Hasta la última gota Chapter 34
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Chapter 34

Aún faltaba un rato para el amanecer, pero Tabar ya no aguantaba más y se levantó a hacer pis.

Hacía frío, así que, cuando regresó al campamento, se tumbó cerca de la hoguera.

Ahora sí que lamentaba haber arrancado las mangas de su camisa para hacer las antorchas.

Se puso de lado para observar a Helmer, quien dormía profundamente.

El mercenario le escamaba, era como un rompecabezas que no conseguía resolver. Era imposible saber qué pasaba por su mente perturbada, así como averiguar los secretos que ocultaba. ¿Quiénes eran esas mujeres que se le quedaron mirando la primera vez que visitaron Ciudad Boreal?

Helmer siempre se metía con él, cosa que no le molestaba del todo, pues sabía que en realidad lo apreciaba, solo que el mercenario no se permitía pensar así.

Se había cruzado con algunos tipos en su vida iguales a él: hombretones muy machos que no reconocerían jamás la atracción que les provocaba otro hombre.

—Algún día… —suspiró sonriendo.

Helmer se revolvió entonces y se giró hacia el otro lado, aunque aún parecía dormido.

Tabar se volteó hacia el cielo y entrelazó las manos en la nuca para contemplar las estrellas.

No se veían demasiadas por culpa de las ramas de los árboles.

Sintió picazón en la mejilla y se rascó con cuidado para no empeorar las heridas que tenía.

La lucha en la taberna había sido monumental y aún no podía creerse que los dos hubiesen salido vivos de allí.

Le vinieron ganas de tirarse una ventosidad y, como Helmer estaba dormido y no iba a escucharlo, la dejó salir. Pero fue más ruidoso de lo esperado y el mercenario se revolvió de nuevo, y esta vez abrió los ojos.

—Joder, qué asco —se quejó.

—Tú lo haces todo el rato —se defendió Tabar, aunque igualmente se ruborizó.

Helmer lo ignoró y se levantó. Aunque se hubiese despertado con aquel trueno proveniente del culo de Tabar, en realidad agradeció que la pesadilla que estaba teniendo se evaporase.

Otra vez había revivido en sueños aquella sangrienta guerra que lo llevó a perder la cordura.

Boreanos e iridianos se enfrentaban en el campo de batalla y las extremidades, cabezas y otros miembros volaban cercenados o detonados por culpa de la dinamita.

Cuando los mandamases de Ciudad Boreal reclutaron un ejército para conquistar las minas de metales preciosos en nombre del hechicero de Argentos, jamás pudo imaginar que quien estaba detrás de todo en realidad era el dios Zephyr.

Gloria, honor y monedas era lo que les aseguraron que les esperaba, pero solo encontraron sangre, sufrimiento y muerte.

Helmer estaba muy rabioso. Como dios, Zephyr hubiese podido reclamar aquellas minas sin mayor problema, ¿por qué entonces planeó todo un ataque donde tantas vidas se perdieron? ¿Por seguir viviendo de incógnito entre la gente? ¿Por entregarle tal conquista a su novia? No podía comprenderlo.

No vio la batalla llegar a su fin, desertó antes de que la diosa Naima, según se contaba, mediase para acabar con aquel sinsentido.

Ahora sabía que la forma de parar aquella guerra había sido castigando a Zephyr, al hechicero, con una máscara que le arrebataba sus poderes.

Una vez que este también se largó, abochornado por tal afrenta, los boreanos se rindieron.

Helmer echó un puñado de tierra sobre el fuego como si se la estuviese lanzando a la cara al maldito semidiós. No solo había sido el responsable de tanta destrucción, sino que ahora se veía obligado a buscarlo para pedirle ayuda y encontrar a Melina, raptada por el dios Azariel.

Se sacudió el polvo de las manos y se dispuso a recoger todos los bártulos que estaban esparcidos por el suelo.

—¿Qué haces? —preguntó Tabar.

—Nos vamos.

—¿Ya? Apenas hemos descansado y aún es de noche.

—Hay que aprovechar que estamos despiertos los dos. No sabemos cómo estará Melina, ni dónde. Tenemos que encontrar a ese semidiós y rápido.

Tabar refunfuñó fastidiado. Estaba seguro de que aquel viaje era una pérdida de tiempo, el semidiós no iba a dignarse a echar una mano a dos mortales inmundos como ellos. Tratar de encontrarlo era una tontería. Aun así, se puso en pie y ayudó a guardarlo todo.

Helmer echó un vistazo al mapa y a todas las marcas que le había hecho con el carbón de un trozo de rama quemada.

Aunque el pergamino que había adquirido en el gremio de escribas y cartógrafos era bastante detallado, se aproximaban al bosque sombrío y no quería perderse en la maleza.

Señaló con el dedo el camino que debían tomar y se aseguró de que efectivamente lo tomaban.

Entonces usó una nueva ramita carbonizada para hacer una flecha en el mapa.

Tabar caminó tras él, cargando en el saco con la mitad de los chismes y preguntándose cuándo llegaría el día en que pudiese descansar toda la noche.

Desde que había abandonado la granja, su vida había dado un giro demasiado radical y no sabía si estaba preparado para todo ello. Extrañaba su hogar, quería volver.

Melina despertó con las primeras luces que entraron por la ventana, recordando de pronto lo ocurrido de madrugada y preguntándose si el monito habría logrado salvarse.

Se dio cuenta entonces de que se había quedado dormida en la cama de Zephyr mientras lo velaba, pero el semidiós no estaba por allí.

El capuchino descansaba sobre el colchón y una hembra de pelaje rojizo le hacía compañía. Melina le sonrió.

—¿Cómo está nuestro pequeño amigo?

La carita de la mona capuchina transmitía tristeza, y la joven se agachó sobre él para observarlo de cerca.

Descubrió que, al menos, el corte de la pata había desaparecido.

Puso la oreja sobre su pecho y escuchó su corazón latir con más fuerza que por la noche, y también su respiración parecía constante.

—No te preocupes. —Se atrevió a acariciarle la cabeza—. Creo que se va a poner bien.

La monita la miró con esperanzas renovadas y tomó la mano de su amigo. Melina volvió a sonreír y se bajó de la cama para desperezarse. Estaba tan cansada…

Se dirigió al baño a asearse y a peinarse un poco aquellas greñas y fue a ver si podía desayunar algo. Antes de terminar de bajar las escaleras, asió la blusa negra por el cuello y la acercó a su nariz, y aspiró el aroma que despedía. Cerró los ojos. ¿Cómo podía gustarle tanto ese olor?

Cuando llegó a la sala del trono, Zephyr seguía allí sentado, mirándose en el espejo de mano.

—¿Tan guapo te crees que no paras de mirarte?

Zephyr sonrió de medio lado, ella no lo entendería. Apartó la mirada del espejito y se puso de pie. Señaló la mesa donde cenaron la noche anterior.

—¡Ciruelas! —Melina se abalanzó sobre ellas y se comió una de varios bocados. El jugo le cayó por la comisura del labio y hasta la barbilla.

Zephyr tomó asiento también, pero no echó cuenta de la comida.

—¿Cuándo me vas a dar los zapatos?

—Antes tienes que hacer algo más por mí —respondió. Seguramente no sería muy decoroso hablar con la boca llena de comida, pero le daba igual.

—Sabes que podría torturarte hasta que me suplicaras que te los arrancase de los pies, ¿verdad?

La muchacha dejó de masticar y se paró a mirarlo con los ojos entrecerrados.

—No es el trato.

Zephyr fruncía el ceño, pero recordó las dos finas muescas que ahora surcaban la superficie de la máscara y decidió relajarse.

—Tú dirás.

Melina tragó el pedazo que tenía en la boca mientras se preguntaba por qué estaba de pronto tan tranquilo. Ya no parecía de mal humor.

—Quiero que me ayudes a escapar de Metallia.

El castillo se quedó en silencio ante tal sentencia. Los animales que iban y venían cesaron de sus tareas y se miraron unos a otros.

—¿Y cómo podría yo hacer eso? —preguntó con prudencia.

—Eres un dios, ¿no?

Melina alzó una ceja; Zephyr, en cambio, alzó las dos con sorpresa. Era la primera vez que lo llamaba dios, no semidiós. Se miraron con intensidad, ambos conscientes de ese detalle.

Se fijó en las pecas de su nariz, le daban un aspecto aniñado, lo que contrastaba mucho con sus curvas de mujer.

Y sus ojos marrones eran profundos, diría incluso que inteligentes si no supiera lo tonta que podía llegar a ser.

Aunque la idea de usar las ropas llenas de sal marina había sido de ella, eso no podía negarlo. Ni a él se le había ocurrido.

—Háblame de tu mundo, ese al que quieres regresar —pidió tan solo por romper el silencio tan incómodo que se estaba formando. Estaba tenso y podía percibir que ella también.

—No se parece en nada a este —le contó entre bocado y bocado—. Bueno, sí se parece, pero este es como una versión antigua del mío, como si la civilización hubiese retrocedido varios siglos.

—¿A qué te refieres? —se interesó.

—Por ejemplo, allí no usamos ya caballos para desplazarnos entre ciudades, usamos coches.

Zephyr quiso saber qué era un coche. Melina le habló de ellos y de otros vehículos como los autobuses, los trenes y los aviones.

Le explicó a grandes rasgos cómo funcionaban.

También le contó sobre las comunicaciones, las construcciones, los monumentos más famosos…

Y, lo que más llamó la atención del semidiós: sobre los avances científicos, las medicinas y los hospitales.

Zephyr estaba absorto escuchando a Melina explicar todas aquellas cosas maravillosas que jamás hubiese creído que pudiesen existir. Ella, además, lo contaba todo con tanto entusiasmo, con tanta pasión, que las ganas de ver aquel lugar se le contagiaban.