Chapter 30 #2
Oyó los pasos alejarse, pero no por ello se relajó.
Se permitió dar un repaso visual rápido al lugar donde se encontraba.
Paredes, techo y suelo grises, como la roca de la montaña donde se camuflaba el castillo.
Había un armario grande, un tocador y cortinas blancas cubriendo la ventana.
Cuando estuvo confiada de que Zephyr no iba a molestarla —al menos por el momento—, se apartó de la puerta para inspeccionar más a fondo.
Encontró un peine, perfumes y maquillajes sobre la mesita de madera, y de la pared colgaba un espejo en el que se echó un vistazo a sí misma.
—Madre mía, estoy para el arrastre —se lamentó al comprobar su aspecto.
Tenía el rostro reseco, áspero al tacto y plagado de restos de sal.
El cabello estaba totalmente enredado y encrespado, pasar los dedos por él era como enterrar la mano en un nido de pájaros.
Tanto la camiseta roja como los pantalones estaban arrugados y acartonados, plagados de manchas blancas por el salitre.
Tironeó de la camiseta para despegársela de la piel, ahora parecía confeccionada a base de almidón.
Los zapatos eran lo único que se mantenían como nuevos, nada parecía afectarles.
Se sentó en el taburete frente a la mesa y abrió el cajón. Descubrió una amplia colección de pendientes, collares, pulseras y anillos. Volvió a cerrarlo sin tocar nada.
Dejó caer los brazos y la cabeza sobre la mesa. Estaba exhausta. En ese momento, con la nariz tan cerca de las axilas, fue consciente de lo mucho que apestaba a algas y a sudor.
—Bueno, creo que debo empezar a asumir que he sido secuestrada. —Suspiró.
Se levantó y dio vueltas por la habitación, pensando en la forma de fugarse.
Retiró la cortina y se asomó al hueco de la ventana, pero el desfiladero que la saludó le arrebató las pocas ganas que tenía ya de por sí de escapar por aquella vía.
Resignada, se dirigió al armario para cotillear en su interior, quizás encontrase algo con lo que defenderse cuando Zephyr se decidiese a atacarla.
Abrió ambas puertas a la vez y lo que vio la dejó asombrada: vestidos y más vestidos de delicadas telas adornados con piedras preciosas, lentejuelas, apliques, lazos… Como ya sospechaba, entendió que aquella habitación era el vestidor de Evonne.
—Mejor no toco nada, ya bastante hice con matarla como para encima ahora ponerme a trastear entre sus cosas.
Cerró el armario y, con un suspiro, volvió a sentarse en el taburete y se echó de nuevo sobre la mesa.
Al despertarse horas después fue cuando se dio cuenta de que se había quedado dormida. Por la poca luz que entraba a través de la ventana, dedujo que había pasado toda la tarde ahí metida. Su vejiga se quejó, no podía aguantar más. Necesitaba salir de ahí y buscar un baño.
Retiró el cerrojo con sumo cuidado, no quería que Zephyr oyese que se disponía a abrir la puerta, aunque esta chirrió cuando la movió y sus intenciones se volvieron humo.
—Maldita sea —se reprendió a sí misma.
Pero el semidiós no apareció ni se escucharon pasos, así que salió a la amplia estancia donde habían aterrizado al llegar y caminó escondiéndose por las esquinas, husmeando antes de hacer el próximo movimiento.
La siguiente habitación que encontró resultó ser lo que estaba buscando.
Entró deprisa y cerró la puerta, y la aseguró con el cerrojo antes de aliviar su vejiga.
El lavabo era un amplio cuenco de piedra gris que disponía de un grifo de latón y un rudimentario sistema de desagüe que se perdía bajo el suelo, pero el agua salía limpia y fresca, así que no tuvo objeciones.
Se miró al espejo, el cual estaba atravesado por una grieta que lo partía en dos, y se recolocó el cabello lo mejor que pudo, que no era demasiado.
El reflejo le mostró la bañera que había al otro lado de la estancia.
—Me vendría bien una ducha. Y un cigarro.
Aunque se dio cuenta de que lo había dicho por pura costumbre, porque, tras tantos días sin llevarse un cigarrillo a la boca, lo cierto era que no se acordaba ya del tabaco y la necesidad de fumar se le había pasado.
—¿Deseas dejar de fumar? Vente a Metallia. El tabaco será la última de tus preocupaciones —recitó a su reflejo como si de un anuncio publicitario se tratase.
Rodó los ojos y se alejó del lavabo. Abrió la puerta despacio y asomó la cabeza. Parecía despejado. Esta vez sí se detuvo a observar la estancia principal, donde encontró una amplia cama de sábanas negras de seda, un armario similar al de la otra habitación y una cajonera de madera.
—Las sábanas están perfectamente estiradas —mencionó para sí misma—. ¿Hace él la cama o tiene sirvientes?
La sola idea de imaginarse a un poderoso semidiós estirando las sábanas de forma meticulosa le hizo gracia.
Se acercó y acarició una de las almohadas, era tan suave que estuvo tentada de echarse otra siesta, pero pronto eliminó aquella idea de su mente.
Se situó junto al mueble y pasó un dedo por la superficie.
—No tiene polvo. Está limpio.
Se asomó a la ventana y contempló el mismo desfiladero que se veía desde la habitación adyacente. Suspiró con pesadumbre y volvió a meter la cabeza dentro del edificio.
Observó todo a su alrededor, era una estancia bastante simple, sin tapices ni pinturas, no como el castillo de Ciudad Boreal, donde sí había elementos decorativos. Se dirigió al armario, pero se preguntó si de verdad iba a hurgar entre sus calzoncillos, y al final lo dejó cerrado.
Descubrió entonces una tercera puerta, debía de ser la salida, así que se aproximó a ella y la abrió con cuidado. Frente a ella encontró unas escaleras de solo bajada, excavadas en la propia pared rocosa.
—Pues solo hay una dirección que seguir —se dijo y emprendió la marcha.
Cuando estaba a punto de alcanzar el último escalón, se asustó al percibir por el rabillo del ojo algo que se movía. No le dio tiempo a verlo bien, pero juraría que era un roedor huyendo.
—Qué asco. —Le entró un escalofrío.
Llegó al final de la escalera y estudió sus posibilidades: seguir bajando hacia otra planta inferior o inspeccionar qué había tras las dos puertas abiertas enfrentadas al otro lado del pasillo.
Como el roedor —o lo que fuese aquello que había visto— se había marchado hacia estas, decidió que lo mejor sería continuar la bajada, además, eso le permitiría estar más cerca de la salida.
No había dado ni tres pasos cuando alguien habló y pegó tal respingo que casi baja rodando.
—¿Dónde crees que vas? —dijo aquella voz que tan bien conocía ya.
—¡Joder, qué susto! —Se llevó una mano al pecho.
Al girarse lo vio en mitad del pasillo. Zephyr esbozó una pequeña sonrisa, aunque rápidamente la borró y se puso serio.
—¿Intentas escapar?
—No, no, solo estaba viendo el castillo, admirando lo bonito que es…, lo… lo… lo ordenado que está todo…
—Mientes fatal.
—Bueno, ¿y qué esperas que haga? Me has secuestrado, claro que voy a intentar escapar. Pero antes quiero encontrar a mi gato.
—Adelante, márchate —concedió con sospechosa gentileza.
—¿Qué?
—Lárgate, vamos. —Acompañó sus palabras con un movimiento de su mano.
Melina alzó una ceja con suspicacia, pero enseguida relajó el rostro y sonrió.
—Es una trampa, está muy claro.
Zephyr se dio la vuelta y accedió de nuevo a una de las habitaciones sin dedicarle un segundo vistazo. Melina estaba segura de que era un engaño, no era posible que le estuviese permitiendo huir con tanta facilidad, así que fue tras él y entró en la estancia.
—¡¡Tattoo!! —exclamó cuando encontró al gato allí dentro.
El animal estaba alzado sobre las patas traseras, intentando alcanzar al ratón que se ponía a resguardo sobre un mueble alto. Melina se acercó a él y lo tomó en brazos sin darle importancia a que ni se hubiese girado para recibirla.
—Oh, Tattoo… Mi pequeña panterita… ¿Estás bien?
Lo alejó para inspeccionarlo de arriba abajo, pero no parecía estar herido.
Repasó la amplia habitación con la mirada hasta dar con el semidiós, que estaba sentado sobre una especie de silla excavada en la pared de roca y se observaba a sí mismo en un espejo de mano.
—¿Lo has curado? —Se sorprendió.
Zephyr la ignoró, siguió contemplando aquella pequeña grieta en la máscara.
La chica abrazó con cuidado al gato y se lo acercó a la nariz. Cerró los ojos para aspirar su aroma, para sentirse segura con su familia por fin en brazos. Notó que olía diferente, a jabón.
—¿Y lo has bañado?
De nuevo el silencio fue la respuesta. Melina estrechó a Tattoo entre sus brazos, aunque el gato seguía más pendiente de aquel ratón que de ella.
La joven hizo una mueca de asco al observar al roedor, quien le devolvía la mirada, y, con sutileza, comenzó a caminar marcha atrás.
Cuando estuvo bajo el umbral de la puerta, se giró con presteza y salió corriendo hasta llegar a las escaleras, y comenzó el frenético descenso con el corazón palpitándole en el pecho como un tambor de guerra.
Ahora que había recuperado a su gato, podía largarse de aquella prisión.
Llegó al último escalón sin salir rodando, lo cual era todo un mérito teniendo en cuenta que se le emborronaba la visión por los nervios y no veía ni dónde ponía los pies.
Pero, al contemplar el lugar que tenía frente a ella, comprendió por qué el semidiós le había dado permiso para marcharse: no había salida.
La escalera terminaba ahí, no había más plantas, ni ventanas, solo una extensa habitación circular plagada de ratones, cuervos y monos.
Había por lo menos treinta ejemplares, y todos se la quedaron mirando en absoluto y estremecedor silencio.
Tattoo se puso alerta, se le erizó el lomo hasta la punta de la cola.
—Hola, bonitos… Esto… Yo ya me iba…
Retrocedió y regresó arriba, temerosa de que alguno de aquellos animales se le acercase por detrás y la atacara.
Antes de entrar en la sala donde había dejado a Zephyr, Melina echó un vistazo a la otra, ubicada justo enfrente.
Resultó ser la cocina. Un mono capuchino de pelaje oscuro dejó de darle vueltas a lo que fuese que estaba cocinando en el fuego y emitió unos sonidos que no supo discernir si la estaba saludando o mandándola a la porra.
Melina volvió junto a Zephyr, quien continuaba sentado observándose al espejo. No se había movido ni un ápice, ni había hecho el intento de seguirla.
—¿Lo entiendes ahora? —preguntó sin mirarla.
—¿Que te va la zoofilia?
—Niña insolente… —Bajó el espejo con rabia y la miró iracundo.
Sí que lo había entendido, sí. ¿Para qué iba a necesitar una puerta de entrada al castillo alguien que podía volar a su antojo? Estaba atrapada, a menos que le creciesen alas.
—¿Y bien? ¿Me vas a tener aquí para siempre o qué? —Pasó el peso de una pierna a la otra.
—Eso dependerá de ti. —Se puso en pie y se acercó a ella—. ¿Me vas a dar los zapatos?
Melina lo estudió de arriba abajo. Observó su boca, sus ojos tras la máscara, sus ropas negras, sus propios zapatos alados.
—Sí.
—¿Qué?
Melina notó el temblor en la barbilla del semidiós. El brillo esperanzado en su mirada. Incluso la rigidez de su cuerpo se aligeró. Su respuesta lo había pillado desprevenido. Él esperaba obtener una negativa, como siempre, pero lo sorprendió.
—Te los daré.
—¿En serio?
Zephyr dio un par de pasos más en su dirección. La ilusión en las palabras de su secuestrador se le clavaron en el pecho como un cuchillo. Casi le daba pena romperle las esperanzas como lo iba a hacer. Casi.
—Tienes mi palabra, pero no te va a salir gratis.