Chapter 24
Durante los pocos días que había convivido con él, Tabar siempre se refería a sí mismo como un cobarde, pero Aidan no lo creía así. El verdadero cobarde era él. Desde que Zephyr apareció en su vida, había actuado a la sombra del miedo que le provocaba.
Cuando el dios, ya con la máscara cubriendo su rostro, llegó a Villa Croma acompañando a la bruja y exigiendo que los aldeanos entregasen a sus jóvenes, poco pudieron hacer los habitantes para detenerlos.
Aquel día, un total de ocho jóvenes de edades comprendidas entre los diez y los diecisiete años fueron separados de sus familias. Aún ahora, el muchacho se preguntaba por qué Zëlayn, la diosa protectora de Platinia, no los había defendido del dios del viento del oeste.
Tres años habían pasado desde aquel aciago día en el que fueron reclutados y llevados al castillo de piedra gris.
Tres años desde que les dieron a beber a ellos ocho y a cinco jóvenes más, cuya procedencia desconocía, una poción que los transformó a todos en capuchinos, cada uno con un tono de pelaje similar al color de su cabello humano, y se unieron a las decenas de animales que ya habitaban el siniestro lugar.
Desde entonces había servido como espía y sirviente al semidiós, tanto él como el resto de jóvenes convertidos en monos, cuervos y roedores.
Y hasta este momento jamás se había planteado traicionar a su amo.
Siempre bajo la amenaza de dañar a sus seres queridos si desobedecía, Aidan había tenido que conocer a Melina para, por fin, decidirse a hacer algo al respecto.
El castillo estaba protegido por un laberinto que se expandía en todas direcciones, pero Aidan había tenido tiempo y misiones de sobra para aprender a salir de él con rapidez para cumplir con los encargos de su amo.
Zephyr le había ordenado volver a los sótanos con los demás cautivos, pero, en lugar de eso, esta vez el muchacho había permitido que aquella chispa de rebeldía que brillaba a veces en su pecho cobrase vida propia y tirara de él hacia el exterior de aquella prisión, hacia la libertad.
Tan solo tenía que salir del castillo por el pequeño agujero en la pared y, al llegar al laberinto, saltar de muro en muro hasta alcanzar el bosque.
No fue fácil, la pata delantera le dolía demasiado por culpa del corte recibido en la refriega de la noche anterior, pero se tragó las punzadas de dolor y no cejó en su empeño de abandonar aquel maldito lugar.
Cuando por fin llegó al otro lado del laberinto, Aidan corrió todo lo que sus cuatro patas le permitieron. Tenía que llegar a Ciudad Boreal antes de que Melina se marchara —de lo contrario, dudaba mucho de que volviese a encontrarla—.
Tenía que ser valiente por ella.
Zephyr se asomó al espejo del baño, gesto que no era recurrente en él, pues no soportaba verse así, privado de su libertad.
Resiguió la mejilla con el dedo índice, justo por el borde de la máscara, pero, como siempre ocurría, cuando hacía el intento de tirar de ella, era como tirar de su propia piel.
—¡Serás maldita! —gritó con frustración y golpeó el cristal con el puño.
El espejo, un ejemplar antiguo y valioso que Evonne había traído de Auria, se quebró en dos.
Una grieta lo recorrió en diagonal en su totalidad, y solo el pesado marco de bronce evitó que se desmontara.
Ahora el reflejo le devolvía la imagen de dos Zephyrs, uno a cada lado de la grieta y cada cual con su terrible máscara.
Agachó la cabeza y hundió los hombros, no soportaba más la visión de su rostro teñido de verde.
Por el rabillo del ojo, el semidiós vio una silueta negra que se removía angustiada, tratando de cobijarse bajo el mueble de cajones. El crac del cristal había debido de asustarlo.
—Así que estabas aquí.
Tattoo lo miraba con fijación, echando su peso sobre las patas traseras y el cuerpo en alerta. Sus ojos amarillos no se apartaban de él.
—Ven.
La orden de Zephyr pasó desapercibida como si nunca hubiese sido pronunciada. Arrugó la frente, no estaba acostumbrado a que los animales que habitaban en aquel castillo hiciesen caso omiso de sus palabras. Se agachó y estiró el brazo para sacarlo por sí mismo de su escondrijo.
Tattoo trató de resistirse, pero no se defendió ni hizo amago de atacarle. Zephyr lo asió por el pellejo sobrante de la nuca y lo arrastró por el suelo de piedra hasta quedar expuesto, pudiendo entonces tomarlo por la región axilar de las patas delanteras.
—Es por tu culpa todo lo que está pasando —espetó a modo de reprimenda.
Tattoo sacó las uñas, pero enseguida volvió a retraerlas sin llegar a usarlas. Zephyr salió del baño y lo cargó escaleras abajo hacia la sala del trono, y presionó la pared en los cinco puntos estratégicos para que la puerta secreta se abriese.
Zephyr permitió que Tattoo se alejase de él, pues con la puerta cerrada no iba a ir muy lejos. Además, en aquella habitación que él llamaba «su taller» no había rincones donde esconderse.
Abrió los cajones del mueble y comenzó a sacar utensilios con la precisión de quien sabe lo que se hace.
Sacó matraces, trípodes, embudos y pipetas.
En una bandeja de metal situó pinzas y espátulas.
Con todo colocado en perfecta disposición, como si se tratase de un cirujano dispuesto a realizar una importante intervención quirúrgica, encendió el mechero de alcohol y la magia de la química comenzó a tomar vida.
Y durante ese rato en el que los recipientes burbujeaban como si fuese su propia sangre en las venas la que lo hacía, dejó de ser el dios del viento del oeste para convertirse, una vez más, en el hechicero de Argentos, el mejor alquimista jamás conocido.
Cuando el brebaje se enfrió y estuvo listo, Zephyr lo volcó en una pipeta y buscó a Tattoo por la habitación.
Lo encontró agazapado en el rincón opuesto.
El animal seguía muy debilitado y no desafió a su captor, ni siquiera emitió quejido alguno cuando este lo volvió a cargar hasta la mesa de trabajo.
Se las apañó para abrirle la boca e introducir la pipeta rebosante de aquel líquido violáceo.
—Esto te pasa por desobedecer.
Y acto seguido le vació la pipeta en la garganta.
Tattoo se lo tragó entero, no le quedó más remedio.
Zephyr alivió el agarre con el que lo sostenía y comenzó entonces a acariciarle el pelaje, deteniéndose con más mimo detrás de las orejas.
Tattoo, seguramente como acto reflejo, se frotó contra su mano buscando ser rascado por toda la cara y cabeza.
—Si no fueses tan desobediente, no habríamos llegado a esta situación. Tú estarías en tu casa con tu dueña y yo tendría a Evonne aquí, a mi lado.
—Miau.
—¿Empiezas ya a notarlo?
Tattoo parpadeó como si eso fuese una respuesta.
—La pócima que te he dado está compuesta, en su mayor parte, de magnesio, que se obtiene de la magnesita, potasio, de los yacimientos subterráneos, y calcio, de los depósitos de minas.
Por si no entiendes de este tema, los dolores deberían empezar a remitir en unos pocos minutos, y en unas horas recuperarás tus fuerzas en su totalidad.
Tattoo se alzó sobre sus patas traseras y miró fijamente al semidiós.
—Miau.
Crac.
Zephyr se apartó asustado, había notado algo en la cara. Por un momento creyó que el gato le había atacado, un rápido zarpazo que no había podido prever. No, imposible. El animal no se había desplazado tanto como para llegar hasta su rostro. ¿Qué era, pues?
Abrió otro de los cajones, ahora con nerviosismo, y sacó un espejito ovalado que sostuvo por el mango mientras inspeccionaba su reflejo. No parecía haber nada diferente, era muy extraño.
Un aleteo en la ventana de la estancia del trono llamó su atención y dejó todo a un lado para atender al cuervo negro que traía un mensaje.
—Habla —ordenó—. Ah, sí.
Se dio cuenta de que, bajo la forma de animal, su sirviente poco podría comunicarle. Últimamente estaba distraído, todo lo acontecido con Evonne y con aquella muchacha odiosa estaba enmarañando su mente.
Fue a buscar uno de los frascos de contenido rosáceo y se lo dio a beber al cuervo, quien no tardó en transformarse en un niño de trece años de espeso cabello negro que se quedó encaramado al alféizar como si aún estuviese convertido en pájaro.
—Mi señor, se dirigen a Villa Croma.
—¿Villa Croma? —Se extrañó—. ¿Qué se les ha perdido allí?
El niño permaneció en silencio, consciente de que no era una pregunta para él.
Su amo solía hablar consigo mismo en voz alta.
Obediente, abrió la boca para que el semidiós vertiese el resto del contenido en su garganta y se volvió a transformar en cuervo.
No necesitó nuevas órdenes, sabía que tenía que volar hasta Villa Croma y estar al tanto de todos los pasos de aquellos viajeros.
Zephyr se apartó de la ventana y recuperó el espejito para comprobar qué había sido lo que había notado anteriormente.
—Qué raro.
La máscara verde, a pesar de no poder despegarse de su piel, era robusta y lisa. Pero algo había cambiado. En la mejilla izquierda, más cerca de la oreja que de la nariz, había ahora una línea oscura, una especie de fina grieta en la que podía introducir el borde de la uña.
—Esto no estaba aquí antes, ¿verdad?
Observó a Tattoo, quien le devolvía la mirada, mas no dijo nada. Zephyr volvió a contemplar su reflejo en el espejo una y otra vez, estudiando toda la superficie de la máscara.
Aquel ínfimo defecto se convirtió en obsesión y estuvo largo rato mirándose en el espejo para asegurarse de que esa imperfección no desaparecía.
Y mientras, su cabeza daba vueltas a un nuevo plan.