Hasta la última gota Chapter 18 #2
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Chapter 18 #2

«Selenosis», acertó con pesar. Una enfermedad que afectaba a los criados debido a su larga exposición al preciado mineral, aunque su castigo en la jaula también indicaba que la habrían pillado consumiéndolo a espaldas de sus amos y sin su previo consentimiento.

Naima le dedicó otra sonrisa que pretendía darle ánimos, aunque no logró transmitirle más que la lástima que sentía por ella y por su estado.

Otra medio hermana de la que se despedía.

Y es que los criados que sus padres mantenían junto a ellos en Selenia no eran sino sus propios hijos bastardos, engendrados con humanos y traídos al reino del cielo para servir a la familia de las deidades puras.

Tanto Naima como Zephyr o Azariel eran puros, hijos de ambos dioses creadores, pero los escarceos de sus progenitores —pactados entre ellos, pues profesaban que el matrimonio no era sinónimo de castidad o simple obligación marital— tenían sus consecuencias, y a lo largo de toda Metallia solían nacer criaturas que llevaban su sangre, así que los dioses supremos los acogían en sus dominios y les otorgaban el inmenso privilegio de convertirse en sus siervos.

Aunque la gran mayoría de veces eran hijos de Ella, pues El rara vez se enteraba de si había dejado preñada a esta humana o a aquella.

Naima llevaba siglos viendo cómo aquellos jóvenes parientes llegaban y morían por los trastornos que el selenio producía en sus cuerpos mortales, pues estos no estaban hechos para soportar las condiciones minerales de aquel hermoso pero letal reino.

Era precisamente por aquellas circunstancias vividas que en su alma había germinado la idea de que no debía engendrar hijos con humanos.

Y si a estos no podía darles hijos que heredasen sus terrenos, bienes y títulos, ¿por qué motivo iba a quedarse a su lado más tiempo del que consideraba necesario para disfrutar de los placeres de su compañía?

Dándole vueltas aún al asunto de Fiz y su difunto amante —difunto por culpa de su propio hermano—, Naima llegó a lo alto de Selenia y sus zapatos alados hicieron contacto con la negra superficie mineral, tratada y pulida para que formase un espléndido y reluciente suelo.

El resto del camino hasta la construcción que coronaba la alta montaña sobre la enorme roca oscura lo hizo a pie, llevaba horas volando y sus alas suplicaban un descanso, por lo que las guardó escondiéndolas de la vista.

Minutos más tarde, alcanzó la puerta de dos hojas de tres metros de altura y la abrió ella misma.

Esta estaba plantada en mitad del camino, flanqueada por rocas, y tras ella el suelo continuaba y se abría hacia una amplia y diáfana habitación.

Allí dentro el tejado era inexistente, pues los dioses puros disponían de alas para colarse en las estancias desde lo alto de sus muros, los cuales fueron erigidos eones atrás para protegerse de las fuertes ráfagas de viento que a veces soplaban allí arriba.

Se acercó con parsimonia hacia el centro de la habitación, donde la única persona presente era su hermano Azariel, que ya esperaba a que sus padres aparecieran sentado en uno de los divanes de suave terciopelo aguamarina que su madre había traído del reino de Cuppros hacía siglos, pero que se mantenía intacto como el primer día que tomaron té en él.

—Az —saludó ella tomando asiento junto a él y dándole un beso en la mejilla.

—Nai —respondió él con una sonrisa.

—Hace mucho que no cruzamos caminos.

—Demasiado, deberías hacerme una visita en algún momento, hay un par de tritones que te extrañan mucho. —Le guiñó un ojo con picardía.

—Claro, me pasaré a saludar.

Sus labios dibujaron una sonrisa que no le pareció oportuna, pues no podía dejar de pensar en su encuentro con Fiz, quien había avivado con su mera presencia algún que otro recuerdo en su cabeza y también algunos sentimientos en su corazón.

Con toda aquella maraña de sensaciones latentes y el recién fallecimiento de su amante, no creía que fuese el mejor momento para ir a buscar compañía en el fondo del mar de Hidras.

Para distraerse y espantar aquellas emociones, se dedicó a toquetear el azulado torso de su hermano y colar los dedos por su toga hasta sus branquias, una costumbre que tenía desde que eran pequeños y que Azariel había aprendido a soportar.

—¿Echas de menos las tuyas o qué? —preguntó con diversión.

—Solo las he llevado un par de veces para visitar tu reino.

—Acabas cogiéndole el gusto a respirar así —⁠expuso, aunque tomó una larga bocanada de aire fresco por la nariz, pues en ese momento su forma de obtener oxígeno era a través de sus fosas nasales.

—Parece que eches de menos respirar como un dios normal. Sabes que no tienes por qué vivir allí abajo, ¿verdad?

Naima lo extrañaba mucho. Rigxa y Zëlayn1 se habían marchado a otro mundo, Zephyr estaba irreconocible y Adad había muerto, por lo que Azariel era casi que el único hermano normal que le quedaba.

—Lo sé, pero prefiero el mar, su calma, su ambiente…

—¿Su ambiente? —Se sorprendió y no pudo evitar hacer un gesto de disgusto—. Eres bastante lúgubre.

Azariel esbozó una amplia sonrisa en su azulado rostro.

Era bello, como todos los dioses, con largos cabellos rubios que recogía en una red de pescador y grandes ojos verdosos.

Y su mirada era más profunda que el propio mar de Hidras.

Aunque, en opinión de Naima, aquel tono de piel no le favorecía nada.

Un criado de espeso cabello oscuro se acercó a ellos con una bandeja y dos tazas de té. Ambos lo observaron con pesadumbre, pues ya presentaba algunos de los síntomas de la selenosis.

—Es imposible cogerles cariño, ¿eh? —apreció Naima cuando este ya se había marchado.

—Imagino que Zephyr no va a venir, ¿me equivoco? —respondió Azariel en su lugar.

—Eso mismo me pregunto yo —se oyó una voz masculina.

Ambos alzaron la cabeza hacia la escalinata al reconocer la voz de su progenitor. El apareció en lo más alto y comenzó su descenso por las escaleras labradas en la piedra negra que conducían a un piso superior, que se sostenía gracias a la propia roca que formaba Selenia.

—Padre. —Se pusieron en pie y se inclinaron en una reverencia—. Es una alegría verte de nuevo.

—Estás tan apuesto como siempre —añadió Naima.

En efecto, El era un dios hermoso, de aspecto desaliñado y barbita canosa que le daba apariencia de soñador empedernido.

Su complexión atlética arrancaba muchos suspiros entre las humanas y los humanos.

Llevaba las alas ocultas, al igual que sus hijos, y vestía una túnica blanca con brocado de oro, cinturón y hombreras, de las cuales colgaba una capa nívea que barría el suelo tras sus pasos.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que os vi? —Salvó el último escalón y les dio un afectuoso abrazo a cada uno.

—Siete años —informó la diosa.

—¿Tanto? —preguntó Azariel.

—¿Solo? —dijo su padre sin embargo.

—El paso del tiempo se percibe a diferente velocidad según a quién le consultes.

—Las palabras de la matriarca llegaron hasta ellos resonando por las paredes de cuarzo negro.

Ella bajaba ya la escalinata para reunirse con su familia—.

Para alguien que disfruta de su vida, parecerá que el tiempo vuela, mientras que para quien está aburrido de ella, creerá que nunca se termina.

—Madre, estás hermosa —la halagó Azariel tomándola de la punta de los dedos y extendiendo sus brazos para contemplarla bien.

Ella vestía una túnica blanca parecida a la de El, con adornos dorados e hilo de oro de macramé en el escote. La larga melena castaña la recogía en un moño alto en forma de espiral ascendente.

—Hijo. Naima, qué largo tienes el cabello —⁠apreció contenta al observar el aspecto de su hija y se saludaron con un beso.

—Sí, al fin. Ya no me lo vuelvo a cortar tanto. A veces la eternidad te hace tomar decisiones estúpidas.

Ella señaló los amplios divanes con un gesto de su mano para que volvieran a tomar asiento y dio un par de suaves palmadas para llamar la atención de la servidumbre.

—¿Para qué nos habéis convocado? —preguntó el dios marino.

—Queremos saber cómo estáis, cómo os va todo, solo eso. Me gusta que mantengamos el contacto, ya lo sabéis, al menos una vez por década.

El se arremolinó la túnica entre las piernas y las cruzó, tomando una posición tumbada para disfrutar de la comodidad del diván. Cuando llegaron las bandejas rebosantes de fruta, hizo que uno de sus hijos bastardos le ayudase a comerse un racimo de uvas.

—¿Y sabéis algo de Zephyr? —preguntó Ella sin rodeos—. ¿Dónde se ha metido ese diablillo?

—Creo que Nai podrá responder a eso —indicó Azariel antes de darle un bocado a un jugoso melocotón.

Estaba disfrutando mucho de los manjares que sus padres les ofrecían, pues en su reino marino no es que hubiese precisamente tierra para cultivar —y aunque podía ir y volver cada vez que quería, le gustaba permanecer en el mar de Hidras—.

—Tuvimos una pequeña trifulca hace ya unos años y… —Naima dudó. ¿Cómo explicar aquello sin que su madre se enfadara?

—Lo degradó a semidiós. —Atajó Azariel, ganándose una mirada de reproche por parte de su hermana.

—Robó los zapatos de Adad y se los entregó a una humana. No a una cualquiera —aclaró antes de ser interrumpida por su madre—, a una encantadora de serpientes. Con sus trucos baratos de alquimia encandiló a Zephyr y este se postró a sus pies.

—Respeta la alquimia, querida hija. Es una ciencia muy poderosa —dijo El solemne.

—No tenía derecho a robar esos zapatos.

—Cariño —expresó Ella al ver los ojos llorosos de su hija—. Adad se fue y no va a regresar. Incluso los dioses podemos morir. Es por ello que creamos un par de zapatos mágicos para cada uno de vosotros desde que nacéis, para que seáis inmortales.

—Era mi hermano y le quería —se defendió ella—. Ya perdí a dos hermanas, perderle a él también fue un duro golpe.

—Rigxa y Zëlayn no están muertas.

—Hace mucho que no sabemos nada de ellas, ¿cómo puedes estar tan segura?

—Son mis hijas y mi corazón me indica que es así. Se encuentran lejos, en otro mundo, pero vivas.

—Y Adad ya no iba a necesitar sus zapatos —⁠intervino El.

—Zephyr no mostró respeto por su memoria al robarlos. Esos zapatos eran, junto con el Cuerno de las Tormentas, lo único que nos quedaba de él. Adad desapareció de nuestras vidas de un plumazo, fue tan repentino…

Naima recordó a su hermano más pequeño, apenas había cumplido los cien años, pero su apariencia ya era la de todo un varón. Adad, el dios del trueno, descubrió de la peor forma que incluso un ser inmortal como él podía morir si se bañaba en el océano mientras portaba sus rayos.

—Fue culpa de él, por quitarse los zapatos. Sabía tan bien como nosotros que esos zapatos son lo único que nos protegen de la muerte.

—A veces yo también me los quito —reconoció Naima con un hilo de voz.

La joven diosa necesitaba sentir los pies libres, sentir el tacto de la hierba fresca del amanecer, la calidez de la piedra al sol.

La textura de las sábanas cuando dormía con sus amantes, las cosquillas que estos le hacían en los dedos.

Disfrutaba de ese excitante sentimiento de vulnerabilidad, de saber que la muerte también podía alcanzarla.

De saber que la vida eterna podía no serlo tanto.

—Mientras no hagas cosas temerosas cuando estás descalza… —Azariel se encogió de hombros.

—Todos nos los quitamos alguna vez, hija —le habló su padre tras tragar el pedazo de kiwi que masticaba⁠—. Pero entonces, ¿por qué motivo lo castigaste? ¿Por robar los zapatos o por convertir a esa chica en semidiosa?

—Por ambas —reconoció sin un ápice de resentimiento—. Y porque era la única forma que encontré para derrotarlo, estaba atacando Ciudad Iridia con un ejército humano para reclamar los yacimientos.

—No debiste tomar partido —la regañó El.

—Él fue el primero que se involucró, y Ciudad Iridia está bajo mi protección. ¿Qué podía hacer, dejarlos morir a su suerte? Peor incluso, a manos de Zephyr.

—¿Y lo privaste de sus poderes? —se asombró Ella.

—Hice lo que tuve que hacer.

—Y ahora no puede usar sus alas —intervino Azariel, quien ya conocía lo sucedido porque Naima se lo había contado la última vez que se habían visto.

—No, pero sigue usando el viento para atacar y para desplazarse, aunque no puede volar demasiado alto. No podría llegar hasta aquí —matizó Naima con una punzada de orgullo por su hazaña en el pecho.

—Hija, no me parece bien —rechazó su comportamiento su madre—. Es tu hermano.

—Es tu hijo, claro que vas a ponerte de su lado —se enfurruñó y se recostó contra el diván.

—No me pongo ni de su lado ni del tuyo, pero degradar a un dios es algo serio. Las consecuencias pueden ser fatídicas para el mundo. Cuando recupere sus poderes, que lo hará, su rabia puede poner en serio peligro a quienes se crucen en su camino.

Naima no respondió, se quedó con el ceño fruncido y los labios apretados, dándole vueltas a las ideas en su cabeza.

—Bueno, cambiemos de tema —propuso Azariel para relajar el ambiente—. ¿Cómo es que no estás embarazada esta vez?

Ella casi escupió la sidra por la nariz ante el comentario de su hijo mayor.

—Dudo que vaya a recuperar sus poderes —⁠murmuró Naima para sí misma y ajena a la nueva conversación, recordando la maldición que lanzó sobre Zephyr y las condiciones que debían darse para que su hermano pudiese deshacerse de ella.

Aunque en el fondo de su corazón deseaba que así fuera, que consiguiese romper el hechizo y librarse del castigo. Confiaba en él, aun después de todo lo ocurrido.

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1. Rigxa y Zëlayn aparecen como las diosas del sol y la luna en la novela «Reinos de Naztergos», obra de la misma autora.