Hasta la última gota Chapter 32 #2
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Chapter 32 #2

Cuando Aidan fue consciente de a dónde lo estaban conduciendo sus compañeros quiso gritar, patalear, morder y blasfemar, pero su cuerpo estaba en las últimas y era incapaz de mover un solo músculo.

La boa había dañado algo en su interior, algún órgano importante seguro, y era consciente de que se estaba muriendo.

Le habría gustado que lo llevasen a su aldea, junto a su madre y su hermana. Se hubiese podido despedir de ellas, del mar, de la arena en la que tantas horas había jugado mientras su madre trabajaba de sol a sombra.

Dos monos tiraban de él con las pocas fuerzas que les quedaban, ellos también estaban agotados.

Se habían ido turnando para tratar de llegar al castillo, pero ahora el laberinto era un obstáculo demasiado duro; prueba de ello eran los esqueletos de aquellos intrépidos que en algún momento se atrevieron a adentrarse en él y nunca encontraron la salida.

Los otros monos les indicaban el camino a los del suelo desde lo alto de los muros, pero allí abajo todo eran giros y recovecos hechos para despistar.

Las calles eran sinuosas y confusas, y aunque no dudaba del buen hacer de sus compañeros, ya había asumido que no les iba a dar tiempo. Moriría ahí abajo.

Tattoo abrió los ojos y se desperezó. Se levantó de la cama y se estiró curvando el lomo todo lo que su cuerpo le permitía.

Su fino oído escuchó jaleo en los sótanos, así que bajo las escaleras y esperó en el descansillo.

Los capuchinos se chillaban algo unos a otros en un lenguaje que él no comprendía, sin embargo, la urgencia en sus gritos le indicaba que algo importante estaba ocurriendo.

Bajó algunos escalones más, pero no se atrevió a asomarse al lugar donde aquellos seres tan extraños se reunían.

No eran animales corrientes, de eso estaba seguro, su olfato se lo indicaba, y no sabía si podrían ser peligrosos en un momento de alteración como aquel.

Entonces un mono pasó junto a él y se le quedó mirando pensativo al adelantarlo.

Tattoo retrocedió para dejarle espacio y el animal se perdió en los sótanos.

Oyó a uno de los capuchinos gritar más fuerte que el resto, los demás guardaron silencio y lo escucharon.

Tattoo comprendió que estaba dando órdenes.

De repente, unos diez capuchinos aparecieron por las escaleras y subieron a toda velocidad utilizando las cuatro patas.

Iban a por él. Tattoo se pegó a la pared, estaba rodeado por monos que le chillaban y le tiraban del pelaje y la cola.

Sacó las garras con nerviosismo, pero se dio cuenta de que no querían atacarle.

Le estaban pidiendo ayuda. Señalaban hacia la pared como si quisieran que los acompañase al exterior del castillo.

—Miau —emitió un sonido grave.

Los monos tironearon un poco más de él, cosa que le estresaba, pero se dejó guiar hacia los sótanos, donde lo único que vio fueron las paredes de piedra. No había nada, tan solo el vacío. Y monos y ratones que le chillaban.

Lo empujaron hacia el otro extremo, donde descubrió un orificio por el que podría caber.

Lo atravesó alentado por los animales. Cuando apareció en el exterior del castillo, se encontró elevado varios metros sobre el suelo, sobre la cima de un muro del cual no veía el final en el horizonte, pero que se bifurcaba hacia muchos caminos.

Allí fuera también había cuervos que graznaban enloquecidos.

Los monos aparecieron por el orificio y le hicieron señas para que los siguiera.

Tattoo avanzó sin miedo, estaba más que acostumbrado a pasear por lugares altos y, ahora que se había curado, no era un peligro para él.

Los capuchinos iban delante, corriendo a cuatro patas y saltando de muro en muro, así que los imitó gracias a su desarrollado equilibrio.

Hubo un momento en que desaparecieron de su vista, pero sus chillidos y la presencia de los cuervos le indicaron dónde se encontraban.

Cuando miró hacia abajo, los monos le hacían aspavientos para que saltara.

Tattoo calculó la distancia y deslizó las patas delanteras manteniéndolas en contacto con la pared.

Estiró su esbelto cuerpo todo lo que dio de sí y se impulsó hacia abajo.

Cayó con elegancia, sus almohadillas no hicieron sonido alguno.

Los monos no se detuvieron a apreciar su gracilidad, les daba igual, lo único que querían era que se agachara para subir a uno de ellos sobre su lomo.

Tattoo lo olisqueó con reticencias, pero algo en él, en su aroma, en su esencia, le resultaba familiar.

No hacía mucho que había conocido a un joven muchacho que le recordaba a él. Aquello le extrañó.

Este capuchino estaba malherido y no abría los ojos, apenas escuchaba su debilitada respiración.

Él mismo había estado hacía poco tiempo en una situación parecida, luchando por su vida tras el accidente, así que no se lo pensó dos veces.

Pegó la barriga al suelo y se agachó lo máximo que pudo para que los monos depositaran al herido sobre él como si de un corcel se tratase.

Otra de ellos, de pelaje rojizo, montó también para asegurarse de que el moribundo no se resbalase, clavando las uñas en el pellejo del felino.

Cuando los monos le indicaron que estaban preparados, estudió la distancia hasta lo alto del muro y trepó por la lisa pared. La capuchina rojiza oprimía a su compañero con su propio cuerpo contra el gato, lo que permitió que llegasen arriba con éxito.

Tattoo temió caerse en varias ocasiones, el peso extra era demasiado para él.

Saltó con cuidado de muro en muro de regreso al castillo, guiado y seguido por todos los monos y cuervos que se habían congregado para salvar a su compañero, y en ningún momento se quejó de las pequeñas garras que se le clavaban en la piel bajo el pelaje.

Al llegar a su destino, Tattoo se agazapó para salvar el orificio del muro sin que los monos en su espalda sufrieran daño alguno y corrió a subir las escaleras lo más rápido que pudo.

Chillidos y más chillidos comenzaron a resonar por las vacías paredes del castillo, cada vez se oían a mayor volumen.

Varios cuervos se posaron en la ventana del dormitorio y graznaron con ímpetu.

Zephyr se despertó sobresaltado, ¿por qué esos malditos esclavos armaban tanto escándalo?

De pronto, un buen puñado de monos y ratones aparecieron por la puerta de la habitación, y en el centro del grupo, maullando como un poseso, el gato de la chica reclamaba su atención.

Zephyr se frotó los ojos para espantar el sueño y salió de entre las sábanas.

Se puso el pantalón oscuro y encendió la lámpara de aceite que descansaba sobre la mesita de noche para alumbrar la habitación.

En ese momento, la puerta del baño se abrió y apareció la humana con el pelo revuelto y los ojos pegados por las legañas.

—¿Qué es todo este jaleo? —osó quejarse pese a ser una simple prisionera.

Tattoo volvió a maullar con más ahínco y saltó sobre la cama. El mono rojizo se quitó de encima y reveló el cuerpecito de su amigo, quien se desplomó sobre el colchón.

—¡¿Qué es eso?! —Se asustó Melina.

—Uno de los monos —respondió Zephyr mientras ya inspeccionaba visualmente al animal.

—¿Está muerto? —Avanzó hasta situarse junto a la cama.

—Casi. —Los monos volvieron a chillar y a golpear el suelo con las palmas de sus manos—. ¡Callaos! —⁠ordenó el semidiós.

—Tienes que ayudarlo —pidió Melina arrodillándose y apoyando las manos sobre el colchón para ver mejor al mono moribundo.

—¿Que lo ayude?

—Ayudaste a mi gato. —La joven contempló a Zephyr con ojos tristes, pero también con una chispa de esperanza—. No permitas que se muera, pobrecito.

Zephyr se fijó en cómo su mirada suplicaba que lo auxiliara, en cómo sus dedos se aferraban a las sábanas y las retorcían. Era la fuerza de su corazón la que hablaba.

—No tengo la pócima…

—¡Pues hazla! —le conminó—. ¿No eres acaso el hechicero de Argentos?

¿El alquimista más famoso del mundo? Demuéstralo.

Demuestra que tienes alma, como la diosa Naima asegura que tienes.

Demuestra que la maldad no te ha consumido del todo, que aún hay algo de ese hermano que tanto extraña dentro de tu oscuro corazón.

Zephyr la contempló con asombro mientras pronunciaba su discurso. ¿Por qué se permitía hablarle así? ¿Por qué no lo trataba como al dios poderoso y temible que era? ¿Por qué, aun después de todo ello, no podía despegar la mirada de ella?

—No te quedes ahí pasmado mirándome. ¡Sálvalo!