Hasta la última gota Chapter 17
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Chapter 17

Amaneció una mañana cálida y acogedora, digna del día que les esperaba por delante: el día en que por fin llegarían a Ciudad Boreal —según los cálculos de Helmer—.

Recogieron el campamento con ánimos renovados, la alegría por llegar a su destino se palpaba en el ambiente, en sus semblantes.

Incluso el sendero parecía ahora fluir cuesta abajo para facilitarles aquel último empujón.

Unas cuantas horas más tarde la divisaron.

El camino discurría junto al río, mucho más ancho en aquel enclave, y les ofrecía una magnífica visión del valle, donde la urbe se alzaba sobre una colina y se extendía por la ladera derramándose por su falda.

Según se acercaban, podían adivinar estrechas calles serpenteantes salpicadas de altas construcciones talladas en vidrio verdoso, como estalagmitas que surgieran de las profundidades de la ciudad e intentaran alcanzar el cielo sobre ella, y en lo más alto se distinguía un extraordinario edificio que supusieron que debía de ser el castillo que tanto buscaban.

—Guau… —fue todo lo que logró expresar Melina.

—Bienvenida a Ciudad Boreal. —Hizo los honores Helmer.

—No es tan espléndida como creía —comentó Tabar—. Toda la vida escuchando hablar de ella, sobre las posibilidades que ofrece, la cantidad de gente diferente que la habita, y no es más que una ciudad como otra cualquiera. ¿Qué es, el doble de grande que Villa Calcias? ¿El triple, quizás?

—Pensaba que el loco del grupo era yo —menospreció el mercenario las palabras del granjero—. ¿Acaso no ves todo el territorio que ocupa? Por supuesto que es mucho más grande que Villa Calcias.

—No es lo que esperaba —sentenció.

—¿Y cómo puede no ser lo que esperabas si aún no has llegado, si no has caminado por sus calles, aspirado sus aromas, probado sus licores o conversado con su gente?

—¿Podéis parar ambos, por favor? —pidió Melina⁠—. Quizás no sea lo que Tabar esperaba, pero sí es lo que esperaba yo. Me da igual su tamaño o si es de madera o de cemento. Es donde van a curar a Tattoo, y eso es suficiente para mí.

El gato maulló en respuesta.

—Bien dicho, muchacha —apoyó Helmer sus palabras—. Ahora, en marcha. Aún nos quedan unas millas hasta llegar.

El mercenario fue el primero en comenzar a caminar y Tabar siguió sus pasos refunfuñando. Melina iba a hacer lo propio cuando sintió la mano de Aidan en la suya.

—Espera, Melina. —La retuvo con un suave tirón⁠—. ¿Estás segura de que es ahí a donde tienes que ir?

—Sí, estoy segura —contestó sin comprender su pregunta.

—Quizás las respuestas que buscas no se encuentran en ese lugar —insistió.

—Es donde Naima me dijo que viniese. ¿Por qué iba a enviarme aquí de no ser así?

Aidan la observó largo y tendido, no se le ocurría la manera de desviarla de su camino sin que sospechase de sus intenciones. Maldito Zephyr, ¿por qué tenía que ponerlo en esta situación? ¿Por qué tenía que obligarlo a engañarla, a traicionarla?

—No lo sé, pero es raro que aún no haya aparecido.

—Es tu señora, dímelo tú. ¿Le ha ocurrido algo? —⁠Ahora estaba preocupada.

—Sé tanto como tú.

Melina lo miró con recelo, arrugando la frente. Siempre le había resultado un chico muy misterioso, pero esto iba un paso más allá. ¿Por qué le estaba diciendo esto ahora que estaba tan cerca de su destino?

—Si ocurre algo que yo deba saber, cuéntamelo ya, por favor.

Aidan detectó la sombra de la duda en la mirada de la chica, la corazonada de que le estaba ocultando algo. Era lista, desde luego, y eso solo hacía que estuviese más fascinado por ella de lo que ya estaba.

—No ocurre nada. —Suspiró los secretos que no podía decir en voz alta—. Me apena que nuestro tiempo juntos termine ya, solo eso.

Le dio un apretón en la mano, un pequeño gesto del aprecio que sentía por ella, apenas una brizna del sentimiento que guardaba en su corazón.

—Nuestro tiempo no acaba aquí, ¿recuerdas? —Aidan la miró confundido. Melina se acercó más a él y posó la mano sobre su hombro, sonriendo—. Aún tengo que pedirle a Naima que te libere de tus responsabilidades y te permita visitar a tu familia. Y, si puedo, haré ese viaje contigo.

Aidan abrió la boca, pero las palabras no acudieron. ¿Qué podía responder? Nada que no comprometiese su situación con ella, con el resto del grupo, con Zephyr. Así que volvió a sellar sus labios, emponzoñándose con la mentira que prefirió callar, y asintió emocionado ante la promesa de la muchacha.

—Gracias.

—¿Vamos? —Melina tiró de él. Tabar y Helmer ya se alejaban y no quería quedarse atrás.

«Qué demonios», se dijo. «Voy a disfrutar de volver a ser un humano todo lo que pueda, y que sea lo que tenga que ser».

—Vamos —asintió él—. Ciudad Boreal nos espera.

Melina hizo el amago de soltar su mano, pero notó que el chico se aferró a ella, por lo que caminaron unidos un rato más.

Ella con las esperanzas depositadas en la ciudad que se acercaba más a cada paso que daban.

Él rezando a los dioses puros para que lo perdonasen, suplicando que Zephyr no le hiciera pagar caro el no haber podido cumplir su misión.

El no haber querido cumplirla.

Encontraron las puertas de la ciudad abiertas, descascarilladas y sin vigilancia.

A pesar de estar las calles llenas de gente y de vida, nadie parecía preocuparse del deplorable estado de las aceras, las calzadas de baldosas resquebrajadas o las fachadas renegridas.

Los ciudadanos iban y venían a su aire, charlando, haciendo sus compras en los puestos instalados en la avenida que subía serpenteante hacia lo más alto de la ciudad.

La poca brisa que soplaba desganada traía el aroma de las especias, los perfumes y los pequeños animales que se vendían o intercambiaban por otro bienes.

Había infinidad de puestos de lona con piezas de barro y cerámica, amuletos, libros, instrumentos musicales, licores, hierbas, minerales…

También en otros puestos se vendían todo tipo de viandas: legumbres, verduras, carnes, encurtidos…

Y en otros cocinaban al fuego e instalaban banquetas para que la gente pudiese sentarse allí mismo a degustar sus alimentos.

En las esquinas, los trovadores ambientaban la jornada con sus laúdes, flautas, liras y panderetas, poniendo voz a antiguas leyendas o haciendo burla de otras ciudades vecinas.

Los cuatro viajeros caminaban despacio, la subida cuesta arriba y el tumulto que se movía en todas direcciones no permitían avanzar más deprisa.

Melina se aferró con fuerza a la cesta donde transportaba a Tattoo, temerosa de que un empujón pudiese hacerla resbalar de sus manos y su amigo resultase pisoteado por el gentío.

Todos iban ocupados y pendientes de sus asuntos, tanto que nadie pareció percatarse de los zapatos del cielo que portaba la chica en sus pies.

—¿Ves como sí vive más gente aquí que en Villa Calcias? —se jactó Helmer con un deje de orgullo en la voz.

Tabar prefirió ignorar el comentario que iba dedicado a él y se centró en sus pasos, en no chocar con nadie ni acercarse demasiado al hombretón que caminaba delante de él vestido con su armadura y casco.

La ciudad olía bastante mal, aunque allí, cerca de los puestos de comida, especias y perfumes, no era tan molesto. Pero en cuanto salieron de la zona comercial y el gentío se dispersó, el hedor tomó consistencia y todos arrugaron el ceño.

—Huele a pis —se quejó Tabar con desagrado.

—Y a lo que no es pis —añadió Aidan tapándose la nariz con la mano.

Melina observó las calles a su alrededor.

Había cercos de orina en los rincones de los edificios y malolientes fluidos surcaban el suelo hacia las alcantarillas ubicadas junto a la calzada.

Estas, además, no parecían pasar por su mejor momento, el descuido era visible y se encontraban atestadas de desperdicios que las taponaban.

Y por si aquello no fuera lo bastante desagradable ya de por sí, las cucarachas habían tomado las calles, aunque la mayoría habían sido aplastadas y su interior viscoso quedaba a la vista.

—Joder, qué asco —profirió la muchacha esquivando algunos de esos bichos.

—Ya se las comerán las ratas —aportó Aidan—. En el estado en el que está la ciudad, sin duda también las habrá.

—Menudo festín se daría Tattoo aquí —añadió Melina.

—No lo entiendo —murmuró Helmer entristecido⁠—. Cuando me fui, la cosa no estaba tan mal.

Melina se lamentó, su amigo parecía muy afectado, no esperaba encontrarse Ciudad Boreal en aquel estado de abandono. Rara era la pared que no aparecía con pintadas, y las fuentes hacía mucho que se habían secado.

Continuaron su ascenso por la avenida, dejando atrás el alboroto de comerciantes y clientes, y sus pasos les llevaron hacia un sector bastante más vacío que el anterior, aunque no por ello más limpio.

Marchaban en silencio, observando todo a su alrededor, Helmer atento a cualquier pista que pudiese apuntar a qué pudo ocurrir en la urbe para llegar a esa situación.

En un momento determinado, el mercenario indicó al grupo que se iban a desviar para comer algo en condiciones tras tantos días de viaje, y de paso descansar las piernas un poco.

Melina se opuso, quería ver al hechicero cuanto antes, pero entre los tres la hicieron entrar en razón.

Descansada y con el estómago lleno, todo se vería mejor.

Caminaron por calles acotadas por fachadas de piedra, tan estrechas que los ocupantes de las viviendas podrían darse la mano de un balcón al opuesto.

Avanzaban en fila dada la imposibilidad de andar juntos, y cuando se cruzaban con alguien que marchaba en sentido contrario, tenían que ponerse de perfil para no obstaculizarse.