Chapter 23
Cuando el castillo ya se veía en la lejanía, Zephyr moldeó las rachas de viento hasta convertirlas en una suave brisa que le permitiese un aterrizaje tranquilo.
Aidan se aferraba a su torso con todas sus fuerzas por el miedo a caer desde tanta altura y el gato temblaba sobre su pecho, dentro de su blusa negra de cuello en V.
Las agradables ráfagas lo depositaron con mimo en el dormitorio, accediendo a través del arco de la ventana de piedra.
Aidan cayó al suelo, aturdido y a punto de vomitar hasta la primera papilla.
Jamás había volado como lo había hecho ese día y, tras la traumática experiencia, dudaba que fuese a repetirlo.
Tattoo utilizó el pecho del semidiós para impulsarse como si de una pared se tratase y brincó lejos de él, perdiéndose tras una puerta entornada. Estaba aterrado. Zephyr lo dejó hacer, no iría demasiado lejos de todos modos.
—Odio a esa muchacha —bramó abriendo las aletillas de la nariz.
Bajó las escaleras hasta la estancia del trono, conteniendo las ganas de patear a los monos y ratones que se cruzaban en su camino, y pulsó la pared en cinco puntos específicos para abrir la puerta secreta que conducía a su taller.
Los goznes se quejaron como si los hubiesen despertado a la fuerza de un dulce letargo.
Ya en el interior, se acercó a la mesa de trabajo y le propinó un puñetazo que provocó que todos los frascos sobre ella tintinearan.
—¿Cómo es posible que aún conserve los zapatos de Evonne, mientras que yo veo cómo mis planes se van al traste? —se preguntó frustrado.
Cogió un par de pociones ya fabricadas y regresó a la sala del trono, donde Aidan aguardaba ya nuevas órdenes. Aún no se había recuperado del viaje y parecía que iba a desmayarse de un momento a otro.
—Es culpa tuya —determinó frunciendo el ceño—. Te ordené que se los arrebataras y desoíste mis palabras.
—Señor… Yo… Hice lo que pude.
—Claramente no fue suficiente —negó con la voz impregnada de rabia.
—Mi señor… Por favor, perdóneme. Se lo ruego.
Zephyr suspiró con cansancio y paseó la mirada por la estancia. Todo allí era gris, triste. No había color ya en su vida. Solo el verde.
Oteó un instante por la ventana que tenía frente a sí.
Ante él se extendía el laberinto que rodeaba el castillo, el cual se encontraba semiexcavado en la montaña, y, al otro lado, espesos árboles se hacían con el dominio del lugar.
Allí, en el bosque, oculto entre la foresta, el cadáver de Evonne se marchitaba.
Entonces se giró y le enseñó a Aidan uno de los dos frascos que había tomado de la habitación secreta.
—No, por favor… —suplicó con lágrimas en los ojos—. Otra vez no… No me haga esto…
Zephyr ignoró sus ruegos como si no entendiese lo que su súbdito pedía, como si no hablasen el mismo idioma. Mientras caminaba hacia él, agitó con suavidad el frasquito para que el contenido se mezclase y, para desasosiego de Aidan, lo descorchó.
No hicieron falta más palabras ni más órdenes. Aidan sabía que no tenía escapatoria, que luchar solo serviría para acabar dañado y magullado, como aquella primera vez que los convirtió a él y a los demás prisioneros en alimañas y trataron de resistirse.
Obediente, se arrodilló, alzó la mandíbula y abrió la boca, permitiendo que su amo derramara el líquido dulzón por su garganta. El semidiós volvió a tapar el vial, donde apenas quedaban ahora unas gotas que se deslizaban por las paredes del frasco, dejando un tono rosado a su paso.
Mientras el brebaje hacía efecto, Zephyr se tomó la otra poción, destinada a curar las heridas que la pelea con Naima le había provocado. Cuando se dio la vuelta para mirar a su esclavo, los ojos llorosos de un capuchino de pelaje marrón-grisáceo lo observaban con angustia.
—Regresa a los sótanos con los demás —ordenó.
El mono emitió un quejido, ahora sí que no hablaban el mismo idioma, y salió huyendo a cuatro patas de la estancia, avergonzado por haber vuelto a aquella forma, roto en su interior por el cruel destino del que parecía no poder escapar.
Melina, Tabar y Helmer se dirigieron a las puertas de Ciudad Boreal.
Esta vez, en su descenso por las calles de baldosas resquebrajadas, la gente sí se fijaba en ellos, se apartaban a su paso, los señalaban con el dedo.
Murmuraban, algunos incluso osaron escupir hacia el suelo en su dirección.
La voz había corrido por todo el lugar acerca de los enemigos de su sagrada divinidad.
Trataron de comprar alimentos para el camino, pero los mercaderes se negaron; unos por no simpatizar con ellos por infieles, otros por miedo a que los demás habitantes se volviesen en su contra por ayudarlos.
Ni las amenazas e insultos de Helmer consiguieron que les dieran un mísero mendrugo de pan.
Melina protestó ofendida ante el trato que les profesaban.
—No les hemos hecho nada.
—Lo mejor es largarse de aquí y comprar algo en alguna aldea —declaró Helmer.
—Envidian que hayas sido elegida para llevar esos zapatos —supuso Tabar—. Intentarían engaños y tretas para quitártelos si no fuese porque todos oyeron a la diosa Naima proclamar que eras su protegida.
—¿Dónde está Naima, por cierto? —Helmer miró en todas direcciones. La gente volvía a sus asuntos, solo algunos seguían observándolos con curiosidad o enfado.
Y, entre la multitud que se movía de un tenderete a otro, el mercenario atisbó una mirada que se clavaba directamente sobre él: una mujer joven, cuyo cabello rubio recogía en un moño alto, no podía cerrar la mandíbula por la sorpresa de verlo allí.
—Se ha ido —respondió Melina a la vez que acarició el collar que ahora llevaba en el cuello. Tuvo la necesidad de comprobar que seguía en su sitio, que el obsequio que le había proporcionado la diosa antes de marcharse no se había desvanecido como lo había hecho ella.
La mujer rubia tiraba de una silla de madera con ruedas, donde trasladaba a una anciana que se esforzaba en enfocar la cansada vista en dirección a donde ellos se encontraban. La edad había mermado su visión.
—¿A dónde? —quiso saber Tabar.
Helmer no prestaba atención a la conversación. Tan solo miraba a ambas mujeres.
—Espero que a buscar la guarida de Zephyr. Ojalá dé con él y pueda salvar a Tattoo. Bueno, ¿nos ponemos en marcha ya o qué? Estoy harta de este olor a pis. Si no me seguís el paso, os dejaré atrás.
—¿No deberíamos esperarla aquí?
—No pienso quedarme de brazos cruzados. Yo también voy a salir a buscar a Tattoo.
—¿Y cómo nos encontrará Naima si nos movemos de sitio?
—Me dio esto antes de marcharse. —Melina sostuvo la estrella amarilla del collar entre los dedos para enseñárselo—. Dice que con él puede saber dónde me encuentro y que, si lo aprieto hasta que cambie de color, también puede saber si necesito su ayuda.
—¿Has visto esto, Helmer? —se dirigió Tabar al hombretón.
Helmer tragó saliva, alternando la mirada entre ambas mujeres. Entonces, Tabar se acercó a él y puso la mano sobre su hombro para llamar su atención.
—¿Qué ocurre, amigo?
«Amigo» era una palabra demasiado imprecisa para la relación que Helmer mantenía con Tabar, pero no hizo comentario alguno al respecto.
Tabar siguió la dirección de su mirada y vio a las mujeres allí plantadas en mitad de la calzada. La rubia observó entonces al granjero y frunció el ceño levemente. Parecía preocupada.
Helmer volvió la vista hacia su compañero. Tabar percibió la turbación por algo que había ocurrido, algo de lo que no se había percatado.
—Nada, vámonos. —Atajó con rudeza el mercenario.
Este se puso en marcha, apretó los puños a ambos lados del cuerpo.
Tabar volvió la vista atrás una última vez para mirar a la mujer rubia y a la anciana, ambas parecían tristes.
Helmer, sin embargo, se forzó en mantener la vista al frente y atravesó las puertas de la ciudad sin permitirse ese momento de debilidad.
—¿Alguna pista de por dónde empezar a buscar? —quiso saber la muchacha dejando atrás la capital de Argentos.
—Ni idea. Yo nunca me he alejado demasiado de la granja.
—Si fueses un dios, ¿dónde estarías? —preguntó Melina.
—En el reino de Selenia —respondió el granjero, pues Helmer permanecía inusitadamente callado—. Pero Zephyr ya no es un dios, es un semidiós, y tampoco puede acceder a sus alas, así que dudo mucho que esté allí.
—Vale, Selenia eliminada de las posibilidades. Mejor, no es que se me dé bien volar.
—Cuppros y Auria están demasiado lejos de aquí. Espero que su guarida no quede por aquellos territorios.
—Él vivía con Evonne, ¿cierto? —Tabar se encogió de hombros—. Cuando aparecí en Villa Alumen, una mujer me contó que la bruja siempre los molestaba, a ellos y a otras aldeas cercanas. Si ella no tenía poderes especiales para viajar rápido, su guarida tendría que estar cerca, ¿no crees?
—¿Sabemos si solo molestaba a la gente de Argentos o también de otras regiones?
—No lo sé —suspiró ella.
—En tal caso, podríamos comenzar por este reino y, si no damos con el escondite, ampliar la búsqueda hacia Platinia o Paladias, que son los reinos vecinos. Aunque están en direcciones opuestas.
—¿Es muy grande Argentos? —se lamentó Melina ante la perspectiva del viaje que tenían por delante.
—O podríamos volver a Villa Calcias y preguntar si saben algo. Allí nos tenían en alta estima por salvar a aquel zagal. Quizás puedan colaborar con nosotros —se le ocurrió a Tabar.
—Aidan me contó, cuando aún creíamos que era sirviente de Naima, que su hogar era Villa Croma y que tuvo que abandonarlo por atender los deseos de la diosa.
—Ese muchacho era un mentiroso y un traidor. No podemos fiarnos de nada que nos haya contado.
Melina observó a Helmer esperando una aportación por su parte, pero este llevaba sumido en sus pensamientos desde que salieron de Ciudad Boreal y no daba señales de haberla escuchado siquiera.
Tabar estaba incluso preocupado, era muy extraño ese mutismo. Aquellas dos mujeres del mercado debían de ser importantes para él de alguna manera, porque el humor del mercenario había cambiado tras su encuentro con ellas.
Melina continuó expresando sus divagaciones.
—Yo creo que esa parte de la historia era real, pienso que sí se lo llevaron de Villa Croma, solo que un dios diferente. Quizás, si pudiésemos llegar hasta ese pueblo, obtendríamos algunas respuestas.
—¿Mencionó dónde se encontraba esa aldea?
Melina asintió, aunque con pesar.
—En Platinia, pero no sé nada más. Podría estar cerca o todo lo contrario.
—Yo sí sé dónde se ubica —gruñó Helmer, quien parecía no estar tan ausente de la conversación después de todo.
—¿Has estado allí? —se interesó Tabar.
—No, pero he pasado cerca y creo que sabría llegar. No queda muy lejos.
—Al menos es un comienzo, ¿no? —suspiró Melina con cansancio.
Tabar asintió con el mismo poco ánimo que ella. No era el lugar al que querían ir, pero no tendrían más remedio que dar ese rodeo para alcanzar su destino.
En una rama de un árbol cercano, un cuervo negro como el azabache alzó el vuelo. Había oído toda la conversación y ya volaba raudo para llevarle las noticias a su amo.