Chapter 31 #2
Pidieron al mesero dos platos del día y una jarra de cerveza para compartir, lo que supuso otras tres monedas menos en la faltriquera de cuero.
Se sentaron en los taburetes altos frente al mostrador de madera, donde se lo zamparon todo con avidez con intención de abandonar la ciudad lo antes posible.
Pero, cuando ya apuraban la cerveza, los problemas aparecieron.
Un grupo de cinco hombres sudorosos y ropas manchadas de tierra atravesaron la puerta de la taberna, y cuatro de ellos tomaron asiento en una mesa cercana a la salida.
El quinto se acercó al mostrador a pedir para todos.
Mientras esperaba a ser atendido, dirigió la mirada de forma distraída por toda la estancia y hacia los dos desconocidos, en quienes se detuvo al no sonarle sus caras.
—Buenas tardes —saludó cuando Helmer lo miró de vuelta.
El mercenario trató de mantenerse calmado, pero una gota de sudor comenzó a bajarle por la sien.
Se sentía amenazado ante el escrutinio del recién llegado, en su cabeza las voces le repetían con insistencia que los había reconocido, que en cualquier momento saltarían sobre él para darle su merecido.
—Tranquilo. —Tabar puso una mano sobre la suya y la apretó, intentando transmitirle que todo iba bien.
Helmer retiró la mano con brusquedad, en ese momento no podía soportar el contacto con otra persona, era mucha presión. Su mal gesto atrajo de nuevo la atención del otro, quien ya se había olvidado de ellos. Esta vez se quedó mirándolos con más detenimiento.
—¿Te conozco de algo? —preguntó cuando Helmer volvió a cruzar miradas con él.
—Puede ser, he crecido en la ciudad, aunque llevo varios años sin venir por aquí —respondió, pese a que las palabras se le atascaban por la adrenalina que se acumulaba en su cuerpo. No se sentía seguro y la taberna comenzó a parecerle más y más estrecha. Se estaba sofocando.
—Aquí tienes —interrumpió el tabernero y el hombre apartó la atención de Helmer.
Hizo un gesto a uno de sus compañeros para que le ayudase a llevar la comida a la mesa y regresaron junto a los otros tres.
Mientras comían, debatían entre cuchicheos de qué les sonaban sus caras y no les quitaban ojo.
Guardaban bastante silencio, atentos a cualquier cosa que se dijeran entre ellos y pudiese darles alguna pista.
—Vámonos ya —pidió Tabar, y Helmer no se lo pensó.
Se levantaron de los taburetes y agradecieron al tabernero por su servicio, pero, cuando pasaron junto a la mesa de los otros hombres, la cosa se torció.
—¡Eh! —los llamó uno de ellos—. Ya sé quiénes sois.
Sus compañeros aguardaron expectantes, pero los dos viajeros apenas lo miraron de reojo sin detenerse.
—Sois los que profanasteis el templo, los que destrozasteis las estatuas de Zephyr y Adad —exclamó levantándose.
—Me temo que nos confundes con otras personas —respondió Tabar con rapidez, apenas girando la cabeza un poco hacia ellos.
—Atacasteis al sacerdote. —Otro de ellos se puso en pie.
—Él nos atacó a nosotros —objetó Helmer. Cuando quiso darse cuenta de que había metido la pata ya era tarde y los otros tres hombres se levantaron.
—¡Por vuestra culpa las cosechas de mi campo tienen plagas! —bramó el que los había reconocido.
—¡Y mis vacas no dan leche desde ese día! —añadió otro.
—A ver, caballeros, vamos a relajarnos. —Tabar trató de poner orden, pero el ambiente estaba muy tenso.
—Los dioses han maldecido la ciudad, y todo por vuestra culpa —increpó un tercero con los puños bien apretados.
—¡Eh! ¡Las peleas a la calle! —gritó el tabernero haciendo aspavientos hacia la puerta.
—Tranquilo, nadie se va a pelear, ¿verdad, amigos? —Tabar se giró hacia él y de nuevo hacia los hombres, gesticulando con las palmas de las manos en son de paz.
Pero no había terminado la frase y voló el primer puñetazo. Uno de los hombres cayó hacia atrás, sobre la mesa, y derribó los platos de estofado y las jarras de cerveza rodaron y regaron el suelo.
—¡Helmer! —lo abroncó al comprobar que él era quien había iniciado la pelea.
Otro de los hombres saltó sobre la espalda del mercenario y lo rodeó por el cuello mientras un tercero le propinaba un puñetazo en la nariz. A Tabar no le dio tiempo de ir en su ayuda, pues otro de ellos se abalanzó sobre él y juntos cayeron al suelo.
Los pocos clientes que había salieron huyendo. La mujer del tabernero se asomó para ver a qué se debía el escándalo, pero su marido la empujó de vuelta a las cocinas, donde se refugió él también. Muchas peleas de borrachos le habían enseñado que era mejor lamentar solo daños materiales.
Helmer dio un codazo hacia atrás y alcanzó a su opresor en las costillas.
Este perdió fuerza en su agarre y el hombretón aprovechó para darse la vuelta y darle un cabezazo en la frente que lo tumbó de espaldas, momento que utilizó para propinarle una patada en el pecho al que le había provocado la hemorragia en la nariz.
Otro de los hombres agarró un plato y lo estampó contra la cabeza de Helmer, quien se tambaleó y cayó de rodillas sobre el charco de cerveza.
Tabar trataba de escapar de su propio oponente, pero este se aferraba a él con ímpetu y no hacían más que rodar y rodar por el suelo, lanzándose golpes cada vez que lograban soltarse las manos.
El quinto hombre levantó la mesa de madera y la arrojó contra la pared, provocando que todo lo que había sobre ella cayese al suelo; se llevó por delante un par de sillas. Agarró a Helmer del cabello y lo obligó a ponerse en pie, momento en que le asestó un derechazo en la mejilla.
El mercenario se repuso rápido y le soltó un gancho que le acertó en plena barbilla. Debió de doler, porque el hombre cayó y permaneció allí tirado el resto de la pelea.
Tabar se encontraba tumbado en el suelo boca arriba con su oponente sentado a horcajadas sobre él.
En otra circunstancia no le hubiese importado semejante postura, pero en aquel momento todo lo que hacía era encajar golpe tras golpe mientras se estiraba todo lo que su brazo daba de sí para alcanzar el tenedor que estaba a escasos centímetros de sus dedos.
Cuando por fin pudo llegar hasta él, lo clavó con fuerza en el brazo del hombre cuando este menos lo esperaba.
El rugido de dolor que emitió lo asustó incluso a él.
Helmer era más de usar la fuerza bruta, así que seguía liado a puñetazo limpio con dos de ellos, mientras el tercero le lanzaba platos, vasos y todo lo que llegase hasta sus manos.
Tabar extrajo el tenedor del brazo de su contrincante y lo blandió cual espada amenazadora cuando se puso en pie. Su oponente también se levantó y estudió sus posibilidades mientras se agarraba el brazo herido con la mano contraria.
De pronto, alguien aprisionó a Tabar por detrás, y este, en un acto reflejo, apuñaló con el tenedor a su opresor en el muslo.
Se dio la vuelta justo a tiempo de verlo trastabillar y caer.
En el instante en que se vio liberado, y como sabía que la suerte no duraría mucho, corrió hasta Helmer y lo ayudó a deshacerse de uno de sus enemigos a base de empujones y tirones de ropa.
—¡Vámonos! —le imploró.
Helmer lanzó un par de puñetazos más y recibió otros dos de vuelta antes de que Tabar tironease ahora de él. El mercenario se resistió a abandonar la batalla, pero finalmente cedió y cogió a Tabar del brazo, y juntos corrieron hacia la calle.
En su desesperada huida se estrellaron contra un par de puestos, patearon unas sandías y chocaron con varias personas que caminaban por la ciudad y que se vieron sorprendidos por aquellos gamberros que los hicieron caer.
La muralla no se encontraba ya lejos, así que los dos alborotadores corrieron todo lo que sus piernas dieron de sí y atravesaron las puertas de la ciudad hacia la libertad.
Siguieron corriendo por el camino de adoquines y más allá, internándose en la maleza para despistar a sus perseguidores.
Se ocultaron entre las ramas de un arbusto rezando por que el peligro hubiese pasado ya.
Permanecieron callados y escondidos largo tiempo, asegurándose de estar ya a salvo y recuperando de paso el aliento.
Cuando abandonar el escondrijo fue seguro, ambos se dejaron caer de nuevo sobre la hierba.
Helmer vigilaba alrededor, no fuesen a ser víctimas de una emboscada, cuando de pronto se oyó una risa nerviosa.
El mercenario se giró hacia Tabar, quien estaba en pleno ataque de risa provocado por la euforia de la pelea y posterior huida.
—Ha sido demencial —expresó entre risas y con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Te hace gracia que casi no salimos vivos de ahí dentro?
—No, pero ya ves, no puedo parar de reír —respondió entre carcajadas.
Helmer meneó la cabeza y se pinzó la nariz con los dedos para que cesase la hemorragia.
—Estás más loco tú que yo.