Hasta la última gota Chapter 17 #2
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Chapter 17 #2

El lado bueno era que dichas calles estaban siempre frescas y lucían bastante pintorescas, con hierbas trepadoras adornando las casas, macetas rebosantes de flores que ayudaban a mitigar la peste que se colaba por todas las callejuelas y un silencio acogedor que solo era roto por el piar de los pájaros o por los ladridos de los perros a su paso, ya fuese porque no les gustaban los desconocidos o porque detectaban la presencia de Tattoo.

—Aquí es —anunció Helmer deteniéndose de golpe y provocando que Tabar chocase con su espalda.

—Podrías avisar antes de pararte —se quejó de malhumor palpándose la nariz.

—Y tú podrías dejar más espacio entre nosotros.

—Basta, no empecéis otra vez —intervino Melina, abriéndose paso entre ambos y accediendo al pequeño local. Los demás la siguieron, Helmer y Tabar aún lanzándose miradas de desacuerdo.

Si el establecimiento parecía bonito y alegre en su exterior, con macetas de flores rojas y un cartel de madera que se mecía pendiendo de una baranda de hierro, el interior era todo lo contrario.

Más que una taberna parecía un tugurio, vestido de ajado mobiliario, olor a cerveza agria y manchas en el suelo que debían de llevar mucho tiempo allí.

Había otras tres personas refrescándose el gaznate, sentados en taburetes altos en el mostrador y conversando —o más bien discutiendo.

—¡Y no se le ocurre otra cosa que lanzarlo todo a la calle! —vociferó uno de ellos, ajeno a los recién llegados—. Si tanto le molestaba, que me lo hubiese dicho, que para eso es mi ropa.

—Si yo tuviese todo el día tus calzones colgando delante de mi ventana, no solo los habría tirado a la calle, ¡habría cortado las cuerdas de tender! —respondió el que se sentaba a su lado.

—Y yo te rompería los dientes de un cabezazo —⁠amenazó de vuelta el primero.

El tabernero, ignorando la discusión —pero con un ojo puesto en ellos por si la cosa se calentaba—, hizo un gesto con la mano a los cuatro viajeros para que se sentasen donde quisieran.

Helmer les indicó una mesa próxima a la cocina, pero Melina negó con la cabeza y tomó asiento junto a la entrada; prefería tener cerca una vía de escape, solo por si acaso.

Los demás la acompañaron en la mesa que había elegido y, mientras esperaban a ser atendidos, Helmer se quitó el casco y se acercó a la barra a hablar con el dueño de la taberna. Intercambiaron pocas palabras antes de que regresara junto a sus compañeros.

—He pedido para todos guiso, pan y cerveza.

—Hubiese preferido otra bebida, pero no importa —opinó Aidan.

—Yo tampoco bebo cerveza. —Se encogió de hombros la muchacha.

—¿Y tú, qué? —se dirigió Helmer a Tabar. —⁠¿Bebes como los hombres o eres igual de delicado que estos dos?

Tabar lo miró desafiante y, en cuanto el tabernero llegó a la mesa con la jarra en la mano, se la arrebató y se la tragó de cuatro buches rápidos, con los ojos puestos en el mercenario todo el tiempo.

Satisfecho de su hazaña, esperando que de esa manera el hombretón comenzase a respetarlo un poco, se limpió la boca con la manga de la camisa de cuadros y profirió un tremendo eructo que hizo que Melina arrugara la nariz. Olía a agrio.

—¿Qué parte de que la jarra era para todos no entendiste? —replicó Helmer con malas pulgas.

—¿Por qué siempre estáis discutiendo? —se quejó la chica, que procedió a ignorarlos y a darle un poco de pan a Tattoo, aunque este no lo aceptó.

Aidan se levantó de la mesa y se acercó a la barra, y cuando regresó lo hizo con un plato lleno de restos de pescado: colas, tripas y cabezas que Tattoo devoró de buen gusto. Melina le sonrió agradecida.

—Ahora voy a tener que pedir más cerveza, pero la vas a pagar tú. —Helmer seguía con su trifulca con Tabar.

—Yo la pagaré —intervino Melina antes de que la discusión fuese a más. Extrajo el saquito de monedas que llevaba guardado en la chaqueta de cuero.

—¡Eh! Ese dinero es mío —protestó Tabar al reconocerlo.

—Ahora es de ella —negó Helmer con la cabeza—, tú se lo diste cuando huiste como una rata cobarde.

—Yo no se lo di. —Se enfurruñó.

—Bueno, déjame que gaste lo necesario para pagar esto y te devuelvo lo que quede.

Los tres la observaron, cada uno con un pensamiento diferente en la mente.

Aidan pensaba que era complaciente e incapaz de guardar rencor; quizás pudiese perdonarle también a él que fuese un espía del enemigo.

Tabar se debatía entre permitir que usase su dinero o quitárselo y guardarlo, aunque ese gesto no le iba a ayudar a ganarse su lugar en el grupo, ahora que parecía que se estaba labrando su hueco.

Helmer suspiró, creía que era demasiado inocente. Si fuese por él, lo dejaría sin nada y con la tarea de buscar cómo pagar su parte.

—Puedes quedártelo —resolvió Tabar al final—. Acéptalo como ofrenda por haberte dejado abandonada. Helmer tiene razón, aunque no me guste admitirlo. Huí como una rata.

—Pero no lo quiero, de verdad, no es mío…

—Es un regalo —insistió el granjero interrumpiéndola.

—Está bien —aceptó—, pero en ese caso seré yo quien pague todo esto. No solo la cerveza, sino también el guiso y el pan.

—Como quieras —concedió el mercenario.

—Eres muy generosa —añadió Aidan mirándola con una devoción que incluso a Melina se le pusieron rojas las mejillas.

—Me tenéis en alta estima, es solo eso, pero es porque no me conocéis realmente.

No soy una buena persona. Ignoro a mi familia casi todo el tiempo, no estudio, no trabajo, y solo sirvo para salir de fiesta, emborracharme y meterme en la cama de cualquiera que se digne a prestarme un poco de atención.

—Eres más que eso. —Helmer la tomó de la mano⁠—. Eres amable, graciosa y tienes un corazón que vale oro. Míranos aquí a los tres, no te conocemos más allá de unos pocos días y hemos decidido ayudarte porque de verdad pensamos que eres merecedora de nuestra ayuda.

Melina lo miró emocionada. No recordaba que nunca antes le hubiesen dedicado unas palabras tan cálidas.

—No permitas que unos defectos insignificantes te impidan ver la gran mujer que eres —agregó Aidan.

Melina tragó saliva, pero el nudo de la garganta no cedió.

—Y, por mi parte, te pido disculpas por haber huido. Soy un cobarde, eso es así y no puedo remediarlo —se sumó Tabar.

—Volviste —lo frenó Melina—. Es suficiente para mí. Ese Zephyr también me asusta, entiendo que salieses corriendo. Si yo no huyo es porque tengo una misión que cumplir para con mi gato, pero comprendo que otros lo hagan.

—Que se atreva a aparecer de nuevo. —Helmer dio un golpetazo en la mesa con la jarra de cerveza vacía—. Aquí nuestro amigo Aidan se enfrentará a él, como ya lo hizo en la laguna de Nitreas.

El mercenario le dio una palmada en la espalda, orgulloso de la valentía que demostró cuando se enfrentó al semidiós. Tabar, no obstante, se quedó mirándolo en silencio y Aidan le devolvió el gesto. La tensión se adueñó de la mesa como un frío manto de nieve invernal.

—Yo también estoy seguro de que Aidan sabrá plantarle cara de nuevo en caso de que aparezca, ¿verdad? —lanzó un sutil puñal al muchacho.

Aidan dio la callada por respuesta. Helmer le palmeó la espalda un par de veces más antes de centrar su atención en el guiso de carne que el tabernero acababa de traer.

Melina hizo los honores, sirviendo cuatro platos y repartiendo el pan.

Corrió la cerveza y con ella se diluyó la tensión entre Aidan y Tabar.

Todos intercambiaron nuevas chanzas, estaban contentos por haber llegado por fin a Ciudad Boreal.

La audiencia con el famoso y poderoso hechicero de Argentos estaba cerca.