Hasta la última gota Chapter 16
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Chapter 16

Los cuatro viajeros continuaban su extenuante trayecto hasta Ciudad Boreal, y aunque iban charlando y contándose historias del pasado, en sus rostros se reflejaba cada vez más que estaban agotados y no veían la hora de llegar. Pero de nuevo la noche cayó y tuvieron que parar a descansar.

—Recuérdame por qué no les pedimos un carruaje a los habitantes de Villa Calcias —expresó Melina con fastidio. No había caminado tanto en toda su vida, y a pesar de que los pies no le dolían gracias a los zapatos alados, el cansancio que la dominaba era otra cosa muy distinta.

—¿Viste siquiera algún caballo en la aldea?

La chica refunfuñó ante la respuesta de Helmer.

Al menos las nuevas ropas de lino que vestía eran mucho más cómodas que sus pantalones vaqueros, los cuales había guardado en el zurrón junto con su camiseta roja.

La chaqueta de cuero negro y parches de flores en las mangas, sin embargo, la llevaba puesta, pues le daba calor en las frías noches de Argentos.

Tattoo parecía encontrarse mejor, salió de la cesta y merodeó un poco por la zona sin alejarse demasiado, incluso en un par de ocasiones hizo el intento de cazar saltamontes —aunque fracasó estrepitosamente—; pero, hasta que el hechicero no le asegurara que estaba todo bien, Melina no iba a quedarse tranquila.

Helmer se alejó para instalar las trampas con las que esperaba conseguir un buen desayuno, pues la cena la llevaba ya amarrada al cinturón: un par de conejos que pendían inertes sujetos por las orejas.

—Ve a por leña —pidió a Aidan—. Tú también, zoquete gandul —añadió dirigiéndose a Tabar—, haz algo por una vez.

Aidan y Tabar obedecieron —el granjero a regañadientes— y se dispusieron a buscar por los alrededores ramitas que pudiesen ayudar a prender una buena hoguera que les arropara y les permitiese hervir el agua y cocinar los conejos.

Melina se quedó en el campamento con Helmer, cuidando de Tattoo y extendiendo las mantas sobre la rama de un árbol a modo de tienda de campaña.

Aidan perdió de vista al granjero, supuso que estaría buscando leña por otra parte del bosque.

Después de un rato en soledad, y cuando ya cargaba con un puñado de ramas de buen tamaño, una leve brisa cálida se levantó, haciendo que su larga melena marrón-grisácea ondeara.

Un mal presentimiento avanzó por su columna vertebral.

—¿Qué tal vas con tu misión? —escuchó la voz del semidiós, aunque no podía verlo.

—La chica confía en mí —respondió sin saber a dónde dirigir la mirada.

—¿Y los otros dos?

—También creen que soy su amigo.

Zephyr apareció desde detrás de un árbol y se acercó a Aidan por la espalda, quien se giró al advertir las pisadas de su amo.

—Bien. No puedes levantar sospechas. —Aidan asintió—. Queda poco trayecto hasta Ciudad Boreal, es importante que la desvíes de su destino.

—Pero… mi señor, uno de los acompañantes conoce bien el camino hacia Ciudad Boreal, se dará cuenta enseguida.

—Eso es problema tuyo, apáñatelas como puedas, pero hazlo.

—Como ordenéis. —Bajó la cabeza con sumisión, aunque su cerebro ya trabajaba a marchas forzadas buscando la forma de lograr el cometido que le había sido confiado.

—Y date prisa —añadió Zephyr antes de desaparecer tras el mismo árbol por el que había aparecido—. Estoy ya harto de este jueguecito.

El chico asintió aún con la cabeza gacha.

Supo que el semidiós había abandonado el bosque por la leve brisa que se levantó.

Pero, si creía que con su partida habían terminado sus problemas, estaba muy equivocado, pues, muy cerca de su posición, escuchó el crujido de una rama.

Cuando se giró y caminó con rapidez hacia el lugar donde había oído el ruido, se encontró a Tabar, quien salió huyendo al ser consciente de que le había descubierto.

Aidan, alertado por la reacción de su compañero, intuyó que este había sido testigo de su intercambio de palabras con Zephyr y echó a correr tras él.

Ambos dejaron caer las ramas que portaban para aligerar su carga, pero Aidan era más rápido que Tabar y lo alcanzó sin problemas mucho antes de que pudiese llegar al campamento.

Lo tiró con facilidad al suelo de un empujón y su sombrero de paja rodó unos pasos por la tierra.

—No es de buena educación espiar conversaciones ajenas —le recriminó Aidan furioso.

—No es de buena educación aliarse con el enemigo —respondió Tabar tratando de zafarse del agarre del otro, quien lo tenía inmovilizado por la nuca y contra el terreno.

—Como se te ocurra abrir la boca, te juro que Zephyr se va a enfadar y te va a castigar de las maneras más dolorosas que puedas imaginar. —El tono de sus palabras sonó más a consejo que a amenaza.

Aidan lo soltó, rezando a los dioses —a los puros— el haber sido lo bastante claro y que Tabar descartase la idea de contarles lo que había descubierto a los demás. Por lo que sabía de él, era un cobarde sin remedio, y esperaba que lo continuase siendo en este momento.

El joven recogió las ramas que había dejado caer y se dirigió al campamento sin mirar de nuevo a Tabar, quien permaneció aún un rato más tirado en el suelo, ordenando sus ideas y sus miedos, planteándose qué debería hacer.

Si se quedaba callado, no habría consecuencias para él, pero estaría fallando otra vez a Melina.

Pero si lo contaba, un semidiós airado desfogaría su rabia con él.

Ninguna de las opciones sonaba alentadora.

Cuando Tabar reapareció junto a sus compañeros, lo hizo con las manos vacías y las ropas sucias, lo que extrañó a la chica y al exsoldado.

—Ni una mísera ramita. —Helmer meneó la cabeza con desagrado—. No sirves para nada.

—No he encontrado ninguna, se las ha llevado todas él —se excusó con el dilema aún dibujado en el rostro e ignorando los improperios del mercenario.

—¿Te encuentras bien? —se preocupó Melina, lanzando una mirada reprobatoria a Helmer.

—Sí, es solo el hambre y el cansancio —respondió observando de reojo a Aidan, quien lo contemplaba atentamente y con tensión en los músculos, a la espera de conocer qué decisión había tomado.

—Ven a descansar, los conejos ya se están cocinando y pronto podremos saciar nuestro apetito.

—Eso, que descanse un poco más, que no ha descansado nada el pobrecito. —Helmer parecía entretenerse mucho metiéndose con Tabar.

Melina puso su mano en la espalda del granjero y lo acompañó a sentarse junto al fuego que ya habían encendido gracias a la leña que había traído Aidan.

Este y Tabar se miraron, la luz de la fogata arrancaba sombras en el rostro del traidor.

Tabar bajó la cabeza, incapaz de desenmascararlo.

Sí, era un cobarde que solo miraba por su propio bienestar, y así seguiría siendo toda su vida.

Tenía más que merecidos todos los insultos que Helmer le pudiera dedicar.

Antes de marcharse, Zephyr espió al grupo en su campamento.

Oculto entre las ramas de un árbol, los observó mientras desgarraban la carne de conejo y se la comían.

El que parecía el líder del grupo, el de la armadura, contaba historias junto al fuego e intercambiaba chanzas con la muchacha, quien se reía con sus chistes con insultante despreocupación.

También vio al granjero que había huido aquel día, volvía a formar parte del grupo, pero se mantenía en un discreto segundo plano, pensativo y alicaído.

Aidan participaba de la conversación en momentos puntuales, sin dejar de mirar de soslayo al otro.

No tardaron mucho en irse a descansar dentro de una improvisada tienda de campaña levantada con mantas.

El de la armadura montó la primera guardia, aunque se quedó dormido enseguida.

Sentado sobre una roca junto al refugio y con la descascarillada espada entre las manos, roncaba lo bastante fuerte como para asustar a las alimañas que él mismo trataba de cazar con las desdeñables trampas que había instalado por el perímetro. Menudo guardián.

Zephyr bajó del árbol con una gracilidad solo propia de los dioses, y el sonido de sus pisadas se las llevó el viento.

Se acercó en silencio hacia el campamento, considerando aprovechar la que quizás fuese la última oportunidad de hacerse con los zapatos antes de que alcanzaran Ciudad Boreal.

Caminó con el sigilo de un felino, el mercenario ajeno a su presencia.

Sin apartar la mirada del que se suponía que montaba guardia, estaba ya tan cerca que podría haber apartado las mantas si alargaba la mano, pero algo lo frenó. Era la voz de la muchacha, que gimoteaba compungida.

—Mamá… No te vayas, no me dejes… ¿Dónde está papá? Volved…

Tras un instante de vacilación, comprendió que estaba dormida y tan solo hablaba en sueños.

Un extraño calor se instaló en su pecho, sentía la necesidad de acabar con la barrera que suponían las mantas, pero se contuvo para no delatarse.

Quiso aguzar el oído, conocer más de aquello que murmuraba, no en vano era su enemiga y saber más sobre ella le podría venir bien, pero, de pronto, la piel bajo la máscara le empezó a picar.

La magia que lo mantenía sometido a ella le impedía meter siquiera un dedo entre aquel objeto maldito y su cara, estaba perfectamente pegada, y se detestó por ello, por no ser capaz de deshacerse de ese estúpido maleficio.

La meneó como pudo, tratando de rascarse y librarse del comezón que lo atormentaba, sin embargo, tal y como ocurría siempre, no sirvió de nada.

Maldita máscara. La odiaba. La odiaba a muerte.

Cinco años llevaba sufriendo aquel castigo que iba mucho más allá que simplemente mitigar sus poderes.

Era la humillación que suponía llevarla.

Era la pérdida de condición de dios puro.

El no poder ver su rostro en el espejo. El no sentir el viento en las mejillas.

Cerró los ojos e inspiró hondo, intentando que la rabia no se hiciera con el control esta vez.

Estaba harto de todo aquello, cansado de tener que mendigar el lugar que le correspondía.

¿Qué había hecho tan malo como para merecer tal castigo?

¿Por qué su hermana —su favorita, además— lo había traicionado de semejante manera?

Inspiró y espiró varias veces y, ya repuesto de su hartazgo, se quedó quieto y en silencio, tratando de discernir si era seguro apartar las mantas sin ser descubierto. El de la espada seguía roncando, ajeno a su presencia.

Pero Aidan, en el interior del refugio, aún no había llegado a dormirse del todo y se mantenía en un estado de duermevela.

El suspiro del semidiós en el exterior llegó hasta sus oídos y abrió los ojos.

La oscuridad no le permitía ver su figura, pero sabía que estaba ahí, podía percibirlo.

Olfateó el aire y captó el aroma inconfundible del dios del viento del oeste, a cuero gastado, a tierra y a menta.

La inquietud subió por su espina dorsal y el corazón le palpitaba con tanta fuerza que temía que su amo pudiese oírlo.

—¡Eh, Helmer! —habló en voz lo bastante alta como para que se escuchara en el exterior del refugio—. Deja de roncar, vas a despertar a todo el bosque.

Zephyr giró el cuello hacia el mercenario, quien les regaló un último ronquido y se desveló, abriendo los ojos con exageración, asustado por el exabrupto.

Se aferró a la espada y comenzó a dar estocadas a la nada, pues ahí delante de él no había nadie; o al menos ya no había nadie.

Zephyr había desaparecido antes de ser visto, sus pasos ágiles y sigilosos.

—¿Qué ocurre? —Melina también se despertó exaltada.

—Nada, sigue durmiendo —la calmó Aidan—. ¿Has estado llorando? —le preguntó a pesar de saber que sí.

—Estaba soñando con mis padres —susurró. Parecía avergonzada.

—No te sonrojes, no hay nada más bonito que soñar con la familia.

—Sobre todo si es la única forma en la que puedes estar cerca de ellos —añadió Tabar, que también se había desvelado con el alboroto. En su tono, Melina captó que él, al igual que ella, se lamentaba por no tener ya a sus padres a su lado.

—Venga, a dormir —les regañó Helmer desde el exterior. Volvió a tomar asiento sobre la roca y esta vez se propuso no quedarse dormido. Se dio un par de tortazos en la cara para ayudarse, quizás con demasiado ahínco.

Melina les sonrió en agradecimiento, se hizo una bola y se acurrucó con Tattoo entre los brazos, quien se dejaba mimar como si de un peluche se tratara.

Tabar se quedó pensativo, hacía tiempo que no se permitía recordar a sus padres de forma sentimental. Los extrañaba mucho.

—¿Quieres hablar de ellos? —le preguntó la muchacha.

En la penumbra bajo las mantas, Tabar la miró a los ojos y sonrió, agradecía aquel gesto por su parte, pero negó con la cabeza.

No era algo de lo que le apeteciera hablar en aquel momento, menos aún con un enemigo durmiendo entre ellos.

Observó a Aidan, que estaba tumbado al otro lado de la chica, mirando hacia el techo, y se preguntó si sería capaz de delatarlo, si podría aprovechar algún momento de despiste por su parte para hacer conocedores a los otros dos de a quién rendía pleitesía en realidad.

—Mañana, quizás —se dijo a sí mismo al dilema que lo atormentaba.

—Cuando tú quieras; siempre querré escucharte —⁠contestó la muchacha, creyendo que le respondía a ella.

Tabar la miró de nuevo y fue como si la viera por primera vez.

Algo en el rostro de la muchacha, en el afecto que mostraba su mirada, lo hizo avergonzarse de haber huido, de haberla dejado a merced del semidiós.

Ella lo había perdonado, saltaba a la vista, no le guardaba rencor y nunca utilizaba aquel suceso para burlarse o lanzarle indirectas.

Su pecho se hinchó con orgullo y una extraña calidez lo embargó.

Y sonrió, le sonrió a ella. Y asintió con la cabeza.

—Gracias por ser mi amiga —expresó con un hilo de voz.

Melina también sonrió. Buscó la mano de Tabar con la suya y la apretó, el sentimiento era mutuo. Sí, eran amigos. Los cuatro lo eran. Y el día que lograra regresar a casa con sus tíos, los iba a echar mucho de menos.