Hasta la última gota Chapter 26
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Chapter 26

El camino hacia Villa Croma, una pequeña aldea situada a orillas del mar de Hidras y ubicada en el territorio de Platinia, era más amable que el ya recorrido por Argentos, pues discurría amplio y sin cambios bruscos de elevación, y el último tramo era prácticamente una suave bajada.

Además, la villa no quedaba demasiado apartada de Ciudad Boreal, por lo que Melina y sus amigos alcanzaron su destino en apenas dos días.

Lo que sí tenían era mucha hambre, ya que las presas se habían resistido a dejarse cazar por las trampas de Helmer, y también estaban cansados y llenos de polvo del camino, pues no se habían topado con ningún riachuelo donde lavarse o saciar su sed.

Pero, al alcanzar los alrededores de Villa Croma, el terreno árido se convertía en vegetación y frescura.

El mar quedaba muy cerca de las casas de blancas fachadas y tejados a dos aguas, y las marismas que se formaban a pie de aldea estaban repletas de juncos y cañaverales, además de una amplia variedad de aves tales como gaviotas, patos o cigüeñas.

También por el extremo interior de la aldea se podía observar un río de varios metros de anchura que desembocaba en el mar tras una larga travesía por los montes del norte.

Hacía tanto tiempo que Melina no veía el mar que su primer impulso fue acercarse corriendo con las pocas fuerzas que le quedaban.

Helmer trató de detenerla, pero Tabar lo retuvo por la muñeca para que le permitiese disfrutar de ese pequeño instante de paz.

Caminaron hacia ella con tranquilidad y se quedaron a unos pasos de distancia.

Melina llegó hasta el límite de la playa, pero no se atrevió a pisar la arena.

Observaba el vaivén del agua, el sonido del mar al romper las olas.

Aquel intenso olor a salitre que se le pegaba al cabello y le llenaba las fosas nasales la devolvió atrás en el tiempo, a cuando era una niña y jugaba en la orilla junto a sus padres.

A cuando su padre la tomaba de la mano para saltar las olas y su madre la envolvía con una toalla para que no tuviera frío tras el chapuzón.

Una lágrima se derramó por su mejilla. Había sido muy feliz en la playa, pero también el mar se los había arrebatado cuando el avión en el que viajaban cayó al océano y nunca se encontraron ni el fuselaje ni los restos de los pasajeros.

Tabar se acercó un poco más y rozó su hombro.

—¿Te encuentras bien?

—Pensaba que la herida estaba más cicatrizada… —⁠murmuró para sí misma—. No es nada. Enseguida se me pasará.

El sol ya bajaba por el horizonte, aunque aún se esperaban varias horas de claridad. Los rayos incidían sobre la superficie del mar y arrancaban destellos dorados del agua. Era un paisaje demasiado bello y de repente se sintió muy sola, sin ningún familiar con quien compartirlo.

—¿Vamos, Melina?

La muchacha asintió y dedicó una última mirada al mar. Le pareció ver una figura de cabellos dorados entre la espuma, pero, si realmente había algo que ver ahí, estaba demasiado lejos y no se apreciaba bien.

Los tres amigos se encaminaron hacia el interior del poblado, una pequeña aldea que se sostenía económicamente gracias a la extracción de arcilla y arena en las marismas, y que más tarde se vendían y utilizaban para fabricar objetos de alfarería o para mezclarse con otros minerales y obtener materiales más resistentes.

La aldea era lo que se veía a simple vista: una decena de calles asfaltadas en piedra que conducían a las viviendas de los lugareños y a los pocos comercios existentes, una plaza presidida por un pozo donde un par de mujeres sacaban agua y un templo cuya fachada estaba salpicada de lo que parecían puñados de barro lanzados contra ella, ya resecos.

Melina tomó la iniciativa y se acercó a las mujeres. Estas lucían cansadas y sudorosas, las ropas gruesas que llevaban para protegerse del frío dificultaban la transpiración y se sofocaban bajo el esfuerzo que exigían las tareas.

—Buenas tardes. ¿Tienen un par de minutos para responder a unas preguntas?

Las mujeres la miraron de arriba abajo, con la sospecha empañando sus rostros al observar cómo iba vestida.

Melina llevaba ropas ligeras de lino: una blusa beige y un pantalón del mismo color, el cual le quedaba grande y lo ajustaba en la cintura con un trozo de cuerda.

Y sobre la blusa portaba su inseparable chaqueta de cuero negro y parches de flores bordados en las mangas para guarecerse de las bajas temperaturas.

Pero lo que hizo que se asustaran y que los cubos llenos de agua cayeran de sus manos, desparramando todo el contenido, fueron los zapatos.

—Es una diosa —balbució una de ellas.

—No, no. Nada de eso. Solo soy una chica normal —se apresuró a sacarlas de su error, pero ambas la señalaban temblorosas y no parecían querer oír su explicación.

Varios vecinos, alertados por el alboroto, salieron de sus casas y tiendas para ver qué estaba ocurriendo.

Los gritos de asombro se expandieron como el humo en un incendio y pronto toda la aldea se encontraba allí, aunque alrededor de los tres forasteros había una línea invisible que los separaba del resto. Nadie quería acercarse demasiado.

—¿A qué has venido? —exigió saber un hombre.

—Mi nombre es Melina, soy…

—¿Vienes a llevarte a nuestros hijos? —gimió una mujer aferrando en brazos a su bebé de pocos meses.

—Ya os dimos a ocho de nuestros jóvenes, por favor, no te lleves a más —sollozó otra.

—¡¿Queréis callaros y escuchar?! —gritó Helmer para hacerse oír por encima del gentío.

Se hizo el silencio, pero solo por un instante. Los murmullos se convirtieron en voces, las miradas en acusaciones, y algunos aldeanos regresaron despavoridos al interior de sus casas. Por mucho que le hubiesen dado la espalda a los dioses, aún temían sus castigos.

—¡Por favor, escuchadme! No soy una diosa.

—¿Entonces qué haces con esos zapatos? —acusó un hombre de espesa barba oscura.

Helmer se puso delante de Melina e hizo el amago de sacar la espada, dispuesto a defenderla, pero Tabar se situó junto a él con rapidez y lo tomó de la muñeca para impedirlo.

—No queremos ponerlos más nerviosos —le susurró.

Helmer gruñó, pero se contuvo, aunque sin quitarles ojo en cada movimiento que hacían.

—¡Soy amiga de Aidan! —se le ocurrió entonces a Melina—. Él vivía aquí, ¿verdad?

Una mujer se abrió paso a empujones hasta quedar adelantada del resto.

—¿Mi Aidan? —gimió.

—¿Eres su madre?

La mujer asintió al borde de las lágrimas. Melina se tomó unas milésimas de segundo para observarla, para apreciar su rostro. El cabello era del mismo color que el del joven, los ojos igual de avispados. Debió de convertirse en madre a pronta edad, pues aún conservaba algunos rasgos juveniles.

—¿Dónde está?

—Solo sé que sirve a los deseos del semidiós Zephyr.

—Has dicho que eres su amiga —intervino el hombre barbudo de nuevo.

Melina echó un vistazo al gentío. Estaban nerviosos, listos para actuar si la ocasión lo requiriese, así que pensó que lo mejor era explicarse y rápido, antes de que la paciencia se agotara.

—Me ayudó a llegar a Ciudad Boreal, así fue cómo lo conocí. Pero Zephyr apareció y secuestró a mi gato, y Aidan se marchó con él. He venido porque me habló de este sitio, de lo que el semidiós hizo cuando se llevó a los muchachos.

—Eran apenas unos críos —sollozó con melancolía una mujer a la que sin duda le habrían arrebatado un hijo.

—Estos zapatos pertenecían a la bruja que acompañaba a Zephyr. Murió y yo me los quedé. No soy una diosa, ni pretendo serlo. Solo soy una muchacha que quiere recuperar a su amigo.

—¿Y cómo vas a encontrar a Aidan?

—No, yo… —Melina calló. Ella se había referido a Tattoo, pero que los aldeanos de Villa Croma creyesen que se refería a Aidan era, en realidad, más ventajoso, así que no los sacó de su error—.

Es por eso que estoy aquí. Necesito averiguar si alguno de vosotros sabe a dónde se los llevaron.

Si conocéis dónde se esconde ese semidiós.

Los murmullos volvieron. Helmer se mantenía atento por si alguno hacía una tontería, resollando bajo el casco. Tabar se reajustó el sombrero de paja con inquietud.

—Desconocemos con exactitud la ubicación, pero, tras largas pesquisas, sospechamos que se encuentra atravesando el bosque sombrío —informó un hombre de cabellos canos—.

Algunos hemos intentado rescatarlos, pero es inútil.

No pudimos llegar más allá del bosque. Es un lugar inexpugnable, casi no encontramos el camino de vuelta…

El ánimo de Melina cayó en picado al conocer que ya habían existido intentos de rescate, pero que habían resultado infructuosos.

—Mi hermano se llevó a algunos hombres con él —⁠explicó otra mujer, una de las que sacaban agua del pozo cuando llegaron—. Nunca regresaron.

Helmer y Tabar se miraron y luego a Melina. Esta tragó saliva para deshacer el nudo que se le formaba en la garganta. ¿Por qué iban a tener éxito ellos donde otros ya habían fracasado?

Los aldeanos regresaron a los murmullos y, cuando determinaron que aquellos desconocidos no suponían ningún peligro, se olvidaron de ellos. Sin embargo, la madre de Aidan se les acercó.

—¿Cómo está mi niño? ¿Se encuentra bien? ¿Está comiendo?

Melina sonrió con tristeza. Se imaginó que sus tíos Emmet y Cara se estarían preguntando lo mismo sobre ella. Había pasado ya más de una semana desde que la tormenta se la tragó, sin duda estarían muy preocupados.

—Su hijo está bien —aseguró.

—¿Ha crecido mucho? Cuando se lo llevaron apenas tenía doce años y era así de pequeño. —Se señaló la altura de sus hombros—. Ahora ya tendrá quince años…

—Está más alto que yo.

La mujer se sorprendió, pero fue una sorpresa jubilosa. Melina era un poco más alta que ella, así que Aidan había crecido un buen palmo.

Helmer arrugaba el entrecejo, tenía muchas ganas de contarle quién era realmente su hijo, un traidor, pero Tabar no le quitaba el ojo de encima, dedicándole miradas que pretendían hacerle desistir.

Y lo consiguió, pues el mercenario solo abrió la boca para preguntar si podrían ofrecerles agua, comida y un lugar donde descansar.

Fue Nora, la madre de Aidan, quien les proporcionó asilo y compartió con ellos la escasa cena que había preparado.

La mujer contó maravillas de su querido hijo, quien desde muy pequeño soñaba con marcharse del pueblo para vivir en una ciudad grande llena de posibilidades.

Pero ella sabía que el verdadero motivo de aquel sueño, aunque nunca lo admitiría, era buscar al padre que los abandonó cuando él y su hermana eran apenas unos bebés.

—Te aseguro que ahora lo único que desea es volver aquí con vosotras.

Nora y su hija, quien se había unido a ellos para cenar, le agradecieron sus esperanzadoras palabras.

—Ojalá llegue ese día.

La joven se parecía mucho a él, sobre todo cuando gesticulaba, y Melina, al comprobar lo bien que hablaban de él y cómo lo alababan, también deseó que pudiesen reunirse de nuevo muy pronto.

En aquel instante decidió que, si volvía a cruzar caminos con Aidan, lo ayudaría a librarse de Zephyr.

A él y a todos los otros muchachos y muchachas que el semidiós se había llevado.

Llegado el momento, no repararía en si Aidan era un traidor o no. Nunca se había considerado rencorosa y no iba a empezar a serlo ahora, por mucho que quizás lo mereciese.