Hasta la última gota Chapter 22
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Chapter 22

Tras mucho buscar por las áreas cercanas a la ciudad y no dar con Zephyr, Naima regresó a la plaza frente al templo, donde encontró a una Melina aún víctima de la turbación. La diosa tocó tierra con delicadeza y guardó sus alas, que desaparecieron ante la atónita mirada de Tabar.

—Maldito Zephyr. Los vientos que convoca son muy rápidos y lo trasladan a gran distancia en cuestión de minutos —gruñó—. ¿Cómo está la muchacha? —se preocupó.

Helmer se acercó a ella para responder.

—No ha abierto la boca desde que su gato desapareció.

—Desde que Zephyr se lo robó, querrás decir —⁠apostilló el granjero.

Tabar se sentaba junto a ella en la escalinata. Meneó la mano frente a su rostro, tratando de comprobar sus reflejos, pero la chica simplemente no reaccionó. Estaba conmocionada.

—¿A dónde se lo ha llevado? —preguntó el mercenario secándose el sudor de la frente.

—Lo desconozco. No sé dónde se encuentra su refugio.

—¿Cómo no vas a saberlo? —protestó Helmer—. Eres una diosa, ¿no se supone que lo sabéis todo?

—Eso es una falacia. Ni los propios dioses somos conocedores de todo. El mundo es vasto, hay innumerables rincones donde podría estar. Además, nunca me he preocupado por saber dónde se escondía. Y tampoco le pregunté.

—Tú sabías que él era el hechicero de Argentos —⁠acusó Tabar con más calma que su compañero—. ¿Por qué hiciste a Melina viajar hasta aquí?

Naima ahondó en su corazón antes de ofrecerles la respuesta que solicitaban. Quería ser justa con ellos, se lo habían ganado.

—La máscara que lleva Zephyr se la impuse yo.

—⁠Melina frunció el ceño, gesto que le indicó a Tabar que estaba prestando atención y no estaba tan ida como parecía—.

Cada vez se dejaba llevar más por la furia y era peligroso.

Debido a mi castigo, perdió gran parte de sus facultades y fue degradado a semidiós.

—Pero todavía tiene poderes —contradijo Helmer.

—Solo sus dones elementales. Es el dios del viento del oeste, por lo que aún puede manejar las ventiscas a su antojo. Pero no puede crear hechizos, ni convocar sus alas. Su magia está muy mermada.

»Cuando me encontré con Melina por primera vez, le puse los zapatos para evitar que Zephyr la matara en venganza por la muerte de Evonne, pero también porque, si le dábamos tiempo, confiaba en que podría ayudar a mi hermano. Sentí algo especial en ella que me hizo pensarlo.

—¿Cómo podría hacerlo? —murmuró la chica, ganándose la mirada de los otros tres.

—No lo sé, solamente confiaba en que ocurriría. Si él era capaz de esperar, si llegaba a encontrarse contigo aquí, en el castillo de Ciudad Boreal, y accedía a sanar a tu gato, creí que algo de su anterior esencia despertaría.

—Pero, si no dispone de poderes para crear hechizos, ¿cómo demonios iba a curarlo? —se exasperó Helmer.

—Para que Evonne también pudiese explorar más allá en el terreno de la alquimia, Zephyr iba almacenando depósitos de magia en vitelas, amuletos y otros objetos, para que ella los utilizase como un ingrediente más.

Ella carecía de magia y él quiso ayudarla a avanzar en sus investigaciones.

Supongo que está haciendo uso de ellos para sus nuevas pociones, o quizás ya no esté experimentando en absoluto.

—Se encogió de hombros, desconocedora de los tejemanejes actuales de Zephyr—.

Lo creáis o no, ha logrado hitos que ni el dios más versado haya conquistado jamás.

No en vano es el célebre hechicero de Argentos y personas de todos los rincones de Metallia peregrinaban hasta sus puertas para conocerle, para pedirle ayuda.

—Se le llenó la boca al decirlo, orgullosa de los logros de su hermano menor.

Tabar arrugó la frente.

—¿Y no sabían que en realidad era el dios del viento con quien trataban?

—No era un dios que se dejase ver a menudo, o más bien nunca. Las tallas que hay sobre él, las pinturas y esculturas, no son lo bastante acertadas como para que la gente lo reconozca.

Melina rescató de su mente la visión de la escultura de Naima en el templo, ciertamente, no se le parecía demasiado. ¿Entonces el rostro de Zephyr no era el mismo? ¿De quién eran los rasgos que había memorizado con tanto interés?

—Ya en Selenia empezó a obsesionarse con la alquimia y montó un pequeño laboratorio con instrumentos que conseguía en sus visitas a las ciudades humanas.

Llegó un momento en que decidió instalarse aquí, en la ciudad que le rendía culto, para de esa manera no olvidarse de quién era realmente, pues el dios Zephyr siempre estaba en boca de los ciudadanos y su orgullo se nutría también de ello, de escuchar las maravillas que la gente decía de él como deidad, aunque no solía ayudarlos con las cosechas ni los conflictos.

»Como hechicero humano obtuvo tanto reconocimiento que, cuando el último rey boreal murió sin descendencia directa, los habitantes de la ciudad lo nombraron a él su nuevo regente, cargo que aceptó encantado.

Aunque, entre nosotros, era un pésimo gobernante, más preocupado por sus descubrimientos en el taller que por dirigir la ciudad y, por extensión, el reino entero.

»Hasta que un día conoció a una humana de la que se enamoró.

Ella también había sido instruida en alquimia y decía ser muy popular en Auria, el país de donde provenía.

Cuando oyó hablar del famoso hechicero de Argentos, no dudó en viajar hasta aquí y presentarse ante quien consideraba su mayor rival.

—Recuerdo algo de eso —rememoró Helmer—, hubo una competición por determinar quién era el mejor alquimista del mundo. Se celebró en la plaza frente al castillo, se montó una buena fiesta en torno a ello.

—Así fue —corroboró la diosa—. Por supuesto, Zephyr fue el ganador del torneo de alquimia, pero ella venció en otro terreno completamente diferente. Para cuando la fiesta tocó a su fin al tercer día y Zephyr hubo sido coronado campeón, Evonne ya se había ganado su corazón.

»Así que se quedó aquí, con él. Al principio todo parecía ir bien, pero claro, Zephyr era un dios y había cosas que no terminaban de encajar en la mente de ella.

¿Por qué pasaban los años y no envejecía, mientras a ella empezaban a salirle arrugas en torno a los ojos?

¿Por qué tenía poderes mágicos? ¿Por qué era mejor que ella, cuando ella entregaba su vida por la alquimia?

Evonne sencillamente no podía soportar seguir siendo la segundona del reino, ver que, cuando la gente llegaba hasta las puertas del castillo para pedir ayuda, prefiriesen las pócimas y medicinas que Zephyr preparaba antes que las suyas.

—Estaba celosa —concluyó Tabar.

—Mucho. Pero mi hermano era un tonto enamorado y al final le contó el secreto de por qué jamás podría superarle: él era el mismísimo Zephyr, el dios del viento del oeste.

Evonne, ante tal revelación, vio las puertas del cielo abiertas para ella.

No solo había conquistado al mejor alquimista del mundo, sino también a uno de los dioses puros de Selenia.

Su ego desmesurado y sus ansias de gloria y poder no hicieron sino acrecentar lo peor de su carácter, y Zephyr, un tonto enamorado como ya he dicho, no sabía decirle que no.

»Evonne pedía y pedía, y Zephyr se lo entregaba todo; incluso lo convenció de robar los zapatos del cielo del dios Adad cuando él… —se interrumpió a sí misma. Había estado a punto de revelar información confidencial.

Las cejas de Tabar se arquearon, estaba expectante por que la diosa terminase de formular la oración.

—¿Murió? —se atrevió a completar—. ¿El dios del trueno está muerto?

—No, no, pero rechazó llevar los zapatos por más tiempo.

Trató de sonar convincente, aunque el gesto de desconfianza del granjero le indicó que sospechaba de su titubeante respuesta.

Naima lamentó tener que mentirles, pero los asuntos de los dioses eran de los dioses.

A ellos poco debía importarles si vivían o no, solo tenían que adorarlos, rogarles y rezarles.

Además, los humanos no debían enterarse jamás de que, sin los zapatos, eran tan mortales como ellos.

—Como decía, Evonne pidió a Zephyr que robara los zapatos de Adad para ella, y él así lo hizo. Ya que nunca podría ser una diosa completa y tener los mismos poderes que mi hermano, al menos quería subir un escalón más y convertirse en una semidiosa.

»Aquello fue la gota que colmó el vaso. Su nuevo estatus no hizo sino incrementar su lado más villano y brutal.

Sintiéndose respaldada y protegida por un dios puro, caminaba por el mundo exigiendo pleitesía, castigando a quienes osaran resistirse a su tiranía.

Incluso fuimos a la guerra por su culpa, porque esa bruja demandaba que las minas de metales preciosos debían estar bajo el control de los dos mejores alquimistas del mundo.

—¿Y por qué no le parasteis los pies? —gruñó Helmer.

—Era la pareja de mi hermano. No les hacemos daño de forma deliberada —aclaró con una punzada de dolor en el pecho.

Zephyr, sin embargo, sí que había envenenado a su último amante—.

Pero cuando Melina apareció en Villa Alumen y la atropelló con su moto, ahí aproveché la ocasión.

De esa situación sí que podía sacar ventaja.

Tabar se quitó el sombrero de paja para rascarse la cabeza, pensativo, y se lo volvió a poner.

—Si llevaba puestos los zapatos cuando Melina la atropelló, ¿cómo pudo morir?

—Yo misma me lo he preguntado en innumerables ocasiones y solo he llegado a una conclusión posible, aunque no sé si certera: la moto de Melina. Esa obra de ingeniería, fabricada en otro mundo, debió de ser lo que la mató incluso calzando los zapatos.

—¿Es mágica? —Se asombró Helmer. Su pregunta hizo que Melina pestañeara varias veces seguidas.

—No. Es… diferente. Al no haber sido creada en este mundo, pudo romper el hechizo de los zapatos. Desde ese día sospecho que los zapatos solo protegen frente a los peligros de Metallia.

—¿Entonces, en el mundo del que vino Melina, no tendrían ninguna habilidad de protección?

—Es una posibilidad —respondió con cautela.

En la reunión que había mantenido con su familia expuso lo ocurrido con Evonne, Zephyr y Melina, y entre todos habían llegado a esa conclusión. El veredicto fue unánime: ese vehículo que podía matarlos debía desaparecer de Metallia.

En ese momento, Melina hizo una pregunta que los dejó a todos pasmados:

—¿Significa eso que yo, que vengo de ese otro mundo, puedo quitarle sus zapatos a Zephyr?, ¿que no está protegido contra mí?

Naima abrió la boca, pero la volvió a cerrar al no saber qué contestar. ¿Podía? Había sopesado el valor de la moto, pero no se le había ocurrido aquello.

—Haz la prueba —la instó Helmer.

—Eso. —Se sumó Tabar a la idea.

Melina alzó la vista hacia la diosa, recorrió todo su cuerpo con la mirada, desde sus zapatos alados hasta sus ojos. Naima la observó dubitativa, pero asintió, dándole permiso para comprobarlo.

Se acercó un poco más a ella, dobló la rodilla en el aire para poner el pie derecho a la altura de sus manos. Melina poso los dedos en su tobillo, empujó con suavidad el calzado… y este cedió.

—No puede ser. —Se asombró Tabar.

Naima retiró con presteza el pie, se recolocó el zapato mirando nerviosa en todas direcciones.

Afortunadamente, solo estaban ellos en la plaza.

Todavía era de noche y aún faltaban unas horas para que el sereno pasase por allí para apagar la llama de los faroles.

Y el clérigo no había vuelto a asomar la nariz desde que la pelea entre los hermanos se desatara, al igual que el resto de habitantes.

—Ahora sí que ese Zephyr tiene de qué preocuparse —se envalentonó Helmer—. Si Melina consiguiese acercarse lo suficiente hasta él para quitarle los zapatos, usted, Naima, podría aprovechar para destruirlo. Solo un dios puede matar a otro, ¿verdad?

Naima le dedicó una dura mirada ante su comentario.

—Estás hablando de un dios. —Su semblante se volvió de piedra—. No se mata a los dioses.

A Helmer se le tiñeron hasta las orejas de rojo ante la reprimenda de la diosa, se había venido demasiado arriba al comprobar el potencial de su amiga.

—Tiene razón, lo lamento mucho, Alteza —se disculpó rascándose la cabeza con la empuñadura de la espada, que aún portaba en la mano.

—Mi intención no es que Zephyr muera o sea destruido, sino que logre quitarse la máscara que yo misma le impuse. Es por ello que mandé a Melina venir hasta aquí. Fue una jugada peligrosa, pero tenía fe en ella.

—No lo comprendo —expresó Tabar. Estaba sentado un par de escalones por encima de Melina, sus manos posadas sobre los hombros de ella, feliz de que por fin hubiese salido de la conmoción.

—Supongo que ya no importa, nada ha salido como yo pensaba. Mi plan no ha funcionado.

Helmer y Tabar se miraron ofuscados y pronto la frustración derivó en una nueva riña entre ellos. Melina se alejó, no tenía ganas de aguantar una nueva discusión.

—Melina —la llamó Naima y se aproximó a ella—.

Toma, quiero que lleves esto y no te lo quites.

—La joven observó lo que la diosa le entregaba: un collar adornado con una estrella amarilla—.

Mientras lo lleves contigo, podré localizarte allá donde estés.

Y, si necesitas mi ayuda, apriétalo hasta que cambie de color, sabré que estás en problemas y acudiré lo más rápido que pueda.

Ahora debo marcharme, hay algo importante que tengo que hacer.

La muchacha asintió distraída y se lo colgó del cuello. La diosa abandonó la ciudad de un rápido salto vertical y abrió sus alas, tan deprisa que ni Helmer ni Tabar se dieron cuenta, enfrascados como estaban en sus discusiones.

Melina acarició el collar, preguntándose si hubiese cambiado algo haberlo recibido antes. Cuando Tattoo aún estaba en sus brazos.