Hasta la última gota Chapter 31
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Chapter 31

Zephyr casi se atragantó con su propia saliva cuando vio que Melina atravesaba la habitación y se sentaba en su trono. La muchacha cruzó las piernas y situó al gato en su regazo.

—Lo primero que quiero es un baño calentito y ropa limpia —exigió Melina acariciando a Tattoo de tal manera que se sentía la villana de la historia—.

Y comida, mucha comida, estoy hambrienta.

También para mi gato. Ah, y que ni se te pase por la cabeza que voy a vivir encerrada en alguna mugrienta celda —añadió.

Zephyr entrecerró los ojos con enfado, ¿quién se creía esa niña que era para darle órdenes a él?

—Cómo no —respondió con los dientes apretados⁠—. ¿Algo más?

—¿Tienes tabaco? Bueno, ¿sabes qué? Mejor no, llevo muchos días sin fumar, quizás esta sea la ocasión de dejarlo de una vez. No siento ya el mono del principio. —Miró hacia la puerta, hacia el capuchino que acababa de asomarse a la estancia—. Oh, no lo decía por ti. Disculpa.

Zephyr miró al mono y luego a ella. Pensó que era una chica muy extraña.

—Comencé a fumar hace tres años, cuando mis padres murieron —le contaba mientras Zephyr se preguntaba que a él qué cojones le importaba—.

En realidad es asqueroso, te apesta la boca, la ropa, el pelo…

—Tomó un mechón y lo olisqueó—. Aunque esta peste es mucho peor, creo yo.

¿Quién era el hombre de las branquias, por cierto?

Lo conocías, ¿verdad? ¿Era tu esclavo? ¿Le ordenaste secuestrarme?

—Es mi hermano —respondió y al momento se arrepintió. ¿Por qué le daba explicaciones?

—Ajá… Mi amigo Helmer me enseñó quién era cada dios en el templo de Ciudad Boreal, pero no recuerdo los nombres. ¿Es un semidiós como tú?

—Dios puro, como yo —aclaró él apretando los puños.

—No es lo que dicen por ahí. Naima nos lo contó ella misma. Dijo que fue su manera de detener la guerra. —Señaló su verdoso rostro.

Zephyr inspiró hondo para calmar los nervios.

—¿Te importaría cerrar la boca y levantar el culo de mi trono?

—Oh, ¿esto es un trono? Vaya, lo siento, no lo sabía. Creía que era un simple asiento de piedra.

La chica se puso en pie con el gato en brazos y se alejó de ahí.

Zephyr se adelantó con pasos rápidos hacia Melina, pero se detuvo antes de hacer nada que pusiera en peligro el trato.

¿Cómo era posible que esa humana fuese tan irrespetuosa cada vez que abría la boca?

Y lo peor de todo era que no parecía ni darse cuenta.

—¿Eso es todo lo que quieres? ¿Me darás los zapatos entonces? —La miró a los ojos de cerca. Era cierto que necesitaba una ducha, apestaba demasiado a salitre y algas. Ya no podía detectar aquel agradable aroma a lavanda de su cabello.

—Por ahora. Ya te diré qué más cosas quiero.

Zephyr le sostuvo la mirada. ¿Por qué no se amedrentaba?

¿Por qué no retrocedía ante su ira? Esa muchachita estaba demasiado segura de sí misma, confiaba demasiado en que saldría indemne de su castillo.

Bien, ya llegaría el momento en que le entregase los zapatos, y cuando eso sucediera y dejase de ser inmortal…

Sonrió, se relamía ante la idea de su venganza. Melina le sonrió de vuelta, ajena a todas las formas de tortura que se le pasaban por la cabeza al semidiós.

En los sótanos del castillo, una capuchina de pelaje rojizo que acababa de regresar del bosque comenzó a gritar, a chillar y a tironear de los demás monos con desesperación.

No les estaba pidiendo ayuda para traer los frutos que había recolectado, no, los había tenido que dejar para salir corriendo en busca de auxilio.

Los otros monos entendieron y la siguieron.

Un total de cuatro capuchinos abandonaron el castillo por un pequeño orificio en el muro y atravesaron el laberinto lo más rápido que sus pequeñas patitas les permitieron. Subidos a lo alto de las murallas, y saltando de una a otra, no se demoraron demasiado.

Cuando llegaron al bosque aún tuvieron que correr una larga distancia, y un par de horas después escucharon a un cuervo que graznaba con ímpetu.

Les estaba indicando el lugar, así que se apresuraron hacia esa dirección.

Subido en una rama, el cuervo aleteó hasta posarse en el suelo al ver a los cuatro capuchinos que ya alcanzaban su destino.

Otros dos monos llevaban en brazos a un tercero, pero estaban exhaustos y sus fuerzas los abandonaban.

Cuando todos los monos estuvieron reunidos intercambiaron gritos, chillidos y señales, y los recién llegados, cansados del trayecto pero con más energía que los otros, se encargaron del capuchino inconsciente y lo cargaron de vuelta al castillo.

El cuervo alzó el vuelo y se mantuvo todo el camino ojo avizor para espantar a posibles depredadores que atacasen a sus amigos de cuatro patas.

Él había sido quien había dado la voz de alarma cuando había descubierto a su compañero desfallecido en el suelo del bosque, y se mantuvo junto a él graznando sin pausa hasta que la primera ayuda apareció.

Y ahora, por fin de regreso al castillo, no iba a dudar en ser lo más útil posible y que todos sus amigos llegasen sanos y salvos.

Ciudad Boreal ya se divisaba muy cerca en lo alto de la colina, algo que Tabar agradeció, pues le dolían ya hasta las orejas de tanto caminar sin apenas descanso.

Helmer se había empeñado en alcanzar la urbe en el menor tiempo posible, temeroso de que, mientras ellos trataban de encontrar el bosque, a Melina la estuviesen torturando o algo peor.

Incluso avanzaron en la oscuridad, utilizando para alumbrarse dos antorchas que Helmer había construido con las mangas de la camisa de Tabar impregnadas en la grasa resultante tras cocinar al fuego un par de conejos. El yesquero hizo el resto.

Tabar escuchó a Helmer bostezar, uno de los pocos signos de cansancio que el mercenario se permitía mostrar.

—Espera, ven —indicó Helmer desviándose del camino y mirando alrededor por si alguien los estaba observando.

—¿A dónde vamos ahora? —Tabar se desesperó, estaban tan cerca ya de la ciudad…

—La última vez que estuvimos aquí hicimos unos cuantos enemigos, lo mejor será cambiar nuestro aspecto todo lo posible. No quiero tener problemas que nos retrasen.

—¿Y qué sugieres? No es que tengamos mucha ropa de sobra. —Se cruzó de brazos cuando llegaron tras unos arbustos lo bastante espesos como para quedar ocultos.

Helmer se acercó a él y le arrebató el sombrero de paja con un movimiento ágil. Lo lanzó sobre la hierba y procedió a desabrocharle los botones del peto de algodón.

—¿Ya está nuestra relación en este punto?

El hombretón siseó con fastidio y lanzó hacia atrás los tirantes.

—Métetelos por dentro del pantalón —indicó con un gruñido. Tabar sonrió de medio lado—. Así deberías de pasar desapercibido.

—¿Y la camisa?

—Le hemos arrancado las mangas para hacer las antorchas, poco queda ya de ella.

—¿Y si me la anudo así, por encima del ombligo?

—Déjate de estupideces que atraigan miradas indeseadas —se enfurruñó todavía más.

El mercenario ignoró la risita del granjero y procedió a quitarse el casco, la armadura y el gambesón, y lo depositó todo en el suelo junto a la espadona; se quedó solo con la ropa de lino.

Añadieron las prendas que Melina había dejado atrás cuando fue secuestrada, esperando poder devolvérselas lo antes posible.

Cuando todas sus pertenencias estuvieron apiladas, las ocultaron entre las frondosas ramas de uno de los arbustos.

Helmer echó un vistazo a la bolsa de monedas que había pertenecido a Tabar, pero que Melina había estado custodiando; calculaba que le llegaría para todo lo que esperaba comprar en la ciudad.

—Vamos —indicó a Tabar—, no hay tiempo que perder.

—¿Me explicas ya por qué hemos vuelto a este sitio? ¿Qué se nos ha perdido en Ciudad Boreal?

—Aunque pienses que estoy loco, no lo estoy tanto como para buscar la guarida del semidiós sin un mapa —⁠explicó atravesando ya las puertas de la ciudad.

—¡Ja! Sí que lo estás —contradijo Tabar—. Más bien te di yo la idea, pero nunca lo vas a admitir.

—Déjame en paz —replicó con gesto avinagrado.

Los dos hombres caminaron por las calles de Ciudad Boreal sin quitar ojo a todo aquel que pasaba a poca distancia.

Aunque muchos se giraban para mirarlos, no parecía que los hubiesen reconocido como los protagonistas de los altercados ocurridos la noche en que Naima y Zephyr se presentaron ante el pueblo.

Paseaban por los tenderetes, ojeaban los puestos y hacían sus compras sin dedicarles mayor importancia.

De todos modos, Helmer no se permitió bajar la guardia y siguió avanzando con los músculos tensos; había dejado toda protección escondida entre las ramas de un arbusto, de meterse en algún lío, solo su tamaño y sus puños le serían de ayuda.

Sus pasos los llevaron hasta el corazón de la ciudad, al edificio de oscuros ladrillos y enormes cristaleras que era el hogar del gremio de escribas y cartógrafos.

Los atendió un zagal de unos ocho años, aprendiz del oficio, quien les mostró algunos mapas que podrían coincidir con las exigencias de los dos viajeros.

Helmer se decantó por un pergamino confeccionado en piel de cabra, por lo que era muy resistente —y muy caro—.

—¿No prefieres este otro? —Tabar intentó que cambiase de opinión y eligiese uno más barato.

Helmer solo le dedicó una fría mirada antes de tender las cinco monedas al joven vendedor.

Cuando dejaron atrás el gremio de escribas y cartógrafos, el mercenario se encaminó hacia otro barrio de la ciudad, y por más que Tabar le preguntaba a dónde se dirigían, este no respondía, tan solo continuaba su vigilancia sobre los habitantes con los que se cruzaban.

Al rato, Tabar se encontró frente a la puerta de una taberna.

—Comeremos algo antes de proseguir con el viaje —fue la única explicación.