Chapter 27
Incluso los dioses se cansaban de esperar de pie, por lo que Zephyr se había sentado sobre una roca cercana bajo la sombra de un eucalipto; desde ahí vería perfectamente cuando Azariel apareciese con la humana.
Desde que sus hermanas gemelas Rigxa y Zëlayn, diosas del sol y la luna, habían abandonado Metallia, las temperaturas oscilaban a su antojo.
Un día podía ser caluroso y al siguiente bajar diez grados de golpe. Ese día tocaba que hiciera calor.
También, tras la muerte de Adad, las tormentas aparecían sin previo aviso. De hecho, aquella odiosa humana mencionó que había atropellado a Evonne por culpa de un relámpago. Lo meditó unos instantes, pero llegó a la misma conclusión de siempre: era su culpa, no había excusas posibles.
Azariel, por su parte, dominaba los mares y los ríos, y, desde que Zëlayn no estaba, tenía control total sobre las mareas.
Zephyr opinaba sobre su hermano mayor que estaba más bien chalado, tanto que había terminado viviendo bajo el mar y gobernando a aquellos seres salvajes a los que le gustaba llamar «su pueblo».
Para él era impensable tener que respirar a través de branquias, así como no poder distinguir los colores en la profundidad del mar o no sentir la brisa del viento en el rostro.
Aunque de esto último ya se había encargado de privarlo su hermana el día que lo condenó a portar la insoportable máscara como castigo por invadir Paladias.
Aún la odiaba por lo que le había hecho.
¿Cómo osaba Naima castigar a un dios por invadir unas meras tierras mundanas?
Había sido un acto de deslealtad hacia él, y siendo su hermana favorita quien lo había cometido, se trataba de una traición muy dolorosa.
El colmo fue cuando le entregó los zapatos de Evonne a la humana, debido a ello se había dejado llevar por la rabia a la hora de envenenar a su amante humano.
Tiempo atrás, cuando vivía en Ciudad Boreal, había dado con un libro de poesía en la biblioteca que llamó su atención.
Estaba buscando un tomo sobre transmutación para aprender a convertir el hierro en plata cuando lo encontró entre manuales de alquimia.
Alguien lo había dejado en el pasillo equivocado.
Lo hojeó sin mayor interés hasta que, en una de las páginas, apareció una ilustración que representaba un rostro cuyo cabello era el viento hecho volutas.
Y el poema que acompañaba a tan hermoso dibujo se titulaba Céfiro.
Tras leerlo, comprendió que era un soneto dedicado a él.
El céfiro, el suave y agradable viento del oeste. Esa era la visión que tenían los habitantes de Metallia de él. Pero aquella era otra de las cosas que habían cambiado tras la traición de su hermana. Naima, la diosa de la felicidad. Se rio ante tal ironía. ¿Felicidad para quién?
Atormentado por los recuerdos, se irguió como un resorte y cogió una piedra del suelo que lanzó con rabia hacia el mar.
Esta cayó con un chapoteo seco y levantó un anillo de ondas concéntricas que se expandieron con parsimonia.
El tritón que vigilaba aquella parte del Hidras lo observó con malhumor, pero Zephyr lo ignoró y se dio la vuelta para volver a la roca que era su asiento mientras esperaba con cada vez menos paciencia el regreso de su hermano.
Y, mientras aguardaba, no paraba de palparse aquella minúscula grieta que adornaba ahora la superficie de la máscara.
Melina observaba su reflejo en el espejo de la habitación de Aidan.
Se había despertado antes del amanecer, agitada y culpándose una vez más por no haber sabido proteger a Tattoo.
Temía que Zephyr lo estuviese torturando.
Además, dormir en la cama de quien fuese su amigo no le había aportado sino más remordimientos.
Remordimientos por no haberse dado cuenta de que no le estaba siendo sincero. Por haber creído sus palabras. Por haber permitido que le dañase. Por, aun después de todo, estar dispuesta a perdonarlo.
Se notó los ojos cansados y la piel del rostro reseca por haber estado llorando, así que tomó un poco de agua de un cuenco entre las manos y se frotó la cara.
Eso ayudó a que su mente se despejara. ¿Cuánto tiempo llevaba en aquel extraño mundo?
No lo tenía claro, pero no parecía estar viniéndole mal estar expuesta al sol y a la naturaleza, lejos de malos vicios como el tabaco y el alcohol.
Su piel, ahora levemente tostada, le daba un aspecto saludable que hacía mucho que no tenía, pues los últimos años los había vivido más bien de noche.
Mientras las chicas de su edad se afanaban en tomar el sol o aplicarse rayos uva, ella se sentía cómoda con aquella palidez que parecía hacer juego con su corazón.
Y es que, desde que sus padres muriesen, Melina se había olvidado de disfrutar de la vida, de la de verdad. Había sustituido los paseos por el parque por conciertos de música alternativa, los zumos de fruta por bebidas alcohólicas, y el aroma de su perfume se mezclaba con el de la nicotina.
Ahora, lejos de toda aquella toxicidad, sus pulmones respiraban mejor, no se cansaba con tanta frecuencia y el rubio de su cabello pugnaba por volver a la vida, luchando contra el tinte negro desde las raíces.
Era como si una nueva Melina, o quizás una versión anterior de ella, estuviese renaciendo.
Junto a la cama había una toquilla gris de ganchillo que Nora le había dejado por si tenía frío, así que se la echó sobre los hombros y se abrazó envuelta en ella antes de salir al exterior.
Debajo llevaba su camiseta roja y los pantalones de lino que había conseguido en Villa Calcias.
En los pies, los zapatos alados de los dioses parecían amoldarse a ella, pues, aunque no se los quitaba nunca, no le creaban rozaduras ni durezas, ni siquiera sudor o mal olor.
Al atravesar la puerta se encontró en la habitación principal, donde había una chimenea apagada, un sofá destartalado y una mesa de comedor con dos sillas.
Las casas de Villa Croma no tenían nada que ver con las que ella conocía, como la de sus tíos, con todo tipo de lujos y comodidades que hasta ahora no se había detenido a apreciar.
Aquí Nora y su hija compartían dormitorio, la chimenea servía también como cocina y el baño era comunitario, un edificio en la aldea para todos los vecinos.
Tabar dormía en el sofá, tapado con una manta fabricada con el mismo hilo que la toquilla, mientras que Helmer estaba tirado en el suelo junto a él, aún con la armadura puesta y la espadona entre las manos, listo como siempre para el combate.
Aunque parecía que dormían profundamente, en cuanto Melina pasó por su lado, Helmer se despertó de un sobresalto.
—¡Alto, enemigo!
La muchacha se llevó un buen susto.
—Calla, soy yo —susurró, pero fue inútil, pues Tabar también se despertó.
—Deberías volver a la cama.
—Necesito ir al baño —respondió al granjero.
—Pues vamos.
Antes de poder objetar nada, Helmer ya estaba de pie, pero, como se le cerraban los ojos, se dio un par de tortazos a sí mismo. Tabar también se levantó, dando a entender que él no se quedaba atrás.
Desde la otra habitación se oyó la voz Nora, quien se habría desvelado con todo el alboroto.
—¿Va todo bien?
—Sí, sí —se apresuró a responder la joven—. Voy al baño, mis amigos me van a acompañar.
Tabar bostezó y se desperezó, recuperó su sombrero y se lo colocó en la cabeza.
—¿Por qué te lo pones? —preguntó Helmer con hosquedad—. No hace sol.
—¿Y tú por qué llevas la espada y la armadura? No hay enemigos.
—No empecéis, os lo suplico.
Melina rodó los ojos y comenzó a caminar. Salió de la vivienda seguida de cerca de los otros dos, quienes, cuando llegaron a los baños públicos, seguían discutiendo.
—Esperadme aquí —les pidió, aunque lo que realmente quería decirles era que la dejaran en paz.
Le gustaba tenerlos como aliados, como amigos en realidad, y saber que podía contar con ellos, pero oír todo el tiempo cómo discutían por cualquier tontería acababa con sus nervios.
Por ello, cuando hubo terminado de hacer sus necesidades, salió del baño con sigilo y aprovechó que ellos también habían entrado en la zona de hombres para alejarse de allí.
—No me mires —indicó Helmer con una orden.
—¿Qué iba a ver? —respondió socarrón Tabar—. ¿Es que ni para mear sueltas la espada?
Helmer gruñó. La sostenía bajo el brazo, pinzada por la axila. Podría haberle pedido que se la sujetara, pero, conociendo los gustos del granjero, mejor se quedó callado y no dio pie a una mala interpretación de sus palabras. Sus propios pensamientos le hicieron gracia y sonrió.
—¿De qué te ríes ahora? —Se extrañó Tabar.
—Cosas mías.
Helmer se subió el pantalón y escupió en el agujero del suelo que servía de orinal antes de salir a la calle. Tabar no tardó en seguir sus pasos.
—Empieza a clarear.
Helmer observó el cielo. Aún era de noche, pero Tabar tenía razón. El azul era menos oscuro y se vislumbraban menos estrellas.
—¿Melina, has acabado?
Como no obtuvieron respuesta, Tabar entró a la zona de mujeres. Allí dentro no había nadie.
—Se ha ido.
Helmer arrugó la frente, pero Tabar le hizo un gesto para que lo siguiera hacia el exterior de la aldea.
—No es por ahí —protestó el mercenario.
—No vamos a la casa. Tengo una corazonada.
Sus pasos los llevaron hasta el final del pueblo, hacia la playa. Las olas del mar rompían en la orilla y traían consigo un agradable pero intenso olor a salitre, así como el cautivador murmullo de las mareas.
—Ahí está. —Señaló hacia un punto en la oscuridad.
Helmer entrecerró los ojos para enfocar la vista. Tenía razón, la muchacha estaba dando un paseo por la playa, envuelta en la toquilla que cubría sus brazos desnudos.
—Vamos con ella.
—Déjala tranquila.
Tabar lo frenó poniendo la mano sobre su pecho. La armadura estaba fría al tacto. Helmer observó la mano y luego subió la mirada hasta el otro hombre.
—¿Se puede saber qué haces?
—Necesita estar sola.
—¿Qué sabrás tú?
—Lo intuyo. Llevamos muchos días juntos, no se ha separado de nosotros para nada. Está pidiendo a gritos un respiro.
Helmer le apartó la mano con brusquedad, le costaba admitir que seguramente tenía razón.
—No me fío de ti. La abandonaste y luego nos seguiste como un parásito.
Tabar esbozó una sonrisa.
—Nadie es perfecto, supongo. Tú también tienes tus cositas.
—¿Qué «cositas»? —Juntó las cejas con suspicacia.
—Esas dos mujeres que nos observaban en Ciudad Boreal.
—Cierra la boca.
La respuesta del mercenario fue todo lo que necesitó para saber que había mucho que contar con respecto a aquello, pero no era intención de Tabar ahondar en la herida.
—Si alguna vez te apetece hablar de ello, sé escuchar.
Otro gruñido de Helmer dio la conversación por terminada. Ambos se mantuvieron en silencio, de pie uno junto al otro, velando a Melina desde la lejanía.
El cielo iba adoptando un tono más claro, ya no hacía falta forzar la vista para ver la orilla y a la muchacha que contemplaba el horizonte.
De pronto, una figura reluciente salió del agua, abriéndose paso entre las olas como si fuese lo más natural del mundo. Como si visitase la playa todas las madrugadas.
—¿Qué es eso? —Se extrañó Tabar.
Ambos dieron un paso al frente con cautela.
Melina, muy cerca del lugar donde había aparecido aquel ser, se quedó quieta como una estatua, asombrada por lo que veían sus ojos.
La criatura tenía forma de caballo y parecía estar hecha de agua, creada por el mismo mar y sus mareas. Paseó tranquila por la arena, cerca de la humana, pero manteniendo las distancias. Entonces se le quedó mirando.
Melina se palpó la estrella que portaba al cuello, la que indicaría a Naima que necesitaba de su ayuda, pero aquella criatura tan maravillosa no parecía suponer un peligro para ella. Era muy mansa.
—¿Qué eres? —preguntó abrumada por su belleza.
El caballo no respondió, siguió contemplándola con aquellos ojos intensos e hipnóticos.
Melina dio un par de pasos en su dirección y, al ver que no se alejaba ni huía, continuó andando hasta llegar junto a él.
Era demasiada la curiosidad que aquel ser provocaba en ella como para no estar tentada a tocarlo.
Pasar los dedos por su cuello fue como acariciar una bolsa rellena de agua.
La toquilla resbaló libre por su espalda hasta caer a la arena cuando utilizó ambas manos para deleitarse con aquel tacto.
El animal movió la cabeza, las hebras de cabello plateado se mecieron ondulantes como si se encontrase en las profundidades del océano. Parecía invitarla a montar y dar un paseo, y ella no pudo resistirse.
Helmer gritó desde la lejanía.
—¡No te acerques!
Si lo oyó, no dio muestras de ello. Tabar y Helmer ya corrían para alcanzarla, pero Melina subió sobre su lomo y enseguida notó que se quedaba pegada a él.
Por mucho que trató de mover las piernas, estas no se despegaban del pelaje del animal, y este, antes de que cualquiera de sus amigos pudiera reaccionar, se abrió paso entre las olas y regresó al mar.
El caballo desapareció con Melina montada sobre él, se perdieron entre las mareas. Y no volvieron a salir.