Chapter 20
La campana de bronce que coronaba la torre colindante al templo comenzó a tañer con furia. La luna brillaba llena en el cielo, enorme y rojiza.
—La ira de los dioses —mencionó Tabar hablando consigo mismo, aunque Melina lo oyó.
Ambos se taparon los oídos hasta que el estruendo cesó.
Estaban sentados en la escalinata del templo.
Helmer, oriundo de Ciudad Boreal, se había marchado hacía un rato en busca de víveres.
Melina, tras hartarse de llorar hasta quedarse sin lágrimas, no se encontraba con fuerzas para seguir caminando; necesitaba descansar.
—¿De qué dios? —preguntó ella observando el encarnado satélite.
Tattoo dormitaba en su cesta hecho un ovillo. Si bien era cierto que no parecía tan malherido como al principio del viaje, Melina sabía que no estaba bien; ella lo conocía, veía que su comportamiento era distinto y que no mostraba tanta agilidad ni ganas de cazar como era habitual en él.
—Yo…
Tabar quería hablar con ella, disculparse por volver a meter la pata, pero no encontraba la forma, no lograba dar con las palabras que hicieran justicia a todo lo que pensaba y sentía. Era un cobarde, no había más. ¿Cuántas veces se podía decepcionar a una sola persona en unos pocos días?
Melina se apartó un mechón de pelo que se le había pegado a la frente, gesto que tuvo que repetir en numerosas ocasiones debido al vendaval que se había levantado en apenas unos minutos.
Volvió a observar la luna, las nubes pasaban veloces frente a ella y volvían a perderse en la oscuridad de la noche.
Entonces comenzaron a oír los pasos que se acercaban cada vez más apresurados, las voces, el característico sonido de una turba de personas dirigiéndose a un mismo lugar, convocados por la llamada del campanario.
Primero aparecieron unos pocos, un goteo intermitente de lugareños, pero, apenas unos instantes después, la plaza donde se encontraban se llenó de gente.
Iban recitando un pasaje al unísono, un versículo que todos conocían a la perfección, pues el clérigo lo leía siempre en el templo para todo aquel que quisiera escuchar.
Tanto Tabar como Melina estaban acongojados.
Era impresionante ver cómo la plaza se iba llenando de gente, cómo las cientos de voces se convertían en una sola.
El sonido trepaba por el aire, por las fachadas de los edificios, apagando cualquier otro ruido, incluso el del viento que alborotaba los pelos de todos, que derribaba sombreros y tocados.
Se levantaron de la escalinata y se echaron a un lado para no ser el centro de atención de semejante tumulto.
Por suerte los ignoraron, solo prestaron atención al sacerdote que apareció entre las columnas del templo, libro de pan de oro en mano, recitando a su vez el mismo pasaje que los ciudadanos.
Cuando el salmo llegó a su fin, el silencio fue ensordecedor.
—Queridos amigos —Melina reconoció al clérigo de aquella tarde y se encogió sobre sí misma tras lo sucedido con él—, el viento se ha levantado, el cielo ha tornado el níveo brillo de la luna en sangre. Nuestro dios clama, y nosotros respondemos.
Todos comenzaron a murmurar, en sus miradas se leía la alarma de que algo estaba sucediendo.
—Una grave afrenta ha tenido lugar esta noche, aquí mismo, entre los muros del templo de los dioses.
—Melina tragó saliva—. Un loco, enemigo de nuestra fe, ha destrozado la imagen del dios del trueno, Adad, y ha dejado irreconocible la del dios del viento del oeste, nuestro sagrado Zephyr.
—Más murmullos, esta vez acalorados, indignados—.
Nuestro dios todo lo ve, todo lo sabe. Y este acto no quedará impune.
Observad a aquel que ha despertado la ira de los dioses.
El sacerdote señaló hacia la multitud, a un punto concreto donde, para sorpresa de Melina, se encontraba Helmer abriéndose paso a empujones entre el gentío e intentando llegar hasta ella.
—Este ser impío ha blandido un arma en el interior del templo, lugar sagrado de oración y veneración, y nuestro amado Zephyr, a través de este humilde siervo, os pide, os demanda, que hagáis cumplir su castigo sobre él.
»Apresadlo.
Formulada la orden, y ante la emoción que provocaban las palabras del orador sobre la gente, todas las personas que se situaban pegadas a Helmer se abalanzaron sobre él buscando cumplir el designio de su dios.
A pesar de cargar con la pesada armadura, Helmer logró zafarse de varios pares de manos cuyo cometido era reducirle y desarmarle.
Melina dio un paso al frente para ir a socorrerlo, pero Tabar la asió del brazo y lo impidió.
Era una locura lanzarse contra tanta gente que estaba dispuesta a cualquier cosa por agradar al dios a quien adoraban.
Helmer, a duras penas, llegó junto a ellos frente a la escalinata y de inmediato se giró hacia la multitud.
Con el casco ya en la cabeza, desenvainó la maltrecha espada.
Pero aquello de poco iba a servir, pues varios de los allí presentes sacaron sus propias armas.
El resto de personas, augurando que aquel enfrentamiento no iba a acabar bien y que podían llevarse algún golpe desviado, se echaron atrás y dejaron un espacio vacío entre ellos y quienes plantaban cara al mercenario, quedando relegados de forma voluntaria al corrillo alrededor de la pelea.
—Observad la otra afrenta contra los dioses que ha tenido lugar esta noche —anunció entonces el clérigo—. Esta muchacha, indigna de cualquier elemento divino, ha robado los zapatos del cielo que solo a ellos pertenecen.
Melina creyó desfallecer cuando fue consciente de que se estaba refiriendo a ella, que la había descubierto y la señalaba delante de toda la ciudad. El público allí reunido la miraba ahora a ella, a sus pies, a los zapatos alados que no tendría que llevar puestos.
—¡Se los ha dado la diosa Naima! —clamó Tabar, pero fue inútil, pues los gritos de sorpresa acallaban el resto de voces de la plazoleta.
—¡Apresadla a ella también!
Melina dio un par de pasos atrás, asustada por las personas armadas y enfadadas que no solo iban a plantar cara a Helmer, sino que ahora también tenían como propósito llegar hasta ella. Y si no iban a poder quitarle los zapatos a la fuerza, ¿qué pensaban hacer con ella?
Tres hombres con espadas avanzaban despacio hacia ellos, analizándolos, valorando cómo dar el primer golpe.
Tras ellos, la gente se movió, algo les estaba apartando a empujones, y de pronto un muchacho de cabellos color marrón-grisáceo se abrió paso entre los atacantes y los confrontó.
Su modo de enfrentarse a ellos no era lo que se hubiese esperado de una lucha entre caballeros, pues los mordió y agarró del pelo, y zarandeó sus cabezas con tal fuerza que pareciese que su cometido era separarlas de sus cuellos.
Y mientras lo hacía, su garganta emitía sonidos guturales, ferales y estridentes que provocaban que los espectadores se tapasen los oídos, que se apartasen y que dejasen aún más espacio entre ellos y el lugar del conflicto.
—¡Aidan! —lo llamó Melina, asustada por ver que el muchacho se enfrentaba solo a los tres hombres armados.
—¡Estás más loco que yo! —gritó Helmer corriendo hacia él.
El mercenario se sumó al muchacho asilvestrado, quien había soltado a sus contrincantes y se había situado entre ellos y la muchacha. Entre los dos plantaron cara a los oponentes, que sonreían al ver que seguían siendo mayoría.
—Guárdame esto —le dijo Tabar a Melina, poniéndole el sombrero de paja directamente en la cabeza. Y se alineó con sus dos compañeros.
—Ahora estamos iguales —bramó Helmer con confianza, orgulloso de ver que el granjero dejaba a un lado su miedo y salía en defensa del grupo.
—Pero solo uno de vosotros está armado —puntualizó uno de los enemigos.
Aidan enseñó los dientes en respuesta y Tabar alzó los puños adquiriendo una postura de combate. Esas eran sus armas.
—¡Parad esto antes de que sea tarde! —pidió Melina mirando primero al gentío y luego al clérigo, sosteniendo a su vez el sombrero sobre su cabeza para que el viento no se lo robara.
—Entrégame los zapatos —respondió el hombrecillo.
Melina dudó. ¿De verdad aquellos estúpidos zapatos merecían tanto la pena?
¿Iba a permitir que sus amigos, quienes ya luchaban contra los tres oponentes, salieran malheridos por culpa de ella?
¿Por hacerle caso a una diosa que solo le había dado vagas instrucciones y no se había vuelto a dignar en aparecer en todo aquel tiempo?
Mientras lo meditaba, la pelea tenía lugar a escasos pasos de ella.
Helmer lanzaba estocadas a diestro y siniestro, tratando de proteger a Tabar y a Aidan de las armas de los rivales e intentando darles también el espacio a sus compañeros para atacar.
Pero aquellos tres luchadores estaban curtidos en la batalla y más pronto que tarde redujeron al granjero, quien se rindió sin ofrecer mayor resistencia una vez que se vio superado.
Aidan también fue aplacado, llevándose de paso un feo corte en el brazo que arrancó un grito de miedo de la garganta de Melina al ver la sangre manar de la herida.
—Ríndete —exigió el que quedaba libre.
—Jamás —declaró Helmer.
Y, alzando una última vez su espada magullada, arremetió contra su rival. Tras varias estocadas, fintas, embates y paradas, ambos contendientes volvieron a separarse. Era una lucha igualada, pero Melina intuía que, de llevar la espada bien afilada y en buenas condiciones, su amigo ya habría ganado.
El viento no había dejado de soplar con vigor durante todo aquel tiempo, acallaba las voces de la multitud, reducía el sonido de las armas chocando.
El clérigo se agarraba al libro de pan de oro que sostenía entre las manos, tratando de evitar que el viento arrancara las páginas de tan valioso tomo sagrado.
Se dio la vuelta para protegerlo con su propio cuerpo.
Y entonces gritó con fuerza, alzando la voz con tanta potencia que todos los presentes en la plaza se quedaron callados. Incluso la lucha entre Helmer y su oponente cesó de golpe ante tal alarido.
No fue la fuerza de su voz lo que hizo que la gente enmudeciera, ni que se tratase de la suma representación de la palabra de los dioses entre los mortales.
Fue lo que gritó, con la voz cargada de adoración, de incredulidad, de sumisión, lo que dejó clavadas a las personas en el lugar donde estaban.
—¡¡Zephyr!! ¡¡Eres tú!!
—¡Es él! —gritaron algunos.
—¡Ha regresado!
Incluso Melina sintió un estremecimiento recorrer su espalda al oírlo. Y al dirigir la mirada hacia lo alto de la escalinata, pudo ver la figura que caminaba hacia ellos entre las columnas del pórtico. En efecto, se trataba del ahora semidiós Zephyr. Majestuoso. Divino. Letal.