Chapter 25 #2
Naima dio un suspiro aliviada. Supuso que el peligro había pasado si la moto ya no existía como tal, pues, en ese estado, no podría utilizarse para matar a ningún portador de los zapatos del cielo.
Aunque aún quedaba otro fleco suelto, demasiado volátil como para pasarlo por alto.
La chica tenía la capacidad de despojarles de los zapatos y era una amenaza demasiado grande como para hacer la vista gorda.
Debía tenerla controlada, por ese motivo le había dado un collar localizador, para saber dónde estaba en cada momento.
Ella pensaba que era por su propia seguridad.
Mejor, así no se lo quitaría y podría encontrarla cuando la ocasión lo requisiese.
Debía hacer algo al respecto, ya no la veía como a una niña inocente que solo quería curar a su gato. Ahora Melina era un arma en sí misma, tenía un as bajo la manga que podría ser usado en contra de los dioses. Y eso era algo que no podía permitir.
Las aguas del mar de Hidras se encontraban en calma cuando Zephyr se acercó a la orilla, apenas un suave oleaje lamía la arena bajo sus zapatos alados.
El otrora dios pleno caminó con tranquilidad hacia una roca afilada que sobresalía de la masa de agua y donde se asentaban algas y cangrejos, sobre la que un ser marino, medio pez, medio hombre, montaba guardia en las cristalinas fronteras del reino acuático.
Zephyr lo observó un instante con desdén.
Sus labios tenían un tono azulado, al igual que su piel, y en la cola verde relucían las escamas por los rayos del sol que incidían sobre ella.
También llamaban la atención las branquias de su robusto torso.
El macho le devolvió la mirada, esperando en silencio a conocer el motivo de la presencia del semidiós.
Aunque portaba una espada, no dio señales de disponerse a usarla, pero estaba tan corroída por el óxido que Zephyr pensó que lo máximo a lo que podría aspirar con aquel trozo de metal ajado era a causarles a los enemigos una molesta infección.
—Llama a tu soberano.
El macho lo estudió ahora de arriba abajo con más interés hasta detenerse en su calzado, y entonces se giró y dio un fuerte silbido que provocó que otro tritón que hasta el momento había pasado desapercibido para el recién llegado se sumergiera en el mar, dibujando ondas a su alrededor por el coletazo.
Zephyr permaneció allí todo el tiempo, cada minuto que pasaba con menos paciencia. El macho no le dedicó especial atención y tan solo abandonaba su absoluta rigidez para sumergirse brevemente en el agua y volver a montar guardia, para evitar así que su piel se resecara.
Un rato más tarde, Azariel apareció entre la espuma, caminando hacia la orilla y regio como el dios que era. Sus rubios y mojados cabellos permanecían recogidos por una red en una larga coleta, y su túnica blanca, adherida a su cuerpo como una segunda piel, no dejaba mucho a la imaginación.
—Por fin. Pensé que moriría de viejo aquí esperando.
—¡Hermano, cuánto tiempo! —Se alegró de verdad de que le hiciese aquella visita—. Te veo cambiado. Estás más… verde.
—Tú, sin embargo, sigues igual de besugo.
Zephyr alzó una mano para rebuscar en el pecho de Azariel las branquias y toquetearlas. Este le dio un manotazo para que cesara de molestarle.
—Necesito tu ayuda —le pidió, algo que pilló al mayor de los hermanos por sorpresa.
—¿Tiene que ver con los zapatos de Adad? —Entrecerró los ojos suspicaz.
—Ya lo creo que sí.
—Nai me habló de una muchacha humana que se había hecho con ellos y del berrinche que te has pillado.
—Que los ha robado, querrás decir. —Arrugó la frente molesto.
—Detalles sin importancia, me temo. Si los calza, ahora son suyos.
Azariel rodeó toda su coleta con ambas manos y procedió a estrujarla y escurrirla como si de una toalla se tratase. Aunque el sol lucía cálido en el cielo, el dios del mar estaba empapado.
—Ayúdame a recuperarlos.
—Hace siete años que no nos vemos —se cruzó de brazos—, ¿por qué no me preguntas primero cómo estoy o me cuentas qué ha sido de ti?
Zephyr se impacientaba. Miró por encima del hombro del dios del mar hacia el tritón que montaba guardia, quien parecía ajeno a su conversación.
—Otro día te hago una visita con más tiempo y nos ponemos al día, si es lo que quieres. Pero ahora necesito que la secuestres.
Azariel, experto nadador y mejor buceador, casi se ahogó con su propia saliva al oír a su hermano, lo que le provocó un ataque de tos que hizo que le vibrasen las branquias en el pecho. Zephyr estuvo tentado de volver a tocarlas. Eran hipnóticas.
—¿Qué? —acertó a pronunciar cuando se repuso.
—Siempre va acompañada por dos humanos que la protegen…
—Deshazte de ellos. —Se encogió de hombros.
—… y con los zapatos es inmune a mis exiguos poderes actuales.
—Hiérela hasta que ella misma te los entregue.
—Prefiero que me ayudes a separarla de ellos, llevarla a mi guarida y hacer que sea una desdichada hasta que me los entregue entre lágrimas de desesperación.
Azariel se quedó observando la mirada garza de su hermano; era de lo poco que podía ver bajo aquella máscara.
—Tienes una mente muy retorcida.
Zephyr se enorgulleció ante tal supuesto cumplido.
—Mi espía me ha informado de que se dirige a Villa Croma, a orillas de este mar.
—Las marismas bañan esa aldea, sí. La conozco.
—¿Me ayudarás?
Azariel lo pensó durante unos interminables segundos antes de darle una respuesta a Zephyr.
—Descríbeme a esa humana, necesito saber que me estoy llevando a la persona correcta.
—Es insolente, testaruda, desafiante y soberbia. —Zephyr se exaltaba al hablar de ella—. Se cree valiente, pero es pura fachada, en realidad es muy miedosa.
—Estupendo, entonces todo lo que tengo que hacer es acercarme a ella y preguntarle cómo es su carácter. ¡No seas bobo! —Azariel tuvo que reprimir las ganas de darle un sopapo a su hermano pequeño—. Descríbeme cómo es físicamente.
—Ah, sí, claro, claro. —Zephyr tomó aire para tranquilizarse.
Odiaba a aquella chica, tan solo hablar de ella provocaba que su mente se enredara—.
Es bajita, pero no demasiado, me llega como a los hombros.
Delgada, aunque tiene buenos pechos. El pelo es oscuro y largo, con dos franjas rubias en las raíces.
—Según hablaba se fue calmando, perdido en sus recuerdos sobre Melina.
Su entrecejo se relajó—. Sus ojos son marrones, aunque, según cómo les dé la luz, se pueden apreciar unas motitas doradas.
Labios carnosos y rosados. Y unas pequitas en la nariz que podrían hacerla parecer inocente… si uno no supiera de qué es capaz.
—Veo que te has fijado mucho, sí, sí…
—¿Qué quieres decir? —Volvió a la realidad—. No seas imbécil. Claro que me he fijado, es mi mayor enemiga, tengo que estar atento a todos los detalles.
—Ajá.
Zephyr se puso rojo de rabia, aunque, a ojos de su hermano, continuó siendo verde.
—Déjame en paz —zanjó aquel asunto.
—Bueno, creo que con esa información sabré distinguirla. Espérame aquí.
—¿Durante cuánto tiempo? —protestó el dios del viento.
—El que sea necesario. Encima que te voy a ayudar no te me pongas quisquilloso.
Zephyr se cruzó de brazos con brusquedad para expresar su molestia. Azariel lo ignoró y caminó hacia el mar hasta sumergirse y perderse en el vaivén de las olas.