Chapter 29
La puerta del templo se abrió de par en par y golpeó la pared con estruendo por la patada que Helmer le propinó.
En cuanto este entró en la estancia, pudo ver que no había nadie y que ahora se utilizaba como almacén; y por mucho que buscó por las habitaciones adyacentes, tampoco logró encontrar algo que le fuese de ayuda.
—No queda nada religioso —mencionó Tabar, quien seguía de cerca los pasos del mercenario.
Helmer no mudó su semblante cuando regresó al exterior del humilde templo y se enfrentó de nuevo a aquellos que ya le habían advertido de que nada le esperaba en el interior del edificio que antes se utilizaba para el culto a los dioses, pues, desde que Zephyr y Evonne vinieron a llevarse a sus hijos, había sido desvalijado y abandonado.
Los dioses ya no eran bienvenidos en Villa Croma, ni de cuerpo presente, ni tallados en piedra, ni en espíritu.
—Te lo dije —apostilló una de las vecinas.
—Este templo tendría un sacerdote, ¿no? —preguntó Tabar al ver que Helmer estaba tan enfadado que ni las palabras le salían—. ¿Dónde podemos encontrarlo?
—Murió hace tiempo. —La mujer negaba con la cabeza—. Y como ya os he dicho, todo lo que había ahí dentro se sacó para venderse, tirarse o reutilizarse.
—Pero alguien debe de saber algo. Aunque ya los dioses no sean bien recibidos aquí, anteriormente sí teníais fe, habréis aprendido muchas historias sobre ellos.
—Si, como aseguras, era un caballo acuático, puede que fuese un kelpie a las órdenes de Azariel, el dios del mar. Se dice que reunió criaturas fantásticas marinas y les dio cobijo en el Hidras.
Todos se giraron hacia el anciano que acababa de aparecer y se abría paso hasta situarse en primera línea.
Se apoyaba en un bastón que le ayudaba a caminar, aunque lo hacía despacio y con la espalda curvada.
En el pasado había sido uno de los más devotos vecinos y buen amigo del sacerdote, pero su edad y condición física no le permitían ya hacer mucho.
—¿Qué va a pasarle a mi amiga? —se preocupó Tabar.
—Ya os dije que darles la espalda a los dioses tendría consecuencias —se dirigió hacia todos los aldeanos allí reunidos—. Hoy ha sido esa muchacha, pero mañana pueden ser vuestros hijos.
—¿Otra vez? Ya se los llevaron, ¿para qué querrían volver aquí? —intervino el hombre de espesa barba oscura.
—Fueron esos dos semidioses los que lo hicieron, pero vosotros habéis profanado el templo de los dioses puros, a quienes habéis desdeñado y señalado como culpables.
—Esa bruja no era una semidiosa, por mucho que se lo creyese —protestó una mujer.
—Aún nos quedan hijos e hijas, podrían volver a por ellos —dijo otra.
—Queremos a nuestros pequeños de vuelta —añadió otra más.
—El templo debe ser restituido, la ira de los dioses puede ser letal —terció un hombre de cabellos canos que se situó junto al anciano del bastón.
Pronto la reunión de curiosos que habían salido de sus casas para ver qué ocurría con los forasteros se convirtió en un hervidero de opiniones, advertencias y discusiones.
Tabar comprendió que la aldea estaba dividida en cuanto al asunto de los dioses, y que la desaparición de Melina y su presencia en Villa Croma no habían sino traído al presente aquellas riñas pasadas.
—Esto es inútil —farfulló Tabar abandonando la trifulca. Helmer también se marchó.
—Venid a casa y tomad una taza de té —les invitó Nora—. Allí estaréis más tranquilos y podréis pensar con más claridad.
—Iremos, sí —habló Helmer con fastidio—, pero a recoger nuestras cosas y marcharnos. Ha sido un gran error venir a este lugar.
Así lo hicieron, empaquetaron sus pocas pertenencias y los víveres que les facilitó Nora y dejaron atrás Villa Croma y a todos los habitantes que se habían juntado para ver cómo se iban, no por despedirlos, sino por puro entretenimiento y novedad.
La única que les deseó un buen viaje fue Nora, quien en su corazón deseaba que lograsen encontrar a su amiga y, por extensión, a su hijo Aidan.
—A ver, vamos a pensar —caviló Tabar cuando ya habían dejado muy atrás Villa Croma y deshacían el camino recorrido desde Ciudad Boreal—. Estamos de acuerdo en que esto es culpa de algún dios, ¿no?
Helmer gruñó en respuesta.
—¿Qué podría ser si no? —continuó el granjero—.
No paseas por la playa y de pronto te cruzas con una criatura mágica.
Debe de ser cosa de Azariel, tal y como ese anciano nos ha dicho.
¿Estará ayudando a Zephyr? ¿Serán hermanos ellos también?
¿O es que quiere quedarse los zapatos? Ojalá supiese más sobre los dioses, he pasado toda mi vida metido en la granja y no he aprendido mucho, solo lo que mis padres me enseñaban.
—Yo sí sé cosas sobre los dioses, en Ciudad Boreal la gente es muy devota, pero tampoco sabía que les unían lazos de sangre.
—Deberías haber estado más atento a tus lecciones —le recriminó con una sonrisa.
—Creo que ni allí lo saben. ¿Qué son los dioses, a fin de cuentas? ¿De dónde vienen? ¿Quién les ha dado ese poder? ¿Crearon ellos el mundo o se lo encontraron ya formado?
—Muchas preguntas…
—Y ninguna respuesta. —Helmer descargó su rabia con una piedra que estaba en mitad de su camino y la pateó bien lejos—.
Nos adiestran para rezarles, para obedecerles, para agachar la cabeza, pero no sabemos nada de los dioses más allá de los poderes que posee cada uno, y que son inmortales.
—Se detuvo en mitad del camino y miró a Tabar a los ojos—.
¿Y sabes qué? Me importa tres rábanos de quién sea culpa que Melina haya desaparecido.
Solo sé que prometí protegerla y no he podido cumplir mi palabra.
Y encima la diosa Naima no aparece, y no sabemos cómo encontrarla. Tendré que actuar yo.
—Bien, ¿y qué vas a hacer? —Tabar se cruzó de brazos.
—Esos estúpidos dijeron que el escondite del semidiós estaba cruzando el bosque sombrío.
—Eh… no exactamente. Dijeron que sospechaban que era en esa dirección, pero nunca encontraron nada, ni una pista. Y que muchos ni siquiera regresaron.
—Es lo único que tengo. No puedo bajar al fondo del mar a buscarla yo mismo, así que, si Zephyr aún la está buscando, le diré a dónde se la han llevado. —Reanudó el paso.
—¿De verdad crees que colaborará con nosotros? —Tabar lo alcanzó y caminó a su lado—. ¿En serio piensas meterte en ese bosque sin saber a dónde conduce? ¿Sin un mapa? Sabía que estabas mal de la cabeza, pero no hasta ese punto.
—Es problema mío.
—También mío —contradijo—. No haces más que hablar de lo que vas a hacer, pero te recuerdo que yo también estoy aquí, estamos juntos en esto.
—No tienes que venir. Es más, tu presencia ya comienza a molestarme. ¿Por qué no te vuelves a tu granja a cuidar de tus animales?
—¿Qué animales, si se los llevaron todos?
—Compra otros.
—Además, dejé mi hogar por un motivo: para pedir al hechicero de Argentos que dote de seguridad los caminos y ponga fin a los asaltos.
—No sé si deberías pedirle un cerebro nuevo, o mejor, unos oídos. ¿No escuchaste que Zephyr y el hechicero son la misma persona y que hace años que tiene Argentos abandonado? —Meneó la cabeza con reprobación, sin duda pensaba que Tabar era tonto.
—Claro que lo escuché.
—Aunque lo encontrásemos, no va a atender tus peticiones.
—Bueno, tu plan es decirle dónde está Melina, quizás a cambio de esa información sí que me escuche.
—Escúchame tú a mí —se giró hacia él con brusquedad y lo agarró del cuello de la camisa—, no voy a comerciar con la seguridad de mi amiga.
Tabar alzó la barbilla, gesto que provocó que su sombrero de paja cayera al suelo.
—Siempre he sido un cobarde, no hace muchos días habría salido huyendo de esta situación. Pero ahora, a día de hoy, estoy dispuesto a cambiar eso y ayudarte a encontrar a Melina. Y si ya de paso puedo lograr mi propósito personal, lo haré.
—No vas a ponerle condiciones a un semidiós enfadado si eso puede suponer que se niegue a ayudarnos.
—Ya buscaremos la forma, no te preocupes.
Helmer aflojó el agarre, la mirada de Tabar no admitía réplicas. Nunca lo había visto tan seguro de sí mismo, con tanta determinación por hacer algo. Esta vez de verdad parecía que podría ser de ayuda en su misión de encontrar a Melina, que no solo sería un lastre al que alimentar.
—Más te vale aguantar mi ritmo o te quedarás atrás.
Tabar se agachó para recuperar su sombrero y se lo colocó en la cabeza. Se alisó la camisa y se adecentó el peto de algodón.
—Estoy más que preparado —sentenció con una amplia sonrisa y los brazos en jarra.
Helmer lo miró de arriba abajo y emitió un suspiro de fastidio que Tabar prefirió ignorar, y ambos reanudaron en silencio el incierto camino que esperaban les llevase más cerca de Melina.
La cabeza le daba vueltas y le costó un enorme esfuerzo entreabrir un ojo siquiera.
Sentía náuseas y dolor de estómago. También notaba una pequeña molestia en el pecho al respirar.
Cuando logró enfocar la visión, el despejado cielo azul la recibió con la calidez de un nuevo día.
No supo por qué, pero sonrió. Inspiró en profundidad y expulsó el aire sin dejar de sonreír.
¿A qué se debía aquel sentimiento de alegría?
Supuso que por no haberse ahogado después de todo.
Aún tumbada sobre la arena, giró la cabeza hacia un lado para observar el paisaje. Estaba en plena naturaleza, a la orilla del mar y cerca de unos eucaliptos que daban sombra a la playa. Las olas lamían la arena con delicadeza a poca distancia.
Pero, cuando se dio la vuelta hacia el otro lado, se llevó tal susto que si no salió huyendo fue porque aún estaba demasiado débil y su propio cuerpo agotado se lo impedía.
Allí junto a ella, sentado a su lado, estaba Zephyr.
No fue difícil de reconocer con esa máscara verde que solo le dejaba al descubierto labios y barbilla.
Tenía las ropas negras llenas de arena pegada y estaba girado hacia ella.
—¿¡Qué haces aquí!? —chilló—. Ah, claro, quieres los zapatos. No te los voy a dar. —Se sentó con dificultad y se alejó una pizca de él—. ¿Me has secuestrado? Vamos, era lo único que me faltaba. ¿Y quién era ese hombre de antes? El de las branquias.
El semidiós permanecía en silencio, disfrutaba del nerviosismo de la muchacha.
—¿Y dónde está mi gato? Devuélvemelo, maldito psicópata. Más te vale que esté bien, porque si no…
—¿Qué? Si no está bien, ¿qué harás?
—Te mataré —aseguró, pero sus palabras eran más grandes que sus intenciones.
—No me digas. —Esbozó una sonrisa de medio lado.
El joven semidiós se pasó una mano por el rostro para echar hacia un lado el largo flequillo oscuro y dejar a la vista sus ojos garzos, enmarcados bajo aquella dichosa máscara. Se puso en pie y Melina lo imitó, ella se alejó unos pasos cuando él se aproximó más.
—Ni te acerques, desgraciado.
Zephyr pasó por alto el insulto.
—Dame los zapatos.
Su petición fue clara y concisa, tal y como también lo fue la respuesta de la muchacha.
—No.
—Me temía que dirías eso. —Negó con la cabeza. Y acto seguido se abalanzó sobre ella.
Melina se palpó el cuello en busca del collar, pero descubrió con pesar que ya no lo llevaba puesto. Se debía de haber perdido en el mar.
Zephyr la asió de los brazos con las manos enguantadas. Forcejearon unos instantes, ella tratando de soltarse, él intentando atraparla.
—¡Suéltame, malnacido!
Pero Zephyr era mucho más fuerte que Melina y no tardó en reducirla.
La sostuvo de forma que ella no tenía opción a soltarse, pero no por ello dejó de debatirse.
Aunque el semidiós hizo algo que ella no se esperaba: saltó hacia el cielo.
Abrazado a ella. Si bien momentos antes Melina luchaba para que la soltara, ahora se agarraba desesperada a él, aterrada por que la dejara caer al suelo desde tanta altura.
—¡¿Pero qué haces?! ¡¿Estás loco?! ¡Bájame!
Una suave brisa los acunó y los desplazó por el cielo, pero la muchacha seguía atemorizada. Ahora sí que iba a morir, en el aire, no en el mar como había imaginado. El cabello oscuro se le pegaba al rostro y le impedía ver nada. Casi que lo agradecía, porque estaban volando demasiado alto.
—Deja de moverte o te caerás. Serás un bonito charco de sangre y vísceras y huesos rotos.
No tuvo que insistir más, Melina se estuvo quietecita como una estatua, amedrentada por aquella descripción.
El semidiós la mantenía sujeta desde atrás, cruzaba uno de sus robustos brazos por debajo de la axila de ella y hasta la otra, por encima de su pecho, y la otra mano se enroscaba alrededor de su cintura.
Melina pensó que debía de estar muy fuerte, pues ella era un peso muerto en brazos de él.
Además, no volaban en línea recta, sino que las corrientes de aire se los iban pasando entre ellas como si de hojas se tratasen.
Si alguna vez creyó saber lo que era el vértigo, supo que en realidad no había tenido ni idea hasta ese momento.
—¡¿A dónde me llevas?! —gritó para hacerse oír por encima del silbido del viento.
Pero Zephyr no respondió, ni siquiera supo si la había escuchado, así que Melina se resignó, era eso o morir estampada contra el suelo.
Pasaron por encima de interminables arboledas, ríos y colinas, hasta que el paisaje se volvió más escarpado y el clima más frío. Pero el semidiós no elevó la altura para superar las montañas, sino que los hizo descender poco a poco trazando una suave curva.
Melina enseguida divisó un castillo semiexcavado en la propia montaña y comprendió por qué ningún habitante de Villa Croma había logrado nunca encontrar el escondite: un laberinto de piedra gris se alzaba entre la edificación y el bosque, muy bien camuflado con hierbas trepadoras y arbustos en su superficie, y, por la altura de los muros, dudaba mucho de que la fortaleza pudiese distinguirse desde tierra y a tanta distancia.
Su ánimo cayó hasta sus pies. Nunca podría salir de allí, y menos aún esperar que alguien la rescatara.