zapatos y antes nos perderemos de vista el uno al otro.

Zephyr no lograba entender por qué, pero sus palabras fueron como un cuchillo clavado entre las costillas.

El semidiós asintió en silencio y se marchó, dejando a la chica acomodándose entre las negras sábanas de su cama acompañada de aquel estúpido sirviente transformado en mono.

Regresó al trono, a mirarse en el espejito, pero no prestaba atención a su rostro en el reflejo, sino que su mente divagaba sobre demasiadas cosas, y todas relacionadas con aquella maldita humana de la que estaba deseando vengarse por no entregarle los zapatos cuando se lo ordenó. Le haría tantas cosas…

El problema fue cuando su traicionera mente desdibujó las escenas de tortura para convertirlas en otro tipo de situaciones.