Chapter 33
Zephyr estudió al mono, palpó su cuerpecito y comprobó su respiración. Que aún estuviese vivo era todo un milagro.
—Vigila que no se muera —indicó levantándose de la cama—. Si se muere… Avísame, así no desperdicio ingredientes valiosos.
Melina no supo qué responder ante un comentario tan frío y desalmado.
Tan solo asintió y se acercó al capuchino mientras Zephyr se marchaba.
El semidiós bajó las escaleras y llegó junto al trono, donde presionó la pared en cinco puntos estratégicos y la puerta secreta se abrió.
Accedió al taller y con rapidez se dispuso a sacar todos los utensilios necesarios.
Destapó tarros de cristal para hacerse con su contenido y desmenuzó, disolvió, mezcló y agitó hasta conseguir los ingredientes elementales.
—Mierda… —farfulló cuando destapó el último jarro.
—¿Qué ocurre?
Del susto que se llevó, casi se le cayó el tarro al suelo. Al girarse se encontró a Melina dentro del taller, ojeándolo todo y con una almohada en las manos donde yacía el capuchino. Estaba tan concentrado que no la había oído llegar.
—¿Qué haces aquí? Márchate —ordenó volviendo a sus quehaceres.
—Pensé que si te ayudaba tardarías menos.
—No necesito tu ayuda —rechazó sin volver a mirarla.
Zephyr siguió moliendo minerales con el mortero mientras se estrujaba los sesos para averiguar cómo conseguir el último ingrediente que le faltaba, pues lo había agotado con la pócima que creó para el gato.
Melina, ajena al dilema al que se enfrentaba el semidiós, paseaba la mirada por la estancia con mucho asombro.
Lámparas de aceite como las del resto del castillo iluminaban los oscuros rincones de lo que parecía un laboratorio, aunque bastante anticuado y muy diferente a los que había visto en su mundo.
Reconoció algunos utensilios: pipetas, matraces, pinzas, embudos, trípodes, una balanza…
Se fijó en que los otros monos se habían quedado junto al umbral de la puerta sin atreverse a entrar, seguramente lo tendrían prohibidísimo.
Depositó la almohada y al capuchino que allí descansaba sobre la mesa alargada, lejos de la zona de trabajo de Zephyr para no molestarlo, y se aproximó a él, quería verlo trabajar.
Nunca había visto a un alquimista y sentía mucha curiosidad por saber cómo realizaba sus pociones.
Observó las fuertes manos, ahora sin guantes, moler minerales en el mortero que luego eran agregados a un líquido transparente que aguardaba dentro de un matraz.
—¿Qué es eso? —preguntó en referencia al líquido.
—Agua —respondió con hosquedad.
Melina ignoró su tono y siguió observando. Se fijó ahora en los tarros de cristal destapados y acercó la nariz para olisquearlos. Algunos olían a especias, otros a tierra, otros a flores.
—¿Y esto?
—Piedra caliza.
Melina asintió con admiración. No sabía para qué la necesitaba, pero era fascinante contemplar lo que estaba sucediendo dentro de aquella habitación.
No pudo evitar fijarse también en la espalda desnuda del semidiós, en los músculos que se contraían con cada esfuerzo de sus brazos.
Se había puesto a crear con tanta urgencia que ni se había terminado de vestir.
Solo llevaba los pantalones oscuros y los zapatos del cielo.
Y aquella máscara verde que le tapaba el rostro.
Dio un par de tímidos pasos, preguntándose cómo sería el tacto de la piel de un semidiós.
¿Sería igual al de los hombres que habían pasado de forma fugaz por su vida?
Se aproximó un poco más hasta situarse a su lado, aunque dejando una distancia prudencial para permitirle moverse en su tarea.
Simuló estar atenta a su labor, pero en realidad lo estudiaba de reojo.
El flequillo negro le caía por la frente y sus ojos azules estaban concentrados.
Se fijó en sus orejas, no les había prestado atención nunca, pero ahora que las observaba pensó que eran bonitas, pequeñitas.
—¿Qué? —preguntó él con aspereza al girarse y pillar a Melina mirándolo.
—Que si te puedo ayudar —respondió lo primero que se le ocurrió.
—No, no puedes —volvió a rechazar frunciendo el ceño—. A no ser que tengas magnesita, se me ha acabado.
—¿Magnesita?
—Para extraer magnesio. —Melina negó con la cabeza—. Eso suponía.
—¿No puede sacarse de ningún otro sitio? —Cogió el tarro y observó el interior vacío.
—De agua marina, pero el mar no está por aquí cerca, tardaría mucho en ir y volver. No tiene pinta de que pueda esperar mucho más. —Señaló al mono con un movimiento de su cabeza.
—¿Agua de mar? —Una idea se encendió en la mente de la muchacha—. ¿Serviría la ropa que llevaba puesta, aunque ya esté seca?
Zephyr se detuvo y dejó de integrar ingredientes. Levantó la vista de la mesa de trabajo y la miró con interés.
—La ropa podría conservar residuos minerales…
—¿Y de ahí podrías sacar magnesio?
—Sí, podría, si vuelvo a mojar la ropa con agua destilada. Aunque sería una cantidad ínfima.
—¿Cuánta necesitas para la poción?
—No demasiada, en realidad, pero…
—Voy por ella. Tú ve preparando lo que sea que necesites —indicó Melina con determinación.
Voló escaleras arriba para buscar sus prendas sucias en una esquina del vestidor; casi se llevó por delante a unos cuantos monos que taponaban la salida.
Cuando regresó, Zephyr ya calentaba agua en un recipiente grande de barro y situaba dentro otro vacío.
Lo cubrió todo con una tapadera invertida para que el vapor condensado cayese dentro del recipiente pequeño.
—Dame unas piedras de escarcha —le pidió a la chica mientras ella le pasaba las ropas.
—¿Dónde están? —preguntó sin hacer mención alguna sobre que por fin le estaba pidiendo ayuda.
—Ahí, junto a las probetas. —Melina las localizó con rapidez y cogió tres. Estaban heladas, tanto que le dolieron las manos el breve instante que las sostuvo—. Ponlas sobre la tapadera, eso ayudará a que el agua se condense más deprisa.
Mientras el agua del recipiente se destilaba, Zephyr preparó la camiseta roja y los pantalones de lino de Melina en un cuenco de cerámica grande que sacó del último cajón del mueble.
Las piedras de escarcha aceleraron mucho el proceso y en unos minutos estuvo lista.
El semidiós destapó los recipientes y vertió entonces el agua limpia y caliente sobre las prendas, y removió todo con una cuchara grande de madera.
Melina se acercó a echar un vistazo al capuchino, estaba ya más muerto que vivo. Se dio cuenta entonces de que tenía un corte en una de las patas delanteras. Le dio mucha pena, deseaba de todo corazón que se salvase.
—Ahora hay que dejarlo reposar unos instantes, exprimir la ropa para aprovechar todo el magnesio posible, filtrar el agua y volver a evaporarla.
Aunque parecía que Zephyr hablaba más consigo mismo que con ella, Melina asintió ante la explicación.
Cuando por fin todo el proceso estuvo acabado, Zephyr recogió el polvito compuesto de sales secas resultante y lo agregó al brebaje.
Puso un tapón de corcho al matraz y lo agitó para mezclarlo todo.
—Y, por último, un toque mágico.
Melina se preguntó cómo pensaba hacerlo si sus habilidades estaban tan mermadas como Naima aseguraba. O quizás no fuese necesario tanto poder.
Zephyr extrajo entonces una especie de lámina de otro de los cajones y lo sumergió en el matraz.
—¿Qué es eso? —preguntó con expectación.
—Una vitela. No me es posible hacer este tipo de hechizos ahora mismo —se señaló la máscara—, pero aún conservo algo de magia gracias a que la almacené.
—¿Y para qué almacenaste tu magia?
Con una varilla, Zephyr le dio vueltas en el líquido, el cual se iba tornando de un tono violáceo, hasta que la vitela se deshizo por completo y la pócima relució un instante.
—Está lista —anunció.
A Melina se le aceleró el corazón. Aunque ella poco había hecho, sentía la necesidad de que aquel experimento funcionase como si hubiese sido ella la artífice.
Zephyr llenó una pipeta larga con la pócima y se acercó al mono.
Melina se pegó a él, quería verlo todo en primera fila.
El semidiós le abrió la boca al mono con una mano y con la otra presionó el émbolo para que el elixir fluyese por su garganta.
—En unas horas sabremos si ha funcionado.
Melina se agachó para observar de cerca al capuchino.
¿Cómo iba a esperar unas horas? Ella no era tan paciente.
Se volvió hacia Zephyr, quería agradecerle que hubiese hecho el esfuerzo de ponerse a crear la poción a aquellas horas de la madrugada.
Y no solo por eso, en realidad, pero, cuando fue a abrir la boca, Zephyr salió corriendo de la habitación.
La chica lo siguió hasta el umbral y lo vio de espaldas inclinado sobre el aparador con las manos puestas en él. No se dio la vuelta para mirarla cuando le dijo:
—Llévatelo arriba, tengo que recoger el taller y limpiarlo todo.
Melina no sabía a qué había venido aquel arrebato, pero sí entendía que, si él mismo se encargaba de mantener ordenado y pulcro su laboratorio, sería mejor no entrometerse.
Además, estaría agotado, era tarde y la pócima había requerido de mucha concentración.
No quiso incordiarlo más y regresó para tomar con cuidado la almohada y llevarse al animal al dormitorio.
—Gracias —se atrevió a pronunciar justo antes de desaparecer por el pasillo.
Pero Zephyr apenas la oyó. Estaba absorto mirándose en el espejo de mano. Había sentido un crujido seco en la cara y se había apresurado para comprobar de qué se trataba. Y ahí estaba: una nueva y fina grieta, esta vez en la otra mejilla. Apenas era visible, pero era real, no había duda.
Se pasó lo que restaba de noche sentado en el trono, contemplando la nueva fisura en la máscara, meditando acerca de todo lo que aquello significaba.