Hasta la última gota Chapter 25
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Chapter 25

Debería estar pensando en su amante envenenado. Debería estar llorando por él. Debería recordar su nombre al menos. Pero lo único que tenía en la mente era a él: a Fiz.

Fiz. Fiz. Fiz.

Desde que lo había vuelto a ver, era como una sombra que la persiguiese a todas horas, como una masa viscosa que se le pegara a los pies y no la dejara avanzar.

De todos los amantes que había tenido, y no habían sido pocos, él era el único que había despertado sentimientos profundos en ella.

Fiz fue quien le hizo replantearse su existencia, su condición de diosa, la larga vida que le esperaba en el horizonte.

Un vida que en el pasado deseó compartir con él, hasta que la realidad se deslizó por su mente como un depredador que acecha a su presa, despacio pero implacable.

Comprendió que Fiz estaba envejeciendo, que estaba malgastando su corta vida con ella, y que ella no le estaba aportando nada de lo que los humanos requerían en sus relaciones para avanzar y evolucionar.

Se dio cuenta de que él no necesitaba a una diosa perfecta e inmortal, sino a una mujer que envejeciera con él, que pudiera darle estabilidad, una familia, hijos.

Sí, sus padres solían acostarse con humanos e incluso procreaban con ellos, ¿pero qué destino les esperaba a esos niños?

Los humanos pensaban con inocencia que el culmen de la felicidad no era otro que vivir en Selenia, habitar junto a los dioses y servirles, y por ello se sentían los más afortunados del mundo al poder enviar a un hijo a la corte de las deidades; sin embargo, la realidad era otra bien distinta.

Esos padres permitían que sus pequeños fuesen trasladados al reino divino buscando tocar el cielo con los dedos, pero lo cierto era que allí no les esperaba nada más que una vida llena de tareas hogareñas y una intoxicación de selenio imposible de evitar.

Había visto a demasiados de esos sirvientes infectarse y apagarse poco a poco como para no desear lo mismo para un hijo suyo.

No, ella no estaba dispuesta a aportar más víctimas al reino de Selenia, y tampoco pensaba abandonar a sus hijos en el mundo humano.

Y aunque sí que consideraba que se había llegado a enamorar de Fiz, no se encontraba en una etapa de su vida en la que el instinto maternal se hubiese despertado todavía.

Pero Fiz estaba haciéndose mayor. ¿Cuántos años tenía cuando lo conoció?

¿Treinta y uno? ¿Treinta y dos? No lo recordaba con exactitud.

Lo que sí que recordaba era que llegó la hora de dejarlo marchar y permitir que pudiese conocer a una mujer que lo amase, se casase con él y le diese los hijos que él merecía tener.

A pesar de ello, ahora que lo había vuelto a ver tres años después, había comprobado que en su vida todo seguía igual, que aún no había una señora Fiz con la que envejecer.

Naima tocó tierra con la mente hecha un lío y una misión por delante que atender. Guardó las alas, que desaparecieron de la vista, y caminó el trecho que la separaba de la plaza central de Villa Alumen.

—¡Sagrada Naima! —saludó una mujercilla cuando la vio aproximarse.

—¡Es la diosa Naima! —gritó una niña correteando por la plaza e informando a todo aquel con el que se cruzaba.

Pronto la aldea al completo estuvo reunida y prestando sus oídos a lo que la diosa tuviese que decir.

La miraban expectantes, con grandes sonrisas en sus rostros y emocionados con su visita, la cual siempre les alegraba.

La gente de Villa Alumen era así de sencilla y agradecida, sin dobleces, sin argucias.

Como diosa de la felicidad, Naima tenía un don único que le permitía saber si la gente era feliz o desgraciada.

Aunque, más que un don, ella lo consideraba una molestia, pues no funcionaba de manera individual, sino de forma colectiva.

No le era posible saber si una sola persona estaba pasando por un mal momento o padecía algún sufrimiento, sino que su don solo la alertaba si era un grupo de personas quienes estaban afligidos.

Por ello, cuando su poder se activaba, sentía la desdicha de muchas personas a la vez, lo que le producía fatídicas jaquecas.

Gracias a dichos poderes, supo con relativa prontitud que algo estaba ocurriendo en Paladias cuando Ciudad Iridia fue atacada por su hermano Zephyr, los actos de la refriega resonaban en su cabeza y los gritos martilleaban como un tambor de guerra.

Y, por otro lado, gracias a que Evonne solía elegir Villa Alumen para desatar su vileza, también detectó que los habitantes de la aldea estaban enfermos.

Un día se despertó con grandes migrañas y se dejó guiar por su don hasta aquel pequeño poblado que la bruja había elegido como blanco para sus maldades.

La gentecilla que allí vivía estaba sufriendo la dureza de sus castigos, así que Naima, tras indignarse al descubrir que la culpable era la susodicha, se entrometió y los defendió.

Su presencia fue suficiente para que Evonne, tras hacer alarde de su soberbia y lanzar un par de amenazas, se retirase y dejase a los habitantes en paz.

Al menos por el momento, porque siempre regresaba para molestarlos, y ella siempre que podía trataba de viajar hasta allí y mediar para que los dejase tranquilos.

Ya que Zephyr no iba a cuidar de sus súbditos de Argentos, tendría que encargarse ella.

Con respecto a la enfermedad de los habitantes, aquella primera vez ya notó que algo iba mal con ellos y, tras investigar el motivo, sospechaba que la causa podría ser el mismo material que daba nombre a su hogar: el aluminio. Su intuición le decía que no era tan inocuo como podrían creer.

La aldea se ubicaba en una extensión de suelo rico en bauxita, la cual era minada por aquella gentecilla para extraer el preciado metal, y aunque la mina se encontraba fuera del área de las viviendas, el suelo allí también contenía altos niveles de dicho mineral, por lo que los aldeanos estaban en constante exposición a él.

Hasta lo consumían cuando se alimentaban con la fruta y verdura que cultivaban sin tratar la tierra previamente de forma adecuada.

Y, por si fuera poco, los cosméticos que fabricaban y utilizaban todos, pues allí se maquillaban incluso los hombres, se elaboraban con aceites y pigmentos naturales mezclados con polvo de aluminio.

Por todo ello, los habitantes de Villa Alumen estaban desarrollando síntomas tales como problemas digestivos o respiratorios, dolores de cabeza, malestar, cansancio, irritación de la piel y los ojos…

Sus pesquisas no llegaron más allá, pero, a pesar de que advirtió a los aldeanos de que sus problemas podrían estar relacionados con la extracción y posterior aprovechamiento del aluminio, ellos no cambiaron sus costumbres ni un ápice.

El aluminio era su sustento, su fuente de ingresos, su vida entera…

No eran partidarios de empezar de cero en otro sitio cuando ya todas las tierras estaban repartidas y podrían buscarse problemas por ocupar terrenos que no les pertenecían.

—Buenos días, queridos amigos —respondió la diosa al cálido recibimiento de los aldeanos—. Quizás os estéis preguntando qué hago aquí ahora que Evonne ha muerto y no requerís de mi protección.

—Siempre eres bienvenida, haya problemas o no —⁠se dirigió a ella una mujercilla.

Naima la reconoció como la misma que había dado cobijo a Melina para más tarde ponérsela en bandeja a Zephyr.

No podía culparla, aquella buena gente había pasado por muchos suplicios por culpa de Evonne —y, por extensión, de Zephyr—.

Por más que Melina hubiese acabado con Evonne, no iban a sacrificarse por una desconocida y sufrir la furia del dios del viento del oeste así como así.

—¿Te apetece desayunar? —preguntó el marido de esta ofreciéndole pasar a su casa.

—Te lo agradezco, quizás en un rato. Antes me gustaría charlar con vosotros sobre algo.

Naima habló para todos, sabedora de que en aquella aldea no había un alcalde o un rey, sino que se organizaban como podían, teniendo siempre muy en cuenta lo que tuvieran que opinar los más mayores —⁠aunque rara vez alguno de ellos llegaba a anciano debido a los síntomas por exposición al aluminio—.

—Dinos, ¿en qué podemos ayudarte?

—Me gustaría ver la motocicleta, el vehículo con el que la muchacha humana atropelló a Evonne.

Los habitantes de Villa Alumen se miraron entre ellos y un murmullo generalizado se extendió por la plaza. Sus rostros de preocupación le indicaron a Naima que algo no iba bien.

—¿Ocurre algo? —preguntó al ver que los susurros continuaban, pero nadie se atrevía a decir nada.

—¿Para qué necesitas ese cacharro? —quiso saber uno de ellos.

—Me gustaría inspeccionarlo, solo eso.

De nuevo más murmullos.

—Me temo que eso no será posible —lamentó la mujercilla de antes.

—¿No lo será? —Se extrañó ella.

—Verás, diosa Naima, en cuanto os marchasteis, nosotros… nosotros…

—¿Vosotros, qué? —se impacientó.

—Lo desmontamos.

—Y hemos reutilizado las piezas —agregó su marido.

Naima pestañeó un par de veces para tratar de asimilarlo.

—¿Te gustaría verlo?

Naima asintió y la mujercilla la guio hacia el otro lado de la aldea, donde se ubicaban los talleres.

Todos los demás habitantes las siguieron, expectantes por ver la reacción de la diosa.

Allí descubrió que el esqueleto de acero ahora se había convertido en una carretilla, el motor formaba parte de una piedra de afilar mecánica, la carcasa se había transformado en una bandeja para las herramientas, el tubo de escape estaba integrado en un crisol que se utilizaba para moldear el aluminio y los neumáticos habían sido fraccionados y eran bases antideslizantes o protectores de superficies donde se manipulaban las piezas aún calientes.

—¿Qué te parece? —preguntó el hombrecillo con ojos ilusionados. Para ellos, la adición de las partes de aquel extraño vehículo parecía haber sido muy beneficioso.

—Me parece que sois expertos en aprovechar todo lo que pasa por vuestras diestras manos —concluyó.