Hasta la última gota Chapter 21
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Chapter 21

Todos y cada uno de los boreanos que allí se encontraban clavaron las rodillas en el suelo y bajaron la cabeza hasta rozar las losas de piedra con la frente, para, a continuación, elevar un poco la mirada y observar a la deidad que acababa de hacer aparición tras tantos años sin dar muestras de escuchar sus ruegos.

No era habitual ver a uno de los dioses en persona.

—Sagrado Zephyr. —El clérigo también se arrodilló, entregó su cuerpo, su vida y su alma al dios allí presente—. Corrían rumores acerca de la máscara que cubre vuestro rostro. Lamento comprobar que eran ciertos.

Zephyr pasó por alto la mención de su castigo.

Pese a estar en una plaza atestada de devotos, pese a ser el centro de todas las miradas y pese a los llantos de esperanza que se oían por tener por fin de nuevo a su señor entre las murallas de Ciudad Boreal, el ahora semidiós ignoró todo aquello y giró la cabeza hacia un lado para mirar directamente a la muchacha al pie de la escalinata, aquella que en sus manos llevaba la cesta con el gato herido y en sus pies el objeto más preciado del mundo entero: los zapatos que otorgaban la inmortalidad a su portador. Y esta vez iban a ser suyos.

—Queridos fieles —se dirigió a su expectante audiencia—, he escuchado vuestras plegarias, he prestado atención a vuestras súplicas, y esta noche estoy aquí con vosotros.

—¡¡Te adoramos, sagrado Zephyr!! —expresaron todos al unísono como si de una consigna se tratase.

Helmer cometió el error de creer que la lucha había terminado ante lo que estaba sucediendo y su oponente aprovechó para desplazar su espada hasta rozar el cuello del mercenario, una clara amenaza de muerte si osaba mover un dedo.

—Malditos adoradores —escupió.

—Amado Zephyr —el clérigo tomó la palabra—, han sido años de ausencia, perdónanos si en algún momento hemos flaqueado, si alguna vez hemos ofendido a vuestra divinidad. Somos tus siervos y vivimos y morimos por ti, bajo tu sombra y a tus órdenes.

Zephyr esbozó una sonrisa de satisfacción. Aquella ciudad le pertenecía, no importaba lo lejos que se marchara o lo poco que los ayudase. Los mortales que la habitaban eran su mayor fuerza incondicional.

El semidiós bajó los escalones con deleite, disfrutando de cada instante de adoración, de cada suspiro que arrancaba en las gargantas de los presentes. Demonios, lo había extrañado. Había echado de menos sentirse como merecía, como un auténtico y poderoso dios.

—Dame los zapatos —expresó con calma cuando estuvo situado frente a la muchacha, todas las miradas puestas en él.

Melina observó un instante aquel rostro bajo la máscara.

Intentó encontrar la mirada que había contemplado en la estatua, la sonrisa que el escultor le había regalado.

No encontró nada de eso. Se preguntó si el autor no habría vertido sobre su obra demasiado de su propia imaginación, pues en aquellos ojos que la contemplaban implacables no había rastro de la gentileza que recogía la escultura.

Dirigió entonces la vista hacia sus amigos, los tres apresados por sus oponentes y sin posibilidad de escapar. Se aferró con fuerza a la cesta de Tattoo, gesto que Zephyr siguió con la mirada.

—Has venido hasta aquí, tan lejos de Villa Alumen, para salvar a tu mascota.

—Vengo desde mucho más lejos que eso —susurró con el corazón en un puño.

—Dame los zapatos, inclínate ante mí, júrame obediencia y yo pondré fin a este sinsentido.

—¿Cómo le pondrás fin? —Osó dudar, lo que levantó murmullos por toda la plaza.

—Soy un dios, por si no te has dado cuenta.

—Semidiós —puntualizó ella, crispando el ánimo de la deidad.

—¿Siempre tienes que ser tan molesta? ¿No puedes simplemente cerrar la boca y cumplir mis órdenes? —⁠Detestaba a aquella chica que cometía el error de plantarle cara en vez de agachar la mirada. Que se atrevía a poner su poder en duda delante de todos sus súbditos.

—La diosa Naima me dijo que no te los diera, que ni siquiera me los quitara.

—¿Qué sabrá ella? —bufó con desprecio.

—Algo más que yo seguro.

Zephyr se acercó más, provocando que Melina diera dos pasos atrás, hacia la multitud que era testigo de todo lo que estaba ocurriendo allí. Chasqueó los dedos y emitió una orden clara:

—Conmigo. —Posó la mirada sobre el muchacho asilvestrado, seña que el boreano que lo mantenía retenido comprendió y cedió su agarre, permitiendo que quedase libre.

—Maldito traidor —gruñó Helmer cuando Aidan se situó junto a su amo.

—Quítale los zapatos.

—Señor… —La voz le tembló a Aidan, al igual que las rodillas.

—¿No me has oído? Procede.

—¡No es posible hacerlo! —gritó Tabar, provocando que su opresor apretase más su cuello. —¡Los zapatos del cielo no se pueden robar a su portador mientras los lleve puestos!

—Él encontrará la forma de que la humana los entregue. Por algo te infiltraste en su grupo, ¿no es así? —se dirigió ahora a él sin perder de vista a la muchacha, esperando su reacción.

Lo que el semidiós ignoraba era que ella ya había llorado esa traición y no se sorprendía en absoluto de la supuesta dolorosa revelación.

—Señor… —Aidan temblaba. Odiaba tener que obedecerle. Melina lo vio en su mirada, en su expresión corporal, en sus hombros caídos, en su porte desvalida.

—Entiendo que no quieres regresar con tu familia, ¿cierto? —instó al muchacho.

—A cada instante… —se lamentó él.

El joven se giró hacia Melina para llevar a cabo la orden encomendada y ella comenzó a llorar.

El semidiós conocía a su súbdito y esgrimió contra él lo que sabía que más dolor le provocaba.

La chica no podía hacer gran cosa ante aquello, ni siquiera tenía la oportunidad de convencerle de que se resistiera, de que no hiciera nada contra ella, pues lo que él se jugaba era algo tan sagrado como lo que se jugaba ella.

—Lo siento. —Aidan también lloraba ahora.

—¡No! —gritaron Helmer y Tabar cuando vieron sus intenciones.

Melina se aferró a la cesta con más fuerza, pasó el brazo por encima y trató de esconderla con su cuerpo, pero Aidan era más corpulento y fuerte que ella y consiguió deshacer su agarre.

—¡No, por favor! ¡No, por favor! —Lloró y lloró cuando Aidan se hizo con Tattoo, cuando se apoderó de él, y se alejó de ella de vuelta con su amo.

A Aidan también le estaba doliendo aquello. No quería hacerle daño, odiaba tener que hacerlo.

—¡¡Traidor!! —bramó Helmer—. ¡¡Te mataré!! —⁠Acto seguido, giró sobre sí mismo y atacó a su opresor, y volvieron a enzarzarse en una breve pelea que perdió enseguida, pues la rabia lo guiaba en vez de la sangre fría—. ¡¡Maldita sea!!

Aidan se mantuvo junto a su amo como un animal fiel, con el gato en brazos y mirando con pena y arrepentimiento a la que, en un estúpido arrebato de esperanza, había llegado a considerar su amiga.

—Dame los zapatos —volvió a exigir el semidiós⁠—, o despídete de tu mascota.

Tattoo trató de revolverse, de soltarse, pero solo logró emitir un maullido lastimero.

—Por favor, no le hagas daño —suplicó entre lágrimas—. Es lo único que tengo.

—Ya sabes qué hacer.

Melina dejó caer la cesta, ahora vacía, y enterró el rostro entre las manos. Derramó unas cuantas lágrimas más y entonces se agachó para deshacerse de aquellos malditos zapatos que solo le habían traído problemas.

—¡¡No lo hagas!! —se oyó una voz en lo alto de la escalinata.

—¡¡Sagrada Naima!! —gritó el clérigo al darse la vuelta y ver frente a sí a la diosa de la felicidad. Aunque en aquel instante no lucía muy feliz.

Pero Melina ya sacaba el talón por encima del borde del zapato, así que Naima corrió —o más bien voló— hacia ella y le agarró las manos para frenarla en la locura que estaba cometiendo.

—¡Estate quieta! Si te los entregué fue porque era la única forma de protegerte de su ira cuando descubriera que habías matado a Evonne. Y aún no estás a salvo.

Sus palabras levantaron murmullos entre la gente. ¿Aquella chica había matado a la bruja?

—¡¡Estos estúpidos zapatos son la causa de todo!! —chilló Melina sin importarle que a quien le gritaba era a una diosa pura del reino de Selenia.

—Estos estúpidos zapatos son lo que te mantienen con vida. Sin ellos podría matarte. —La aferró por los hombros y la zarandeó para que le prestase atención; estaba fuera de sí—. ¿Quién sabe qué pretende hacer con ellos?

—Pues llévatelos a donde él no los encuentre.

O mejor, dáselos y que se salga con la suya.

¡No me importa! ¿Por qué debería? Me habéis metido en vuestros asuntos sin yo quererlo.

Y tú solo apareces para decirme que no me los quite.

¿¡Dónde estabas cuando tenías que reunirte conmigo en la laguna de Nitreas!

? ¿¡Dónde estabas cuando el enemigo se hacía pasar por amigo diciendo que tú le enviabas! ?

Aquellas últimas palabras fueron una nueva daga en el corazón de Aidan, quien ya le entregaba el gato a su amo.

—Melina, tienes que tranquilizarte —le imploró Naima, quien veía la desesperación que estaba alcanzando la muchacha. En ese estado podría cometer cualquier locura.

—Yo solo quiero curar a mi gato y marcharme de aquí —gimió—. ¿Dónde está ese maldito hechicero de Argentos que se suponía que iba a ayudar a Tattoo? ¿¡Dónde está!? —se dirigió a todos y a nadie.

Paseó la mirada por encima de la gente como si esperase que uno de ellos diese un paso al frente y revelase ser el hechicero.

La voz del semidiós llegó clara hasta ella, sus palabras fueron el mayor jarro de agua fría que había recibido en muchos años:

—Lo tienes delante.

Melina se giró hacia él con las lágrimas congeladas en los ojos. El llanto cesó de golpe, igual que los latidos de su corazón.

—Esta ciudad está bajo mi dominio. Yo soy su dios, y también su soberano. Yo soy el hechicero de Argentos.

Zephyr sonrió con orgullo al observar la sombra de dolor que cruzó por el rostro de la muchacha. Qué lástima que ella no pudiese ver el suyo lleno de regocijo, oculto bajo aquella maldita máscara.

Los murmullos regresaron, esta vez expresados con asombro:

—No es posible.

—No puede ser.

—¿Zephyr es el hechicero?