Hasta la última gota Chapter 19 #2
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Chapter 19 #2

Melina se preguntó cómo sería que aquel magnífico ser, al que ahora contemplaba con las alas expandidas, le dedicara un gesto amable.

Cómo se sentiría el tacto de su mano, el roce de su piel.

La joven valoró el tocar la punta de sus fríos dedos de piedra, pero se contuvo.

En su lugar bajó la mirada hasta sus pies, hacia los zapatos que él tanto anhelaba.

¿Tan malo sería quitárselos y entregárselos?

¿Tanto daño le haría a Metallia? Meneó la cabeza para espantar esa idea.

No, no debía sucumbir al semidiós. Pero era tentador saber que ella poseía todo lo que él deseaba.

Saber que podría tenerlo a su merced a cambio de aquellos simples zapatos.

Alzó la mirada hacia sus ojos, lo retó. Estiró el brazo de nuevo, quería tocarlo.

Pero algo cruzó por delante de ella y se estampó contra el dios de piedra de forma violenta.

Melina se tapó con el brazo que tenía levantado y se giró para proteger a Tattoo. Y cuando volvió a mirar, un enorme tajo recorría la cara del dios de lado a lado deformando su bello rostro.

—¿Por qué…?

No pudo terminar la pregunta. Helmer estaba junto a ella, con la espada desenvainada y la mirada furiosa sobre el dios.

—Maldito desgraciado.

El hombretón no se conformó con ese primer golpe, sino que levantó el arma y arremetió de nuevo contra la estatua. Melina se quedó sin palabras.

—Toma esto, y esto, y esto.

Los trozos volaban, tuvieron que protegerse de ellos, pues no todos eran pequeños e inofensivos.

—¡Para! La estás destrozando —gritó por fin.

Pero Helmer estaba fuera de sí. La espada gemía con cada estocada, se resentía ante la piedra. Los trozos de mármol se estrellaban contra las otras esculturas, contra ellos mismos.

—¡¡Para!!

Tabar se acercó por detrás y lo agarró con fuerza.

Tiró de él hacia el suelo, buscando caer sobre él y que soltara la espada.

Helmer y él rodaron hasta estamparse contra la base de Adad, que se tambaleó con violencia sobre su pedestal hasta derrumbarse sobre el suelo, rompiéndose en demasiados pedazos.

El mercenario quedó arriba, levantó la espada con ambas manos para arremeter contra el granjero.

—¡¡Helmer!! —chilló Melina.

Este frenó en el último segundo, la espada quedó a pocos centímetros de la cabeza de Tabar.

—Tranquilo, amigo —lo llamó a la calma.

«Amigo». Las palabras de Tabar lo trajeron de vuelta de sus demonios internos. Helmer relajó el rostro, sus ojos volvieron en sí.

—Yo…

Miró hacia todos lados, contemplando el destrozo que había ocasionado en aquel lugar sagrado de culto y recogimiento. La talla de Zephyr había quedado irreconocible, y la de Adad sería imposible de recomponer.

—Que los dioses sean piadosos —rezó Aidan al ver el lamentable estado de ambas estatuas y al comprobar que también la de Azariel y las de las diosas gemelas habían sufrido daños superficiales por los pedazos de piedra que habían volado hasta ellas.

Tabar se enderezó hasta quedar sentado, aún bajo el hombretón. Helmer pareció darse cuenta entonces de que estaba sobre él y, abochornado, se hizo a un lado. Se puso en pie y, todavía turbado por la situación, le ofreció la mano para ayudarlo a incorporarse. Carraspeó antes de decir:

—Lo siento.

Y se dio la media vuelta para alejarse de ellos a grandes zancadas. Se quedó en un rincón, avergonzado y dubitativo; ahora era él quien necesitaba un momento.

—¿Estás bien? —Se acercó Aidan a Tabar.

Este asintió, aunque se palpó el brazo derecho.

—Es solo un rasguño —aseguró.

Melina, más tranquila ahora sabiendo que Tabar seguía de una pieza, observó de nuevo la escultura de Zephyr. Estaba magullada por todas partes, el hermoso rostro plagado de feos cortes. Semejante visión hizo que tuviera ganas de llorar, algo que se le antojaba incomprensible.

—¿Qué ocurre aquí?

El escándalo había alarmado al clérigo encargado del templo, quien apareció por una puerta lateral con el susto metido en el cuerpo y el rostro desencajado. Se quedó pasmado al ver las figuras destrozadas y a un hombre vestido con una armadura portando una espada en un rincón de la nave.

—¡Por los dioses! —exclamó llevándose las manos a la cabeza, la cual no tenía ya rastro de cabello.

—Lamentamos mucho lo ocurrido —se apresuró a disculparse Melina—, nuestro amigo tiene episodios de enajenación y a veces hace cosas que no están bien.

Intentó hablar bajito para que Helmer no la escuchara, pero el hombre lo oyó todo gracias a la acústica del amplio espacio, así que se acercó a ellos y se arrodilló frente al sacerdote con el rostro encendido por la vergüenza.

—Lo siento, Su Santidad. Pagaré los desperfectos.

—Sagrado Zephyr —clamó el clérigo paseando entre las esculturas y observándolas horrorizado—. Que los dioses nos perdonen por esta afrenta.

—Su Santidad —intervino Tabar utilizando el mismo término que había usado Helmer para dirigirse a él⁠—, ¿podría usted contarnos qué ha ocurrido en la ciudad para que esté tan descuidada?

—La gente, el ego, la lucha de poderes. —Suspiró dejando entrever lo cansado que estaba de aquella situación—.

Desde que el hechicero se marchó sin designar un gobernador, los poderosos se la reparten como si de un botín se tratase, pero al final es el pueblo quien pierde.

Nadie se hace responsable y solo ponen la mano para recaudar los tributos.

—¿Cuándo se marchó? —Helmer alzó la cabeza al oír aquello, aunque seguía arrodillado.

—Tras la guerra contra Ciudad Iridia. Él nos llevó a la batalla y temía las represalias de la gente por la derrota.

El clérigo se puso a recoger los trozos de mármol que había por el suelo entre las estatuas. Helmer se levantó y lo imitó, cargando con los pedruscos más grandes. Desde luego había dejado la escultura de Adad arruinada y la de Zephyr con severos daños.

—¿Y nadie asumió su lugar? —preguntó Aidan.

—Algunos lo intentaron, pero, como no llegaban a ningún acuerdo y no conseguían suficientes seguidores que respaldasen sus aspiraciones a hacerse con el control de la ciudad, al final cada uno tomó un pedazo del pastel.

—¿Hay alguien que conozca a dónde se marchó el hechicero? —quiso saber Melina, aunque la respuesta, muy a su pesar, ya la suponía.

—No se le ha vuelto a ver más.

El silencio reinó durante un rato como una pesada losa hasta que Helmer lo rompió.

—Lo siento, Melina. Yo mismo abandoné la batalla y huí. Si hubiese regresado a la ciudad en vez de quedarme vagando por el mundo, habría sabido que el hechicero ya no gobernaba. Te habría ahorrado mucho tiempo.

—En tal caso quizás no nos habríamos conocido —⁠expresó ella en su lugar, reuniendo el escaso ánimo que tenía para sonreírle y que no se sintiera mal. No era su culpa.

—Muchos huyeron, en efecto —añadió el clérigo⁠—.

El mundo estaba en paz, los países proliferaban y se ayudaban unos a otros.

Los dioses estaban contentos, así nos lo demostraban con las buenas cosechas y las lluvias.

Atacar el reino de Paladias solo por controlar las minas de metales preciosos, cuando ya teníamos interesantes tratos con ellos, fue un sinsentido.

—Un sinsentido que, según se dice por ahí, fue iniciado por el hechicero y respaldado por el dios al que adoráis entre estas piedras —manifestó Tabar.

—Así fue —corroboró Helmer—. Yo estuve allí, fui testigo de cómo el hechicero lideraba entre los hombres y los animaba a tomar las minas en nombre de Zephyr, soberano de nuestro país.

Tabar retomó la palabra:

—¿Por qué sigue Zephyr siendo venerado tras todos los males que ha permitido? ¿Por qué no le habéis dado la espalda como él ha hecho con vosotros?

—Oh, hay quien ha renegado, ya lo creo que sí. Pero en este templo no osamos compararnos con los dioses. Ellos son el poder supremo, nosotros solo sus siervos. Sin duda…

El hombre calló de pronto. Los demás dejaron de recoger escombros para girarse hacia él y comprobar qué lo había perturbado tanto para detener su discurso. Sus ojos se dirigían directos hacia el suelo, más concretamente hacia los pies de Melina. Había descubierto los zapatos del cielo que calzaba.

—¿De dónde los has sacado? —Su voz se volvió tensa.

—Es una larga historia —respondió escueta.

—Esos zapatos son muy valiosos. —Comenzó a sudar, estaba nervioso—. No deberías pasear por ahí con ellos, tratarán de quitártelos.

—Ya lo están intentando —corroboró Helmer—. Tu querido dios Zephyr, de hecho.

—Semidiós —matizó Melina agarrándose a la cesta de Tattoo con fuerza. No le gustaba ni un pelo el nuevo y serio semblante del clérigo, quien ahora la observaba como si fuera un trofeo al alcance de su mano.

El hombre se quitó una pelusilla de la manga de su inmaculada túnica blanca tratando de hacer ver que no le importaba, que esa chica delante de él no llevaba puestos unos zapatos pertenecientes a los dioses, pero, de súbito, abrió tanto los ojos que parecía que se iban a salir de sus órbitas y se abalanzó sobre ella.

Melina tuvo que dar una zancada atrás para quitarse de su trayectoria.

Aun así, el hombre logró golpearla en el brazo y la hizo trastabillar, con tan mala fortuna que Tattoo salió despedido de la cesta.

—¡Tattoo! —chilló ella mientras caía de culo al suelo.

El gato ya bajaba por el aire, Melina podía anticipar cómo su cráneo iba a crujir al encontrarse con el suelo, pero Aidan apareció veloz y se lanzó en plancha, cogiéndolo al vuelo y levantando los brazos para separarlo lo máximo posible del enlosado.

No obstante, aunque frenó el primer y más duro golpe, no pudo evitar el rebote, y finalmente Tattoo chocó contra el suelo, aunque, gracias a Aidan, apenas fue un leve coscorrón.

Por su parte, el clérigo había conseguido mantenerse en pie, pero Helmer, quien apenas unos minutos antes se arrodillaba frente a él, ahora lo mantenía asido por la nuca y lo forzaba en una postura que lo dejaba indefenso.

—Eres indigna de ellos. Dámelos, yo se los ofreceré a mi dios y él me recompensará.

—Maldito adorador —escupió Helmer de mal humor—. Vas promulgando el afecto, la generosidad y la humildad, pero, en cuanto tienes a tiro un bien codiciado por muchos, te falta tiempo para atacar a una niña y herir a su mascota.

—Los dioses sabrán perdonarme. Mi sagrado Zephyr sabrá perdonarme.

—Vámonos, por favor —imploró Melina, aún con el susto metido en los huesos y recuperando a Tattoo de los brazos de Aidan, quien se lo entregó con mucho cuidado.

—Si un clérigo ha intentado esto, ¿qué no intentarán el resto de los ciudadanos? —expresó Tabar con fastidio.

—No pueden robárselos, los zapatos del cielo protegen a su portador y solo él puede quitárselos —⁠afirmó Helmer.

—Nos harán entrar en riñas y podrían obligarla a entregarlos mediante amenazas —aseveró el granjero recordando cuando el semidiós Zephyr hizo lo propio con él.

—¿Y si te los quitas y los guardas para que nadie pueda encontrarlos? —sugirió Aidan.

Helmer negó con la cabeza.

—No, son lo que la protege.

—Pero, si nadie sabe que los tiene, nadie intentará robárselos, por lo que no habrá que protegerla de nada —refutó el muchacho.

—Quizás tenga razón —dudó Melina, algo convencida por sus palabras.

Aidan se situó junto a ella para ayudarla a descalzarse. Ya rozaba la suela con sus manos, nervioso ante la posibilidad de cumplir su misión secreta.

—¡No lo escuches! —Se interpuso Tabar y le dio un empujón para alejarlo de ella—. Es un secuaz de Zephyr, lo que quiere es que te los quites para robártelos y llevárselos a su amo —acusó señalándolo con el dedo.

—¿Qué estás diciendo?

Tanto Melina como Helmer no podían creer lo que oían. Aidan guardó silencio, no quería tener que contarles una mentira para defenderse.

—Los escuché en el bosque, Zephyr es su amo. Su misión es robártelos.

—No es posible. —Melina negaba con la cabeza—. Lo envió Naima. Nos mostró su fular. Y se enfrentó a Zephyr en la laguna.

—Qué casualidad que venciera él en vez del semidiós, ¿no?

—Si eso es verdad, ¿por qué no nos lo has dicho antes? —inquirió Helmer.

—¡Porque soy un cobarde! Siempre lo he sido y siempre lo seré. Él me amenazó, me dijo que si Zephyr se enteraba de que conocía sus planes, me mataría.

Helmer y Tabar siguieron discutiendo un poco más sobre lo que estaba ocurriendo y por qué no lo había delatado antes.

Melina se acercó a Aidan dispuesta a zanjar el asunto, y los otros dos dejaron de gritarse para cerrar filas tras ella y protegerla.

El clérigo aprovechó el momento para salir corriendo y esconderse en otra cámara del templo.

—Dime la verdad. —Lo miró a los ojos, suplicante⁠—. Creeré en ti, confiaré en lo que me digas.

—Melina…

—¿Eres sirviente de Naima?

Aidan tragó saliva. Negó con la cabeza. Melina exhaló el aire que había retenido en los pulmones mientras aguardaba la respuesta.

—¿Eres sirviente de Zephyr?

Aidan iba a responder, iba a pronunciar en voz alta aquello que tanto temía, sin embargo, las palabras se negaron a salir y, en su lugar, las lágrimas hicieron acto de presencia. Sus hombros convulsionaron y se tapó el rostro con las manos callosas.

Melina lo supo, la respuesta estaba clara. Y, como le había prometido, le creyó.

—Eres un traidor —gruñó Helmer, poniendo en palabras lo que Melina era incapaz de decir.

—Lo siento —alcanzó a balbucir entre lloros.

—Desde el principio te ha engañado —apostilló Tabar—. Yo lo sabía, discúlpame por no decírtelo antes, pero lo he estado vigilando, he estado cuidando de ti, de que no se atreviese a llevárselos.

—Tampoco me fío de ti —le dijo Helmer a este—. Primero huyes y dejas a Melina sola, luego te descubrimos espiándonos y ahora nos enteramos de que has estado callando secretos bastante importantes.

—No soy vuestro enemigo. Él sí lo es.

Sí, Aidan era su enemigo, como acababa de sentenciar Tabar. Melina no podía creerlo, no podía, no podía. ¿Aidan, secuaz de Zephyr? No fue capaz de soportarlo más y ella también se echó a llorar.

—Márchate —gimió.

—Melina, por favor…

—¡¡Que te largues!!

Se giró, rota en llanto, y Helmer la abrazó con fuerza, intentó protegerla del daño que Aidan le estaba provocando. La defendería de él, de Zephyr, incluso de todos los dioses si hacía falta.

—Vete antes de que me arrepienta de dejarte ir de una pieza —amenazó el mercenario empuñando con fuerza su espada.

—Lo siento —murmuró el muchacho antes de cumplir los deseos de la chica.

Cuando Aidan abandonó el templo, dejó tras de sí un halo de desconcierto por su mentira y dolor por su traición. Y la tortura por no haber sabido hacer mejor las cosas se fue con él, arrulló su alma en un oscuro abrazo.

Se marchó, dejó atrás a quienes había llegado a considerar sus amigos.

Volvía a estar solo, como lo había estado desde el día en que Zephyr se cruzó en su camino.