Hasta la última gota Chapter 30
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Chapter 30

La marea había subido y el oleaje se escuchaba chocar contra las rocas con un vaivén de sal y espuma.

El sol brillaba en lo alto del cielo cuando las pisadas de la diosa dejaron huellas profundas en la arena húmeda.

Se recogió las faldas del vestido plateado y se agachó para recuperar el collar del suelo, donde permanecía olvidado tras haber sido utilizado para avisarla de que la chica necesitaba su ayuda.

Pero no había ni rastro de ella, y que el colgante estuviese tirado de cualquier manera tan cerca del mar le hacía sospechar que Azariel sabía algo al respecto.

Le preguntó por aquel asunto al tritón que montaba guardia, quizás él hubiese visto algo, pero, si había sido testigo de alguna situación extraordinaria, no lo dijo, por lo que le pidió con mucha amabilidad y una encantadora sonrisa que avisase a su hermano mayor de que quería verlo en persona.

Cuando Azariel apareció al cabo del rato entre las olas, ya lucía una expresión de auténtico fastidio.

—¿Ahora tú? —se quejó cruzándose de brazos al llegar hasta ella—. No me visitáis ni un solo día en todos estos años y ahora no hacéis más que molestarme.

—Así que Zephyr también ha venido a verte. —Sus sospechas eran acertadas.

Azariel observó el collar en manos de su hermana y supuso que no era casualidad que tuviese forma de estrella. Ella tenía algo que ver.

—¿Qué ha pasado con la muchacha? Llevaba esto al cuello la última vez que la vi, y ahora aparece aquí tirado en la playa, justo donde hay guardias de tu reino. No me vayas a decir que no sabes nada, porque no voy a creerte.

Azariel suspiró e imploró paciencia al cielo. ¿Por qué no podían dejarlo al margen de sus riñas?

—Zephyr me pidió ayuda para llevársela a su escondite. Ignoraba que era tuyo el collar.

—Quería tenerla localizada, es mi protegida. —Se calló aquel pequeño detalle de que Melina podía despojar de los zapatos del cielo a los dioses, aún quería meditar qué hacer al respecto, y desconocía cómo reaccionaría Azariel.

—¿Ahora os peleáis por ella? No sabía que la muchachita era tan atractiva. De hecho, no me extraña que a Zephyr le haya llamado la atención —mencionó como quien hablaba del tiempo mientras se escurría el largo cabello rubio.

—¿C-cómo dices? ¿A Zephyr le gusta?

—Él no lo va a admitir, ya sabes cómo es, pero he visto la forma en que la mira.

—¿De qué forma? —inquirió.

Azariel bajó un tono su voz, dotando a sus palabras de un toque misterioso.

—Como una ondina antes de lanzarse a por el humano que espera en la orilla, vulnerable y ajeno al peligro que le acecha, para seducirlo y confundirlo, y, tras deleitarse con él, hacerle pasar por terribles torturas que acaban con su vida.

—La quiere matar, entonces —interpretó ella.

—¿Solo has entendido el final o qué? La odia, pero también la desea.

—Yo no he notado eso las veces que los he visto interactuar —contradijo la diosa.

—¿Y qué es el deseo, sino dominación? Él anhela dominarla, hacerla sucumbir a él y sentir que tiene el control absoluto sobre ella.

Naima lo meditó unos segundos. Puede que Melina temiese a Zephyr, pero se había resistido a entregarle los zapatos, se había negado a cumplir su voluntad, y eso había hecho enfadar a su hermano pequeño. Y a Zephyr no le gustaba que nadie le llevase la contraria.

—¿Lo entiendes ya? —preguntó Azariel al percibir cómo su rostro iba mudando de la incomprensión a la certeza.

A Naima aquella información le resultó de lo más interesante. Aún tenía un asunto pendiente con él.

Hacía rato que el sol se había escondido tras las densas copas de los árboles y la oscuridad se iba convirtiendo en un manto que cubría el bosque.

Desde que Aidan se largó del castillo, solo había dejado de correr para tomar aliento y alimentarse.

Comía todo tipo de insectos que encontraba: escarabajos, grillos, termitas que sacaba de los troncos usando un palito…

También frutos carnosos y flores. No era su dieta soñada, pero hacía mucho que había descubierto que, mientras estuviese atrapado en aquel cuerpo de mono capuchino, era cuanto podía digerir.

Estaba exhausto, no había corrido más en toda su vida.

Las manos le temblaban, la herida del brazo, recuerdo de la trifulca en Ciudad Boreal, volvía a abrirse una y otra vez, y sentía calambres en las patas traseras.

Tenía la boca seca, hacía mucho que no se topaba con un arroyo o con algún fruto rico en agua.

La vista se le emborronaba por momentos.

Necesitaba hidratarse y nutrirse cuanto antes si tenía intención de mantener aquel ritmo el resto del trayecto, aunque dudaba que lo lograse.

Se desplazaba ahora entre los árboles cuando divisó un saltamontes sobre el lecho de hojas caídas.

Enseguida se activó su lado depredador y avanzó despacio, sin hacer ruido y sin apartar la atención de su presa.

Lo había hecho miles de veces, era como una coreografía que había aprendido observando a otros pequeños animales en la naturaleza.

No había tenido más remedio, dado que Zephyr no es que les proporcionase demasiado alimento, solo las sobras de los manjares que debían recolectar para él.

Estaba ya a unos pocos pasos del saltamontes cuando escuchó un crujido y con horror comprendió que, en apenas un parpadeo, había pasado de ser el depredador a convertirse en la presa de otro animal.

Se giró con rapidez y vio aterrorizado cómo una boa se lanzaba sobre él, puro músculo y escamas.

Era demasiado tarde, ya la tenía encima.

El reptil no atacó con los colmillos, sino que se arrojó sobre el capuchino con su cuerpo grueso como un brazo humano y lo rodeó antes de que este pudiese si quiera dar un salto para escapar.

Aidan, dominado por el terror más profundo y extremo que podía experimentar un ser vivo, pataleó, chilló y lanzó puñetazos, pero la boa no cedió, ella también tenía hambre.

Apretó sus anillos y Aidan sintió que se quedaba sin aire en los pulmones.

Rezó por que hubiesen más sirvientes como él por allí, recogiendo alimentos para su amo, y que lo oyesen y bajaran a ayudarlo, pero pronto entendió que aquello no iba a suceder.

Nadie iba a acudir en su ayuda. Si tan solo se hubiese desplazado por los árboles, saltando de rama en rama, en vez de correr por tierra…

Las prisas le habían llevado a tomar aquella estúpida decisión y ahora iba a morir estrujado por una serpiente que cada vez se enroscaba más.

Las fuerzas le fallaban, apenas podía tomar aire ya para mantenerse vivo. Pensó en Melina, se preguntó qué sería de ella, y se odió por haber vuelto a fallarle. Por haberse vuelto a fallar a sí mismo.

También pensó en su madre y en su hermana, se las imaginó tal y como las había visto por última vez, como si no hubiese pasado el tiempo. Incluso dedicó un pensamiento a su padre, quien se había marchado de Villa Croma cuando él era pequeño y no había vuelto a aparecer.

Aidan siempre dijo que, cuando creciese, viajaría por todo el mundo para conocer todos sus rincones, pero era inútil seguir mintiéndose a sí mismo ahora que iba a morir, era el momento de ser sincero.

Lo que quería era buscar a su padre, entender el motivo que lo había llevado a abandonar a su familia sin volver la vista atrás, sin un solo remordimiento.

Notó su pequeño cuerpo flaquear, apenas hueso, pellejo y pelambre.

Hubiese preferido morir en su forma humana, despedirse de la vida con algo de dignidad, pero incluso eso se le había negado.

Quizás acabar con su tormento en aquel instante no estaba tan mal.

A fin de cuentas, ¿qué había logrado a sus quince años?

Su mano cayó flácida sobre el terreno. Los dedos rozaron algo duro, una ramita seguramente.

Hizo un último esfuerzo, el único que le quedaba en aquel cuerpecito.

Miró a la serpiente a los ojos, su cabeza en forma de triángulo estaba lo bastante cerca.

Y entonces descargó las pocas fuerzas que le restaban sobre ella y le clavó la rama en el ojo.

La serpiente reaccionó al dolor y se estremeció, y sin quererlo aflojó su cuerpo.

Aidan aprovechó aquello para agarrar otra ramita y clavársela en el otro ojo, dejándola ciega del todo.

La boa siseó amenazante, pero las contracciones y los espasmos permitieron que Aidan se liberase y se arrastrase lejos de ella.

Desconocía si estaba a salvo de verdad o si su vida aún corría peligro, su enemiga podría haber oído hacia dónde reptaba; pero ahora sí que no podía hacer nada más para evitar la tragedia.

Si al final tenía que morir, sería allí abajo, tumbado sobre el manto de hojas, demasiado cerca aún de la boa que se retorcía de forma violenta y desesperada.

Parecía desorientada, y Aidan esperaba que aquello fuese suficiente para que se mantuviese alejada de él.

Cerró los ojos y dio grandes bocanadas de aire. Le dolía todo el cuerpo, sobre todo el pecho. La boa había destrozado algo en su interior, ignoraba el qué. Quizás iba a morir después de todo, aunque hubiese logrado escapar de ella.

Melina estaba confundida. Llevaba horas ya en el castillo y Zephyr aún no la había molestado, ni siquiera había dado muestras de estar en el mismo edificio que ella.

En cuanto aterrizaron en una amplia estancia tras atravesar una ventana abierta, ella aprovechó cuando Zephyr la soltó para correr y meterse en la primera habitación que encontró, y se encerró bajo cerrojo.

A los pocos segundos se oyeron unos pasos al otro lado y retrocedió para vigilar la puerta, rezando por que los goznes resistieran a los embistes enfurecidos que sin duda iba a propinarle, pero eso simplemente no sucedió.

—No te acerques —advirtió, aunque las palabras se le atragantaron por culpa del miedo que se retorcía en su garganta—. ¡Y dame a mi gato!