Chapter 19
Según continuaban su ascenso por Ciudad Boreal, las calles se iban estrechando aún más, y los muros de los edificios mostraban aspilleras cada ciertos pasos, pensados sin duda para verter aceite hirviendo sobre posibles enemigos.
Aunque no estaban en guerra, Melina tragó saliva ante la mera idea de verse atrapada en mitad de una multitud en tan angostas callejuelas, con los ciudadanos defendiendo sus murallas a través de los orificios en la piedra.
Y cuando más apretados estaban, cuando parecía que no iban a poder pasar ya ni siquiera de uno en uno, la ciudad se abrió para ellos y aparecieron en una grandiosa plaza de ladrillo, piedra y adobe.
No estaba en sus mejores condiciones, pues el muro bajo que definía el contorno del castillo al fondo estaba derruido casi en su totalidad y había marcas de quemaduras por doquier.
Y donde antes había depósitos de malaquita, traídos desde los yacimientos de las montañas para enlucir la ciudad, ahora solo había vacío.
Habían sido arrancados, robados. Solo los que estaban en lo más alto del castillo permanecían intactos, aquellos que habían visto desde la lejanía cuando el valle aún los separaba de Ciudad Boreal.
—Qué pena —fue todo lo que Helmer acertó a pronunciar.
A pesar de los muros de defensa, de las estrechas calles o de las troneras y matacanes en la fachada del imponente castillo, nadie salió a detenerlos, nadie vino a impedirles que alcanzaran el interior del corazón de la ciudad.
Caminaron sobre el puente de madera para salvar el foso vacío y empujaron entre los cuatro la pesada hoja, que cedió entre chirridos.
La luz del atardecer les alumbró lo suficiente para avanzar por el vasto pasillo de pilastras y altísimos techos abovedados.
Al fondo, en línea recta y sin tener que tomar ninguna curva ni adentrarse en otra estancia, se encontraba el trono.
Y estaba vacío. Como la plaza que habían atravesado, como los huecos en la piedra por las malaquitas sustraídas.
—No hay nadie —expresó Tabar.
—Menos mal que tenemos a alguien tan sagaz como tú entre nosotros —ironizó Helmer.
Melina los ignoró, no tenía ánimos para detener otro enfrentamiento entre ellos, por lo que ambos siguieron discutiendo y dedicándose palabras afiladas como dagas.
La muchacha se alejó de aquel trono desierto, de sus amigos, de los paños polvorientos y deteriorados que colgaban de los altos muros.
No podía pensar en nada, tan solo sentía la ansiedad subiendo por la garganta, la respiración se le agitaba.
Tattoo pareció notarlo y se asomó por el borde de la cesta, apoyando sus patitas delanteras en este y estirándose para acariciar el brazo de la chica con el hocico.
—Miau.
Melina entonces se detuvo y lo observó con angustia.
—Lo siento. —Las lágrimas acudieron sin poder evitarlo—. Lo siento mucho.
Había fracasado. No iba a poder ayudar a Tattoo. Se desplomó sobre sus rodillas y acunó la cesta entre los brazos, meciéndose adelante y atrás. La mejilla rozaba la cabeza de su amigo de cuatro patas, humedeciendo su hocico con las lágrimas que corrían por su rostro.
Oyó pasos a su espalda y se hizo un ovillo para refugiarse como un erizo; de tener púas, las habría sacado. Necesitaba que la dejaran sola un instante, tenía que digerir que todo el viaje hasta Ciudad Boreal había sido una pérdida de tiempo y que su amigo no iba a encontrar la cura que precisaba.
Aunque se moría por acudir junto a ella y darle un abrazo, Aidan pareció comprender que Melina necesitaba un momento, así que paseó por los alrededores del trono observando con detenimiento el lugar.
Tabar y Helmer se habían callado, aunque de vez en cuando soltaban un gruñido para hacer saber al otro que la discusión aún colearía un poco más.
Aidan descubrió una puerta oculta tras un tapiz, cerca del trono, y la empujó para acceder a la pequeña sala adyacente.
La penumbra apenas le permitía ver los útiles que descansaban olvidados sobre una mesa de trabajo.
Aquel debía de ser el laboratorio personal del hechicero, pero todo estaba cubierto de polvo.
El lugar estaba tan olvidado como el resto del castillo, tan solo quedaban dos matraces de vidrio y estaban rotos.
—Aquí debía de crear sus pócimas —supuso Helmer, que había seguido al muchacho al verlo atravesar la puerta. Se quitó el casco para ver mejor.
—¿Pócimas? —Se extrañó Tabar, quien entró en último lugar—. Un hechicero usaría magia, no brebajes.
—¿Vivir en una granja te ha vuelto idiota o qué?
El hechicero de Argentos es el mayor alquimista de toda Metallia y mezcla la ciencia con la magia.
Él posee unos poderes únicos y desarrolló avanzados conocimientos químicos que, al combinarlos con sus dones, le permitieron curar todo tipo de males y lo hicieron famoso en el mundo entero.
Gente de todos los rincones vienen hasta aquí buscando su ayuda.
—Venían —apostilló Aidan, pues estaba bastante claro que hacía tiempo que aquellas instalaciones estaban en desuso y que nadie llegaba ya hasta Ciudad Boreal para visitar al célebre hechicero.
—Preguntemos a los ciudadanos —sugirió Tabar—. Enterémonos de qué ha ocurrido.
—Vayamos al templo —apoyó Aidan.
Aquel plan no fue del agrado de Helmer.
—¿Al templo de los dioses? Ciudad Boreal rinde culto al dios Zephyr, y en este momento es nuestro más peligroso enemigo.
—Los clérigos sabrán atendernos —insistió.
—No perdemos nada por intentarlo —secundó Tabar.
Helmer lo meditó unos instantes. Los templos permanecían siempre abiertos, siempre dispuestos a recibir a los fieles, a oír sus plegarias, a aceptar sus ofrendas. Quizás allí pudiesen encontrar a alguien que les diese alguna pista.
Fueron a buscar a Melina, quien parecía ya más calmada, y todos juntos abandonaron aquel ruinoso castillo que en otra época había sido el más esplendoroso de toda Metallia.
Helmer los guio por la ciudad, adentrándose de nuevo por las estrechas callejuelas que serpenteaban sobre la colina en la que se asentaba la población.
Tuvieron que caminar un buen rato hasta llegar a otra plaza, una mucho más pequeña y discreta que la ubicada frente al castillo.
Cuando alcanzaron el templo sudaban copiosamente, sobre todo Helmer, cuya armadura le estaba pesando ya demasiado por todo el trayecto caminado a lo largo del día.
Subieron la escalinata y pasaron entre las columnas que sostenían el entablamento y el frontón, donde un relieve cincelado en mármol mostraba a un puñado de personas, presumiblemente los dioses: las dos figuras centrales de pie —hombre y mujer— y otras seis sentadas, tres a cada lado de ellos.
El interior del templo estaba en penumbra, aunque los cientos de cirios encendidos y dispersos por los rincones ofrecían una agradable luz que permitía contemplar bajo un ambiente místico las ocho grandiosas esculturas, cada una levantada sobre un pedestal, mirándose entre ellas y formando un pasillo a lo largo de la nave rectangular.
Melina observó con asombro, incluso devoción, todas y cada una de las estatuas.
—Naima. —Reconoció a la divinidad, aunque su rostro no era exactamente igual.
—La diosa de la felicidad —indicó Helmer.
Su talla la representaba con la barbilla alta y semblante firme. Sus ojos vacíos eran solo piedra, no tenían pupilas, ni expresión, pero no por ello eran menos hermosos. Y sus alas extendidas a la espalda medían al menos siete pies. Una diosa a la que adorar y temer.
Avanzaron hacia las dos siguientes esculturas.
—Este es Adad, dios del trueno, y este otro Azariel, dios del mar —informó su compañero.
La muchacha contempló ambas figuras, esculpidas en mármol en su totalidad. Adad lucía como apenas un adolescente, mientras que Azariel parecía más mayor.
Melina recordó que tenía que respirar. Allí dentro del templo, rodeados de solemnidad y de aquel ambiente arcano que creaba la luz de las velas, era fácil olvidarse del mundo, de la propia existencia.
—Rigxa y Zëlayn, las diosas gemelas del sol y la luna respectivamente —continuó el mercenario su explicación, señalando las dos figuras que se alzaban sobre una misma base doble y entrelazaban sus manos, volviéndose inseparables.
Se alejó unos pasos hacia las esculturas del fondo—.
Y estos son los dioses supremos: El y Ella.
Pero Melina no lo escuchó. Se había quedado observando la otra figura, la que su amigo había ignorado de forma deliberada.
El esculpido de los pliegues de la túnica estaba tan logrado que parecía que en cualquier momento se mecerían con la brisa que entraba desde el exterior.
Volutas de viento cinceladas en la piedra se arremolinaban en sus muñecas y tobillos.
Dirigía la mirada vacía hacia abajo, hacia ellos.
Todavía no había podido ver su rostro por culpa de la máscara, pero ahora la suave superficie del mármol le permitía contemplarlo.
Se demoró analizando la curva de su mandíbula, admirando la perfección de su nariz, estudiando los labios entreabiertos.
Los ojos la miraban, poderosos pero complacientes.
Eran azules, ella lo sabía; no porque la piedra tuviese color, sino porque los había visto de cerca cuando estaba despierta, cuando la amenazaban…
y también la perseguían en sus sueños cuando dormía.
Nunca había disfrutado de aquella mirada gentil y tranquila de la escultura.
Para ella solo había odio, solo existía el reproche.
El semidiós Zephyr jamás la iba a mirar como lo hacía su talla de mármol.
Jamás iba a dedicarle una ambigua sonrisa como la que el escultor había sabido captar: enigmática, reservada, incierta.