Hasta la última gota Chapter 21 #2
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Chapter 21 #2

—¡El hechicero nos envió a la batalla! ¿Era nuestro dios quien lo hizo en realidad? —clamó una voz por encima de las demás.

Los habitantes de la ciudad se miraban entre ellos, confundidos.

El hechicero los había reunido en un ejército para apropiarse de las minas de metales preciosos con la excusa de que así podría seguir avanzando en sus creaciones y, gracias a ello, Ciudad Boreal sería el centro neurálgico de todo Metallia y Argentos el reino más próspero.

Les había dicho incluso que el dios Zephyr aprobaba sus actos, pero jamás se imaginaron que ambos eran la misma persona.

—Si pudiese quitarme esta máscara, os enseñaría mi rostro, conocido por todos aquellos que alguna vez vinisteis a verme implorando una pócima, una pomada o un licor.

Los murmullos se volvieron voces, las voces gritos. El caos reinó por toda la plaza, incluso los opresores de Helmer y Tabar los soltaron, demasiado abrumados por tal revelación.

—Sagrado Zephyr —habló el clérigo—, ¿por qué nunca nos lo dijisteis?

Zephyr se giró hacia él. ¿Cómo osaba pedirle explicaciones? Pero se las dio, no le importaba compartir aquello con sus súbditos. Se estaba divirtiendo mucho.

—Estuve viviendo muchos años entre vosotros como un humano más. Ninguno sospechasteis nunca que quien os preparaba los ungüentos y medicinas era el propio dios al que le rezabais para que surtieran efecto.

Se volvió de nuevo hacia Melina.

—Ya ves, muchacha, has recorrido todo este camino para nada. Desde el principio me tuviste frente a ti. Reconozco que fue entretenido ver que te ilusionabas con la posibilidad de encontrarme en mi faceta de hechicero y que ayudase a tu mascota.

—¿Melina? —preguntó Tabar, que ya se había posicionado junto a ella.

—¿Amiga, estás respirando? —se preocupó Helmer.

La joven salió de la conmoción y miró hacia su costado, hacia Naima, quien observaba con rabia al semidiós.

Al sentir la atención de la chica sobre ella le devolvió la mirada.

Encontró un rostro enrojecido por el sufrimiento y unos ojos cuyas lágrimas los hacían parecer dos espejos de cristal a punto de resquebrajarse.

—Tú lo sabías —expresó en un hilo de voz—. Desde Villa Alumen, cuando me encomendaste viajar hasta aquí, tú ya sabías que esto iba a pasar. Que cuando encontrara al hechicero descubriría que era él.

Naima se tomó un instante para responder. No recordaba que ningún humano hubiese osado jamás hablarle como ella lo estaba haciendo, que la hubiese mirado con aquellos ojos acusadores. Pero sí, tenía razón, ella la había metido en todo esto.

—Tenía la esperanza de que…

—¡Me has mentido! Me dijiste que solo el hechicero de Argentos sabría cómo curar a mi gato. Yo podría haber hecho un trato con él allí mismo, ahorrarme todo este camino hasta aquí.

—Le habrías entregado los zapatos.

—Por supuesto que lo hubiese hecho. A mí solo me importa Tattoo.

—Por eso no te lo dije —se defendió la diosa—, porque la ira que albergaba por haber matado a Evonne hubiese sido letal para ti.

¿O qué crees que hubiese pasado si se los hubieras entregado en aquel mismo instante?

¿Piensas que te habría dado las gracias por devolverle los zapatos después de haberla atropellado?

¿Que, en agradecimiento, habría salvado a tu gato y te habría dado una palmadita en la espalda?

—Podrías haberme dicho al menos que tu enemigo era la misma persona que yo buscaba.

—No soy su enemigo —intervino Zephyr con un bufido para rematar la jugada—. Soy su hermano. Los hermanos a veces se pelean —sentenció acariciando el lomo de Tattoo.

Melina rememoró las ocho estatuas que habitaban en el interior del templo. Lo había tenido delante de las narices y no se había dado cuenta. Se sentía estúpida, la más panoli del mundo entero. No era más que una pieza en un juego entre hermanos.

Se giró hacia sus amigos.

—¿Vosotros sabíais eso? —les preguntó a Helmer y Tabar.

—Acabo de enterarme, al igual que tú —negó Tabar⁠—. Al igual que todos, me parece —añadió al observar al gentío, que volvían a murmurar con los rostros desencajados por la sorpresa.

—Nunca he sabido qué relación guardan entre ellos. No van por ahí contando sus cosas. Son dioses, supongo que son reservados —respondió Helmer afligido.

—Pero tú lo sabías, claro —se dirigió a Naima—. Otra mentira más.

—Esta pelea ya dura demasiado, ¿no crees, hermana mía? —expuso Zephyr—. ¿No quieres hacer ya las paces? Quítame esta máscara y volveremos a ser una familia unida.

—¿Después de tus últimos actos? —contestó furiosa en referencia a la muerte de su amante.

—Ya lo superarás. —Le restó importancia con un gesto de la mano libre.

—Ya no eres el hermano que yo conocía, al que amaba y respetaba. Esa maldita Evonne, bruja desalmada, te cambió para siempre.

—Cuidado, hermanita. Lávate la boca para hablar de ella. —Levantó un dedo amenazante.

La varita de Naima comenzó a vibrar, una luz pulsada subía por ella, pero se desvanecía al llegar a la punta estrellada. Estaba conteniendo su poder.

Zephyr rio al verlo, aunque fue una risa seca, preocupada en el fondo por lo que su hermana pudiese hacer. Sin sus poderes y con aquella dichosa máscara estaba en clara desventaja.

La gente había enmudecido. Tenían frente a ellos a dos dioses en plena disputa y estaban descubriendo información interesante relativa a ellos.

Comprendieron que la guerra que libraron contra Ciudad Iridia había sido instigada por el mismísimo Zephyr, creyendo que solo seguían las órdenes del hechicero de Argentos, a quien nunca más volvieron a ver tras aquellos acontecimientos.

Ahora encajaban las piezas, pues tampoco volvieron a tener el favor de Zephyr, el dios que parecía darles la espalda tras la guerra; quien, en realidad, desde entonces vivía exiliado para no tener que mostrarse en público con la máscara que reprimía sus poderes.

—Estoy harta de tus juegos, Zephyr. Devuélvele el gato a esta chica o sufre las consecuencias.

—Ven a por él —retó a su hermana.

Naima entró al trapo. Se lanzó contra él con la varita por delante.

Zephyr le pasó el gato a Aidan sin ninguna delicadeza y se preparó para recibirla.

Llamó al viento retorciendo las manos como si de garras se tratase.

La ventisca no tardó en acudir, ralentizando el ataque de Naima hasta incluso dejarla casi paralizada, avanzando a duras penas.

El viento provocó que el resto de personas retrocedieran unos pasos, cayendo unos sobre otros.

—Que los dioses nos amparen —rezó el clérigo antes de correr hacia el interior del templo. Si iba a haber una lucha entre dos dioses, él no quería que le pillara en medio.

Los habitantes de Ciudad Boreal debieron de pensar lo mismo, pues salieron huyendo todo lo rápido que se permitieron unos a otros, sin orden ni concierto, empujándose, taponándose y peleándose por ser los primeros en abandonar la plaza que iba a convertirse en el campo de batalla de dos dioses iracundos.

Helmer, Tabar y Melina también cayeron hacia atrás por el embiste del viento, pero la chica se puso en pie de nuevo con presteza y ya trataba de llegar hasta Aidan, quien se escondía tras una columna en lo alto de la escalinata para protegerse de la pelea, la cual ocurría a tal velocidad que era imposible distinguir quién era quién; tan solo se veían dos figuras colisionar y separarse para volver a colisionar y volver a separarse.

—¡Aidan! —gritó la muchacha. El chico se asomó, la vio intentando alcanzar su posición.

—Huye, Melina, es peligroso quedarse aquí —le pidió él.

—¡Dame a Tattoo! —le rogó—. No me iré sin él.

—No puedo… —se lamentó—. Ya lo has oído, si no obedezco, no volveré a ver a mi familia.

—¡Bajo su yugo tampoco lo harás! ¿No lo ves? Te está utilizando, no es su intención dejarte libre.

—Lo sé, pero tengo una pizca de esperanza de que al final ocurra. Si lo traiciono, entonces sí que no pasará.

—Yo te ayudaré, de verdad. Huyamos juntos, ahora.

—Me encontrará —negó—, me castigará, y a mi familia también.

—Muchacho, si no le das el gato ahora mismo, te juro que no va a hacer falta que te castigue tu amo, porque no voy a dejar nada de ti —intervino Helmer al pie de la escalinata.

Tanto él como Tabar estaban al otro lado de la trayectoria que seguían los dos dioses luchando y les era imposible llegar hasta donde Melina se enfrentaba a Aidan. En un par de ocasiones intentaron alcanzar lo alto de la escalinata y casi se los llevaron por delante.

—Lo siento, de verdad —les dijo a los tres, a los que hasta aquella misma noche habían sido sus compañeros de viaje, sus amigos—. Espero que podáis comprenderlo.

Pero Melina, a pesar de la ventisca, logró llegar hasta él, pudo mirarlo a los ojos frente a frente.

—¡Cuidado! —gritó Aidan y la apartó con la mano libre.

Donde estaba la cabeza de Melina hasta hacía un instante, ahora había una varita con forma de estrella clavada en la columna, aunque rápidamente fue devorada de nuevo por el torbellino que eran ambos dioses luchando y desplazándose por todo el lugar, despejado por fin de curiosos.

Y durante el giro por apartarla del golpe desviado, Melina logró agarrar a Tattoo.

—¡Te tengo! —gritó triunfante.

—¡No! —Aidan arremetió contra ella, trató de quitarle el animal de nuevo.

Melina clavó las uñas en su brazo, justo donde tenía la herida por el tajo que había recibido al enfrentarse a los boreanos. Aidan aulló de dolor, la herida volvió a manar sangre.

—¡Lo siento! —se disculpó—, pero no puedo permitir que te lo lleves.

—Melina, por favor, me estás condenando.

—Me traicionaste —expresó ella parándose frente a él—. Era tu amiga y me traicionaste. Yo no puedo hacer lo mismo con él.

Aidan iba a responder, pero entonces Zephyr apareció de sopetón y se interpuso entre ambos, tapándole la visión del muchacho.

Melina se fijó en la pierna del semidiós, la pernera del pantalón estaba destrozada y sangraba.

También los nudillos de su mano derecha estaban heridos.

De una zancada se plantó delante de ella y recuperó al gato de sus frágiles manos.

Melina no pudo hacer nada por evitarlo, no tuvo ni una opción contra él, nunca la había tenido.

—¡Zephyr! —gritó Naima corriendo ya de nuevo hacia él—. No huyas, cobarde. Ven aquí y lucha.

—Quizás en otra ocasión, hermana.

Zephyr se permitió el lujo de observar un instante a la humana. Contempló la amargura en su rostro, la tristeza en sus ojos oscuros, y, durante dos latidos de su obstinado corazón, casi sintió pena por separarla de su mascota.

Casi.

Antes de que la diosa llegase hasta él, agarró a Aidan y desapareció en el cielo nocturno de un colosal salto, llevándose a Tattoo.

Naima invocó sus alas, las cuales nacieron con presteza de su espalda, pero aquellos valiosos segundos que el semidiós llevaba de ventaja —sumados a que él se desplazaba gracias a las ráfagas de viento que él mismo controlaba— hicieron que, cuando Naima alcanzó el oscuro cielo más allá de los altos edificios de Ciudad Boreal, ya no lo encontrase.

El débil destello rojizo de la luna tampoco servía de mucho para alumbrar el firmamento, mas no se dio por vencida, voló y voló en busca de su rastro, y se perdió por el horizonte al igual que había hecho su hermano instantes antes.

Melina se quedó inmóvil, igual de rígida que las estatuas que habitaban en el interior del templo. Sus manos volvían a estar vacías, su corazón también.

Tattoo se había ido.