Hasta la última gota Chapter 32
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Chapter 32

Lamparitas de aceite alumbraban los rincones creando sombras que se mecían con el vaivén de las llamas.

Melina tomó un poco de espuma entre las manos y sopló para que las burbujas flotaran por la habitación.

Era increíble, pero estaba relajada, incluso diría que algo parecido a la felicidad anidaba en su pecho, y no entendía por qué.

Si bien había logrado encontrar a Tattoo y curarlo —bueno, no ella, sino el semidiós cascarrabias⁠—, había sido secuestrada, apartada de sus únicos amigos y amenazada de muerte en varias ocasiones.

Por no hablar de que aún seguía en aquel mundo tan extraño, lejos de su hogar, aunque su intención era ponerle remedio dentro de poco.

Pero lo primero era lo primero, y eso consistía en disfrutar de ese relajante baño y llenarse el estómago.

Dejó resbalar la cabeza por la cara interna de la bañera y se hundió en aquel agua colmada de jabón con aroma a jazmín.

Era lo bastante grande como para poder estirar las piernas sin necesidad de flexionarlas.

Elevó un pie por encima de la superficie y observó el zapato dorado que por supuesto no se había quitado.

—¿Qué te parece? Me estoy bañando en la bañera de mi enemigo. Lo que es la vida —le dijo a Tattoo.

El gato descansaba tumbado dentro del lavabo vacío y la miraba con los ojos entrecerrados, se estaba quedando dormido.

El estómago de la chica rugía con insistencia, por lo que consideró que era hora de salir del agua y vestirse para ir a cenar.

Se frotó el pelo con la toalla blanca y anodina que Zephyr le había entregado antes de enrollársela por el cuerpo, y se desenredó el cabello con un cepillo que había junto al lavabo.

También allí encontró un puñado de hojas de menta fresca dentro de un tarrito y no dudó en utilizar una para refregársela por los dientes.

—Aaah…, ahora sí estoy limpia del todo.

Abrió el grifo para enjuagarse la boca y Tattoo no tuvo más remedio que salir pitando cuando le cayeron encima las primeras gotas.

Le dedicó una mirada de enfado y se quedó esperando frente a la puerta cerrada.

Melina captó el mensaje y la abrió para que el animal se marchara y salió también al dormitorio, donde encontró que ya le habían dejado ropas limpias sobre el aparador.

Estupendo, no le apetecía volver a ponerse la camiseta roja y los pantalones de lino tiesos y ásperos por el salitre.

—Esperaba un vestido bonito, la verdad —suspiró al comprobar que se trataba de una camisa blanca que le quedaba enorme y un pantalón negro donde cabían dos Melinas. Por lo menos había un cinturón—. No querrá compartir conmigo la ropa de su novia muerta.

Regresó al baño a devolver la toalla y se observó en el espejo, el cual tenía una raja que lo atravesaba y le devolvía su reflejo por duplicado.

Se dijo que no estaba tan mal después de todo, se sentía como todo un príncipe vestido de forma casual.

Se abrochó hasta el último botón del cuello, el sujetador se había quedado en Villa Croma al quitárselo para dormir, olvidado en casa de Nora, y no quería que se le escapase nada.

Pensó entonces que quizás Aidan andaría por allí, merodeando por el castillo por ser sirviente del semidiós. Sería genial volver a verlo y aclarar un par de cosas.

Cuando consideró que estaba lista, se dirigió a la planta inferior del castillo y buscó el comedor.

Era una parte del trato al que había llegado con Zephyr: una ducha, ropa limpia y mucha comida.

Se asomó a la cocina, el aroma de la cena llegó hasta ella con intensidad.

Varios monos se afanaban en prepararlo todo, hecho que prefirió no pensar demasiado si no quería vomitar lo que comiese.

Se apartó de la puerta y accedió a la otra estancia, donde Zephyr se sentaba a mirarse todo el tiempo en un espejo de mano.

—¿Dónde se servirá la cena? —preguntó al encontrarlo allí.

—Ahí mismo —respondió sin señalar ningún sitio en particular.

Melina supuso que se refería a la pequeña mesa pegada a la pared donde había solo dos sillas de madera bastante normales, así que tomó asiento en una de ellas y mientras paseó la mirada por la estancia.

—Nada de lujosos comedores, largas mesas de banquete o lámparas de araña colgando del techo, ¿eh?

—No me digas que eres de esas —comentó socarrón.

—No lo soy, pero no me hubiese importado serlo al menos el tiempo que esté aquí encerrada —suspiró con ensoñación.

Zephyr apartó la mirada del espejo y se puso en pie. Se acercó a la mesa y se sentó en la otra silla frente a ella. Sus ojos inevitablemente bajaron hasta sus pechos, los cuales se transparentaban por haberse empapado la camisa blanca con el pelo chorreando.

—¿Podrías taparte? Es muy indecoroso sentarse a cenar mostrando tus encantos tan alegremente.

—¿Qu…?

Melina se miró la camisa y enseguida se tapó con los brazos al percatarse del espectáculo que estaba dando. La cara se le puso tan roja y caliente que pensó que le estaba dando fiebre.

—Joder, lo siento —dijo cuando se atrevió a hablar.

Zephyr tan solo la observó en silencio, a saber qué pasaba por su retorcida mente.

—Bueno, ¿me vas a dar otra ropa? ¿O tengo que comer sin utilizar los brazos? A no ser que quieras que coma así…

El semidiós se levantó de mal humor y cogió lo primero que encontró tirado junto al trono. Se lo lanzó a la chica, quien se puso en pie y se giró para ponerse la nueva prenda por encima de la otra.

—¿Qué es esto? —se quejó cuando se vio.

—Una blusa negra, para que no se te transparente nada.

—¡Está usada! —Agarró el trozo de tela por la zona axilar y la olisqueó sin disimulo—. ¡Huele a ti!

—Es lo que hay. —Zanjó el tema.

La chica se volvió a sentar con considerable malhumor y se cruzó de brazos con el ceño arrugado, aunque pronto recordó que le había enseñado las tetas a su captor y el bochorno regresó.

Un carrito con ruedas se aproximó a la mesa.

Melina se quedó contemplándolo con mucho interés, avergonzada todavía por lo ocurrido.

Cuando el carro llegó hasta ellos, se dio cuenta de que un mono era quien lo empujaba.

El capuchino procedió a colocar un mantel con bastante acierto y puso sobre la mesa todo lo que traía.

Cuando Zephyr se sirvió la sopa y comenzó a comer sin esperarla, comprendió que tendría que servirse a sí misma. Suspiró de forma sonora y se llenó el plato de aquel caldo de tropezones de hortalizas.

—Pues está bueno —opinó sorprendida—. No les tenía mucha fe a los cocineros.

De igual manera, comprobaba en cada cucharada que no hubiese pelos de mono que pudiese tragarse.

Cuando se acabó la sopa, dio buena cuenta de las salchichitas que prefería no saber de qué estaban hechas, aunque el sabor también le agradó. Y tras una manzana y una banana, consideró que ya había cenado lo suficiente.

—¿Y la comida de Tattoo? —preguntó al acordarse del gato.

—Él tiene su propio plato en la cocina.

—Ah, no lo sabía… Así que has estado cuidando de mi gato, ¿eh? A ver si al final le vas a coger cariño.

Zephyr la miró con enfado, pero no dijo nada, tan solo se levantó y se retiró. Abandonó la estancia y Melina se quedó sola, momento que aprovechó para husmear por los rincones.

Lo primero que hizo fue tratar de abrir los cajones del mueble, pero estaban cerrados con llave y no cedieron.

Se asomó a la ventana, afuera ya era de noche y no se veía nada.

Paseó con aburrimiento, no había nada interesante allí, pero entonces descubrió una grieta en la pared junto al trono, demasiado uniforme como para ser natural de la piedra.

La resiguió con la mirada y comprendió que se trataba de una puerta secreta, y la adrenalina se le volvió a disparar.

Empujó y empujó, pero no consiguió nada. Cuando entendió que no podría abrirla, regresó al pasillo y subió las escaleras. Estaba muerta de sueño, la siesta había sido insuficiente y necesitaba dormir toda la noche seguida sin que nadie la molestara.

Pero al llegar arriba se dio cuenta de algo que se le había pasado por alto: solo había un dormitorio, con una sola cama.

Y en ella ya yacía Zephyr, sin camisa y tapado hasta el pecho con aquellas sábanas negras de seda.

Menos mal que estaba de espaldas y no vio la mandíbula desencajada de la muchacha, quien deprisa regresó a las escaleras, preguntándose qué iba a hacer al respecto.

—Maldita sea, ¿y ahora qué hago? No me apetece volver a dormir sobre esa mesa del vestidor.

Suspiró y puso los brazos en jarra. Entonces Tattoo pasó por delante de ella y, ni corto ni perezoso, se subió a la cama y se enroscó junto al semidiós. La miró un instante antes de cerrar los ojos y olvidarse de ella.

—Traidor…

Melina regresó abajo en busca de algo que le pudiese servir como cama, pero en ese castillo parecían no saber qué era un sofá. Los monos recogían ya los utensilios de la cena y barrían el suelo con escobas de palos partidos por la mitad para adaptarlos a su tamaño.

La muchacha volvió arriba, lejos de aquellos extraños sirvientes, y entró con sigilo al baño.

Descubrió que la bañera ya había sido vaciada y se le ocurrió que al menos ahí dentro podría tumbarse.

Como la toalla había desaparecido, se quitó la blusa negra para secarla con ella, pero se lo pensó mejor y al final se deshizo de la camisa blanca que aún llevaba debajo y fue la que utilizó, volviendo a ponerse la negra.

Salió de nuevo al dormitorio para robarle una almohada a Zephyr sin que se diera cuenta y se acomodó en la bañera todo lo que pudo, que no era mucho.

La almohada olía a limpio, pero la blusa que llevaba puesta conservaba su olor, a cuero, a piel.

Metió la nariz por dentro del cuello de la prenda para dormirse, aunque jamás admitiría que lo hacía para aspirar ese aroma.