Hasta la última gota Chapter 34 #2
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Chapter 34 #2

De manera impensable, resultó ser una jornada de lo más agradable.

Pasaron horas hablando, apenas fueron conscientes de que la mañana tocaba a su fin.

Los sirvientes se dedicaron a sus quehaceres mientras ellos cambiaban de lugar, de las incómodas sillas pasaron a asomarse a la ventana, y de ahí a subir las escaleras para llegar a la habitación.

Miraron un instante al monito que luchaba por su vida y continuaron charlando sentados en el colchón, Zephyr empapándose de todo lo que ella le contaba sobre ese fascinante mundo donde sus dotes de alquimista podrían desarrollarse como nunca antes lo habían hecho.

Melina no se callaba, parloteaba y parloteaba sin medida, y todo para que no se produjeran esos silencios en los que se quedaban contemplándose el uno al otro sin apartar la mirada; la ponían muy nerviosa.

El corazón le palpitaba de un modo que nunca lo había hecho antes, el estómago le daba volteretas y la boca se le volvía pastosa cada vez que él se lamía los labios para mantenerlos hidratados.

Y a todo ello se sumaba el aroma que le llegaba de la camisa prestada, o de él mismo si se acercaba demasiado.

Estaba descubriendo que Zephyr podía dar más miedo de lo que jamás hubiera podido pensar, pero de una forma totalmente diferente.

Mientras hablaba, se preguntaba cómo sería el rostro del semidiós, cómo se sentiría poder verlo en toda su magnificencia, libre de aquella máscara que le impedía observar bien sus reacciones, y si se parecería en algo a la estatua del templo de Ciudad Boreal.

Tan solo sus ojos le permitían atisbar un resquicio de lo que pasaba por su mente, eran muy expresivos.

Rememoró la primera vez que esos ojos garzos la observaron, cuando se encontraron en Villa Alumen y la amenazó por haber matado a su pareja.

Recordar a Evonne le hizo sentirse mal, y no solo por haber acabado con la vida de otra persona.

Una sensación incómoda se enroscó en su estómago y sintió la imperiosa necesidad de volver a aspirar el aroma de la blusa negra, pero se contuvo, pues estaba en presencia de Zephyr y no quería parecer una rarita.

Seguían enfrascados en la conversación cuando Aidan abrió los ojos a su lado.

Lo primero que vio fue a la capuchina de color rojizo que tenía su mano entre las suyas.

La reconoció, era una de las pocas amigas que había hecho en el castillo.

No sabía de dónde procedía, pues cuando llegó ella ya vivía allí.

Él era un mono solitario y taciturno, pero ella siempre se mostró gentil con él.

Ella le acarició la mano y emitió un suave gruñido, estaba preocupada por él. Aidan intentó sonreír, pero estaba tan exhausto que ni los músculos le obedecían.

Tanto Zephyr como Melina se giraron al escuchar a la capuchina y descubrieron entonces que el monito malherido había abierto los ojos.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Melina acercando su rostro al suyo, a pesar de saber que no iba a responderle.

La sorpresa que se llevó Aidan fue mayúscula. Ella. Era ella. Y estaba allí. Las lágrimas afloraron a sus pequeños ojos y no pudo ni levantar una mano para enjugárselas.

—Tranquilo —le calmó la muchacha—, te pondrás bien. Zephyr te ha curado.

Melina miró al semidiós y le sonrió, contenta por haber podido salvar al mono y agradeciendo con la mirada la labor de Zephyr en todo aquello.

El semidiós ni estiró los labios. Se resistía a sonreír, odiaba exponer sus sentimientos ante aquella humana.

Aunque durante todas las horas que habían estado conversando se había olvidado de mostrarse indiferente, de ser alguien frío y hostil como siempre se esforzaba en aparentar.

Era consciente de que había estado entusiasmado mientras ella le explicaba cómo era la vida en su mundo, y lo más extraño de todo era que no le había importado, que había disfrutado de ser él mismo durante ese rato.

Sabía, además, que, si se hubiese mostrado distante, ella hubiese parado de hablar, hubiese dejado de contarle todas aquellas cosas interesantes, así que se dejó llevar.

Observó a Melina interactuar con el monito, ¿se daría cuenta ella de que era el mismo sirviente que él había enviado a espiarla y engañarla? Imposible, era demasiado simple como para notarlo.

Aidan logró, con mucho esfuerzo, alzar una mano hacia Melina y ella permitió que se aferrase a su pulgar.

El capuchino no sabía si lloraba de felicidad por verla allí con él, sana y salva, o de tristeza porque Zephyr había conseguido su propósito de desviarla de su camino y llevarla presa a su castillo.

El semidiós aprovechó que Melina estaba distraída con el animal para marcharse con sigilo. Bajó las escaleras hasta la planta inferior y volvió a tomar el espejito entre sus manos. Descubrió en la frente una nueva impureza, una imperfección que esta vez no había llegado a convertirse en raja.

Creyó entender entonces el cometido de aquella odiosa máscara, las intenciones de su hermana con ese artilugio del demonio. Y supo con certeza que nunca sería capaz de deshacerse de ella.