Chapter 18
Zephyr se levantó de su trono y se asomó al hueco del ventanal, alertado por el color de las nubes. En cuestión de segundos, el cielo olvidó que era azul y se tornó naranja, una pira flameante en pleno firmamento. Una llamada del reino celestial. El dios de dioses convocaba a sus hijos.
El ahora semidiós, hastiado en su castillo y aburrido de esperar noticias de su lacayo, observó el mensaje a través del arco de la ventana de piedra grisácea.
Suspiró molesto, como si le hubiesen despertado de un bofetón, pues aquel sentimiento en su pecho sin duda era parecido a recibir un tortazo.
Se palpó la mejilla, pero la suave piel que solía acariciar ya no estaba ahí.
En su lugar rozó la corteza pulida hasta la exquisitez, lacada de verde esmeralda y decorada con filigranas alrededor de los orificios para los ojos.
Observó el fenómeno atmosférico con pesadumbre, incluso con melancolía.
El aciago día en que su hermana lo castigó con aquella máscara también estaba condenándolo a bajar un escalón en el rango celestial, perdiendo su condición de dios puro y toda posibilidad de regresar a Selenia, morada de las deidades.
No podía, por lo tanto, responder a la llamada de su padre.
Se preguntó si El notaría su ausencia, si Ella lo echaría de menos en aquella reunión familiar.
En apenas cinco minutos el cielo se despejó y volvió a adquirir su aspecto habitual.
Zephyr cerró los puños con fuerza, haciéndose daño en las palmas de las manos al clavarse las uñas.
Se giró y regresó a su trono, un asiento sin gracia ninguna excavado en la propia piedra de la pared.
Recordó a sus padres, Selenia, Evonne y todo lo que le había sido arrebatado.
Cinco años habían pasado, pero jamás la soledad había pesado tanto como desde hacía unos días, desde la última vez que Evonne dejó atrás el castillo para no regresar jamás.
Aquellos pensamientos tortuosos lo llevaron a tomar una decisión. Esa Melina era la culpable de su soledad, ella había causado la muerte de Evonne, y si Aidan era incapaz de traerle a la muchacha, tendría que ir él mismo a por ella.
Y esta vez no se saldría con la suya.
Naima observó el cielo anaranjado desde el cementerio de Ciudad Iridia.
Hacía un par de días que su amante había muerto a causa del veneno y ahora estaba siendo enterrado en un sepulcro por el que ella misma había pagado.
Él no tenía a nadie, estaba solo en el mundo, así que Naima tomó la decisión de costearlo ella; a fin de cuentas se sentía responsable de su muerte.
Fiz estuvo a su lado en todo momento, la ayudó con la carga que suponía aquello, con los papeleos, con las preguntas de los vecinos sobre cómo había muerto, con el transporte del finado, con el epitafio…
Eran asuntos que, de saberse que una diosa estaba involucrada, despertarían muchos interrogantes.
Así que ella se dejó ayudar y en esos días Fiz tuvo el decoro de no volver a sacar el tema de por qué un día se marchó sin mirar atrás. Hasta ese momento.
—«Tu familia no te olvida» —leyó él en voz alta.
—¿Qué otra cosa podía poner? —se lamentó la diosa—. No me habló mucho de sus padres, ignoro si siguen vivos ni dónde podría encontrarlos. Ni siquiera sé si tiene hermanos, hijos u otros parientes.
—No era una relación muy profunda, por lo que veo.
Naima le dirigió una mirada con la que le hizo saber que no tenía ganas de afrontar ese tema, pero a Fiz ya no le importó más.
—¿Por qué nunca regresaste? —La voz impregnada de dolor, de reproche, fue un dardo en el corazón de Naima.
—Ya llevábamos unos años viéndonos, ¿qué más podía ofrecerte? —Suspiró, y al hacerlo dejó salir el agotamiento. Del pasado, del presente.
—Me bastaba con lo que me ofrecías.
—¿Y qué hay de tu futuro? A mi lado no ibas a avanzar.
—No me vengas otra vez con eso, lo hablamos muchas veces. Yo no necesitaba esposa, ni hijos, ni eso que tú llamabas «evolucionar». Contigo a mi lado era feliz.
—En algún momento nuestra relación iba a tocar a su fin, créeme que, cuanto antes ocurriese, sería mejor.
—¿Eso es lo que le decías a los otros? ¿A tus anteriores amantes?
Naima calló. En efecto, era lo que le decía a todos los que vinieron antes que él, lo que le diría a todos los que le sucedieran.
Lo que se decía a sí misma para dejarlos marchar, para no involucrarse de más y no salir lastimada por culpa del paso de tiempo, desigual para ella con respecto a los humanos.
—Debo irme —murmuró, y el rostro de Fiz se volvió de piedra, igual que su corazón.
—Claro, vete, márchate. Es todo lo que sabes hacer, es lo único para lo que eres buena.
—Lamento que aún estés estancado en el pasado.
—No estoy estancado en el pasado —no pudo evitar responder, aunque se había prometido a sí mismo no ofuscarse—, yo avanzo, mi vida avanza. Eres tú la que no quiere avanzar de mi mano.
—No tengo ánimos para esto, lo siento. —Se giró y le dio la espalda, dispuesta a abandonar aquel lugar lleno de tumbas y muerte—. Espero que seas feliz, de verdad lo deseo.
—Cuídate. —Fue todo lo que Fiz dijo antes de que ella se alejase.
Naima se marchó con pesar, con un sentimiento de vacío en el corazón al saber que la vida de una persona había estado en sus manos y no había logrado salvarla. No hacía más que darle vueltas al devenir de los acontecimientos, a pensar que, si hubiese obrado de diferente manera, aún estaría vivo.
En cuanto dejó atrás el sepulcro de su último amante, el cementerio y a Fiz, corrió a esconderse tras la tapia del recinto; necesitaba un lugar abierto, alejado de los árboles del bosque.
Y cuando se cercioró de que nadie la veía, alzó la varita con forma de estrella y conjuró su poder.
Dos hermosas alas blancas aparecieron en su espalda como si simplemente hubiesen estado ocultas al ojo humano.
Las abrió siendo consciente de sus movimientos, de la sangre mágica regándolas desde la raíz en los omóplatos hasta la punta de las plumas, y dio un salto vertical que la alejó del suelo, alzando el vuelo hasta perderse entre las nubes y más arriba.
El cielo la había llamado, había sido convocada en Selenia.
En el centro de Metallia se ubicaba la masa acuática más extensa y profunda de todo el mundo: el mar de Hidras.
En dicho mar, además de la fauna marina habitual y común, moraban las criaturas más extrañas, maravillosas y esquivas que Naima había visto jamás, y que había tenido la fortuna de poder observar de cerca un par de veces en su longeva existencia. Sirenas, hipocampos, hidras, selkies…
Su propio hermano mayor, el dios Azariel, se había encargado personalmente de buscar uno por uno a dichos seres por todo el mundo y reunirlos bajo su dominio para darles cobijo, cuidar de ellos y gobernarlos, pues la gente corriente los temía y debido a ello los atacaban, pescaban y mataban de las formas más horripilantes que Naima pudiese imaginar, ya fuese por pánico hacia ellos, para utilizarlos en rituales mágicos o por pura y retorcida diversión.
Fue Azariel quien la había llevado de visita a su reino submarino para que pudiese ser testigo de las maravillas que se escondían en las profundidades, para que pudiese disfrutar de las calmadas aguas cristalinas desde sus más recónditas entrañas.
Incluso ahí abajo, lejos de la luz del sol y con el cabello siempre mojado, Naima había sacado tiempo para disfrutar de un par de idilios que no duraron más de uno y tres amaneceres respectivamente.
La diosa aspiró el penetrante aroma a salitre mientras sobrevolaba el mar de Hidras con las alas extendidas; su reflejo sobre la superficie marina era tan veloz como ella.
Observó el vaivén del oleaje y la espuma salpicando mientras se dejaba acunar por las suaves rachas de viento que la llevaban flotando hasta el epicentro del mundo.
Se preguntó por qué su hermano Zephyr, el dios del viento del oeste, no podía tener un carácter tan apacible como aquellas brisas marinas, por qué con él la relación siempre era brutal y tormentosa como un huracán salvaje.
No siempre fue así, se recordó, hubo un tiempo en que eran como el árbol y sus raíces, inseparables, no se entendía al uno sin el otro.
Cuando ya alcanzaba el punto más lejano desde la costa, Naima batió sus alas para adoptar una posición vertical y comenzar el ascenso hacia el reino de los dioses.
Selenia era una enorme roca flotante en el firmamento, rica en piedras y minerales grisáceos y negruzcos en su estado más puro, tales como el cuarzo, la obsidiana, el ónix o el azabache, y que eran muy codiciados en el mundo de los humanos.
Aunque el mineral más valioso de todos era el selenio, el cual únicamente podía encontrarse allí arriba, y solo su familia podía atesorar y beneficiarse de su consumo, y del que Naima a veces sustraía pequeñas cantidades a escondidas para intercambiar bienes con los humanos o conseguir favores, haciéndose pasar por una mortal más que lo había conseguido de manos de algún supuesto contrabandista.
En su vuelo ascendente, cuando ya discurría junto a la roca que era Selenia, descubrió una jaula que colgaba de una soga desde lo más alto del reino al vacío, y en cuyo interior se consumía una de las criadas de su madre a la que había visto a lo largo de las últimas décadas sirviéndole el té, abanicándola o masajeando sus divinos pies.
Su aspecto la repugnó y por ello no se acercó demasiado, solo lo justo para ver que el cabello se le caía a puñados y que tenía las uñas rotas.
Vio heridas abiertas por los brazos y por la piel que quedaba al descubierto bajo su sencilla toga celeste.
La criada alzó la mirada hacia ella cuando la notó pasar por su lado y le dedicó una sonrisa cansada, gesto que hizo que el corazón de la diosa se encogiera, y pudo comprobar que también le faltaban algunas piezas dentales.