Chapter 28
Por mucho que Helmer y Tabar corrieron para impedir que Melina desapareciese frente a sus narices entre las olas, cuando alcanzaron la orilla, el mar se la había tragado por completo. Ni siquiera podían distinguir el lugar exacto por el que su cabeza asomó por última vez antes de sumergirse.
El mar parecía haber tomado fuerza al alimentarse con la muchacha y las mareas se volvieron incesantes y peligrosas, impidiendo que ambos humanos pudiesen entrar en sus dominios, expulsándolos de su territorio con fuertes oleajes que los devolvían a la orilla entre rugidos furiosos de las olas al romper.
—¡Melina! —chillaba Helmer desesperado, corriendo de un lado para otro por la orilla, incapaz de adentrarse en el mar de Hidras más allá de sus rodillas.
—¡Para! ¡Te vas a ahogar!
Tabar tiraba de Helmer, que se deshacía de su agarre, se ponía en pie y volvía a tratar de adentrarse en el mar, aunque siempre volvía a ser escupido a la arena, una y otra vez.
Pronto supuso que un poder sobrenatural estaba tras aquellas inusuales mareas que se habían levantado de la nada y que sus esfuerzos por perseguir a su amiga no darían los frutos esperados, pero no por ello cejó en su empeño.
Para ir vestido con la pesada armadura y estar mojado hasta el tuétano, bastantes embestidas de las coléricas olas resistió antes de caer exhausto junto al granjero.
Tumbado boca abajo y con la cara y los orificios nasales llenos de arena mojada, trató de recuperar el aliento que la lucha contra el mar le había arrebatado.
—Se la ha llevado —susurró el mercenario con la respiración agitada y los ojos anegados en lágrimas.
El sol comenzó a rayar el cielo con su presencia al aparecer tras la bruma, ofreciendo una visión magnífica y sobrecogedora del mar de Hidras, aquel océano interior que los había separado de Melina en un maldito descuido.
—Esto es culpa tuya, no me dejaste estar a su lado y protegerla —gruñó con cansancio.
—Me temo que ni aunque la hubieses llevado de la mano podrías haberla protegido.
Helmer cerró los ojos con fuerza. Una lágrima cayó rodando por su mejilla y se perdió con el vaivén de las olas en la orilla.
Se iba a ahogar, estaba segura. Su vida iba a terminar en ese instante y pensó que tampoco le importaba demasiado, a fin de cuentas, su única tarea había sido ayudar a su gato y ni eso había conseguido hacer a derechas.
Nada en la vida le salía a derechas si se paraba a pensarlo.
¿Y qué mejor manera de morir que bajo el mar, tal y como les ocurrió a sus padres?
Sería un final épico, el broche de oro a aquellos tres años de tristeza, pesar y decadencia.
¿Estaría ese mar conectado con el de sus padres?
¿Se encontrarían allí abajo? ¿O quizás acabarían reuniéndose en el Cielo?
Porque había un Cielo, ¿no? Si existían los dioses tenía que haber uno.
Aunque era probable que, dado su comportamiento de estos últimos tiempos, ella fuese a parar a otro sitio.
No al Infierno, tampoco creía haber hecho nada tan malo como para merecer semejante castigo, pero sí quizás al purgatorio u otro lugar parecido.
Podía notar cómo se vaciaban sus pulmones, cómo las últimas burbujas de aire abandonaban su garganta y subían hacia la superficie.
Pero no podía ver nada; si abría los ojos, el agua salada la obligaba a volver a cerrarlos.
Además, en el fondo del mar y de noche, todo era oscuridad.
El pelo flotaba ingrávido a su alrededor, igual que las crines de aquel equino que la estaba dirigiendo a su muerte.
Sus suaves cabellos se le escapaban de entre los dedos, no tenía a dónde aferrarse, así que, de forma involuntaria, comenzó a mover los brazos en un intento de alcanzar algo, pero allí solo había agua.
Sintió que el lomo del caballo se desinflaba y sus piernas se despegaron.
Abrió de nuevo los ojos para ver qué ocurría y se apretó a él por instinto, asustada por perder el único agarre que aún tenía; aunque era posible que lo más inteligente hubiese sido soltarlo y tratar de encontrar la superficie cuando aún era posible.
Pronto no hubo nada a lo que sujetarse, el caballo había desaparecido, derramado en aquel vasto mar.
Miró hacia arriba, pero ya estaba a demasiada profundidad como para escapar a nado.
Recordó entonces que podía pedirle ayuda a Naima.
Se palpó el cuello con urgencia hasta dar con la cadenita y reseguirla para llegar a la estrella amarilla, y la apretó todo lo que sus fuerzas le permitieron.
Descubrió que estaba acolchada y la superficie se hundió entre sus dedos hasta tornarse roja, lanzando así el aviso a la diosa; esperaba que llegase a tiempo, que los milagros existiesen en Metallia.
Entonces, una figura apareció buceando hacia ella. ¡Sí! ¡Había funcionado! Naima ya estaba allí, lista para sacarla del mar y salvarla de la muerte. Pero, según se aproximaba, fue consciente de que aquella persona no era Naima. Era un hombre, o eso le pareció.
Abrió la boca para decirle algo, pero el sonido se perdió entre las burbujas y no comprendió sus palabras.
Sin florituras, la tomó con delicadeza de la nuca y se acercó a su rostro, y depositó sus labios abiertos sobre los suyos.
Aquel contacto le devolvió el aliento, el oxígeno regresaba a su cuerpo.
El hombre se separó y la observó, pero ella estaba demasiado aturdida como para hacer las cosas bien y volvió a perder todo el aire entregado, así que el desconocido se acercó una vez más y le regaló una nueva dosis.
Melina notó cómo la sostenía por la cintura y la obligaba a avanzar, y a cada pocos segundos volvía a besarla para darle más aliento. Cuando ella aprendió a respirar de aquella forma, sus contactos se espaciaron, manteniéndose en apnea todo lo que sus pulmones daban de sí.
Así bucearon durante un rato hasta que empezaron a ascender y salieron a la superficie.
En cuanto sus cabezas asomaron entre las olas, la muchacha tomó rápidas bocanadas de aire fresco, una tras otra, lo que provocó que hiperventilara y un gran mareo la dominase.
Aquel que había sido su salvador aún la mantenía sujeta y tiró de ella hacia la orilla, ayudándola a sostenerse en pie hasta que sus rodillas dijeron basta y cayó tumbada boca arriba sobre la arena.
Lo último —y único— que vio Melina antes de desmayarse fueron unas branquias en el azulado pecho de su salvador, allí donde también se le marcaban las costillas.
—¡Eh, eh! —Azariel le dio palmaditas en la cara—. Despierta, muchacha.
Al ver que Melina no reaccionaba, acercó la oreja hasta su pecho y, cuando comprobó que seguía respirando, hizo aspavientos hacia el tritón que montaba guardia.
Este no dudó en acercarse a ayudar a su dios, pero si él tardó poco en llegar, menos aún tardó Zephyr, quien, como si le hubiesen pinchado el trasero, se había levantado de la roca donde aguardaba el retorno de su hermano y había corrido hasta él.
El naciente amanecer comenzó a bañar la costa del mar de Hidras.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, y Azariel detectó un matiz de nerviosismo en su voz.
—Es humana, necesita oxígeno para respirar. Casi se ahoga.
Con un movimiento de su mano, mandó al tritón regresar a su puesto. No iba a ser necesario.
—¿Y no podías haberlo previsto? —Le pareció que Zephyr le estaba echando la bronca.
El semidiós se agachó para inspeccionar a aquella maldita humana más de cerca, y ya de paso comprobar que no se había muerto. La quería viva.
—Tranquilo, hermanito. Por supuesto que le he suministrado el aire que necesitaba. El boca a boca es muy efectivo.
Zephyr estudió a la chica, su rostro estaba empapado y lleno de arena, con los párpados cerrados y los labios entreabiertos. Parecía dormida. Y estaba totalmente indefensa. Entonces cayó en las palabras de su hermano y se giró de sopetón hacia él.
—¿La has besado? —¿Era indignación lo que Azariel notaba en sus palabras?
—No ha sido un beso como tal, pero tenía que darle oxígeno.
—¿Tus labios han entrado en contacto con los suyos? —insistió.
—Sí… Bastantes veces, además —respondió sonriendo. Le encantaba incordiar a su hermano pequeño y hacía mucho que no tenía la oportunidad.
Zephyr hizo el amago de expresar alguna queja, pero se lo pensó mejor y cerró la boca y los puños. Se fijó entonces en el colgante de la chica.
—¿Qué es este collar? —Sostuvo la estrella, ahora roja, entre sus dedos—. No lo tenía antes.
—Será un regalo de algún enamorado. —Siguió fastidiándolo un poco más.
Zephyr gruñó molesto y se lo arrancó de un tirón. Lo lanzó a unos metros.
—¿Cuándo despertará? —Intentó cambiar de tema, pero Azariel no iba a dejarlo pasar así como así.
—Es muy bonita, ¿sabes?
—¿Qu…?
—La chica, es guapa. Puedo entender por qué no has querido hacerle daño para forzarla a entregarte los zapatos.
—¿De qué hablas? No es guapa, es impertinente, y arrogante, y molesta.
Zephyr se quedó mirándola de cerca, sus rodillas flexionadas sobre la arena casi rozaban el cuerpo de ella.
—Tal para cual, en ese caso —murmuró Azariel.
—¿Has dicho algo? —masculló enfurruñado.
—¿Por qué tanto odio hacia ella? Nai me contó que atropelló a Evonne por accidente. No puedes culparla por las consecuencias de unas acciones que no llevó a cabo a propósito.
—Me la arrebató.
Azariel se acuclilló junto a él y le puso la mano todavía húmeda y llena de arena en el hombro.
—Quizás te hizo más bien del que puedes llegar a imaginar. Desde que conociste a esa mujer estabas diferente, no parecías el Zephyr de siempre. Sigues sin parecerlo, de hecho.
Zephyr giró la cabeza hacia su hermano, quien paseaba la mirada por la máscara que cubría sus facciones. De repente se sintió avergonzado, pese a llevar el rostro oculto se sentía expuesto.
Desvió la atención hacia las branquias de su pecho. Estas se abrían y se cerraban, aunque allí en la superficie su hermano respiraba como un dios más.
—No cambié por culpa de Evonne… Cambié por culpa de Naima.
Azariel arrugó el entrecejo.
—¿A qué te refieres?
Zephyr lo observó unos segundos más antes de ponerse en pie y alisarse los pantalones negros. Azariel lo imitó y se situó a su lado.
—Otro día te lo contaré.
Le dio una palmada en la espalda que indicaba que estaba agradecido por su ayuda, pero que ya se podía encargar él desde aquel instante. El rubio captó el mensaje y se despidió.
—Hasta otra ocasión, hermanito. Espero que esta vez no tardemos otros siete años en vernos.
Aunque Zephyr parecía reacio a una despedida más emotiva, Azariel de todos modos lo rodeó con los brazos y lo estrechó.
—Ya vale, que me mojas —protestó despegándose la blusa negra del pecho.
Pero Azariel lo conocía bien y sabía que era solo su coraza la que respondía por él, tratando de volver a levantar una pared entre ellos.
Se dio la vuelta para regresar al mar, no obstante, antes de sumergirse le dedicó unas últimas palabras y se marchó sin esperar a oír una posible respuesta:
—No seas demasiado duro con ella. Solo es una niña asustada.
Zephyr bajó la mirada de nuevo hacia Melina, la recorrió en su totalidad.
Aún parecía dormida. Estaban solos, podría dominarla a su antojo si así lo quisiese.
Dirigió entonces la vista hacia los pies, hacia los zapatos de Adad que él había sustraído de Selenia para dárselos a Evonne.
Esta vez ni se molestó en tratar de arrebatárselos como ya hizo la vez anterior, sabía que no funcionaría.
Lo sabía desde siempre, en realidad, el portador debía entregarlos por propia iniciativa.
El semidiós miró hacia la arena, no le hacía nada de gracia mancharse los pantalones, pero de todos modos se sentó junto a Melina, aguardó a que despertara. Un sonoro suspiro fue su única queja.